jueves, 25 de noviembre de 2010

La guerra de Claudio.


La guerra de Claudio.


Tenía un ligero temblor en las manos, pero cada vez que se aferraba al volante de su furgoneta se sentía más seguro y pensaba que nada le impediría realizar ese día su trabajo de reparto. Hoy no fue uno de esos días. Claudio llevaba repartiendo paquetes desde las seis de la mañana y ya no tenía fuerzas para realizar un trabajo tan duro. Debería haber dejado de trabajar por su avanzada edad y la mala salud que tenía, pero su voluntad era de hierro, ya demostrada cuando dirigió un batallón de voluntarios en la guerra civil. ¿Cómo comparar su trabajo con los esfuerzos realizados en la batalla en la que participó a una distancia de apenas cien kilómetros de su pueblo?

Claudio era muy conocido en el pueblo y era un gran trabajador, pero tenía muy pocos amigos íntimos. Debido a su trabajo, tenía pocas ocasiones de frecuentar algún bar y comunicarse con sus vecinos, porque tenía que recorrer toda la región para entregar los paquetes de una empresa madrileña de alimentación, para la que trabajaba por contrato exterior. Quizás su mejor amigo, casi el único, fuese Gabriel, que se había granjeado su amistad escuchándole en muchos momentos las historias que contaba de su intervención en la contienda. Los episodios que relataba solían ser muy emotivos, en los que recreaba situaciones de una dureza increíble con indudable veracidad. A Gabriel le gustaba mucho escuchar cómo relataba Claudio sus historias, con su voz profunda y serena, mientras saboreaba su copa de orujo en el bar al que llamaban “La taberna”, propiedad del señor Emilio.

Claudio era un hombre menudo, fibroso, tenía el pelo blanco, pero conservando mechones negros que todavía hablaban de su reciente madurez, Con la ilusión de acabar con sus crecientes zonas blancas, utilizaba una colonia que le habían vendido en una peluquería de Madrid que en realidad sólo había servido para dar a sus canas un desvaído color amarillento. Sus manos eran fibrosas y fuertes, aunque aparentemente delicadas. Sus ojos, profundos y negros delataban a un hombre de gran personalidad.

El señor Emilio, por el contrario, era un hombre grande, de anchas espaldas, muy calvo, de aspecto franco y apacible, manos y pies enormes y una sonrisa muy agradable, que trataba a todos sus clientes con enorme intimidad, por lo que era muy apreciado en el pueblo. Su bar era refugio de tertulias y de hombres solitarios, donde había una comida hogareña, preparada por su mujer Elisa, mujer encantadora que aplicaba muchísimo arte y sabor tradicionales a las comidas que, personalmente y por pedido concreto, servía.

Pero Claudio no estaba ese día para contar historias. Tenía un gran dolor de cabeza y sentía en su interior una sensación inexplicable de angustia. Había tomado una aspirina, pero no cejaba ese maldito dolor.

- No me encuentro bien, Gabriel - dijo a su amigo, mientras se sentaba a una mesa con él – perdona que te haya invitado a un café, pero es que necesito hablar.

- No hace falta que me invites a un café, Claudio – le respondió sonriente – ya sabes que me encanta hablar contigo.

Gabriel miró hacia el cielo. El día era espléndido, un día típico del otoño en la sierra del Guadarrama. El sol brillaba con intensidad, el aire era limpio y frío, y no era cuestión de despreciar una buena taza de café caliente. Las tazas fueron dispuestas sobre una mesa de mármol de las que tenía el bar. Los árboles de la acera ya se habían desprendido de sus hojas y el ambiente helador aconsejaba alojarse dentro del establecimiento. Observando sus troncos, Gabriel recordó aquellos versos de Juan Ramón: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles”.

- A ver, amigo Claudio ¿qué te pasa? Preguntó Gabriel mirándole a los ojos.

- Quiero que esto quede para siempre entre nosotros, Gabriel – dijo con una voz suave y contenida encendiendo un “celta largo”.

Sorbiendo despacio su café, reflejando sus ojos un indudable fondo de tristeza, le dijo:

- Gabriel, tengo una enfermedad incurable. Me han diagnosticado un cáncer de pulmón muy avanzado. Calculan que tengo sólo días, quizás
un mes.

- Bueno, ya veremos – dijo Gabriel - hoy día se están descubriendo remedios y pronto esa enfermedad será curable. Lo importante es que luches, sigas los consejos de los médicos a rajatabla y no te rindas jamás. ¿Recuerdas, Claudio? como en la guerra. Hay que derrotar al enemigo. ¿Se lo has contado a tu familia?

- Mis dos hermanos no viven aquí y nos vemos muy de tarde en tarde. De hecho, la última vez que nos vimos fue en mi último viaje a Madrid, para renovar mi contrato con la empresa de alimentación para la que trabajo. Están casados, con un montón de hijos, y no creo que deba molestarlos mucho con la situación en que me encuentro. ¿Para qué amargarles este solterón la vida con algo que no tiene solución? Por eso te voy a dar su dirección y teléfonos por si sobreviene lo inevitable.

Gabriel le siguió mirando enternecido a los ojos. Recordando sus historias de la guerra pensó: “este es un jefe, valiente y el primero en dar la cara”. Estuvieron charlando hasta media tarde, orujo tras orujo, café tras café. Claudio narró su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y confesó que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

- Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade y que nunca había sentido. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro.

Gabriel tendió su mano y apretó fuertemente el antebrazo de Claudio. Recordó en ese difícil momento algo que había olvidado hacía mucho tiempo:

- Esta guerra la vamos a ganar, compañero.

Aquella conversación fue el inicio de una estrecha relación entre los dos hombres. Claudio dejó de trabajar y se recluyó en su hogar. Gabriel nunca había visitado su casa, porque sus encuentros habían tenido lugar casi siempre en el bar de Emilio, pero debido a la situación aprovechó cualquier momento libre para frecuentarla.

El otoño en el Guadarrama suele ser muy bello. El clima es mejor incluso que el de primavera, pero más frío. Es muy agradable pasear bien arropado viendo los colores amarillentos y cobres de las hojas caducas, que van cayendo intermitentemente sobre el suelo. Las casas se calientan con leña, pudiendo verse humear las chimeneas y sentir ese olor a madera quemada que envuelve a todo el pueblo, haciéndonos sentir la llegada del invierno. Comienzan a brotar las flores de los crisantemos en los pocos jardines existentes, y los mirlos siguen visitando los madroños, colaborando a que no se apague la vida bulliciosa de los pájaros que, poco a poco, van refugiándose entre los árboles para huir del frío.

Gabriel había decidido hacerse “ayudante de campo” de Claudio, cuya salud iba deteriorándose lentamente. No hubo forma de convencerle para su hospitalización en un sanatorio y se refugiaba en el salón de su casa, cerca de la chimenea, sentándose durante casi todo el tiempo en una mecedora, cubriendo sus piernas con una manta ligera y haciéndola mover continuamente apoyándose en los pies. Tenía casi siempre encendida una pequeña radio.

- ”Es para oír los partes de guerra” – decía con una sonrisa maliciosa.

- Bueno, de acuerdo, me sentaré a tu lado para oír juntos esas noticias – dijo Gabriel, poniendo una silla al lado de la mecedora.

Durante muchas horas y bastantes días, mantuvieron una estrecha comunicación los dos amigos. Gabriel tanteaba con precaución los temas, porque su objetivo principal era ayudar a su amigo en el dificilísimo trance que estaba pasando y no quería de ningún modo aumentar su angustia o su dolor. Como decía Jorge Guillén en su “Pietá”, “A sostener al hombre, A impedir su derrumbe”.

Poco a poco fueron debilitándose las fuerzas de Claudio. Vino a verle varias veces Don Julián, el párroco, para charlar con él, aunque sabía con certeza que era agnóstico, pero lo importante era, como le comentó a Gabriel, ayudarle a superar la soledad en momentos tan difíciles.

Como Gabriel no podía disponer totalmente de su tiempo, el párroco hizo un llamamiento a sus fieles, para encontrar a alguien que se hiciera cargo del enfermo durante varias horas, incluyendo las noches. Se hizo una colecta entre los feligreses y, con ayuda de todo el pueblo, se consiguió una importante cantidad de dinero para pagar un enfermero profesional, quien resultó ser una ayuda importantísima , ya que se hizo cargo de su aseo y cuidado personal. Esta solidaridad de la gente del pueblo confortó a Claudio, que se sintió querido y protegido por sus convecinos.

Gabriel fue dándose cuenta, a medida que pasaban los días, de que era Claudio quien estaba ocupándose de él, transmitiéndole la certeza de que la muerte es un hecho natural que conviene aceptar con serenidad. Este descubrimiento le impactó mucho, hasta el extremo de admirar su gallardía y, al mismo tiempo, su humildad.

La habitación en que estaban se había calentado mucho con la chimenea, por lo que Gabriel aprovechó un momento de descanso de Claudio, que cayó en un sopor tranquilo, para asomarse al balcón. Miró al cielo y, descendiendo lentamente su mirada, divisó las líneas montañosas del Guadarrama. Estaba anocheciendo y el sol, yéndose al pasitrote, iba despidiéndose de las cumbres una a una, derramando su luz con suavidad hasta que las laderas se oscurecieron. Era como una despedida íntima y silenciosa, un caminar lento hacia el otro lado del mundo. Había desaparecido, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Al cabo de unos días, comenzó a suceder lo inevitable. Claudio empezó a desmejorar notablemente, por lo que tuvo que quedarse en la cama, sin fuerzas para reincorporarse a su mecedora. Gabriel se turnaba con el enfermero en el cuidado del enfermo. No tenía fuerzas para comer ni incorporarse para beber. Tuvieron que habilitar unas pajitas con doblez para que pudiera beber sin levantar la cabeza de la almohada. Un día Claudio le susurró al oído: “Gabriel, mis hermanos”.

Al día siguiente vinieron los dos matrimonios desde Madrid. La casa se llenó , al principio de callados lamentos, pero después fue creciendo el tono de las conversaciones.

- ¿Cómo no habéis avisado antes? – decían.

- ¡Le hubiéramos trasladado a un hospital a la fuerza!.

- ¡En estos casos hay que explorar todas las posibilidades!.

Gabriel callaba, sumido en una terrible tristeza, sentado al lado de la cama, acariciando la débil mano del enfermo. Así pasaron las horas y llegó la hora de comer. Preguntaron por un restaurante y Gabriel les dirigió al bar del señor Emilio.
Esperó hasta que decidieran quién iba a quedarse con Claudio pero por unanimidad decidieron irse a comer juntos y salieron hablando entre ellos.

Gabriel quedó solo con su amigo, que intentó incorporarse y decirle algo al oído. Acercándose lo más posible a él, oyó débilmente:

- Hemos perdido la guerra, compañero – y murió dulcemente.

Gabriel cerró sus ojos y besó su frente. Acarició su cabeza y dejó descansar sus manos sobre la cama. Luego fue al salón y se sentó en la mecedora. A través del balcón pudo divisar una bandada de pájaros en dirección noroeste. Las brasas del hogar ardieron con llama durante un momento y se reflejaron en sus lágrimas.

28 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Tus relatos son aleccionadores, como éste que nos enseña a afrontar ese momento inevitable. Además de relatar un hecho cruel, pero real como la vida, a lo largo de tu narración nos vas decorando el texto con las maravillosas descripciones del Guadarrama, del sol cuando se pone y de ese bar de Emilio en el que ahora mismo pagaría por echarme un trago. Es estupendo llegar aquí, cada noche, para leerte. Gracias Fernando por estos regalos literarios que nos ofreces.

Fernando dijo...

Amigo Marcos, poeta, este relato no es una ficción. Fué una realidad.También el nombre del enfermo. Se murió en mis brazos, tal como lo cuento. Su pofesión fue la de conductor. Había sido teniente del ejército rojo durante la guerra y pasó varios años en la cárcel. Era una buena persona y nos hicimos realmente amigos, aunque él era mucho mayor que yo. El párroco hizo más de lo que cuento en el relato. Fué a visitarle para darle su sangre en una transfusión. Mi relato es más poético. La realidad fué terrible. Un abrazo.

Juliana Gómez Cordero dijo...

Fernando. amigo, cuanta tristeza en tu relato y ¡que bien lo cuentas!
Pones el alma en ello y logras transmitir la historia en una narrativa ecelente y conmovedora.
¿que más puedo decir? simplemente que te admiro.
Un fuerte abrazo.
Juliana

Fernando dijo...

Juliana. amiga, gracias pr tu comentario. Estuve dudando si escribir este relato por su efectivamente demasiada tristeza, pero lo escribí. Era alguien a quien quise tanto, que lo hice en su nombre. Un abrazo.

JUAN dijo...

No sé por qué ya había adivinado que este impresionante relato era autobiográfico, amigo Fernando.
Aunque es sumamente triste la historia que cuentas, he disfrtado con ella por la humanidad que desprende, la actitud del amigo, que afirma la veracidad del dicho que un amigo a veces es mejor que un hermano."Un amigo es aquel que llega cuando todo el mundo se ha ido." "Alguien con quien puedes pensar en voz alta".

Aprecio mucho también las descripciuones de esa maravillosa sierra del Guadarrama y del otoño.
Gracias por compartirlo, amigo. Un abrazo

Fernando dijo...

Gracias Juan, amigo me alegro que te haya gustado. Es triste, pero real. Un fuerte abraz<o.

Rayuela dijo...

fue tu guerra también, verdad Fernando?
dura historia, pero me llenó de ternura.la entrega de un amigo es haber ganado la guerra.

besos, desde esta mañana lluviosa*

Fernando dijo...

Rayuela, amiga, me encanta que me hagas comentarios, es como saludarse y decir "buenos días, amiga, cómo te va por ahí...Estar en contacto a tanta distancia y sentirnos tan unidos es un milagro. Un abrazo muy fuerte, Rayuela.

Carla Kowalski dijo...

Me encanto poder leer un relato tuyo. Es increible como escribis. Te felicito y te aplaudo!

P.D:queria invitarte a que pases por mi nuevo blog: Las Historias de Carla

Fernando dijo...

Gracias, Carla, naturalmente que pasaré por tu blog. Un saludo cordial.

Victoriana Díaz dijo...

Una historia conmovedora. Que triste es la soledad y si encima eres mayor y estas enfermo mucho peor. Muchas veces hace más quién quiere qué quién puede y te tiende la mano mejor un amigo que la familia. Es duro decir esto pero muchas veces es la realidad.
Mi felicitación amigo Fernando
UN ABRAZO

Fernando dijo...

Victoriana, amiga, así es, es bueno tener amigos de verdad. Para tenerlos es preciso entregarse a ellos y quererles. La recompensa suele ser inmediata. Un saludo muy cordial.

Jesús Arroyo dijo...

Amigo Fernando, esto no es una declaración de amor (sépalo usted), pero cada día me gustas más.
He estado unos días perdido y volveré a perderme (por poco tiempo). Te iré dando noticias.

Fernando dijo...

Gracias Jesús, amigo, vuelve pronto y sígueme haciéndome la corte. Un fuerte abrazo.

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Fernando:

Una triste historia muy bien contada.

En los momentos difíciles se conocen los verdaderos amigos. Muy valiente fue Claudio y muy leal tu amistad, es algo admirable que brota de un buen corazón.

Abrazos.

Fernando dijo...

Hiola, Rafael, amigo. Así de dura es la vida real. Deberíamos tomarla en serio y no malgastarla en caprichos y tonterías. Ayudar a los demás es ayudarnos a nosotros mismos. Un fuerte abrazo y gracias por tu comentario.

Juanjo Almeda dijo...

Amigo poeta, vengo y leo esto y me dejas sin palabras. Sé lo que es el final de esa enfermedad, porque se llevó a mi padre. Cuando Gabriel escucha: hemos perdido la guerra, compañero, Gabriel ahí he sido yo.
Aquí en Málaga ahora mismo llueve. Aquí esta tarde, me has hecho llorar, me has hecho...
Un abrazo

Fernando dijo...

Juanjo, querido amigo y poeta, la vida es así, muy dura pero a ratos maravillosa. Lo importante es ser las dos cosas, Gabriel y Claudio. Querer a los demás como Gabriel y ser valiente ante los problemas de la vida como Claudio. Creo que tú eres las dos cosas. Un fuerte abrazo.

Franco dijo...

exelente blog!!!!!!!

de variados temas y muy completos

te deseo la mejor de las suerte

y sigue asi con tu trabajo en el blog

nos vemos!!!!!!!!!!!

suerte

Fernando dijo...

Gracias opor tu comentario, Franco. Un cordial saludo.

Ángeles Hernández dijo...

La vida no es una batalla que se gana o se pierde, es un camino ( para el otro que es morada -- J. Manrique) con principio y final -final irrevocable-. Si pensamos en contienda siempre saldría victorioso el otro.

Claudio lo sabia bien aunque utilizara con Gabriel la terminología cAstrense. Por eso no quiso avisar a sus hermanos ni se opuso al destino de todo ser vivo.

Fernando dijo...

Ang eles, escritora y amiga: como siempre, me envías un comentario muy acertado. Estoy de acuerdo contigo. Claudio, para mí, fué un valiente, porque no todo el mundo acepta lo inevitable con valentía, sin admitir tratamientos médicos y aceptar con paciencia el curso de su enfermedad. Gracias y un abrazo.

Elvira Daudet dijo...

Admirado Fernando:

Hermosísimo relato, con el que me has hecho llorar, qué lo sepas.No necesitaba que confesaras que el fraternal Gabriel eras tú. Ya conozco de otros relatos a ese muchacho generoso e idealista, que te identifica tan bien, querido amigo.Lástima que todos no tengamos en la hora decisiva un ángel de la guarda como el que atendió amorosamente al buen Claudio.Un fuerte abrazo. Elvira

Fernando dijo...

Muchas gracias Elvira, amiga, La vida no acaba de enseñarnos nunca. Creemos que lo irremediable ha pasado y la verdad es que lo irremediable tiene que llegar. Por eso debemos ser más amables con nuestro pasado y tratar de mitigar nuestros errores pensando en que debemos evitar los errores futuros. A mí también me gustaría ser como Claudio, firme ante la muerte y tener a un buen amigo como Gabriel a mi lado. Un fuerte abrazo.

Jorge Torres Daudet dijo...

Ya hace tiempo te dije que dichosos tus amigos por haberte disfrutado, sigo pensando lo mismo; quien así habla de la amistad, es que así la siente.
Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Jorge, amigo, es que la amistad es algo maravilloso, cuando uno tiene la suerte de tenerla. Cualquiera en el lugar de Gabriel sería capaz de eso y mucho más. Un abrazo.

Carla Kowalski dijo...

Vos sabes que buscando alguna entrada tuya no leída, me volví a fijar en este relato y lo volví a leer.
Y otra vez se me llenaron los ojos de lágrimas cuando leí el final.
Nuevamente: Bravo!!!

Fernando dijo...

Carla, amiga, muchas gracias por releerme, pero no quiero entristecerte con mis relatos. Ten prometo que dentro de poco escribiré uno divertido y te lo dedicaré. Un cordial saludo.