miércoles, 13 de octubre de 2010

La cruz de Miguelito.

Pinares de Valsaín.


La cruz de Miguelito.

Miguelito no surgió por mitosis desde las rocas, ni era un fantástico humanoide ficticio de Tolkien, ni fue un producto de la acondroplasia, ni era lo que vulgarmente se llama un enano. Miguelito era un bebé muy pequeñito.

Cuando le vieron, las vecinas cuchichearon, su padre pegó un puñetazo en la pared y la madre añadió a sus dolores de parto la tristeza de su desencanto, arrebujándole con delicadeza y envolviéndole en la colcha de colores variados y chillones fabricada por su abuela.

“Es un enano” - sentenció la sabida farmacéutica del pueblo.

“Es un hijo pequeñito de Dios” – corrigió Don Daniel, el párroco.

“Es un hijo del pueblo” – razonó el alcalde.

Los pueblos de la sierra de Guadarrama nacieron entre robles de rebollo, pinos silvestres e incluso encinas en sus parajes más bajos y nunca su población creció exageradamente por lo que sus escasos vecinos conocían íntimamente su vida privada. Las casas eran básicamente de piedra, con tejados de pizarra o teja y las chimeneas eran alimentadas en invierno con las ramas y las leñas muertas que quedaban tras las cortas, que ardían muy bien y despedían un grato aroma, pero eran velozmente consumidas y precisaban de un trabajo regular de los gabarreros, que pasaban por los pueblos periódicamente, en especial cuando se anunciaba el invierno.

El pueblo de Miguelito estaba construido cerca de un río truchero, con una población de trucha plateada que era la envidia de toda la comarca y hasta el río llegaba la procesión del día de su patrona la Virgen de los Desamparados. Cuentan que una vez asistió un arzobispo, no se sabe si de Segovia o de un estamento militar, pero la fama de esa procesión traspasó pinos y pinares y se habló mucho tiempo del buen hacer de su párroco Don Daniel en importantes círculos eclesiásticos.

La procesión recorría el pueblo hasta un pequeño ensanchamiento del río, conocido como “La Rinconera”, donde se bendecían sus aguas, se rezaba el rosario y se cantaba el Salve Regina fundamentalmente por las mujeres, entre las que destacaba la voz potentísima de tiple de Roberta, la madre de Miguelito.

La Rinconera.

A esta procesión no acudía nunca el señor Ramírez de Los Castros, dueño de la mejor finca del pueblo, una casona grande, con escudo de piedra sobre el portón. A él le parecía suficiente para mantener su imagen de ferviente católico, ir a la misa principal de los domingos, sentarse en el reclinatorio reservado a las autoridades y salir, una vez acabada la ceremonia, por el pasillo central hacia la puerta, llevando entre sus manos un rosario que se decía había sido bendecido por el Papa, recitando en voz alta: “Santa María, madre de Dios…Santa María madre de Dios…”

Luego, para agraciarse con los vecinos, según su razonamiento, pasaba por el único bar del pueblo, donde tomaba un café, no sin antes reconvenir a su dueño por trabajar en domingo, advirtiéndole de que la obligación de un cristiano es descansar ese día, según las normas de la Iglesia.

Los padres de Miguelito tenían un establecimiento que tenía el secular nombre de “Ultramarinos”. Era una tienda pequeña, atiborrada de cachivaches, donde se podía encontrar de todo, desde los productos más usuales de alimentación hasta escopetas de caza y sus cartuchos correspondientes. Había ratoneras, insecticidas, papeles y lápices, gomas de borrar, sellos de correos, esteras, bombillas, toda clase de zapatos, zapatillas y botas, lámparas de carburo, radiogalenas, cañas de pescar y anzuelos, bicicletas, hachas, azadas, vermicidas, gorras, trampas para ratones, pañuelos de mujer y toda suerte de productos de belleza. Realmente parecía imposible que en recinto tan pequeño se acumulase tanto tesoro.

El padre de Miguelito, llamado Ramón, además de ayudar a su mujer en el trabajo de la tienda, trabajaba como guarda forestal. Recorría continuamente los montes, habiendo llegado en una ocasión hasta los lejanos pinares de Valsaín y conocía todos los vericuetos y arroyos de la sierra, incluido el río de la Angostura, que más adelante toma el nombre de Lozoya. Era un avezado pescador de truchas, y elaboraba él mismo sus anzuelos con moscas y ninfas artificiales teniendo fama de ser los mejores de la sierra.

Gabriel solía comprar fuera de la veda estos anzuelos y se hizo buen amigo de Ramón, que alguna vez le acompañó en sus correrías pesqueras, aconsejándole sobre las costumbres de las truchas y enseñándole cómo alcanzar los mejores escondites para lanzar su caña. Ramón, que quería a su hijo con toda su alma, aprovechó estas excursiones para llevárselo con ellos. A partir de esa amistad, comenzó a nacer una relación hombre-niño entre Gabriel y el diminuto Miguelito, que resultó con el tiempo ser el hijo único de los dueños de la tienda de ultramarinos.

Miguelito había ya cumplido los doce años cuando conoció a Gabriel. Seguía siendo pequeño, pero era guapo, y sus miembros estaban absolutamente bien proporcionados. Su cabeza era muy interesante, tenía una frente alta y despejada, su pelo era de color castaño y sus ojos grandes y claros. Su expresión era muy viva, pero al mismo tiempo triste. Debido a su baja estatura su infancia no había sido feliz. Los niños de su edad fueron muy crueles. Le llamaban enanito, se reían de él cuando jugaba con el balón y muchas veces les veía reírse entre ellos mirándole a hurtadillas. La escuela fue siempre un suplicio para él, aunque su inteligencia era de muy alto nivel para su edad.

Sin embargo, el trato de los mayores había sido muy bondadoso, sobre todo el de su profesora, que siempre salió en su defensa.

- Dejad en paz a Miguelito – decía – demasiada cruz tiene con ser pequeño para que vosotros queráis que sea más grande todavía.

La gente del pueblo le saludaba con cariño y siempre recibía unas palabras agradables que le servían para recomponer su ánimo y olvidarse de su bajísima estatura, que apenas pasaba del metro y cincuenta centímetros y comentaban entre ellos:

- Portémonos bien con él, que demasiada cruz tiene con ser tan pequeñito.

No ocurría lo mismo con el señor Ramírez de los Castros, que se reía aviesamente de su estatura en público y le decía:

- No te preocupes, Miguelito, ya crecerás cuando las ranas críen pelo…

- Un día te voy a hacer un traje con la tela de mi mesa de billar. Estarás guapísimo vestido de verde…

- Miguelito, cuando seas mayor te dejaré montar uno de mis poneys.

Miguelito no entendía las chanzas que le dirigía el señor Ramírez, pero le molestaba mucho la forma en que se las decía y el modo impertinente con que le miraba. Un día, se le quedó mirando descaradamente y recibió un injusto pescozón, que le hizo salir corriendo. Por ello procuraba evitarle cuando le veía por las calles del pueblo, corriendo a refugiarse en la tienda de sus padres. Allí fue donde conoció a Gabriel. Al enterarse su padre de lo ocurrido quería ir a enfrentarse con el señor Ramírez, pero Gabriel le contuvo:

- Déjelo usted, Ramón, no le cree conflictos a Miguelito, que demasiada cruz tiene el pobre – dijo, mientras Miguelito se deshacía en lágrimas escondido en la trastienda.

Recordó Gabriel de repente aquel pensamiento de Percy Shelley: “Sufrimiento, ¡oh sufrimiento! Este mundo es demasiado para ti”

La vida de Miguelito mejoró desde entonces muy intensamente, porque Gabriel llegó a contar con él en todas sus excursiones. El niño era absolutamente feliz y disfrutaba enormemente demostrándole sus buenos conocimientos sobre la naturaleza.

Gabriel siempre había pensado que, para llevarse bien con los niños, había que contarles continuamente historias y cuentos divertidos o interesantes. Con Miguelito, sin embargo,se invirtieron los papeles, era él quien escuchaba y se divertía con las ocurrencias y observaciones que le hacía el niño:

- ¿Te gustan los sapos, Gabriel? le decía- hay muchos cerca de La Rinconera.

- Los pájaros que más me gustan son los petirrojos y los pica pinos.

- ¿Sabes distinguir a un águila real de un águila culebrera?

- Me gusta mucho ver a las ardillas, sobre todo cuando son pequeñitas, como yo.

- Ten cuidado por donde pisas, que aquí hay víboras hocicudas y son muy peligrosas.

Gabriel recordaba su infancia y se admiraba de lo sabiondo que era este niño, en comparación con él. Así iban charlando mientras bajaban hacia el río, muy temprano, para iniciar la jornada de un día de pesca.

En el bosque se mezclan olores diversos emanados por los diferentes árboles que conviven en él, acebos, arces, abedules, castaños, rebollos, tejos, pero también se amalgaman los diferentes olores de los helechos, enebros, retamas e incluso en ciertas alturas el piorno serrano. A todos estos olores se unen el de las zonas húmedas, el básico olor de las resinas y el de la hierba de los pastizales ocasionales que lo bordean.
Esto hacía que ellos disfrutasen un aroma muy delicioso que Gabriel respiraba a pleno pulmón.

- Respira hondo, Miguelito, tenemos que oxigenarnos para ser fuertes y poder capturar muchas truchas.

-¡Claro, Gabriel, lo conseguiremos, pero recuerda que sólo podemos pescar doce!

- El niño tiene razón - pensaba – bueno, me conformaré reservando las de mayor tamaño.
Al llegar a la ribera del río, se acercaron cautamente para avizorar la situación y Gabriel preparó la caña con una cucharilla. Mientras estudiaba la posición para lanzarla comentó que no iba a utilizar mosca, porque el río era muy estrecho en la zona que había elegido y él no tenía la habilidad de su padre, corriendo el riesgo de perder el aparejo.

- Para pescar con mosca o ninfa en este tramo del río hay que ser muy experto, y yo no soy tan buen pescador como tu padre – dijo sonriendo levemente.

El río de la truchas de plata.

Montada la cucharilla, se acercó en silencio hasta el borde mismo del río. Se oía el leve rumor del agua que, calladamente, resbalaba por su estrecho cauce. Recordó aquella poesía de Gerardo Diego en su “Romance del Huécar”:

Nunca vi un río tan íntimo,
nunca oí un son tan de seda
en el resbalar de un ángel.

El agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar a Juan Ramón Jiménez:

No se ve el agua
pero en su presencia oscura
se baña
la desnudez eterna
para la que el hombre es ciego.


Inmerso en esa meditación y casi sin darse cuenta, lanzó la caña en contra de la corriente con el fin de dejar deslizarse la cucharilla por el río, muy cerca del margen, a la misma velocidad de bajada del agua. Vio cómo la cucharilla bajaba velozmente hacia la profundidad y, de repente, un estallido de gotas, un ruido de furioso aleteo en el agua, una fuerza vital al otro extremo del sedal.

-¡ La tenemos, Miguelito! – gritó – ¡y del tamaño legal!

Miguelito saltaba jubiloso gritando; ¡la tenemos, la tenemos! Y contempló gozoso cómo desprendía Gabriel la trucha del anzuelo y la introducía en el morral de pescador que transportaba el niño.

Mientras disfrutaban de la pesca, en el pueblo estaba sucediendo un hecho muy importante. El señor Ramírez de los Castros había concertado una reunión con Don Daniel en la parroquia. Sentados alrededor de una mesa en la sacristía, el señor Ramírez depositó sobre ella un gran paquete.

- Don Daniel – dijo- deseo que nuestra parroquia disponga de esta gran cruz de plata en la capilla de la Virgen de los Desamparados, nuestra patrona. Son tantos los favores que he recibido de ella que deseo poner a sus pies este crucifijo, para que todos nuestros vecinos recuerden mi devoción y recen conmigo a la Virgen siempre que lo vean.

El párroco abrió el paquete y descubrió su contenido. Era una cruz de plata lisa sobre una base de mármol blanco.

-Es una preciosidad, señor Ramírez y le doy las gracias en nombre de los feligreses. El próximo domingo anunciaré que se ha producido esta donación y colocaré esta maravillosa cruz en la capilla de la Virgen.

El señor Ramírez de los Castros salió muy contento y orgulloso de la entrevista. Esta donación reforzaría su imagen de excelente cristiano en el pueblo.

En la homilía del siguiente domingo, Don Daniel comunicó a todos los feligreses la generosa donación del señor Ramírez de los Castros y el estímulo que suponía para todos este ejemplo de caridad cristiana. Hubo murmullos de aprobación, mientras el citado bajaba humildemente la cabeza desde el reclinatorio de las autoridades.

Gabriel, que había decidido pasar ese domingo en el pueblo, acarició la cabeza de Miguelito, que se había apresurado a estar con él en el mismo banco, apretujado y feliz. Oyendo esta especie de homilía, recordó intuitivamente el pasaje del Evangelio de San Mateo, en el que Jesús se enfrenta a los vendedores del templo:

“Está escrito: mi casa será llamada casa de oración. Sin embargo, vosotros la habéis transformado en antro de ladrones.”
Acarició de nuevo la cabeza de Miguelito y le dedicó una gran sonrisa llena de ternura. Después fueron juntos a la casa de sus padres, que se empeñaron en invitarle a comer lo que aceptó de buena gana, porque Roberta era una admirable cocinera.

Cuentan que al anochecer del día siguiente, Don Daniel entró en la parroquia a rezar las Vísperas, apagó las luces del altar mayor y, cuando llegó a la capilla de la Virgen, descubrió con horror que la cruz de plata había desaparecido. Corrió muy alterado a tocar la campana, congregando a todo el pueblo para comunicarles la terrible situación.

Durante mucho tiempo se investigó el caso, hablando la guardia civil con los vecinos y realizando una investigación a fondo, sin obtenerse ningún resultado. El señor Ramírez de los Castros utilizó toda su influencia para que fuese investigado el caso asimismo por la policía, pero el resultado fue también negativo.

Pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado.



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52 comentarios:

Salvador Pérez Alayón dijo...

Estupenda narración, Fernando, que me leí enterita. En el recorrido me parecío ir con Gabriel y Miguelito, y hasta sentir el aleteo de las truchas.

Pero mucho más me gustó el desenlace final, pues la hipocresía está reñida con la verdad.

Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

Fernando dijo...

Muchas gracias, Salvador, por tu comentario. Estoy contigo, la hipocresía es un horror, y hay mucho cristiano de ese talante, aunque también los hay como Gabriel Un fuerte abrazo.

Alejandro dijo...

¡¡Muy bueno!!

me queda una duda, si la cruz fue llevada a ese lugar o si milagrosamente ella lo eligió.


sea como sea, el relato es hermoso, por lo bien escrito, por los paisajes que va narrando y por la enseñanza.

Un abrazo.

tinta negra dijo...

que presiosidad de texto...tiene tan reflexion!°


Saludos!°

Fernando dijo...

Gracias, Alejandro: dejemos al lector que decida él mismo la suerte. Quizás, a lo mejor, tampoco es importante. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Tinta negra, amiga, gracias por leer este relato. Así es la vida por el Guadarrama. Un abrazo.

Juanjo Almeda dijo...

Fernando, querido amigo, leo tus relatos con atención y me proporcionan mucha tranquilidad, su lectura se hace suave y continua, parece verse lo narrado. También me ha gustado mucho cómo introduces esos versos de Gerardo Diego y Juan ramón, son grandiosos. Maestro, un abrazo.

Fernando dijo...

Hola, Juanjo, aigo y poeta: lo im potante es ideatr los personajes, luego idear lam acción y, finalmen te desarrollarla. Intercalo poesías de otros, porque siempre estoy pensando en la ñpoesía. Un abrazo y gracias por tu comentario.

Amadeus dijo...

Estos relatos tuyos, de montes y naturaleza, llenos de humanidad, son un encanto. A veces me recuerdas las pinceladas de Hemingway.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Gracias, Amadeus, amigo, por tu amigabe comentario. Un abrazo cordial.

Mercedes Pinto dijo...

Amigo Fernando (si me permites), después de leer este relato, me he quedado tan impresionada, es tan... perfecto en su fondo y en su forma; como te decía, tanto me ha gustado tu arte y profesionalidad, que, por primera vez, he visitado tu perfil. Ahora lo entiendo todo.
Cuánto he aprendido en esta media hora que he seguido la vida del pequeño Miguelito.
Sencillamente, ¡excelente!
Gracias por enseñarme.

Fernando dijo...

Muchas gracias, amiga Mercedes, por tu elogioso comentario. El hecho es que estoy preparando la edición de un librito que llamaré "Relatos del Guadarrama". Intento que mis relatos sean muy poéticos, un poco distintos de los habituales, pero siempre basándose en la experiencia de Gabriel, un personaje que aparecerá en todos ellos. Un saludo cordial.

Marisa dijo...

Una preciosa narración que se lee de un solo tirón,
hasta parecía que se oliese
el frescor y la humedad
del río.

Un fuerte abrazo Fernando
y sigue deleitándonos con
tan bellas historias.

Fernando dijo...

Gracias, Marisa. Me estoy animando a escribir pequeños relatos poéticos. Gracias por tus ánimos. Un saludo cordial.

EL AVE PEREGRINA dijo...

Hermoso relato,y grata vida la de Miguelito, a pesar del trato recibido por sus conocidos, aunque Gabriel le supo compensar.
Esos ultramarinos de los que hablas me traen gratos recuerdos de infancia, en ellos había de todo...

Un abrazo Fernando.

Fernando dijo...

Gracias por tu comentario Ave Peregrina. A mí también me gustaban mucho los ultramarinos. Tenían de todo y nos dejaban escoger y revolver. ¡Qué tiempos aquellos! Un saludo cordial.

Salvador Pérez Alayón dijo...

Me conforta el haber acertado, pues muchos comentarios describen como se sienten integrados en el relato.

Sin embargo, con el permiso de todos, y desde mi humilde opinión, pienso que lo más importante que nos trasmite Fernando son las actitudes, tanto de Gabriel como de Miguelito.

Sería estupendo para todos nosotros ver que tenemos de Gabriel, Miguelito, D. Ramón y hasta del Sr. Ramírez, para limpiarnos de lo malo y esforzarnos en parecernos a lo bueno. Creo que en eso todos estamos de acuerdo.

Un abrazo.

Marcos Callau dijo...

Ciertamente así se consigue un río plateado. La escena de la pesca me ha traído maravillosos recuerdos de mi infancia en la que solía acompañar en la pesca de río a mi abuelo Ambrosio. Un relato muy bonito con un final muy justo para esa donación tan falsa. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Otra vez gracias, Salvador. Efectivamente, es necesario tomar o dejar de cada personaje lo bueno y lo peor. La verdad es que Miguelito es un cielo. Un abrazo.

Fernando dijo...

Querido Marcos. gracias por haber leído este relato. Sí, creo que el final es justo y no conlleva venganzas ni malas intenciones de nadie. Un abrazo muy fuerte.

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo: me alegra comprobar que los relatos del Guadarrama seran en su contenido y en su fondo una serie magnífica y ardiente. Un abrazo

Adolfo Payés dijo...

Excelente como siempre... leerte es maravilloso..

Que tengas un fin de semana excelente..

Un abrazo
Saludos fraternos..

Fernando dijo...

Muchas gracias por tu comentario, Adolfo, amigo y poeta. Quiero alternar un poco poesía-relato poético. Espero que te sigan gustando. Un abrazo sincero.

Fernando dijo...

Rafael, amigo y poeta: bueno, mis relatos quiero que sean poéticos y dulces. Lo dde ardiente lo reservo para cuando nos emborrachemos con el vinillo de Málaga que me regaló Juanjo Almeda. Un abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

Fernando:
Me estreno hoy como comentarista de tus relatos llevada de la mano de mi compañera Mercedes Pinto. Escribo un poquito pero soy fundamentalmente una lectora incansable e incluso compulsiva, por eso estoy encantada de haberte descubierto.

En este cuento manejas con maestría descripciones que me hacen ver y oler los lugares que visitamos, emociones, poesía, y una bella historia tanto en el fondo como en la forma.

La crítica a la hipocresía que valora las formas y a la crueldad con la que los niños tratan a los que son diferentes, me resulta enormemente acertada y dura -como debe ser- pero es sobre todo la felicidad que consigue encontrar Miguelito, pese al "sufrimiento" al que le ha condenado su enfermedad, lo que más me ha llegado.

Por encima de críticas y desprecios, conseguir la paz interior que conduce a disfrutar del mundo que nos rodea ( de todo lo hermoso que en él se puede hallar) es sin duda un mensaje para reflexionar, para asimilar y para transmitir.

Gracias por recordármelo.

Un saludo Á.

Fernando dijo...

Angeles, si no te llamo amiga después del comentario que me haces, no tendría perdón. Así que, gracias, amiga Angeles. Yo suelo escribir poesía a la que he dedicado toda mi vida interior, y nunca pensé escribir en prosa porque siempre me he considerado muy malo. Hay que tener mucha experiencia y fuerza de voluntad, y yo soy bastante perezoso. Más que perezoso soy, como dicen mis amigos e incluso mi mujer, un tipo raro. Sólo hago las cosas cuando decido hacerlas de repente y cambio de opinión como de camisa. Como no estoy muy bien dotado para seguir tertulias, y soy muy, muy tímido, conozco poca gente en el mundillo literario y, por mi edad, se me pasó la época. Tuve mis momentos cuando era joven y apuntaba alto, según decían, pero tuve que trabajar para sacar adelante a una familia numerosa. Nunca dejé de escribir poesías, pero a medida que las escribía, las tiraba o las perdía. Algunas pudo esconder mi mujer, que piensa que soy un genio. Mi hija Paloma se empeñó en que me apuntara a un blog y aquí estoy, sobre todo leyendo. Tu generosidad al hablar de mi cuentecillo me ha conmovido y por eso te he contado estas cosas. Perdona mi osadía, pero es son casi las dos de la madrugada y si no me acuesto me van a regañar. Gracias una vez más por tu ciomentario y un saludo ab impo pectore.

Alma Mateos Taborda dijo...

Excepcional relato con secuencias perfectas y una trama que me fue atrapando hasta disfrutar de un espléndido desenlace. ¡Magistral! Un abrazo.

Fernando dijo...

Muchas gracias, Alma. Comentarios como el tuyo me ayudan porque me dan ánimos para seguir escribiendo. Un saludo muy, muy cordial.

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Fernando.

Excelente crónica la que nos regalas, la he leído de cabo a rabo y la he disfrutado plenamente en medio del trinar de los pájaros y el murmullo de los arroyos.

Abrazos.

fiaris dijo...

Para quedar pensando ,la verdad, gracias por tu visita,buen finde.

Fernando dijo...

Rafael, amigo, gracias por tu apreciación, Espero que te haya guatado: Un abrazo.

Fernando dijo...

Fiaris, amigo, te recuerdo de la Reunión de Alcalá. Gracias por visitar mi relato. Un abrazo.

JUAN dijo...

Sólo te diré ¡Gracias, amigo, por compartir esta tierna y preciosa historia!
Me ha encantado, la verdad; adoro esta clase de relatos.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Gracias por tu comentario, Juan, intento seguir la pista del lobo. Un abrazo.

Marina-Emer dijo...

¡¡¡que maravilla de cuento!!!pobrecito Miguelito con ser enanito pero Gabriel como le hacia crecerse con el cariño que le daba...es verdad las personas necesitamos mucho cariño y apoyo para poder seguir viviendo ...como tu me haces a mi querido Fernando que en mi blog apareces como algo que faltaba y das vida...gracias mi querido amigo y cuidate mucho que los amigos te necesitamos y te queremos ...buen fin de semana
besos
Marina

Fernando dijo...

Gracias, Marina, celebro que te haya gustado el cuento. Buen fin de emana. Un beso.

Gustavo Figueroa V. dijo...

Fernando:

magistral relato nos ofreces con un manejo delicioso del lenguaje y una descripción de la fauna y la flora de esas hermosas comarcas españolas. El tema central, el de la bondad y la crueldad humana, la hipocresía y la relación poderosos - iglesia, son evidentes en tu relato.
Una vez más quedo admirado por tu inmensa y brillante capacidad descriptiva.
¡Un fuerte abrazo maestro!

Fernando dijo...

Mi querido y admirado Gustavo Figueroa: gracias por tu comentario, de gran valor viniendo de quien viene. Esta comunicación entre nosotros, tan alejados geográficamente resalta la utilidad de los medios modernos de comunicación. ¿Cuál hubiese resultado de en el caso de nuestros ancestros? un fuerte abrazo y gracias de nuevo por tu interés en leer mis entradas en el blog.

Jorge Encinas Martínez dijo...

Amigo Fernando, tu relato me pareció espléndido: me enganchó, en algunos momentos me llenó de ternura, en otros de indignación. Finalmente, de emoción (coincido contigo en que es mejor un final abierto con respecto a cómo llegó la cruz hasta el río). Mis felicitaciones. Un saludo

Fernando dijo...

Gracias, Jorge, amigo, por tu comentario. Me alegra que coincidas conmigo en dejar abierto el final. Era posible señalar un culpable, pero ninguno se lo merecía. Un cordial saludo.

Rayuela dijo...

más allá de que tu historia nos haga reflexionar sobre la hipocresía, la maldad, la amistad, he disfrutado enormemente de ella,de su ritmo suave, de la perfección de la palabra, de las bellas citas,de la visualidad que la vuelve cinematográfica.

mil besos*

Fernando dijo...

Muchas gracias, Rayuela, amiga. Es que estoy aprendiendo mucho con los ejercicios que haces en tu blog. Ganas me dan de participar con vosotros, pero ya soy demasiado mayor para aprender mucho. Un recuerdo cariñoso para toda tu familia, sobre todo para la nietecita. Un abrazo.

Terly dijo...

Un relato muy tierno, querido Fernando, por lo que de dulce tiene la amistad de una persona mayor, como Gabriel y un niño como Miguelito.
Las descripciones de cada uno de los momentos en que se acercan al río para pescar y cada uno de los momentos de la pesca, son de enorme realismo, parece estar viéndolo y disfrutando del paisaje, así como del leve rumor del río.
De manera excepcional me ha gustado la descripción que haces de la tienda de Ultramarinos, conocía una en Cáceres idéntica a la que tú tan excepcionalmente nos haces ver con todos y cada uno de sus detalles.
En fin, he disfrutado leyéndote, cosa que he hecho de carrerilla entre otras cosas por el bonito y sencillo vocabulario que utilizas.
Y sobre tus comentarios en mis blogs he de decirte que no creas que es oro todo lo que reluce, en cuestiones de fe, tengo más dudas que nadie, pero trato de aferrarme por la educación recibida, a la descripción de ésta: "creer en todo aquello que no se ve"
Un fuerte abrazo, amigo.

Fernando dijo...

Gracias, Terly, por haber leído mi cuento, y por el comentario tan favorable que me haces. No me conmueven, amigo mío, las razones que me das para que no te conceda la santidad que respiras en tus hechos y en tus escritos. Así que, por favor, inclúyeme en tus oraciones, porque con las de mi amada Peque, no creo que tenga las necesarias. Un abrazo.

Jorge Torres Daudet dijo...

Fernando, nuevamente nos regalas un cuadro maravilloso; sus bosques, cuajados de todas las especies de flora, el río que siendo de caudal humilde, alberga vida en la fugaz imagen de sus truchas, el pueblo, en el que, con unas pinceladas, has dibujado sus gentes, cacique incluído.
Y te has volcado, con gran sensibilidad, en el alma de un niño humillado y de Gabriel, "pescador de almas". Fernando, una vez más, mi felicitación, si es que te sirve de algo.
Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Jorge, amigo, tu felicitación me sirve y mucho, muchísimo. Eso me hace seguir hacia adelante y olvidar los malos ratos. Gracias una vez más por tu comentario. Un fuerte abrazo.

Amaya dijo...

No leía nada tan bueno desde que terminé la última obra de Delibes.
Déjame decirte que me ha llegado hondo, que tus personajes y situaciones son tan tiernos como reales y que me pareces un Maestro de la narrativa.
Un abrazo inmenso con todo mi afecto y admiración

Fernando dijo...

Ya quisiera llegar a la altura de la suela de los zapatos del maestro Delibes. No se me puede regalar un elogio mayor que el que me haces. No me importa, seguiré trabajando para que me vuelvas a enviar comentariosw como no éste. Muchísimas gracias, ASmaya y un saludo cordial.

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Gracias, Fernando, por el comentario tan amable que dejaste en mi última entrada. En todas partes se cuecen habas y la envidia nunca falta.

Abrazos.

Fernando dijo...

Rafael, amigo, es lo menos que podía hacer al enterarme de tu situación. Aquí tienes un amigo de verdad. Un abrazo.

medianoche dijo...

Surge de tus letras esa paz, ese sentir que vuela enlazando el espíritu con la materia, placer leer tan bella narración, gracias por los comentarios.

Besos

Fernando dijo...

Hola, amiga medianoche. Celebro que te haya gustado mi relato. Muchas gracias por tu comentario. Un cordial saludo, poeta.