lunes, 6 de diciembre de 2010

La fisura.

Sendero a La Pedriza.


El Yelmo.

Las cuatro damas.


La fisura.




La fisura.

Gabriel siempre se había preguntado por qué llamaban “señor Emilio” al dueño del bar del pueblo, cuando se hablaba de él, y no simplemente Emilio, sin que hubiese ninguna razón objetiva para ello. Quizás fuese un tratamiento atávico, un respeto histórico a los antiguos señores principales de la comarca o una simple costumbre que alguien comenzó y luego todos siguieron por inercia. La verdad es que él se merecía este digno tratamiento, porque era un hombre muy amable, simpático y buena persona, desprendiéndose de él una imagen de auténtico señorío. Completaba su imagen la dignidad de su mujer Elisa, compañera de su vida durante muchos años, que trataba a los clientes con gran cortesía y amigabilidad.

Gabriel frecuentaba su bar, generalmente para beber un café y una copa de orujo después de las comidas. Pero ese día había decidido sentarse en una de sus mesas de mármol para comer el plato que Elisa cocinaba los jueves, su fabuloso cocido madrileño.

El clima de la primavera, en las tierras del sur del Guadarrama, es de modo general muy agradable. Sin embargo, confirmando el refrán de “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, amanecían ciertos días bastante fríos e incluso las auroras llegaban a parecer septentrionales. Esta situación climatológica empujó decididamente a Gabriel ese día hacia el hogar de Elisa y su cocido. Pensaba en la sabrosa sopa humeante que iniciaba el festín, y no sólo le gustaban los condimentos añadidos a los garbanzos para sazonar ese magnífico plato, como el chorizo ahumado al fuego, la morcilla de cebolla, la panceta, ese delicioso tocino blanco de cerdo de matanza, y el bien conocido morcillo de ternera. Lo más importante era el grado de cocción que daba Elisa a los garbanzos grandes y tiernos de la tierra castellana, que se deshacían en la boca, dejando un aroma de esencias inolvidables.

Gabriel se acomodó en una mesa cercana al ventanal del salón y comenzó a saborear una copa de vino tinto, denso y cálido, que le sirvió el señor Emilio. A través del cristal pudo ver los brotes de las hojas en desarrollo en los árboles de las aceras, el vuelo de algunos pájaros en el cielo, las altas nubes y más allá la lejana silueta del Guadarrama. Recordó esos admirables versos de Juan Ramón Jiménez: “mirar bien al horizonte, extasiarse en lo indeciso…”

Absorto en estas ensoñaciones, fue despertado por alguien que le saludaba cordialmente.

- Hola, Gabriel, ¿puedo sentarme contigo?

El que así hablaba era un hombre joven, alto y delgado, de aspecto universitario. Su pelo era rubio y usaba gafas que otrora se llamaban “Truman”, en recuerdo de las lentes diminutas del que fue presidente norteamericano, que le conferían realmente un aire inteligente. Vestía de manera informal un jersey de punto de color beis, camisa blanca, pantalones oscuros de un color indefinido y unos zapatos marrones con una suela de goma muy ancha. Estas suelas le permitieron acercarse a Gabriel de un modo silencioso, sorprendiéndole en sus ya notorias ensoñaciones, bien conocidas por sus amigos del pueblo.

- Andrés, qué sorpresa – contestó – hacía mucho tiempo que no te veía por el pueblo. Pues claro que sí, dile al señor Emilio que estás incluido en mi mesa para ayudarme a disfrutar de esta espléndida comida. Estás invitado. Siéntate y cuéntame qué es de tu vida.

Andrés se sirvió un vaso de vino y brindaron amistosamente.

- ¿Has venido con Ana, tu mujer?

- No, se quedó en Madrid, arreglando unas cosas – respondió Andrés con tono impreciso.

- No la veo desde la boda de Angeles y Santos, ¿Te acuerdas de ellos? Están muy enamorados. Todo empezó en aquella famosa “cena de los hombres” de hace unos años – recordó con añoranza - Cómo pasa el tiempo, y qué felices son.

En ese momento llegó el señor Emilio y comenzó a servir la sopa preparada por Elisa. Su olorcillo, sabrosísimo, invadió por un momento el espacio de ambos amigos. Comenzaron a tomar la sopa, lentamente, aspirando su aroma, degustando su exquisito sabor.

- Esta sopa parece un bebedizo de amor – comentó jocosamente Gabriel.

Andrés tomaba cucharada tras cucharada en silencio. Mantenía la mano izquierda bajada, debido quizá a la costumbre adquirida en la Universidad de Boston, ejerciendo de profesor de español durante tres años, puesto que le fue concedido gracias a sus excelentes calificaciones obtenidas en sus estudios de filología hispánica.

Gabriel decidió mantenerse en silencio durante un buen rato, pero deshizo ese silencio al llegar el plato de cocido.

- Algo te pasa, Andrés. Cuéntamelo mientras paladeamos este cocido. Despacio, porque tenemos mucho tiempo y no son muchas las ocasiones que tenemos de estar juntos. Vivir en Madrid tiene muchas ventajas para ti, pero me hace estar distante de las personas que, como tú, necesito y quiero.

- Perdona, Gabriel, pero hoy no es mi día para contarte nada. Estoy pasando malos momentos y preferiría estar a solas contigo, tranquilos y sin ruidos. ¿Qué te parece si nos vamos juntos a pasar un día en La Pedriza?

- Eso está hecho. Si quieres podemos ir mañana mismo Yo me hago responsable de llevar provisiones en mi mochila de campaña. ¿Estás de acuerdo?

- Sí, Gabriel, mañana pasaré a recogerte a las nueve y desayunaremos aquí.

Los dos amigos estuvieron charlando tranquilamente sobre los amigos comunes, sus trabajos y las noticias de actualidad. Terminaron tomando el tradicional café con orujo y visitaron la cocina para felicitar a la cocinera por su obra maestra.

Gabriel se despidió de su amigo. Regresando a casa, volvió a mirar al cielo y a los pájaros y a las nubes, que se movían impulsadas por el viento, adoptando múltiples figuras. Unas veces eran tirabuzones, otras aves veloces, otras diversos animales que se creaban y deshacían a gran velocidad. Jorge Luis Borges se preguntó un día: ¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura del azar?

Al día siguiente, una vez desayunados, los dos amigos fueron hasta el pueblo de Manzanares el Real en un viejo coche Citroen 2CV que Andrés había comprado a su vuelta de su residencia en la universidad de Boston. Estaba muy orgulloso de su compra porque, según se había rumoreado, el mismo arzobispo de París manejaba uno similar. Estacionaron el coche cerca de la plaza del Ayuntamiento y comenzaron una caminata, que duraría aproximadamente dos horas, hasta El Yelmo. Gabriel conocía muy bien el camino y al poco rato, saliendo del pueblo, caminaron por senderos de tierra y piedras entre jarales de poca altura, vaguadas con grandes almohadillones de matorral y pisos de piedras sueltas.

- ¿Te cansas, Andrés?

- La verdad es que había olvidado lo que es caminar por la montaña – dijo Andrés – pero tenemos que llegar a las praderas al pie del Yelmo. No puedo creer que vaya a visitar otra vez esta cumbre.

- Iremos hacia esas praderas y allí podremos descansar y comer.

El camino discurría por la imponente estructura de rocas, disfrutando los dos amigos de unas excelentes vistas panorámicas. Hablaban poco, sólo unas palabras de vez en cuando, porque el camino ascendiente era bastante fatigoso. Gabriel, en silencio, contemplaba laderas abajo el mar de jarales. El día había amanecido un poco gris, y una neblina blanca serpenteaba entre ellos. Años más tarde recordaría esos parajes al leer el poema “Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Caminar despacio, pero sin pausa, en silencio, oyendo las pisadas sobre las piedras sueltas, sabiendo sin embargo que no estaba solo, le resultaba muy agradable, impulsándole a cantar en su interior aquella canción francesa que les enseñó Alicia, la nueva maestra de la escuela, una pelirroja menuda que presumía de haber pasado las vacaciones con sus tíos, emigrantes en Francia: “un kilomètre a pie, ´ca use, ca use, un kilomètre a pie, ca use les souliers”.

Comenzó a tararear suavemente esa música y Andrés se unió de inmediato. Caminando juntos bajo el mismo compás fueron ascendiendo lentamente hacia el objetivo señalado en un simpático clima de compañerismo.

En el tiempo previsto, llegaron a la hermosa pradera al pie de la enorme mole granítica de color rosado que simulaba el protector de la cabeza de un gigante armado y preparado para la guerra. Allí, sin embargo, no había ningún atisbo de guerra. Una paz inmensa reinaba en toda la zona. Gabriel abrió su mochila de campaña para sacar las provisiones que había preparado para esta excursión.

La mochila de Gabriel era una caja mágica. De su reducido interior sacó un pequeño mantel, servilletas y vasos de papel, dos latas de cerveza, una botella de agua y un termo de café, dos grandes bocadillos de jamón y, lo más importante, un bote de pepinillos alemanes, grandes y sabrosos que eran su debilidad gastronómica.

- Me gusta comerlos en la montaña, Andrés, ya sabes que soy un gourmet barato – dijo riéndose.

Pero, sin darse cuenta, y a gran velocidad, el cielo se había cubierto de densas nubes grises que presagiaban lluvia. De hecho, empezaron a caer unas gotas. Tuvieron que recoger rápidamente las cosas dentro de la mochila y miraron a las rocas buscando un refugio donde guarecerse. Gabriel recordaba, de sus antiguas excursiones, la existencia de una brecha en la pared rocosa, muy accesible sin necesidad de escalar. Rápidamente se dirigieron a la fisura y se internaron en ella, a tiempo para evitar una lluvia que, en primavera, puede convertirse de repente en un diluvio.

La hendidura de la roca era suficientemente amplia para sentarse los dos amigos y desde allí contemplaron el maravilloso espectáculo de la lluvia cayendo sobre las rocas y jarales, impregnado el aire de un aroma de tierra mojada, sumándose las nuevas gotas a las antiguas humedades. Gabriel ya había vivido otra vez esta experiencia y había sentido esa sensación primitiva de verse protegido de la naturaleza por la naturaleza, del miedo a lo exterior por el amparo de lo interior, y pensó en aquello que escribió Claudio Rodríguez: ¿se oye cómo el agua se está hablando a sí misma para siempre?

- ¿Qué te parece, Andrés, si empezamos con la cerveza y los pepinillos?

Abrieron las botellas y el frasco de los pepinillos alemanes y, sintiéndose seguros dentro de esa enorme fisura en la roca, brindaron por la oportunidad que habían buscado de encontrarse allí y renovar su vieja amistad, bebiendo la fría cerveza y saboreando los deliciosos pepinillos.

- Bien Gabriel – dijo Andrés – creo que tengo la suficiente confianza en ti para comentarte que estoy pasando momentos de difícil convivencia con Ana. Estaba deseando comentar esta situación contigo porque sé que eres prudente y puedes mantener en secreto mis confidencias. Realmente no sé lo que nos ocurre, pero nuestra relación se está deteriorando por momentos, hasta el punto de que ni siquiera el nacimiento de nuestra hija ha consolidado nuestro amor. Yo creo que Ana, al ser norteamericana y venir a vivir a España, añora su país, su familia, sus amigos, y yo no soy capaz de reemplazarlos, debido a que por mi trabajo como profesor, no dispongo del tiempo suficiente para atenderla. ¿Crees que ella será infeliz con nuestra vida actual y querrá volver a su país?

Gabriel escuchaba atentamente las explicaciones de su amigo, pensando cómo enfocar este grave problema y poder aconsejar alguna idea positiva que le pudiera ayudar en sus decisiones.

- ¿Por qué no se lo preguntas? – dijo – ella podrá explicarte lo que piensa y tú ayudar en todo lo que sea necesario.

- Es difícil que ella me explique lo que siente – replicó Andrés – conocer un hombre lo que piensa una mujer es algo casi imposible.

Gabriel le miró profunda y directamente a los ojos y le contestó.

- Pero hombre, Andrés, qué cosas dices. Estoy seguro de que si se lo preguntas, ella sabrá explicarte lo que piensa. Lo importante es que ella quiera hablar contigo de ese tema y eso lo tienes que conseguir tú. ¿Recuerdas la paradoja del gato de Schrödinger?

- He oído hablar de ella, pero no la recuerdo.

- Hablando con toda sencillez, se trata de un gato que metieron en una caja de cartón, con un mecanismo que, si lo ponía en marcha el propio gato, resultaba envenenado. Desde fuera no se sabía si el gato había accionado el mecanismo y había muerto o no lo había accionado todavía y estaba vivo. Por lo tanto, el gato, desde fuera, en ese momento podía estar vivo y muerto al mismo tiempo.

- ¿Y eso qué tiene que ver con mi problema? – dijo Gabriel.

- Pues mira, para saber si el gato estaba vivo o muerto, era necesario sencillamente abrir la caja. Pues lo mismo pasa, en mi opinión, con lo que piensa Ana. Para saber lo que piensa tienes que lograr que te lo explique. Tienes que abrir esa caja de cartón en la que está encerrada, para saber si vuestro amor está vivo o muerto.

- ¿Y cómo crees tú que eso puede conseguirse?

- Creo que lo importante en una pareja es el plan de vida que quieren seguir. Yo recuerdo que mis padres se sentaban de vez en cuando en la mesa de la cocina y charlaban entre ellos sobre sus problemas, Lo hacían con toda seriedad, y se transmitían sus pensamientos, tomando conjuntamente las decisiones que ellos consideraban necesarias para suavizarlos o resolverlos, Lo hacían, claro, con toda sinceridad y con amor. Yo creo que deberías hablar con Ana de forma algo similar a lo que expresaba Angel González en su poema "Símbolo":”pronunciar las palabras elementales, llorar de vez en cuando, vivir como si nada hubiese sucedido”. De esa forma, si queréis seguir el plan de vida que en su momento elegisteis, lo importante es lograr que estéis unidos, aquí o donde sea, pero unidos por vuestro amor.

Durante mucho tiempo estuvieron hablando los dos amigos. Lo importante en esos momentos, pensó Gabriel, era tranquilizar a Andrés, empujándole cariñosamente a un acercamiento más personal con Ana y descubrir abiertamente sus problemas para, de acuerdo con su formación personal, tomar decisiones basadas en un plan de vida decidida y compartida por la. pareja. Realmente no podía aconsejarle de otra manera, porque no creía que era su papel entrar en suposiciones subjetivas, con el riesgo de que sus consejos pudiesen dañar esa tan personal y difícil situación.

En el exterior la lluvia estaba siendo cada vez más leve. Los dos amigos, mientras charlaban, dieron cuenta de sus bocadillos y bebieron el café del termo, sintiéndose muy unidos. Al terminar definitivamente la lluvia y empezar a brillar el sol, decidieron regresar. Esta vez cantaban con más alegría la canción francesa de marcha que les había enseñado la nueva profesora del pueblo, la pequeña pelirroja.

Desde la altura en que estaban se podían ver las cumbres de la Pedriza, iluminadas por el sol, realzando sus figuras, aquellas que quiso Gabriel reflejar en unos versos que escribió recordándolas:

Las formas se iluminan con la clara
luz del sol que alumbra y fortalece,
lejos, azul y blanca, resplandece
sobre unas nubes grises, Peñalara.

¿Emergen en el mar de los jarales
pájaros de granito, catedrales?
Cuando se oculte el sol y acabe el día,

mi espalda sobre ti, mirando al cielo,
yo quiero verme allí, montaña mía,
fundido entre las rocas de tu suelo.


34 comentarios:

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido Fernando: te diré que el cocido me ha sabido a gloria. Por mi cuenta le he puesto a la sopa una ramita de yerbabuena. Lo malo de este plato es que al tomarlo a la una y veinte de la madrugada me impide ir a dormir con lo cual tendré que buscar algún libro que me traiga el sueño. Me encanta el mar de jarales. Tus imágnes son de una precisión pulcra y moldeada. Los versos tan apropiadsos a la conversación al punto que todo el relato parece una sola poesía. Felicidades.

Fernando dijo...

Rafael, amigo, poeta de los buenos. Al llegar a mi décimo relato del Guadarrama, voy a hacer una parada suave durante unos días y trataré de cerrar el pequeño ciclo de "Densidades" Estoy leyendo etos días tanta poesía que me estoy animando, ¡Qué gente tan buena hay en este campo y no lo que tenemos tan cerca, excluyendo naturalmente al Rincón de los Rechazados! El miércoles,en La Cava Alta, recibiremos nuestros merecidos premios, y el público será: los canónigos con miel, los judiones de La Granja, el vino de la casa, elegido por Pepo y el fabuloso rotí, hecho con amor a la brasa, con un pequeño toque sal de mar. Antes, nos tomaremos una cerveza estos días en el Café de las Sorpresas para ir degustando la calidad de ese futuro momento. Gracias por tu comentario, Veo que eres pusilánime, porque todo lo que me dices es bueno. Un fuerte abrazo,

Marcos Callau dijo...

Qué buen consejo el de nuestro amigo Gabriel. "Mirar bien al horizonte, extasiarse en lo indeciso…” tmbvién es otro buen consejo, de parte de Juan Ramón, que hay que tomar en cuenta. En tus descripciones de esa comida en Casa Emilio, he podido recordar el vino denso y con cuerpo que solía acompañar a la sopa de judiones de La Granja, que tantas veces comí en Segovia. La gastronomía castellana es envidiable. Me enccanta seguir las vivencias de Gabriel, Fernando. En algún momento del texto siempre me identifico con él. Un abrazo, estimado amigo.

MTeresa dijo...

Un bonito relato
acompañado por fotos hermosas,
imagen y letras
unidas
se complementan

Fernando dijo...

Marcos, amigo, poeta, gracias por tu comentario. Cuando vengas por aquí, llámame y tomaremos ese denso y cálido vino juntos. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Mucgas gracias por tu comentario, María Teresa, amig, poeta. Si las fotos son bonitas, la realidad es aún más bella. Un fuerte abrazo.

Jorge Torres Daudet dijo...

Fernando, otro grato paseo, con el maravilloso ingrediente de la lluvia; ah! y ese cocidito con el que tanto disfruto; soy de comer de cuchara, aún no sé si me gusta más el cocido o unas judías con su oreja de cerdo, morro, tocino...
Un abrazo.

Rayuela dijo...

mientras me deleito con ese cocido de Elisa,(que es verdadero, porque una vez escrito todo es cierto, dijo Borges),pienso en la fisura abierta en la relación de Ana y Andrés.
Así es la convivencia, verdad? Un sendero, a veces suave de recorrer, a veces rocoso, más empinado y difícil.
y, al escuchar hablar a Gabriel de la paradoja del gato, recuerdo a mi amiga Marcela dándome clases de física cuántica,un abstracto que me apasiona.
y sí, Andrés deberá abrir la caja, o, como dice Hermann Hesse en Demian, deberá romper un mundo.
y yo, que vivo a pocas cuadras del mar, recuerdo que, no hace mucho escribí:el mar me soñaba cerca/ yo sueño los álamos lejanos.

me apasiona tu narrativa,Fernando.
un abrazo*

Fernando dijo...

Jorge, amigo y poeta. A mí también me gustan los platos de cuchara, sobre todo en tiempo frío. Cuando me encuentre restablecido os llamaremos para comer juntos en mi restaurante favorito de El Escorial.
La lluviua, efectivamente, es bnueva en mis reltos. ¿Te ha gustado eso de defendido de la naturaleza por la naturaleza?. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Querida Rayuela, amiga, tu comentario es mejor que el relato. Demuestras un conocimiento amplio de todo, incluída la física cuántica. No he querido explicar nada más sobre la paradoja, porque lo sencillo es lo sencillo y no interesa en un relato dar datos de nada que no interese al tema de que se trata. Ya veo que tú también vas a introducir citas tuyas y de otros autores.¡Bravo! Un fuerte abrazo.

Jorge Torres Daudet dijo...

Cómo no Fernando, la que no sólo protegió sino albergó a nuestros más antiguos ancestros, "Los hijos de la Tierra" en sus refugios de piedra.
Un placer leerte, Fernando.
Un abrazo.

Marisa dijo...

Me sentí en casa Emilio saboreando
los mantecosos garbanzos y subiendo
al monte y recogiendo el mantel con
prisa para resguardarme de la lluvia
en esa fisura de la roca.
Qué bien lo describes todo, salpimentado
con esos preciosos versos y la charla
de dos amigos contándose sus cuítas.

Me ha encantado.

Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Hola, Marisa, Xanela, amiga, seguimos emn mi paisaje y esta vez con lluvia, como si estuviéramos por tu tierra en primavera. Aquí no tenemos esos crustáceos maravillosos como vosotros, y nos conformamos con nuestros garbanzos que, por cierto, son buenísimos. Un saludo cordial.

Victoriana Díaz dijo...

Fernando es tu descrición tan precisa que he pasado ese día contigo y con Andrés en la Pedriza.
Que razón llevas si no se rompe la caja del mutismo y damos rienda al sentimiento para que fluya el dialogo nos quedaremos con las ganas de saber y con ese dolor interior. Esto en ocasiones es difícil pero hay que dar el paso para no acumular en nuestro interior ese pesar.Buen consejo y sabio le has dado a tu amigo.
Mi felicitación y mi abrazo.

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Fernando:

He pasado un rato muy agradable leyendo tu estupendo relato y contemplando las hermosas fotografías, todo es un conjunto pleno de cotidianidad que abraza e invita a bendecir las cosas bellas que nos regala la vida.

Gracias por visitarme, felices fiestas navideñas.

Abrazos.

Fernando dijo...

Victoriana, amiga, de vez en cuando es importante hablar con los amigos íntimos sobre temas en los que andamos un poco perdidos. El consjo de que la pareja debe dialogar con sinceridad para buscar juntos su felicidad es vital. La comunicación, en general, es un tesoro que debemos manejar con amor y con ternura. Mi esposa y yo lo llevamos practicando desde que nos conocimos, hace la friolera de cincuenta y ocho años. ¡Con éxito!. Un abrazo fuerte.

Fernando dijo...

Querido amigo Rafael, yo estoy seguro de que tú tienes muy buena comunicación personal, con tu familia y amigos. Todo lo que cuento es el resultado de experiencias favorables que yo he vivido y que relato, sin inventar ninguna idea nueva. Estoy seguro de que todos los lectores de este blog piensan lo mismo que yo sobre la importancia de la comunmicacioón personal. Un fuerte abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Luego de leer el texto y después de leer los comentarios, me queda la impresión que cualquier día te presentas con Gabriel en Segovia. Total, ya te has llegado hasta la Pedriza y has visto las cumbres del Peñalara... Hermoso soneto, por cierto.
El día que te acerques a La Granja con Marcos avisad, que un cocido o unos judiones en el Real Sitio son siempre una satisfacción... Y después contemplemos la sierra desde dentro.

A veces las situaciones más difíciles comienzan a solucionarse del modo más sencillo. Y cuántas veces se nos olvida:
Pronunciemos las palabras elementales.

Fernando dijo...

Amando, amigo, poeta y admirado escritor. El día menos pensado, efectivamente, estaré en Segovia. No voy ya con frecuencia, porque la llevo siempre en el corazó. He tenido ý tengo grandes amigos. Como no he hecho más que iniciar mis relatos del Guadarrama, tendré muchas ocasiones para visitar su entorno en el futuro. Gracias por tus palabras, que son gracias a Dios, también elementales. Un fuerte abrazo.

Carmendy dijo...

Maravilloso, exquisito y didáctico¡¡
Enhorabuena, amigo Fernando. Con estos relatos suyos, no sólo se disfruta con su lectura, si no que se aprende a conocer las obras de otros grandes autores...
Un lujo impagable. Gracias por compartirlo¡¡
Le deseo FELICES PASCUAS Y UN VENTUROSO AÑO2011. Junto a sus seres queridos.
Mi abrazo grande con mi admiración sincera.
Carmendy

Fernando dijo...

Gracias, Carmendy, amiga, por leer mis relatos. Todos ellos están basados de hechos reales, experiencias vividas, escritas de una forma que pretende ser poética, recurriendo a poemas de esos maravillosos poetas que hemos tenido em nuestro país. La verdad es que uno se da cuenta de que la palabra poética es algo portentoso, poeque no es nada etéreo, sino que refleja de una manera ciertamente poética las cosas que nos suceden en la vida. Un abrazo.

Juanjo Almeda dijo...

Querido Fernando, como dice tu amigo Rafael, el relato es una poesía, y la terminas con otra a otro amigo.
Qué buena comida aquélla. Un abrazo

Carla Kowalski dijo...

Ay Fernando... que hermosas historias escribís.
Esta en especial me gustó mucho.
Muy bueno los diálogos, y por último el poema, que belleza.
Hermoso todo!

Fernando dijo...

Juanjo, amigo, poeta, ponte a trabajar, que un día querría citarte en algunos de los relatos que estoy escribiendo. Un abrazo.

Fernando dijo...

Carla, amiga, ti terrorífico relato de los cuatro lasdrones me ha inspirado para intentar hacer un relato de horror entre mis poéticos momentos del Guadarrama. Todo se andará. Un saludo cordial.

Ángeles Hernández dijo...

-Juan Ramón Jiménez: “mirar bien al horizonte, extasiarse en lo indeciso…”
-Jorge Luis Borges se preguntó un día: ¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura del azar?
-Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.
-Claudio Rodríguez: ¿se oye cómo el agua se está hablando a sí misma para siempre?

VERSOS DE NUBES, NIEBLA, HORIZONTE, LLUVIA. Así aislados parecen impersonales pero tienen la gracia de mostrar al hombre fundido co la naturaleza, como es una de las lecturas que me sugiere este paseo a dos entre el sabio tranquilo y el joven agobiado. Sin el escenario de aire,agua, luz, rocas...la conversación no habría alcanzado tanta profundidad.

......./.....

Ángeles Hernández dijo...

(2)
Angel González en su poema "Símbolo":”pronunciar las palabras elementales, llorar de vez en cuando, vivir como si nada hubiese sucedido”.
Mi querido tocayo escribe sobre el arte de quererse y con estas palabras entroncamos con el dolor de Andrés al que no le falta razón, pues salir definitivamente del lugar de origen y empezar de nuevo donde no hay amigos de infancia, parientes o recuerdos, no es fácil, sobre todo si lo único por lo que se emigra es para acompañar a una persona que no está tan disponible como sería deseable.

Mas Gabriel no recomienda a su amigo adivinar y llorar, sino investigar, preguntar y buscar soluciones. Aunque probablemente su teoría no esté muy descaminada, no basta con conocer la causa de sus males para que estos puedan arreglarse.

Buen consejo, sabio consejo: hablar, escuchar, esperar...

Gracias Fernando, he pasado un buen rato con tus amigos y con tus poetas.

Un abrazo Á.

Fernando dijo...

Querida Angeles, naturalmente tienes razón en todo. Gabriel hace bien en sugerir a Andrés que profundice en lo que piensa Ana, porque puede que lo que Andrés cree que ella piensa no sea exactamente que añore su tierra y su gente. Tiene que profundizar para saber si existe algún otro motivo,por ejemplo, que haya una pérdida de amor. Teniendo la certeza de lo que piensa, el problema ahora es que, cuando en una pareja los dos parece que tienen diferente opinión ante un tema, es muy difícil para Gabriel dar ningún consejo. En esta ocasión sugiere que mediten juntos y traten de arreglar el problema basándose en el plan de vida que se habían propuesto al casarse. Quizás así se renueve el cariño en ambos y mejoren la relación amorosa. En el caso de mis padres, como eran muy creyentes, se ponían previamente en presencia de Dios y comenzaban su meditación conjunta en la mesa de la cocina, por ser un rincón hogareño y reservado. Gabriel, claro, no podía aconsejar esto, porque no dejaría de ser una intromisión en su vida espiritual. Respecto a las poesías citadas en el relato, leídas así, todas seguidas, como tú lo haces, hay que reconocer que son todas maravillosas y que encajan perfectamente con el clima de lluvia donde he querido situar a los protagonistas. ¡Qué bueno es sentirse acompañado de poetas de esta calidad. Un fuerte abrazo y gracias por tu comentario.

Elvira Daudet dijo...

Querido Fernando:

Tus hermosos y didácticos relatos, sazonados con pericia por citas poéticas, me van llevando suavemente, como un hilo de seda, por parajes que conozco superficialmente, de excursiones rápidas con el único objetivo de salir de Madrid a respirar. Gracias por descubrirme su belleza, tan amorosamente descrita. Pero echo de menos tu poesía.
Un fuerte abrazo. Elvira

Fernando dijo...

Muchas gracias, Elira, admirada poeta. Tienes razón, voy a descansar por unos días de mis relatos. Tengo alguno más terminado y conviene repasar todos, los no publicados y lo ya publicados, para seguir el ejemplo de Juan Ramón y corregir lo que sea menester. Volveré a mis pomas en cuanto pueda. Gracias otra vez por tus consejos. Un saludo cordial.

FRANK RUFFINO dijo...

Estimadísimo Poeta amigo:

Después de unas semanas con el disco duro de mi computadora averiado, vuelvo a leerte todavía con más gusto. Los versos que cierran el relato magníficos, siempre en tu poesía correcta, bella y meditada.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Fernando dijo...

Amigo y admirado poeta Frank Ruffino. Yo también he tenido momentos de pánico en mi ordenador, pero mi hijo Pablo me resuelve siempre los problemas. Te recomiendo te conectes al blog MOMENTOS, de mi amigo y poeta Augusto Figueroa, colombiano que vive en Suecia. Ha tenido conmigo el detalle de transcribir en su blog mi poema "Densidades", que creo te gustará. Un abrazo fuerte,Frank. Volveré estos dias a visitarte,

Fernando dijo...

Frank, ha sido un error, el Blog de Augusto Figueroa se llama CONTRASTES. Un abrazo.

Carla Kowalski dijo...

Que honor!!! Gracias por tus palabras!