viernes, 19 de noviembre de 2010

Un murciélago en la casa de Dios.




Un murciélago en la casa de Dios.

A Gabriel siempre le habían gustado las casas de piedra, los puentes de piedra, las catedrales de piedra. Sentía un atractivo especial por esos perfectos bloques pétreos del acueducto de Segovia, de las iglesias románicas, y admiraba las casonas fabricadas con piedras de musgo, las calzadas romanas, los castillos medievales, los altos muros de piedra de las fortalezas.

¿Cómo se pueden comparar los recios templos románicos de Salamanca o Navarra con las ostentosas catedrales de mármol blanco de La Toscana? solía esgrimir como argumento definitivo de sus reivindicaciones pétreas.

Por ello, siempre que tenía ocasión viajaba a los pueblos más próximos del Guadarrama y caminaba durante horas por sus calles, admirando las casas de piedra que encontraba y dibujando sus perfiles a lápiz en un pequeño cuaderno de cuartillas blancas que llevaba expresamente con ese fin.

La iglesia de su pueblo era también de piedra. Se accedía a ella por una calzada empinada, estrecha y formada por grandes trozos de piedra que llegaba hasta un tosco portal, con grandes puertas de madera. Su planta era de cruz latina y el suelo de tarima. Le atraía mucho su construcción, su diseño clásico y admiraba el musgo que cubría los intersticios de sus bloques de granito que le hacían recordar aquel versículo “la piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo” Aquí, en esta iglesia de pueblo, todas las piedras eran, en su opinión, escogidas.

En la parte posterior de la iglesia y subiendo unas escaleras de piedra se hallaba el coro y un majestuoso órgano, ahora estropeado. En la parte frontal, presidiendo y decorando el altar mayor había un majestuoso retablo dorado con imágenes de los evangelistas. Junto al altar mayor se hallaba una pequeña sacristía. Desde su campanario se veía un bellísimo paisaje montañoso. Se accedía a él por el exterior a través de una escalera de peldaños desiguales de granito, y en el interior a través de una modesta escalera de madera.

Lo que más le atraía de la iglesia era el silencio de su interior. A veces entraba sin otro objetivo que examinar detenidamente todos sus rincones. Procuraba entrar en silencio con el único objetivo de evitar el encuentro con Eusebio, el sacristán. Era éste un hombre rechoncho y bajo, que sujetaba sus anchos pantalones con unos tirantes enormes de color amarillento, de los cuales según se contaba en el pueblo, estaba muy orgulloso, por ser regalo de una vieja marquesa, ya fallecida, Tenía una enorme nariz que apenas permitía ver su minúscula boca y unas orejas grandes adosadas a su cráneo, que se escondían entre los flecos de una pelambrera hirsuta y grisácea, lo que le daba un general aspecto de puercoespín. Sus mofletes estaban, quizás, enrojecidos por el abuso del vino de las misas que trasegaba en la sacristía, mientra el párroco Don Julián exhortaba a sus feligreses con el anuncio de los evangelios.

Eusebio era una buena persona, pero un grandísimo pelmazo. Si Gabriel caía en sus garras, no se libraba de él por lo menos durante media hora. Sabía de todo, había estado en todas partes, ningún habitante del pueblo escapaba de su mira telescópica, por lo que conocía todos los detalles de su vida. Reía sibilinamente cuando contaba a media voz sus aventuras durante la guerra. Lo había pasado estupendamente, porque todo el tiempo estuvo sirviendo en intendencia, donde comenzó a engordar peligrosamente su barriga.

Evitando el contacto con el sacristán, Gabriel entró furtivamente en la iglesia y, sentándose en un banco cercano al altar, comenzó a analizar y pintar con todo detalle en su cuaderno las figuras de los evangelistas del retablo principal que, según el párroco, era una joya medieval aunque, según su personal opinión, no tendría apenas un siglo de existencia.

Como la iglesia solía estar en semioscuridad, encendió la luz del retablo pulsando un interruptor de la luz, previa inserción de una moneda en el cajetín de mando siguiendo las instrucciones escritas encima del mismo y así poder repasar la imagen global del retablo y los muros de piedra sobre los que se sostenía. Al encenderse repentinamente los focos recordó los versos humanos de César Vallejo: ¡de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares…! La piedra del altar era grisácea, granítica, pero en la mayor parte de la iglesia era más ocre, sobre todo en su parte posterior.

Cada vez que esto hacía, recordaba invariablemente las aventuras vividas con Santos, su amigo de la infancia. Pensó en ese momento lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…?

Los amigos de Santos, un grupo de inocentes chicos del pueblo, se habían conocido ejerciendo de monaguillos en la parroquia. Se sintieron muy importantes, revestidos con sus vestiduras blancas y rojas, transportando misales, haciendo sonar las campanillas, llevando el copón a Don Julián que, con beneplácito, recibía la asistencia de estos pilluelos.

Pero la emoción del poder terminó pronto. Se dieron cuenta de que se habían hecho mayores. Ya no querían ser los chicos del cura. Asistirían a misa los domingos, pero desde atrás, donde los hombres, donde los mayores. Estar detrás suponía arrimarse a la pared de piedra del fondo, justo debajo del coro y del órgano de la iglesia, que había dejado de funcionar unos años antes debido al moho que había prácticamente deshecho sus piezas operativas.

Apretujados junto a la pared de piedra del fondo, felices por haber tomado esa decisión, no tardaron en descubrir una puerta pequeña que había en un rincón y que tenía la propiedad de comunicarse con el exterior. La virtud de esta puerta consistía en permitir el acceso a la iglesia por medio de un simple llavín, sin necesidad de abrir las grandes puertas de madera de la entrada principal, pesadas de mover, por lo que Eusebio el sacristán convenció al párroco fácilmente de la conveniencia de su utilización. Se decía que esta puerta pudiera haberse construido durante las obras de edificación del edificio principal, como acceso para los obreros y facilidad para el transporte de los materiales de obra.

Aunque la iglesia estaba suficientemente iluminada, este espacio posterior, que apenas era un pasillo, estaba bastante oscuro, ya que no tenía ventanas ni existía en ese fondo de la iglesia ninguna vidriera o rosetón, sino un piso posterior habilitado para el coro y la instalación del órgano. Por ello, era el lugar idóneo para el cuchicheo de los chicos, el dormitar de los mayores y un paraíso de meditación para los creyentes. Desde allí se oían perfectamente las homilías del párroco que, según las mujeres piadosas, eran un ejemplo de perfección.

- Don Julián es un verdadero santo – comentaban algunas.

- Nos infunde serenidad. No hay nadie como él – decían otras.

Sin embargo, a pesar de esta pretendida perfección, Don Julián, sin entrar en lo excelso de su oratoria, tenía un grave problema de dicción. Hablaba en un tono de voz muy bajo y no daba la sensación de estar hablando, sino de susurrar. Esa forma de hablar, ese susurro íntimo y cercano era claramente beneficioso para las mujeres más piadosas que ocupaban los primeros bancos, pero apenas era inteligible su habla, lenta y pastosa para los hombres del fondo, de tal manera que los menos piadosos, entre ellos Santos y sus amigos, se entretenían en numerosas cosas para distraerse. Varios hombres, los más osados, salían por la puerta trasera a fumar un cigarro detrás del coro, diciéndose entre risas “las homilías son para las mujeres, los hombres no las necesitamos”. Otros, cerraban los ojos piadosamente para intentar captar los susurros de don Julián y seguir sus aclaraciones evangélicas y los antiguos monaguillos se entretenían en hacer gestos caricaturescos, empujarse y divertirse imitando las arengas del párroco.

A Gabriel le entusiasmaba formar parte de esa pandilla de gamberros. Se sentía muy integrado en el grupo y, aunque en el fondo se sentía muy distinto y muchísimo más formal, le entusiasmaba verse aceptado en el grupo y así sentirse un elemento importante de su comunidad. Todos los domingos acudía sin tardanza a encontrar a sus amigos y todos entraban en la iglesia, silenciosos y formales hasta que se situaban debajo del coro, su sitio preferido.

Pero un día, sucedió un acontecimiento que siempre recordaría el grupo situado debajo del coro. Santos descubrió algo en la parte superior de ese pequeño recinto desde donde asistían a la misa. Al principio pensó que había una humedad, una infiltración de agua, quizás algún desprendimiento, pero después de afinar su mirada y ponerse de puntillas para intentar ver más de cerca lo que era, lanzó un grito de júbilo que casi lo oyen los parroquianos: ¡hay un murciélago suspendido encima de nosotros!.

Los hombres se agruparon de inmediato y musitaron comentarios de asombro. Otros avisaron a los que fumaban en el exterior y, en fin, los piadosos feligreses se sumaron a la expectante situación. Santos señalaba con el dedo al silencioso murciélago, satisfecho de su hallazgo.

- Es un vampiro - decía - y viene a dormir aquí porque el lugar está muy fresco y los vampiros necesitan comer mucha sangre.

- No es un vampiro, Santos – opinaban los otros, restándole importancia al descubrimiento – es un simple murciélago.

Gabriel recordó con añoranza esos maravillosos acontecimientos. Desde entonces la misa parroquial se convirtió en la mejor aventura de la pandilla. Incluso se atrevieron a entrar en la iglesia un atardecer para comprobar si el murciélago había salido de su escondite. Para ello juntaron entre todos el dinero necesario para encender los focos del altar mayor, que podría quizás alumbrar la parte trasera de la iglesia.

Las misas tuvieron desde entonces un atractivo misterioso. El párroco, desde su púlpito, observaba la inquietud de sus feligreses. Pensaba que su oratoria estaba haciendo un efecto beneficioso en ellos, y se esforzaba en modular su expresiones, para hacer llegar con más fuerza los principios básicos del evangelio.

Gabriel, emocionado ante el recuerdo de esa juvenil etapa de su vida , recordó unos versos que había escrito esa noche anterior:


Si tengo ocasión, enterraré mi corazón en esta tierra
y lo repartiré para que se disuelva en pedazos,
unos aquí, en mi pueblo, otros en mi historia,
el resto diseminados en la vida de los demás.

.

16 comentarios:

Jorge Encinas Martínez dijo...

Mientras leía tu cuento, amigo Fernando, me acordaba de El camino de Delibes: de ese sabor de infancia, de aventura, de las cosas entrañables nacidas en el pasado. De ese saber crear un ambiente, una manera de sentir a medida que se suceden las frases. Se te da igual de bien la prosa que la poesía.

Un abrazo

Fernando dijo...

Gracias, Jorge, amigo, menudo elogio me haces, nada menos que recordarte a Delibes. Después de leer tu comentario dejaré de escribir. Ya no me hará falta nada más. Un fuerte abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

La piedra es para Gabriel el seguro. Seguro de estabilidad, de permanencia, de belleza, de selección, de fortaleza; un seguro que le aferra a su infancia y a sus orígenes y también a su evolución de monaguillo ingenuo a hombre que se sienta en la parte posterior de la Iglesia y que no necesita de homilía.

El murciélago es la anécdota curiosa, el contraste móvil de la quietud pétrea.
***********************

Bueno, así me ha llegado este relato sobrio y de añoranzas que culmina con el deseo de permanecer en la tierra y en el recuerdo de los amigos, cuando legue el final.

Un abrazo bloguero Á

Fernando dijo...

Angeles, amiga mía, si algo me atrae del blog es recibir comentarios inteligentes como el tuyo. Me reconforta que hay personas como tú que leen y se enteran de lo que están leyendo. Del murciélago lo que más me ha gustado siempre es que su palabra tiene las cinco vocales de nuestro maravilloso idioma castellano. Un saludo muy, muy cordial y de nuevo gracias por "leerme".

Elvira Daudet dijo...

Queridísimo amigo:

Entrañable tu relato (coincido con Jorge Encinas en que recuerda la prosa límpida de Delibes), que concluyes con unos versos conmovedores repartiendo tu corazón: "el resto diseminado en la vida de los demás"
Y hermosísimo el poema de la tierra:
"Si la piso me duelen las entrañas/
y no duermo hasta hacerme perdonar"
Es imposible expresar mayor amor y delicadeza hacia la madre tierra.
Has sido todo un descubrimiento para mí. Gracias. Elvira

Fernando dijo...

Elvira, amiga y admirada poeta. Cómo reconozco en los comentarios a la gente que merece la pena. Quiero mucho a todos los que escriben en el blog, por su valor, por su amistad, por su honestidad, pero hay algunos, como tú, a los que no basta con sólo amar, sino que tengo que poneros en mi memoria para siempre. Un abrazo ab imo pectore.

Marcos Callau dijo...

Ay amigo Fernando, esta noche sí que me has entusiasmado; no menos que las noches anteriores pero hoy de una manera especial. Me he llegado a identificar con la figura de Gabriel de una manera inigualable. Toda esa pasión por las pequeñas iglesias o catedrales románicas, intentar apreciar la forma y el arte en sus gruesos muros fríos, en silencio, cuando nadie te observa. Hasta la historia del muriciélago me ha traído bellos recuerdos de infancia. Yo fui bautizado en la Iglesia Románica de Santa Cruz de la Serós, un pueblo que está situado debajo de San Juan de la Peña. El campanario de esa iglesia estaba lleno de murciélagos y recuerdo cómo iba allí con mi madre para observar la impresionante panorámica que desde allí se divisaba. Ya que mi abuelo nació en Jaca siempre he estado muy ligado al Pirineo y recuerdo cómo en mi infancia acompañaba a mis abuelos los domingos a misa en la impresionante Catedral románica de Jaca. Como bien sabes hace poco que visité Segovia por primera vez. Allí descubrí la Iglesia templaria de la Vera Cruz y me entusiasmé observando la perfección del Acueducto como también aquí has nombrado, al comienzo del texto. Me ha encantado la lectura de esta noche. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Marcos, damigo, hablaremos en Madrid e yodo esto. Un fuerte ABRAZO.

JUAN dijo...

Muy interesante historia.
Me ha traido también recuerdos de mi época de monaguillo en una iglesia de muros de piedra y alto campanario en Chapinería.
Una prosa exquisita, me encanta. Un abrazo.

Fernando dijo...

Hola,Juan, amigo y paisano.Esta es otra de las prqueñas historias que estoy escribiendo y que llamaré "Relatos del Guadarrama". Trato de intercalas en ellas pensamientos y poesías de los mejores poetas. Un abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Leyendo desde Segovia, y teniendo frente a mis ojos la crestería del acueducto, no queda por menos de decir que me ha emocionado la alusión y entiendo perfectamente los pensamientos de Gabriel acerca de su admiración por la solidez y sobriedad de las construcciones en piedra que, además, no están exentas de ritmo ni dejan de ser gráciles en muchas de sus manifestaciones.
Han hablado de Delibes -nuestro admirado añorado y llorado Delibes-, y no puedo por menos que estar de acuerdo. Hasta el nombre de Gabriel tiene sus resonancias...
Pero fíjate que pienso más en una obrita de Unamuno, que a mí me dejó enganchado durante mi adolescencia y creo que marcó mi modo de pensar. Me refiero a "San Manuel, bueno y mártir".
Las alusiones religiosas-espirituales de este relato me llevan a esa obra (que como las iglesias románicas no por ser tan pequeña deja de ser una obra de arte) y me congratulan con mi propia juventud.
Enhorabuena.

Fernando dijo...

Viniendo de ti, Amando, gran escritor, tu comentario es un regalo de dioses. Efectivamente, Gabriel es un poco el personaje de Manuel, bueno y mártir, pero sin ser cura. Es sensible, bueno de verdad y compañero de fatigas de sus compañeros de vida. He tratado siempre de reflejarlo así en mis otros "relatos del Guadarrama", que ya he publicado. En diferenes etapas de su vida, claro. Es curioso, pero el libro al que aludes lo leí muy joven y me dejó un terrible impacto, no sólo literario, sino espiritual y humano. Un abrazo muy fuerte.

Marucha dijo...

Don Fernando,amigo,que grato sabor me ha dejado con este relato.
sucesos que despiertan al alma adormecida .

reciba un gran abrazo desde tierras que festejan ??? ,que raro,decir que se festeja o conmemora una revolución.

bueno,cómo quiera están muy calladitas estas fiestas,muy del que puede mejor se está en casa.

las calles silenciosas están,cómo que se nos está quitando lo alegroso,el decir vamos a festejar por todo y para todo,y en las azoteas,en los patios y y ya se acabó todo eso.

los negocios cierran más temprano.
las iglesias lucen más vacías,y las fiestas de xv años y bodas se hacen a mediodía.también las despedidas de soltera !!!!!

Fernando dijo...

Un saludo, querida Marucha, y gracias por las noticias que me envías sobre tu tierra. Un abrazo.

tinta negra dijo...

Maestro te quedo espectacular..pacese por mi blog tiene un regalo!°


Saludos!°

Fernando dijo...

Gracias tintamegra, aprecio muchísimo tu regalo, pero como puedes observar yo no pongo los regalos en mi blog. Los guardo en el corazón para siempre como haré con el tuyo. Un beso.