jueves, 16 de diciembre de 2010

Un amanecer especial.

Vértice geodésico Cabeza Mediana.





Un amanecer especial.


 

Esa noche tuvo Gabriel un único pensamiento, ver el amanecer del día siguiente. Quería ver cómo se asomaba el sol sobre las cumbres del Guadarrama, espiar los movimientos de la vida emergente en  ese campo que tanto amaba, contemplar el despertar de las  flores, los primeros vuelos de las aves, respirar los primeros aromas de la madrugada, abrir los ojos a las luces del alba y sumergirse en la vida que se iniciaba en derredor. Se  levantó, por tanto, cuando la noche declinaba, la luna intentaba escabullirse ante los primeros rayos del sol y los grillos entonaban sus últimos cantos. Era tal el silencio que oía crujir las vigas de madera de su techo, que trataban de dilatarse un poco para huir del frío de la noche.


Encendió la luz de la mesa camilla de su dormitorio, enrolló una bufanda alrededor de su cuello,  abrió su carpeta de hojas blancas y, de frente a su balcón, mirando unas veces hacia el cielo aún estrellado y otras hacia la carpeta, comenzó a meditar en medio de ese absoluto silencio. De vez en cuando, escribía a lápiz unas cuantas líneas. Su intención era recordar por escrito algunos momentos de su vida en esa maravillosa tierra del Guadarrama y anotar aquellas de sus ideas y poesías que se ajustaran a sus recuerdos. Porque realmente, pensó, vine a este pueblo “a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él  porque ”mirando  al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.
En la noche seguía reinando la oscuridad. Sólo destacaba la luz del lucero, ese blanco lucero que avistaba todas las madrugadas cuando intentaba descubrir  desde su balcón las luces lejanas de los pueblos del Guadarrama.  En una de sus poesías Gabriel le había preguntado al lucero: ¿Es ésta la noche de los poetas, la siempre cantada, noche clara y misteriosa, cómplice de amores eternos a la luz de la luna? ¿Es esta la noche de las rondas, de las juergas tabernarias, de los desafíos, de los amantes nocturnos? e intuyó que el lucero contestaba: “No, Gabriel, ésta es la noche de la despedida, del desasimiento, de la profunda tristeza”.
Entonces recordó otro de sus poemas: “amo a la noche de las caricias y de los susurros, de las meditaciones, de la lectura a media luz y las confidencias en voz baja, amo contar historias a los niños cerca de la lumbre del hogar, mirar la luna a través de las ventanas, contar sílabas rememorando sensaciones y soñar con la llegada de un nuevo día de luz y de esperanza”.
Esta noche estaba realmente triste y deseaba que amaneciera.
En el campo, entretanto, la vida comenzaba entonces a despertar. Los pájaros empezaron a moverse para ocupar posiciones en las ramas de los árboles, dando pequeños aleteos  para  vigorizarse antes de volar. Disminuyó el canto de los grillos y algunos insectos iniciaron su efímera vida. El sol, asomando con fuerza sobre las cumbres de La Pedriza, sembraba gradualmente de colores el campo. Gabriel había escrito hacía algún tiempo un poema, pidiendo ”que empapen mis pulmones los olores del bosque, que musgos  y tomillares aniden en las piedras y solares y presten su humedad a los alcores”.
Pero la tristeza que sentía ahora no tenía comparación como la que tuvo al conocer en su infancia la enfermedad de Quico, el niño azul, el hermano de su amigo Santos y las lágrimas de su madre, desconsolada, mirando al cielo.
Ahora, con el lápiz en la mano sólo pudo escribir este poema:“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano, no siempre lo consigo, e intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería”, pero “añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.
Y es que recordaba su infancia como una edad maravillosa, la edad del descubrimiento de los nidos, de la captura de conejos, de la persecución de lagartos y lagartijas, de los saltos sobre los montones de paja en la época de las eras, del baño en los charcos y regatos, de la búsqueda de los huevos de las gallinas y el refugio con sus amigos en los escondites infantiles ideados entre  matorrales, robles y  encinas.
¿Cómo podría olvidar aquella historia del murciélago en la casa de Dios? Pensó en  lo que le dijo una vez Alberti a Vicente  Aleixandre: ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…? Siempre recordaría la enorme nariz de Eugenio, el sacristán, la pandilla de chiquillos vestidos de monagos llevando el copón al párroco Don Julián, el reposo silencioso del murciélago debajo del coro y el momento de encender los focos para ver el retablo, teniendo presentes   los versos humanos de César Vallejo: ¿de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares?

La luz del día dominaba con su claridad todo el espacio y Gabriel, abandonando esos buenos recuerdos, se asomó al balcón para volver a mirar el paisaje que tanto amaba.  Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes del Guadarrama. Unos tordos volaron en la altura en dirección noroeste. Después de unos instantes regresó a su mesa camilla.

¿Y cómo olvidar la historia de la cruz de Miguelito, el hijo pequeñito de Dios? El señor Ramírez había regalado una cruz de plata sobre una base de mármol blanco y alguien la robó de la iglesia del pueblo. Nadie sabe que, pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado. Gabriel recordó aquel río truchero al que fueron a pescar juntos Miguelito y él. Su agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar la poesía de Juan Ramón Jiménez:”No se ve el agua, pero en su presencia oscura, se baña la desnudez eterna para la que el hombre es ciego”.

El tiempo fue pasando demasiado deprisa al evocar estos recuerdos y Gabriel  los escribía con ansia, como si fuera absolutamente imprescindible dejar ese testimonio personal  en las cuartillas blancas de su carpeta. Pensaba ir a desayunar al bar del señor Emilio una vez terminado ese trabajo que se había impuesto. Se quitó la bufanda, que ya no le era necesaria por haber subido la temperatura y estiró sus brazos, descansando por unos momentos de escribir.

Recordó aquellos versos que escribió un día después de una introspección personal: “amo la soledad mas acepto lo cercano, el silencio me llena más que la algarabía, me avergüenza  mucho hablar cuando yo soy profano, ansío la libertad, valoro la teoría y a todo el que me habla le considero hermano”. La palabra hermano le llevó a recordar a los amigos perdidos en el tiempo o en el espacio.

 ¿Cómo olvidar a Luis, un hombre de gran formación y espíritu abierto, vecino del pueblo, fallecido en Saint Gallen al poco tiempo de empezar una nueva vida en Suiza? ¿Por qué fue su destino tan cruel? ¿Por qué no pudo estar con él en esos momentos terribles y estrechar su mano con fuerza para reincorporarle a la vida?

La guerra perdida con Claudio fue también una experiencia dolorosa y triste. Al menos, sin embargo, pudo estar con él, entregarle su amistad y distraerle en aquellos momentos tan difíciles y dolorosos. Recordó a Claudio narrando su peregrinación  a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y la confesión de que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

“Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade. No es miedo,  acepto  lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro”. Recordó cómo tendió su mano y le apretó fuertemente su antebrazo. Al perder Claudio su guerra aquel atardecer del otoño, desapareció de repente, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Muy gratificante fue sin embargo su amistad con el señor Raimundo. Antes de llegar a su casa, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, siempre mirando al Guadarrama, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema :  “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas”.  A partir de su conversación con el señor Raimundo alrededor de su chimenea, Gabriel quedó muy tranquilo al pensar en lo futuro, en lo inaccesible. Nunca lo olvidaría, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral  “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”.

La conversación con Santos en la “cena de los hombres” fue asimismo muy gratificante. Gabriel pensó que había sido oportuna y había finalmente contribuido a transformar el primer beso de Ana y Santos en una feliz unión matrimonial. Durante la cena, allí  arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil  y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y  participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.

Cuando la amistad entre las personas es auténtica, puede haber un intercambio de pensamientos entre dos amigos que ayuden a esclarecer los planes futuros individuales, como ocurrió entre Gabriel y Andrés en sus charlas de la fisura, contemplando la lluvia a cubierto mientras comían sus bocadillos de jamón y sorbían su café caliente. Y miraban los campos y quebradas recordando el poema  Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Quizás el encuentro con Ernesto en “Los robledos” al pie del monumento al guarda forestal fue el más reflexivo y hondo de los habidos en sus excursiones por el Guadarrama. Las referencias a las teorías de Teilhard de Chardin, sobre  la “unificación” o “la unión” le habían hecho recordar a Luis Cernuda en su poema “las ruinas”: “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”.

El encuentro con Tomás Enciso y su guiñol de títeres le había emocionado, al tratarse de conectar con personas que trabajaban en la vida con seriedad y vocación. Por eso, al pensar en ello siempre recordaría que yendo hacia el ayuntamiento para preparar la organización del guiñol, el cielo estaba muy azul  y Gabriel, al mirarlo, pensó en esos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces - cosas de viejo -pienso que mis lágrimas son también azules”.

Muy emocionante y espiritual fue su encuentro con Gabino Sánchez en la iglesia del párroco Don Julián, donde descubrió que se puede hablar con Dios fumando, por muy escondido que se esté en los últimos bancos y la soledad en que vive de un hombre viudo, aferrado a su tierra y con entrega al Dios en que cree. Inolvidables aquellos versos de Elvira Daudet que le hizo recordar la sorpresa de Gabino cuando se interesó por él: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.

¿Y como olvidar a Don Ricardo, ese entregado médico de familia, auténtico médico de pueblo, capaz de sobrellevar fracturas y dolores y entregarse personalmente para cuidar de sus enfermos?

Los recuerdos afluían a su mente  en torbellinos y la punta de su lápiz se desgastaba en las hojas blancas que había situado encima de su mesa. Gabriel dejó de escribir, se asomó de nuevo al balcón y llenó sus pulmones de aire fresco. Recogió los papeles, se aseó lentamente, meditando en las ideas y emociones que había recordado durante esas horas y se dirigió al bar del señor Emilio para desayunar.

Después de saludarle,  tomó como desayuno un café y dos grandes  rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Después, durante bastante tiempo, estuvo ordenando sus hojas blancas y escribiendo algunas líneas en una de ellas. Finalmente, después de pagar su desayuno se dirigió a la cocina y abrazó a Elisa con un cariñoso abrazo. Al salir, se despidió del señor Emilio y salió lentamente a la calle.

El señor Emilio se dirigió a la mesa donde había estado desayunando y observó que había olvidado encima de la mesa, doblada, una hoja. La recogió y, desdoblándola, leyó en ella: “Amigos del Guadarrama, esta es mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua, que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré  para que se disuelva en  pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia,  el resto diseminados  en la vida de los demás”.

Afuera, en la calle, el sol incitaba a vivir, el cielo azul a soñar y la algarabía de los pájaros sonaba como una música lejana. Gabriel  decidió descansar de una noche tan especial y encaminó sus pasos hacia el campo, su campo del Guadarrama, entregándose a una meditación profunda que le explicase las razones del esplendor de su tierra.





35 comentarios:

JUAN dijo...

He disfrutado mucho con esta historia, amigo Fernando, y aunque soy profano en muchas materias de las que citas en tus escritos, sí te digo que me has hecho retroceder a mi infancia en esta serie de relatos del Guadarrama, recordando el jugar en los pajares, guardar grillos en las cajas y pasear y correr por los campos. Es lo que dices en este párrafo:
"añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.

Este relato es muy triste, se nota el desánimo de Grabiel, que mientras añora a sus amigos intuye su próxima partida. Las descripciones del lugar son asombrosas, por momentos me veía alli.
Te agradezco que lo hayas compartido y te felicito por el arte que despliegas al hacerlo.
Un abrazo

Fernando dijo...

Juan , amigo, gracias por tu comentario. Aquellas cosas que dices no entiendes, pertenecen a los relatos hechos sobre el Guadarrama. Si estás interesado, puedes leerlos buscándolos en mis entradas. Están todos ellos publicados en este blog. Un abrazo muy fuerte, amigo Juan.

Jorge Torres Daudet dijo...

Un bello epílogo para esta serie de relatos que te han hecho una fotografía de tu interior. Eres grande de estatura y, sobre todo, de alma. Sin ese rico entresijo de sentimientos no se podría escribir como lo haces.
Pues nada, este año que termina que da fin a esta hermosa serie da paso a otro nuevo año y, espero, a otra nueva serie. Dará igual de lo que trate; cualquier texto tuyo se verá enriquecido por tus palabras.
Ha transcurrido un año de aquel comentario que me hiciste en mi blog (recién abierto) en el que me decías que conocías Sigüenza; desde entonces he disfrutado de tu saber, y saber hacer.
Enhorabuena, Fernando.
Un abrazo muy fuerte.

Fernando dijo...

Muchas gracias, Jorge, amigo y poeta. Por supuesto queda en pie nuestro viaje por la matanza a Sigüenza. Allí podremos conversar a gusto sobre nuestros escritos y disfrutar de la espléndida comida que por allí se cocina. Recuerdos a tu esposa y un fuerte abrazo.

FRANK RUFFINO dijo...

Estimado Poeta y Maestro Don Fernando Jiménez-Ontiveros:

ANUNCIO:

En marzo o abril me voy a encontrar con mi novia platónica en Sevilla. Abriré una pequeña marisquería en un pueblo costero, o cerca de la costa llamado Frigiliana (mis tres brujas hermanas dominantes y engreídas millonarias riñen mucho conmigo, y este vate ceniciento aceptó su partecita de la herencia, y no ha muerto madre. Imagina qué triste!). En ese pueblo que te cuento y que tal vez conozcas, mucho turismo europeo, con mucha capacidad económica: ingleses, alemanes, holandeses... Al fin emigro de este estercolero cultural (aunque amo Costa Rica y a sus buenas y sencillas gentes). Hace cinco años me había reencontrado con la mamá de mi pequeño hijo Octavio de casi dos años, y su ex marido le dejó la marisquería. Ahí aprendí a cocinar varias cosas y el famoso ceviche tico (pescado crudo en trocitos cocinado en jugo de limón y de toronja, y vegetales: chile, cebolla, culantro, tomate). Cuando esté instalado podríamos organizar encuentros poéticos poco ortodoxos: tú tendrías comida y habitación asegurada y no tendrías que gastar nada. Haré de Frigiliana un emporio de la Poesía latinoamericana. Enseñaré a los españoles a escribir como poetas malditos, tan escasos en España, pues muchos fanfarrones solo tienen esa etiqueta por no haber vivido las aventuras y estrecheces de uno.

Abrazos,
Frank.

Antorelo dijo...

He llegado hasta desde un blog que compartimos. Me gusta lo que escribes y cómo lo escribes, que tan importante es lo uno como lo otro. Te dejo la dirección del mío:tijerasdepapel, por si quieres echarle un vistazo. No perderé de vista tu blog.
Saludos

Fernando dijo...

Querido Ferank Ruffino, amigo y gran poeta: ¡Vaya sorpresa agradable! No lo puedo creer...Espero que todo salga como piensas, pero ten mucho cuidado, porque llevar un estaurante es complicado y se suele perder el dinero. Una cosa es cocinar y otra llevar las cuentas. Confío en que tu novia platónica sepa llevarlas y tú te dediques al ceviche y las poesías.En todo caso, mi hijo es dueño de un restaurante en Madrid y os puede aconsejar si es necesario. Espero tus noticias don mucha ilusión. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Estimado Antorelo: todo aquel que pertenezca al excelso campo de la educación es superecibido en mi blog. Ya me he hecho seguidor y pienso leer el tuyo. Gracias por visitarme y un fuerte abrazo.

JUAN dijo...

Tus relatos los he leído, Fernando, y me encantan todos.
Al decir que soy profano en ciertas materias me refiero a los grandes pintores y poetas, pues me maravillo con tus numerosas citas, homenajes a maestros pintores y a los poetas, y me doy cuenta de lo mucho que ignoro.
Por eso leerte para mí es una delicia. Un abrazo

Marcos Callau dijo...

Ha sido un auténtico gozo poder disfrutar de esta colección de relatos, amigo Fernado. Me has llenado de imagenes de esos paisajes del Guadarrama, de sentidos y sentimientos...ha sido estupendo. Me ha parecido un colofón sencillamente sensacional. Espero poder agradecerte estos ratos de lectura en mi próximo viaje a Madrid, del día 26 al 29. Como ya te escribí en un correo, tuve un accidente telefónico y perdí toda mi agenda, así que te agradecería que me llamaras en esos días a ver si podemos conocernos. Creo que y tienes mi teléfono, si no, házmelo saber y te lo envío por correo electrónico. Un fuerte abrazo, amigo.

Fernando dijo...

Juan, amigo, yo también disfruto con tus relatos, en especial con algunas recetas de cocima casera que de vez en cuando nos envías. Un abrazo.

Fernando dijo...

Marcos, amigo y poeta, gracias por tus comentarios., que ahan sido una ayuda fenomenal para mi trabajo. Va a ser difícil que nos veamos esos días, porque mi hijo Fernando viene desde USA con su familia a pasar estos días con nosotros y nos vamos al pueblo de Rïofrío en Segovia toda la familia de mis cinco hijos y nueve nietos a unas casas rurales. Por email te envío mi teléfono móvil para poder hablarnos. Feliz Navidad y hasta entonces. Un abrazo

Elvira Daudet dijo...

Querido y admirado Fernando:

Qué tristeza me ha producido que acabes con Gabriel con la ambigua frialdad de un Dashiell Hammett. Él, tan noble y generoso, no se merecía acabar tan joven y lleno de vida.

Te deseo la mayor felicidad rodeado de tus seres queridos, en estas fechas llenas de melancolía.
Un fuerte y cariñoso abrazo. Elvira

Jorge Encinas Martínez dijo...

Es grande el contraste entre el nacimiento del día y el final que se presiente para los relatos del Guadarrama. Y a medida que se marcha la noche y crece el sentimiento y la poesía en las hojas de Gabriel, crece también la tristeza en quien te lee, amigo Fernando, y ya empieza a echar de menos tus relatos. ¿Con qué nueva colección nos vas a cautivar?

Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Elvira daudet, admirada poeta: no he leído nada de Hammet. Sé que escribió "El halcón Maltés", pero nunca ne ha atraido la novela negra y no me imagino al pobre y sencillo Gabriel sufriendo una muerte misteriosa. Por el contrario he querido dejar sin precisar mucho su ausencia, porque es un buen tipo y no merece un mal final. No sé, a lo mejor me he pasado de evanescencia. Gracias por tu comentario y un cálido saludo.

Fernando dijo...

Jorge, amigo y escritor, me ha dado pena despedirme de Gabriel. Era muy buena persona y he llegado a quererle como a un íntimo amigo. Pero la vida es así de cruel. Amar demasiado a alguien puede cansar y describir paisaje puede llegar a aburrir. Intentaré en el futuro algo real pero al mismo tiempo poético, porque yo soy contador de historias, pero sólo de vez en cuando. Un abrazo.

Fernando dijo...

Y yo con todo cariño te deseo unas fuiestas feliuces rodaeda de los tuyos y adorando al Niño Dios. Un saludo muy carñoso, Marucha. YA SABES QUE TE APRECIO MUCHO.

Juanjo Almeda dijo...

Querido Fernando, creo que has dado un buen final a esta serie de relatos poéticos que tanto me han emocionado y me han ofrecido una lectura muy agradable. Me gusta mucho como relatas y a la vez insertas fragmentos de poemas en ellos, en especial el poema que escribe Gabriel "con el lápiz en la mano"... El final es muy emotivo, pero me alegra que quede así por si alguna vez Grabriel regresara. Gracias por tu trabajo.
Un abrazo.

Juliana Gómez Cordero dijo...

Voy a extrañar mucho a Gabriel, pero la lectura de su despedida me hizo saborear a gusto el magnífico arte que tienes para la descripción de los lugares en que se desarrollaron.Es como si hubiese estado recorriendo
esos lugares, palmo a palmo, mirando por esa ventana donde él escribía sus páginas blancas.
¿me quieres explicar por que se fué?
Un furte abrazo.
Juliana

Fernando dijo...

Juanjo, amigo,poeta. No se sabe qué hará Gabriel en adelante. Yo también le echaré de menos. pero como tu dices, siempre tendremos la oportunidad de que vuelva. Los últimos versos son, como tú sabes, del poema De la Tierra del poemario "Densidades". Un abrazo.

Fernando dijo...

Querida Juliana. Esperemos que Gabriel siga haciendo amigos en su pueblo o en otra parte. SIEMPRE ENCONTRARÁ MOMENTOS PARA AYUDAR A LOS DEMÁS Y SIEMPRE LOS DEMÁS RE
CURRIRÁN A ÉL. GRACIAS POR TUS COMENTARIOs Y FELIZ NAVIDAD.

Marina-Emer dijo...

mi querido amigo del alma ,dices muy bien que la amistad autentica ...es hermoso contar con verdaderos amigos aqui abajo que arriba estan nuestros seres queridos que allí nos esperan...aqui es un placer contar con un amigo como tú al que se le coge cariño familiar...si Fernando soy buena persona y poreso tengo a orgullo que me quieras como amiga especial que me siento de tí.
ya ves mi hermano y yo casi a la vez nos quedamos viudos ,ella preciosa mujer en nada un tumor cerebral se la llevó y a Emilio se le encharcaron los pulmones de un costipado y asi mi hermano y yo quedamos como de pequeños mirando uno por el otro.
Felices fiestas navideñas
besos
Marina

Jesús Arroyo dijo...

Tras todos estos relatos, querido Fernando, deseo que un saco cargado de felicidad se rompa en el centro de tu casa para que se reparta por todos los rincones.
UN fuerte y cariñoso abrazo.
Hasta el 2011.

Ananda Nilayán dijo...

Querido Fernando,
Ha sido entrañable. Ahora volveré a leer todo, entero. Me tomaré mi tiempo, por supuesto.

“a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él porque”mirando al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.

Qué belleza.

Abrazos y te deseo que pases una navidad estupenda con tus seres queridos

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Abandono por este día el inicial saludo que siempre antecede a los comentarios que realizo en tu blog. Hoy solo comenzaré de esa forma simple que dice así:
Querido amigo Fernando: leo con suma atención este relato y lo enlazo con los anteriores que has dedicado esa parte de tierra tan querida por nosotros. Me llena de satisfacción, a la vez que de admiración, comprobar la capacidad que tienes para transmitir poéticamente las características materiales y espirituales del paisaje y los personajes que nos pones delante de los ojos. He aprendido mucho de los matices que introduces con soltura y sencillez, cualidad ésta esencial para el relato. Del mismo modo debo decirte que desde mi escritorio he tenido la fortuna, gracias a la magia de tu pluma, de oler las plantas y matorrales, de escuchar el canto de los pájaros y los grillos, de sentir cansancio en caminatas, de tomar un vino en la taberna. También yo he hablado con tus personajes y les he podido comprender e, incluso a veces, les he tendido la mano y les he abrazado. Pero mi abrazo entrañable, espontáneo, se lo doy a Gabriel porque lo tengo más a mano sabiendo como sé que él eres tú mismo. Nos has ofrecido una mezcla explosiva de prosa poética y poesía pura. Has tenido la habilidad de hacerme buscar en mi biblioteca los libros de los poetas a los que haces referencia. La originalidad de intercalar estrofas propias y de otros poetas hacen de tus relatos una auténtica joya literaria. Ahora puedo decirte que tengo ya sitio preferente en ella para colocar tu libro cuando lo publiques.
Querido Fernando-Gabriel, poeta y amigo, te doy las gracias sinceras por el detalle que tienes al dedicarme este último y bello relato, pero tú bien sabes que no me lo merezco. De cualquier manera es un bonito regalo de Reyes que lo estimo y por el que siempre te estaré agradecido. Recibe un fuerte abrazo de tu amigo Rafael. 19-12-2010

Ángeles Hernández dijo...

Gabriel nos deja, con ese bello poema final que todos deberíamos tener en la mente el día de la marcha: "me quedo en mi tierra, en mi historia y en la vida de los demás" pero Fernando permanece: seguiremos leyendo y disfrutando a partir de ahora, su poesía.

Dices "ahora debo terminar mi estancia en él porque mirando al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”, y así anuncias el final de los "Relatos del Guadarrama". Yo ahora, copiando tu estilo, te cito a Machado "todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar....".

Y desde aquí quiero hacer una comparación entre estos relatos que nacen, creen, se multiplican y terminan, y la vida, la de todos, que como la de Gabriel y la de esta serie, algún día terminará. Es así, es justo y esperable.

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Muchas gracias Fernando, aunque ya te visitaba de vez en cuando, me he abonado a tu blog con el Guadarrama y las historias de Gabriel.

Empezamos nuevo ciclo, contigo.

Hasta siempre, un abrazo Á.

Fernando dijo...

Ananda Nilayan, amiga mía: me he sentido llevado a la gloria por tus comentarios sobre mis diversos relatos del Guadarrama. Además, has tenido el detalle de subrayar mis poesías y pensamientos propios, dejando a un lado los poemas maravillosos de esos poetas tan extraordinarios a los que he acudido para dar más profundidad poética a mis relatos. Gracias por tu ayuda. Un fuerte y acriñoso abrazo.

Fernando dijo...

Rafael, amigo, poeta: ¡qué puedo decir sobre tu comentario! Todo lo que dices es entrañable y demuestra el alto concepto que tienes de nuestra amistad. Sabes muy bien que, si he escrito estos relatos, ha sido gracias a la iniciativa tuya y de Antonio Tormo, a los que nunca os olvidaré. Me habéis hecho trabajar
escribiendo relatos.¡Cómo podría yo comparar mi forma de escribir con la tuya, tan profunda como la de los escritores rusos, resultado de tu inmensa cultura y tu perfección en la palabra. Me propuse escribir estos relatos, pero soy incapaz de abandonar la poesía que, como tú sabes muy bien, ha llenado mi vida. Gracias por vuestra fantástica ayuda. Me voy con Gabriel del brazo a nuestro Café de las Sorpresas. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Angeles, amiga querida: tus comentarios, siempre profundos y meditados, me han hecho feliz. Porque me has leído despacio, porque tú eres una gran escritora y sabes de la dificultad que entraña la escritura de relatos. Por eso siempre has destacado conceptos clave que me han servido para ir mejorando lo siguientes relatos. Esta es la gran virtud de los comentarios, ayudar a mejorar nuestro trabajo. Espero con ilusión que sigas leyéndome. Contar con personas como tú no es fácil. Hay que tener la suerte que yo he tenido al recibir tu apoyo y tu honesto pensamiento. Un fuerte abrazo.

Carla Kowalski dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fernando dijo...

Carla, amiga, gracias por tu comentario. Gabriel no murió, sino que se ausentó. Por eso se llama "La Ausencia" el relato, Esperemos que esté viajando por su tierra tan querida, disfrutando de sus maravillosos paisajes y encontrando a gente interesante. Un abrazo muy fuerte.

Ángeles Hernández dijo...

Para despedirme de esta aventura compartida que para mí ha sido toda una novedad, quiero agradecerte calurosamente, tus acogedoras palabras, siempre halagadoras, a mis comentarios.

Sí he leido las entradas las con detenimiento, incluso a veces imprimiéndolas, y sí que me lo he tomado muy en serio, porque al comentárte intento también hacer literatura y porque el esfuerzo para captar lo que el autor
quiere comunicarnos es para mí un aprendizaje que deseo y necesito.

Me hace muy feliz (estas pequeñas cosas) que mis comentarios te hayan hecho feliz, porque en ellos me he dado un poquito y tú lo has sabido ver.

GRACIAS Á

Fernando dijo...

Pues claro, Angeles, no hay nada tan bello como compartir inquietudes, tecnología, resultados...Decir "qué bonito relati" no basta, Hay quen profundicar y como tú diced, por ejemplo ¿qué estaría pensando el señor Raimundo de ese joven que le pregunta de repente si es creyente?.Todo ese pensamiento es un mundo que hay que investigar. Lo que locurre es que los relatos cortos dejan muchas cosas en el aire. Habrá que pensar en escribir una novela de verdad. Un abrazo.

Rayuela dijo...

amigo Fernando, después de leer las historias de Gabriel, precisamente ésta, última historia, sé que no existe la ausencia, y que aquí están, rodeándome, mis pinos y violetas, mi magnolia y mi jazmín,mis amigos, y los versos de ciertos poetas.


un abrazo*

Fernando dijo...

Querida Rauela: entre nosotros no existela ausencia. Sólo existe la distancia geográfica. Yo me encuentro también rodeado de aromas de jazmines, magnolias, pinos y violetas, confío en que para mucho tiempo. Abrazos a toda la familia.