domingo, 28 de noviembre de 2010

Angeles y Santos.












Angeles y Santos.

Santos y Gabriel habían sido invitados por primera vez a la cena popular de hombres que se celebraba el día de la Virgen, como estaba establecido por la costumbre, en la plaza principal del pueblo. Durante varias horas, pasado el mediodía, las mujeres y niñas del pueblo prepararon mesas de madera a todo lo largo de la plaza, formando finalmente un enorme círculo. Sobre las mesas se dispusieron platos y cubiertos. En la rotonda de un parque lindante con la plaza, unos cocineros venidos expresamente para ello estaban preparando grandes paellas, adicionándose al arroz toda clase de condimentos, verduras, longanizas y embutidos típicos de la región del Guadarrama. A su lado, y dispuestos para asar carne, se había encendido carbón bajo unos soportes de rejas de hierro que servirían de parrillas para preparar el cordero asado del menú.

Estaba anocheciendo. La plaza fue totalmente iluminada por los faroles y en todas las mesas se encendieron velas situadas sobre platillos de cerámica. Sobre cada mesa se habían colocado botellas de vino tinto. Los hombres del pueblo fueron llegando y se fueron acomodando en las mesas.

- Vamos a sentarnos juntos – sugirió Gabriel.

La plaza, que estaba silenciosa mientras las mujeres hacían los preparativos, empezó a llenarse de ruido. Conversaciones en voz alta, risotadas, saludos. Los hombres decidieron sentarse con sus amigos y todos reían felices ante la perspectiva del banquete.

- Así debiera ser siempre – comentaba uno – los hombres juntos y servidos por las mujeres.

- Hoy vamos a tener una cena aún mejor que la del año pasado – decían varios.

Viendo la algarabía que se había organizado esperando que les sirviesen la cena, Gabriel recordó esos versos del poeta Baltasar de Alcázar:

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas de vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Y la fiesta comenzó. Las chicas del pueblo iban sirviendo unos platos de riquísima paella, y los hombres comían y bebían vino con una gran euforia. Hubo brindis anticipados por doquier y parecía que todos los convecinos estaban orgullosos de participar en la cena. Santos estaba feliz, admirado de que a sus quince años de edad le hubieran invitado a esta fiesta de hombres solos. La temperatura era templada para lo avanzado del año y el cielo se estaba cuajando de brillantes estrellas. La luna, muy blanca, posaba de perfil cerca de los montes, como queriendo participar de la fiesta sin que nadie se diera cuenta.

En la mesa que habían elegido para cenar Santos y Gabriel tenían como compañeros, entre varios otros, a dos militares jubilados, uno de ellos con el grado de coronel, ambos del arma de infantería, que les recibieron muy amigablemente e iniciaron con ellos una conversación sobre la Segunda Guerra Mundial. Gabriel sabía muchísimas cosas sobre esa guerra, pues durante años había jugado con los soldados de plomo elaborados por un amigo de su padre, que era un arquitecto muy germanófilo y había leído todas las revistas que tenía y que trataban sobre la misma. Como tenía muy buena memoria, recordaba los complejos apellidos de los generales alemanes, las batallas en las que habían participado y el desarrollo de esas batallas. Los militares quedaron asombrados de su erudición sobre este tema y le felicitaron efusivamente, brindando varias veces por él y recomendándole que siguiera la carrera militar.

Santos estaba silencioso, disfrutando de la conversación, pero no podía intervenir por su escaso conocimiento del tema. Gabriel, dándose cuenta, decidió empezar a charlar con él. En ese momento se acercó a ellos una chica de su misma edad, que se encargaba de servir el vino cuando veía que se acababa en las mesas. Era una joven muy atractiva, de melena larga de color castaño, ojos azules y un cutis muy blanco, Llevaba una blusa beis y unos pantalones del mismo color, pero más oscuros. Se había puesto un delantal blanco, ajustado a su cintura, lo que hacía resaltar su bella figura. Les sirvió vino, con una deliciosa sonrisa y charló unos breves momentos con Santos. Luego siguió su recorrido para atender a las demás mesas y se fue, como le dijo Juan Ramón a la flor:”con un vivo caer que es un morir, de dulzor, de ternura, de frescor”

- Es Ángeles, una amiga muy querida – comentó Santos – luego te contaré.

La cena siguió en pleno apogeo. A Gabriel le recordaba las escenas que pintaron los Brueghel, tipos clásicos del pueblo, guapas mujeres vestidas de fiesta, luces, colores, risas, vida bulliciosa, multitud. Le encantó ver reír a personas que siempre recordaba muy serias y fugaces. Allí estaban, quietos, permaneciendo en su sitio, rodeados por amigos y convecinos, disfrutando de una noche singular, el párroco don Julián, el alcalde, el secretario del ayuntamiento, el farmacéutico y, el más importante de todos, el señor Emilio, grande y bonachón, menos cuando le pedían una copa de Martini rojo en su bar: “en esta casa no hay nada rojo, gritaba enfurecido, aquí todo el vino que se sirve es tinto”

Una vez acabada la paella, y mientras llegaba los platos de cordero, Gabriel se decidió a preguntarle:

- Angeles es una joven muy bonita, Santos ¿la conoces mucho? – peguntó para iniciar la conversación.

Santos enrojeció un poco y le contó que la había conocido ese verano en la ribera del río, donde un grupo de jovencitas recogían flores. Había luego coincidido con ella varias veces en un bar del pueblo, donde solía acudir con las amigas. Y finalmente le confesó que un día pasearon juntos por el pinar y se besaron.

- Nada importante – susurró al oído de Gabriel – aunque es la primera vez que he besado a una chica.

Nada importante…pensó Gabriel, y recordó unos versos que él mismo había escrito unos días antes sobre el beso:

nuestro amor se produjo sólo en un instante,
cuando tu y yo cruzamos la línea de partida.

-Yo creo que nuestro primer beso es un momento muy importante de nuestra vida - dijo Gabriel - Quizás un beso sea el inicio de un amor eterno.

Santos se quedó pensativo durante un rato, Recordó efectivamente ese momento como algo importante, distinto, sobrecogedor. La emoción que sintió al besar a Angeles no la olvidaría nunca. La besó y quedó anonadado, invadido por un torrente de sensaciones nuevas, impensables, inusitadas. Recordó el frescor de su contacto, su deseo irrefrenable de entrega y sintió el temor de no intuir, de no saber.

- Pero Gabriel – dijo – no hay nada eterno. Tampoco el amor puede ser eterno.

- Santos, amigo mío, me estoy refiriendo al amor de los hombres, al amor que tú y yo podemos tener hacia los demás. Mira, yo creo que lo importante en la vida es crearse un plan, unos ideales, y seguir ese plan de vida. Si hay que convivir con una mujer, es importante que ese plan de vida sea conjunto y hacer lo posible para completar nuestra vida de acuerdo con él. Creo que deberías situar ese beso con Angeles en el centro de un plan de vida, si tú consideras que ella debe estar contigo para completar ese plan.

- De acuerdo, Gabriel, pero ¿qué tipo de plan de vida hay que establecer, en qué puede consistir ese plan?

- No soy yo quien puede definir ese plan, Santos. Pienso que lo correcto es que tú mismo realices tu plan, en función de la formación que has recibido y, sobre todo, de acuerdo con tu conciencia personal. Si Angeles y tú estáis enamorados, por muy jóvenes que os crean los demás, podéis prometeros un amor eterno, como yo escribí en un momento de reflexión personal “que sea la suma de vuestras esencias, no la absorción de uno por el otro, sino la mutua dilución, ella en ti, tú en ella, uniendo vuestras esencias en un todo irreversible y eterno” porque, como dijo el poeta Pedro Salinas, amor “es el hecho mágico, de que uno y uno sean dos”

Santos quedó en silencio reflexionando lo dicho por Gabriel. En ese momento llegaban los platos del asado de cordero, y creció el ruido de las conversaciones. Las mujeres iban y venían de una mesa a otra sirviendo los platos y recibían ovaciones, repitiéndose los brindis y las manifestaciones de alegría. Realmente era una gran fiesta. Gabriel buscó a Angeles con la mirada y después miró con ternura a Santos.

Allí arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.












jueves, 25 de noviembre de 2010

La guerra de Claudio.


La guerra de Claudio.


Tenía un ligero temblor en las manos, pero cada vez que se aferraba al volante de su furgoneta se sentía más seguro y pensaba que nada le impediría realizar ese día su trabajo de reparto. Hoy no fue uno de esos días. Claudio llevaba repartiendo paquetes desde las seis de la mañana y ya no tenía fuerzas para realizar un trabajo tan duro. Debería haber dejado de trabajar por su avanzada edad y la mala salud que tenía, pero su voluntad era de hierro, ya demostrada cuando dirigió un batallón de voluntarios en la guerra civil. ¿Cómo comparar su trabajo con los esfuerzos realizados en la batalla en la que participó a una distancia de apenas cien kilómetros de su pueblo?

Claudio era muy conocido en el pueblo y era un gran trabajador, pero tenía muy pocos amigos íntimos. Debido a su trabajo, tenía pocas ocasiones de frecuentar algún bar y comunicarse con sus vecinos, porque tenía que recorrer toda la región para entregar los paquetes de una empresa madrileña de alimentación, para la que trabajaba por contrato exterior. Quizás su mejor amigo, casi el único, fuese Gabriel, que se había granjeado su amistad escuchándole en muchos momentos las historias que contaba de su intervención en la contienda. Los episodios que relataba solían ser muy emotivos, en los que recreaba situaciones de una dureza increíble con indudable veracidad. A Gabriel le gustaba mucho escuchar cómo relataba Claudio sus historias, con su voz profunda y serena, mientras saboreaba su copa de orujo en el bar al que llamaban “La taberna”, propiedad del señor Emilio.

Claudio era un hombre menudo, fibroso, tenía el pelo blanco, pero conservando mechones negros que todavía hablaban de su reciente madurez, Con la ilusión de acabar con sus crecientes zonas blancas, utilizaba una colonia que le habían vendido en una peluquería de Madrid que en realidad sólo había servido para dar a sus canas un desvaído color amarillento. Sus manos eran fibrosas y fuertes, aunque aparentemente delicadas. Sus ojos, profundos y negros delataban a un hombre de gran personalidad.

El señor Emilio, por el contrario, era un hombre grande, de anchas espaldas, muy calvo, de aspecto franco y apacible, manos y pies enormes y una sonrisa muy agradable, que trataba a todos sus clientes con enorme intimidad, por lo que era muy apreciado en el pueblo. Su bar era refugio de tertulias y de hombres solitarios, donde había una comida hogareña, preparada por su mujer Elisa, mujer encantadora que aplicaba muchísimo arte y sabor tradicionales a las comidas que, personalmente y por pedido concreto, servía.

Pero Claudio no estaba ese día para contar historias. Tenía un gran dolor de cabeza y sentía en su interior una sensación inexplicable de angustia. Había tomado una aspirina, pero no cejaba ese maldito dolor.

- No me encuentro bien, Gabriel - dijo a su amigo, mientras se sentaba a una mesa con él – perdona que te haya invitado a un café, pero es que necesito hablar.

- No hace falta que me invites a un café, Claudio – le respondió sonriente – ya sabes que me encanta hablar contigo.

Gabriel miró hacia el cielo. El día era espléndido, un día típico del otoño en la sierra del Guadarrama. El sol brillaba con intensidad, el aire era limpio y frío, y no era cuestión de despreciar una buena taza de café caliente. Las tazas fueron dispuestas sobre una mesa de mármol de las que tenía el bar. Los árboles de la acera ya se habían desprendido de sus hojas y el ambiente helador aconsejaba alojarse dentro del establecimiento. Observando sus troncos, Gabriel recordó aquellos versos de Juan Ramón: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles”.

- A ver, amigo Claudio ¿qué te pasa? Preguntó Gabriel mirándole a los ojos.

- Quiero que esto quede para siempre entre nosotros, Gabriel – dijo con una voz suave y contenida encendiendo un “celta largo”.

Sorbiendo despacio su café, reflejando sus ojos un indudable fondo de tristeza, le dijo:

- Gabriel, tengo una enfermedad incurable. Me han diagnosticado un cáncer de pulmón muy avanzado. Calculan que tengo sólo días, quizás
un mes.

- Bueno, ya veremos – dijo Gabriel - hoy día se están descubriendo remedios y pronto esa enfermedad será curable. Lo importante es que luches, sigas los consejos de los médicos a rajatabla y no te rindas jamás. ¿Recuerdas, Claudio? como en la guerra. Hay que derrotar al enemigo. ¿Se lo has contado a tu familia?

- Mis dos hermanos no viven aquí y nos vemos muy de tarde en tarde. De hecho, la última vez que nos vimos fue en mi último viaje a Madrid, para renovar mi contrato con la empresa de alimentación para la que trabajo. Están casados, con un montón de hijos, y no creo que deba molestarlos mucho con la situación en que me encuentro. ¿Para qué amargarles este solterón la vida con algo que no tiene solución? Por eso te voy a dar su dirección y teléfonos por si sobreviene lo inevitable.

Gabriel le siguió mirando enternecido a los ojos. Recordando sus historias de la guerra pensó: “este es un jefe, valiente y el primero en dar la cara”. Estuvieron charlando hasta media tarde, orujo tras orujo, café tras café. Claudio narró su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y confesó que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

- Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade y que nunca había sentido. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro.

Gabriel tendió su mano y apretó fuertemente el antebrazo de Claudio. Recordó en ese difícil momento algo que había olvidado hacía mucho tiempo:

- Esta guerra la vamos a ganar, compañero.

Aquella conversación fue el inicio de una estrecha relación entre los dos hombres. Claudio dejó de trabajar y se recluyó en su hogar. Gabriel nunca había visitado su casa, porque sus encuentros habían tenido lugar casi siempre en el bar de Emilio, pero debido a la situación aprovechó cualquier momento libre para frecuentarla.

El otoño en el Guadarrama suele ser muy bello. El clima es mejor incluso que el de primavera, pero más frío. Es muy agradable pasear bien arropado viendo los colores amarillentos y cobres de las hojas caducas, que van cayendo intermitentemente sobre el suelo. Las casas se calientan con leña, pudiendo verse humear las chimeneas y sentir ese olor a madera quemada que envuelve a todo el pueblo, haciéndonos sentir la llegada del invierno. Comienzan a brotar las flores de los crisantemos en los pocos jardines existentes, y los mirlos siguen visitando los madroños, colaborando a que no se apague la vida bulliciosa de los pájaros que, poco a poco, van refugiándose entre los árboles para huir del frío.

Gabriel había decidido hacerse “ayudante de campo” de Claudio, cuya salud iba deteriorándose lentamente. No hubo forma de convencerle para su hospitalización en un sanatorio y se refugiaba en el salón de su casa, cerca de la chimenea, sentándose durante casi todo el tiempo en una mecedora, cubriendo sus piernas con una manta ligera y haciéndola mover continuamente apoyándose en los pies. Tenía casi siempre encendida una pequeña radio.

- ”Es para oír los partes de guerra” – decía con una sonrisa maliciosa.

- Bueno, de acuerdo, me sentaré a tu lado para oír juntos esas noticias – dijo Gabriel, poniendo una silla al lado de la mecedora.

Durante muchas horas y bastantes días, mantuvieron una estrecha comunicación los dos amigos. Gabriel tanteaba con precaución los temas, porque su objetivo principal era ayudar a su amigo en el dificilísimo trance que estaba pasando y no quería de ningún modo aumentar su angustia o su dolor. Como decía Jorge Guillén en su “Pietá”, “A sostener al hombre, A impedir su derrumbe”.

Poco a poco fueron debilitándose las fuerzas de Claudio. Vino a verle varias veces Don Julián, el párroco, para charlar con él, aunque sabía con certeza que era agnóstico, pero lo importante era, como le comentó a Gabriel, ayudarle a superar la soledad en momentos tan difíciles.

Como Gabriel no podía disponer totalmente de su tiempo, el párroco hizo un llamamiento a sus fieles, para encontrar a alguien que se hiciera cargo del enfermo durante varias horas, incluyendo las noches. Se hizo una colecta entre los feligreses y, con ayuda de todo el pueblo, se consiguió una importante cantidad de dinero para pagar un enfermero profesional, quien resultó ser una ayuda importantísima , ya que se hizo cargo de su aseo y cuidado personal. Esta solidaridad de la gente del pueblo confortó a Claudio, que se sintió querido y protegido por sus convecinos.

Gabriel fue dándose cuenta, a medida que pasaban los días, de que era Claudio quien estaba ocupándose de él, transmitiéndole la certeza de que la muerte es un hecho natural que conviene aceptar con serenidad. Este descubrimiento le impactó mucho, hasta el extremo de admirar su gallardía y, al mismo tiempo, su humildad.

La habitación en que estaban se había calentado mucho con la chimenea, por lo que Gabriel aprovechó un momento de descanso de Claudio, que cayó en un sopor tranquilo, para asomarse al balcón. Miró al cielo y, descendiendo lentamente su mirada, divisó las líneas montañosas del Guadarrama. Estaba anocheciendo y el sol, yéndose al pasitrote, iba despidiéndose de las cumbres una a una, derramando su luz con suavidad hasta que las laderas se oscurecieron. Era como una despedida íntima y silenciosa, un caminar lento hacia el otro lado del mundo. Había desaparecido, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Al cabo de unos días, comenzó a suceder lo inevitable. Claudio empezó a desmejorar notablemente, por lo que tuvo que quedarse en la cama, sin fuerzas para reincorporarse a su mecedora. Gabriel se turnaba con el enfermero en el cuidado del enfermo. No tenía fuerzas para comer ni incorporarse para beber. Tuvieron que habilitar unas pajitas con doblez para que pudiera beber sin levantar la cabeza de la almohada. Un día Claudio le susurró al oído: “Gabriel, mis hermanos”.

Al día siguiente vinieron los dos matrimonios desde Madrid. La casa se llenó , al principio de callados lamentos, pero después fue creciendo el tono de las conversaciones.

- ¿Cómo no habéis avisado antes? – decían.

- ¡Le hubiéramos trasladado a un hospital a la fuerza!.

- ¡En estos casos hay que explorar todas las posibilidades!.

Gabriel callaba, sumido en una terrible tristeza, sentado al lado de la cama, acariciando la débil mano del enfermo. Así pasaron las horas y llegó la hora de comer. Preguntaron por un restaurante y Gabriel les dirigió al bar del señor Emilio.
Esperó hasta que decidieran quién iba a quedarse con Claudio pero por unanimidad decidieron irse a comer juntos y salieron hablando entre ellos.

Gabriel quedó solo con su amigo, que intentó incorporarse y decirle algo al oído. Acercándose lo más posible a él, oyó débilmente:

- Hemos perdido la guerra, compañero – y murió dulcemente.

Gabriel cerró sus ojos y besó su frente. Acarició su cabeza y dejó descansar sus manos sobre la cama. Luego fue al salón y se sentó en la mecedora. A través del balcón pudo divisar una bandada de pájaros en dirección noroeste. Las brasas del hogar ardieron con llama durante un momento y se reflejaron en sus lágrimas.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Densidades.






Densidades.

Hoy pulvericé un terrón de tierra lentamente,
y la blanda arena se deshizo entre mis dedos,
transmitiéndome efluvios de siglos y milenios,
percibiendo vestigios de creación de mi vida
en el montón de tierra disuelto entre mis manos.
En ese polvo cósmico estaba mi retrato,
mi figura, mi frente, mis ojos, mi cabeza,
diseñado claramente y ahora reencontrado
en esos polvorientos terrones de mi tierra,
emblemáticos de un mundo que ha sido compactado
por las fuerzas ignotas de la naturaleza.
Estaba plenamente impregnada mi sustancia,
disuelta entre mis dedos, y no supe qué hacer,
me emocionó distinguir mi cara en el retrato,
besé la arena, lloré con ansia y desconsuelo,
apretándola estremecidamente entre mis manos,
me tumbé de espaldas con los brazos extendidos,
con los ojos abiertos y ofrecí mi persona
al misterio de la conjunción universal,
De modo que era verdad, que estoy hecho de tierra,
y he sido concebido por el fuego y el agua,
dibujado por espasmos telúricos y sismos,
moldeado en la arena, formada mi sustancia
con tierra de otros cuerpos amados y vividos
en la plenitud de su existencia temporal,
¿soy un montón de tierra convertido en arena,
un reflejo fugaz de la luz universal?
no sé entonces por qué estoy subiendo al suburbano
para ver a toda prisa la Quinta Avenida
y admirar el Art Decó ¿puede que tal distancia
aleje tanto a la realidad de mi sustancia?
el ruido de los trenes, los frenos chirriantes,
esa chica que me mira pero no me ve,
¿seré tan viejo ahora como cuando nací?
¿ está mi retrato en la arena desdibujado?
Ya no recuerdo mis rasgos, puede que no existan,
borrados por el aire, por el agua y el fuego,
elementos puros que a todos nos han creado
y que la modernidad, de pronto, ha destruido,
recuperar la arena blanda para esculpirla,
y rehacer mi frente, mi cabeza, mi figura,
es un imperativo, es algo imprescindible
para ser yo el mismo y no traicionar al mundo
de esos antepasados que han creado mi esencia,
y que hoy día se encuentran perdidos y olvidados
en este mundo del Art Decó tan modernista,
en esta revolución de principios e ideas,
en este maremágnum de modernas tendencias,
oscuro amasijo de espurios amores nuevos,
alejados de la densidad de mi sustancia.
Mi vida parece que ha cambiado en este entorno,
mi retrato se ha perdido y no quiere aparecer,
será cuestión de buscarlo y tenerlo presente,
no me importa recibir lo nuevo, lo moderno,
si se suma a mi esencia nacida y conformada
por los genes seculares de antiguos ancestros,
partir de lo viejo para hallar en lo moderno
las nuevas fórmulas, las palabras generosas
que actualicen mi manera de pensar y amar,
para que esa chica del suburbano me vea
cuando me mire, y nos sintamos tan unidos
que la distancia y la realidad se confundan.
¿sonrió levemente? no sé, quizás pensara
que yo existía y nos habíamos amado
en algún momento evolutivo de nuestro ser,
la memoria y el amor a veces se confunden
cuando tenemos necesidad de ser amados
y un suburbano puede servirnos como causa
de una conexión inocente y desesperada,.
Bella entre las bellas nació esa mujer amada,
tan lejos pero siempre recordando su esencia,
una ligera mirada sin ninguna causa,
un seísmo nuevo removiendo mis entrañas
sumándose a mis viejos y siderales sueños.
Y tú, ¿quién eres, ese retrato, blanda arena,
por qué sumidero ha desaparecido entonces?
los viejos tics ya han sido ahora reemplazados
por la falta de sustancia de esta algarabía
y te encuentras desvalido frente al nuevo mundo
que, en torno a ti, te envuelve y después de fascinarte
te sumerge en el ruido, absorbe tu palabra,
y ni pensar te deja en la historia de tus sueños,
pronuncias amor, esperanza, vida, e intentas
diseñar de nuevo la figura que perdiste,
al percibir la huella de una extraña mirada,
pero quedas en silencio al abrirse las puertas
y encontrarte vacío, sin ella en la parada.



domingo, 21 de noviembre de 2010

Los encinares.


Los encinares.

Mis raíces son profundas
como las de una encina,
con cimientos de lentos latidos
,
mi esencia es como la suya,
densa por dentro, fibrosa por fuera,
y no se puede abrir con hacha o destral
sino con la palabra.
Las lágrimas de la encina son verdes y eternas,
y nacen de una madera fuerte y leñosa,
las mías son prontas y fáciles,
resultantes de una débil sustancia
y permanecen en el silencio,
sin que nadie las comprenda
ni persona alguna las recoja,
por lo que no servirán para nada mis raíces,
mi fibra se perderá en el suelo
y mi palabra desaparecerá
en la inmensidad del espacio y del tiempo.
Por eso, cuando me adentro en los encinares,
escondo tras ellos mis latidos
y me disuelvo entre sus lágrimas verdes,
en el silencio, a distancia,
creyendo que seré eterno, como ellos,
sin que arda con la llama del fuego ni el destral
me derribe, reservando mis palabras
para que se sumen a sus lágrimas sin maduración alguna,
verdes y eternas, en un estadio total de plenitud.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un murciélago en la casa de Dios.




Un murciélago en la casa de Dios.

A Gabriel siempre le habían gustado las casas de piedra, los puentes de piedra, las catedrales de piedra. Sentía un atractivo especial por esos perfectos bloques pétreos del acueducto de Segovia, de las iglesias románicas, y admiraba las casonas fabricadas con piedras de musgo, las calzadas romanas, los castillos medievales, los altos muros de piedra de las fortalezas.

¿Cómo se pueden comparar los recios templos románicos de Salamanca o Navarra con las ostentosas catedrales de mármol blanco de La Toscana? solía esgrimir como argumento definitivo de sus reivindicaciones pétreas.

Por ello, siempre que tenía ocasión viajaba a los pueblos más próximos del Guadarrama y caminaba durante horas por sus calles, admirando las casas de piedra que encontraba y dibujando sus perfiles a lápiz en un pequeño cuaderno de cuartillas blancas que llevaba expresamente con ese fin.

La iglesia de su pueblo era también de piedra. Se accedía a ella por una calzada empinada, estrecha y formada por grandes trozos de piedra que llegaba hasta un tosco portal, con grandes puertas de madera. Su planta era de cruz latina y el suelo de tarima. Le atraía mucho su construcción, su diseño clásico y admiraba el musgo que cubría los intersticios de sus bloques de granito que le hacían recordar aquel versículo “la piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo” Aquí, en esta iglesia de pueblo, todas las piedras eran, en su opinión, escogidas.

En la parte posterior de la iglesia y subiendo unas escaleras de piedra se hallaba el coro y un majestuoso órgano, ahora estropeado. En la parte frontal, presidiendo y decorando el altar mayor había un majestuoso retablo dorado con imágenes de los evangelistas. Junto al altar mayor se hallaba una pequeña sacristía. Desde su campanario se veía un bellísimo paisaje montañoso. Se accedía a él por el exterior a través de una escalera de peldaños desiguales de granito, y en el interior a través de una modesta escalera de madera.

Lo que más le atraía de la iglesia era el silencio de su interior. A veces entraba sin otro objetivo que examinar detenidamente todos sus rincones. Procuraba entrar en silencio con el único objetivo de evitar el encuentro con Eusebio, el sacristán. Era éste un hombre rechoncho y bajo, que sujetaba sus anchos pantalones con unos tirantes enormes de color amarillento, de los cuales según se contaba en el pueblo, estaba muy orgulloso, por ser regalo de una vieja marquesa, ya fallecida, Tenía una enorme nariz que apenas permitía ver su minúscula boca y unas orejas grandes adosadas a su cráneo, que se escondían entre los flecos de una pelambrera hirsuta y grisácea, lo que le daba un general aspecto de puercoespín. Sus mofletes estaban, quizás, enrojecidos por el abuso del vino de las misas que trasegaba en la sacristía, mientra el párroco Don Julián exhortaba a sus feligreses con el anuncio de los evangelios.

Eusebio era una buena persona, pero un grandísimo pelmazo. Si Gabriel caía en sus garras, no se libraba de él por lo menos durante media hora. Sabía de todo, había estado en todas partes, ningún habitante del pueblo escapaba de su mira telescópica, por lo que conocía todos los detalles de su vida. Reía sibilinamente cuando contaba a media voz sus aventuras durante la guerra. Lo había pasado estupendamente, porque todo el tiempo estuvo sirviendo en intendencia, donde comenzó a engordar peligrosamente su barriga.

Evitando el contacto con el sacristán, Gabriel entró furtivamente en la iglesia y, sentándose en un banco cercano al altar, comenzó a analizar y pintar con todo detalle en su cuaderno las figuras de los evangelistas del retablo principal que, según el párroco, era una joya medieval aunque, según su personal opinión, no tendría apenas un siglo de existencia.

Como la iglesia solía estar en semioscuridad, encendió la luz del retablo pulsando un interruptor de la luz, previa inserción de una moneda en el cajetín de mando siguiendo las instrucciones escritas encima del mismo y así poder repasar la imagen global del retablo y los muros de piedra sobre los que se sostenía. Al encenderse repentinamente los focos recordó los versos humanos de César Vallejo: ¡de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares…! La piedra del altar era grisácea, granítica, pero en la mayor parte de la iglesia era más ocre, sobre todo en su parte posterior.

Cada vez que esto hacía, recordaba invariablemente las aventuras vividas con Santos, su amigo de la infancia. Pensó en ese momento lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…?

Los amigos de Santos, un grupo de inocentes chicos del pueblo, se habían conocido ejerciendo de monaguillos en la parroquia. Se sintieron muy importantes, revestidos con sus vestiduras blancas y rojas, transportando misales, haciendo sonar las campanillas, llevando el copón a Don Julián que, con beneplácito, recibía la asistencia de estos pilluelos.

Pero la emoción del poder terminó pronto. Se dieron cuenta de que se habían hecho mayores. Ya no querían ser los chicos del cura. Asistirían a misa los domingos, pero desde atrás, donde los hombres, donde los mayores. Estar detrás suponía arrimarse a la pared de piedra del fondo, justo debajo del coro y del órgano de la iglesia, que había dejado de funcionar unos años antes debido al moho que había prácticamente deshecho sus piezas operativas.

Apretujados junto a la pared de piedra del fondo, felices por haber tomado esa decisión, no tardaron en descubrir una puerta pequeña que había en un rincón y que tenía la propiedad de comunicarse con el exterior. La virtud de esta puerta consistía en permitir el acceso a la iglesia por medio de un simple llavín, sin necesidad de abrir las grandes puertas de madera de la entrada principal, pesadas de mover, por lo que Eusebio el sacristán convenció al párroco fácilmente de la conveniencia de su utilización. Se decía que esta puerta pudiera haberse construido durante las obras de edificación del edificio principal, como acceso para los obreros y facilidad para el transporte de los materiales de obra.

Aunque la iglesia estaba suficientemente iluminada, este espacio posterior, que apenas era un pasillo, estaba bastante oscuro, ya que no tenía ventanas ni existía en ese fondo de la iglesia ninguna vidriera o rosetón, sino un piso posterior habilitado para el coro y la instalación del órgano. Por ello, era el lugar idóneo para el cuchicheo de los chicos, el dormitar de los mayores y un paraíso de meditación para los creyentes. Desde allí se oían perfectamente las homilías del párroco que, según las mujeres piadosas, eran un ejemplo de perfección.

- Don Julián es un verdadero santo – comentaban algunas.

- Nos infunde serenidad. No hay nadie como él – decían otras.

Sin embargo, a pesar de esta pretendida perfección, Don Julián, sin entrar en lo excelso de su oratoria, tenía un grave problema de dicción. Hablaba en un tono de voz muy bajo y no daba la sensación de estar hablando, sino de susurrar. Esa forma de hablar, ese susurro íntimo y cercano era claramente beneficioso para las mujeres más piadosas que ocupaban los primeros bancos, pero apenas era inteligible su habla, lenta y pastosa para los hombres del fondo, de tal manera que los menos piadosos, entre ellos Santos y sus amigos, se entretenían en numerosas cosas para distraerse. Varios hombres, los más osados, salían por la puerta trasera a fumar un cigarro detrás del coro, diciéndose entre risas “las homilías son para las mujeres, los hombres no las necesitamos”. Otros, cerraban los ojos piadosamente para intentar captar los susurros de don Julián y seguir sus aclaraciones evangélicas y los antiguos monaguillos se entretenían en hacer gestos caricaturescos, empujarse y divertirse imitando las arengas del párroco.

A Gabriel le entusiasmaba formar parte de esa pandilla de gamberros. Se sentía muy integrado en el grupo y, aunque en el fondo se sentía muy distinto y muchísimo más formal, le entusiasmaba verse aceptado en el grupo y así sentirse un elemento importante de su comunidad. Todos los domingos acudía sin tardanza a encontrar a sus amigos y todos entraban en la iglesia, silenciosos y formales hasta que se situaban debajo del coro, su sitio preferido.

Pero un día, sucedió un acontecimiento que siempre recordaría el grupo situado debajo del coro. Santos descubrió algo en la parte superior de ese pequeño recinto desde donde asistían a la misa. Al principio pensó que había una humedad, una infiltración de agua, quizás algún desprendimiento, pero después de afinar su mirada y ponerse de puntillas para intentar ver más de cerca lo que era, lanzó un grito de júbilo que casi lo oyen los parroquianos: ¡hay un murciélago suspendido encima de nosotros!.

Los hombres se agruparon de inmediato y musitaron comentarios de asombro. Otros avisaron a los que fumaban en el exterior y, en fin, los piadosos feligreses se sumaron a la expectante situación. Santos señalaba con el dedo al silencioso murciélago, satisfecho de su hallazgo.

- Es un vampiro - decía - y viene a dormir aquí porque el lugar está muy fresco y los vampiros necesitan comer mucha sangre.

- No es un vampiro, Santos – opinaban los otros, restándole importancia al descubrimiento – es un simple murciélago.

Gabriel recordó con añoranza esos maravillosos acontecimientos. Desde entonces la misa parroquial se convirtió en la mejor aventura de la pandilla. Incluso se atrevieron a entrar en la iglesia un atardecer para comprobar si el murciélago había salido de su escondite. Para ello juntaron entre todos el dinero necesario para encender los focos del altar mayor, que podría quizás alumbrar la parte trasera de la iglesia.

Las misas tuvieron desde entonces un atractivo misterioso. El párroco, desde su púlpito, observaba la inquietud de sus feligreses. Pensaba que su oratoria estaba haciendo un efecto beneficioso en ellos, y se esforzaba en modular su expresiones, para hacer llegar con más fuerza los principios básicos del evangelio.

Gabriel, emocionado ante el recuerdo de esa juvenil etapa de su vida , recordó unos versos que había escrito esa noche anterior:


Si tengo ocasión, enterraré mi corazón en esta tierra
y lo repartiré para que se disuelva en pedazos,
unos aquí, en mi pueblo, otros en mi historia,
el resto diseminados en la vida de los demás.

.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

De la tierra.

Sierra de Filabres.


De la tierra.


La tierra de la que vengo es dura, pero fértil,
tiene brazos y muslos de agua cuando llueve,
si la piso me duelen las entrañas
y no duermo hasta hacerme perdonar.

Esa es mi tierra, ya lejana,
tan pegada a mí por el viento y el agua
que se convierte en mi propio barro,
del color de mi propia carne.

Se seca con el tiempo,
me aprisiona y me hace daño, y me grita
y me envuelve en su aroma,
tan lejano y ácido como un limón naranjero,
de un sur que fue en mi tiempo
enraizado en mi espina dorsal
diluyendo su ácido en mi sangre.

Siento que mi memoria se hunde
en ese barrizal y no puedo recordar
sólo intuir, quizás imaginar,
ya no hay restos,
sólo espinas de chumberas en el recuerdo.

Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón
y lo repartiré para que se disuelva en pedazos,
unos en mi tierra, otros en mi historia,
el resto diseminados en la vida de los demás.

Porque no hay historia, sólo tierra,
amasijo oscuro de amores espurios.

El altar parroquial está abierto,
vinos de uva clara, oráculos rituales,
abrazos, genuflexiones,
la razón sórdida en el eco de las piedras,
de los cardos, de las sementeras
de odios y pasiones, de verdades antiguas.

Este joven que declina el saludo ¿eres tú?

No hay edades, sólo murciélagos
abriendo el atardecer sobre la tapia del cementerio
que no era para ti.

Ese pater, vestido de sotana negra ¿eres tú?

No hay razones, sólo fantasmas disueltos
en la neblina de tu historia,
que te han contado pero que no has vivido,
ahora enterrada en ese cementerio que no era para ti.

Hay casas blancas de balcones cerrados,
ecos moriscos que resuenan en las tapias,
alcaparras en los arcenes, cardos en las laderas.
sequedad en el abrevadero de la plaza,
absoluto silencio que te asfixia y anula,
y no recuerdas nada, porque ya es tarde
para recomponer las grietas que sirven para avistar tu historia,
porque no está contada, sino enterrada en ese cementerio
que no era para ti.

¿Quién me robó la historia,
dónde están los amigos que tenía que haber conocido,
las niñas de trenzas morenas que tenía que haber amado,
las canciones del hogar que nunca habría olvidado?

Sólo puedo sumar silencios y sentir angustia,
porque la vida que te han contado, mi vida,
no se puede sustanciar en esta tierra,
que el viento, el agua y el tiempo han convertido en barro.



lunes, 15 de noviembre de 2010

Evocación de Gerardo Diego.


Gerardo Diego Cendoya.




Evocación de Gerardo Diego.


Quisiera hallarme junto a ti, Gerardo,
en tus versos humanos recordarte,
cándido en el amor, pleno en el arte,
habitando tu espíritu de nardo.

Quisiera reencontrarme en tus palabras,
llegar cerca de ti para sentirlas,
oír tu clara voz, y repetirlas,
abonando el terreno que me labras.

Son tus versos divinos resonancia
del mundo sideral que nos separa
y nos mantiene lejos de por vida.

¿Podría ser verdad que mi sustancia
se impregnase de ti si yo escuchara
en do mayor tu esencia concebida?




Gerardo Diego Cendoya, padrino de mi boda (Santander, Cantabria, 3 de octubre de 1896 – Madrid, 8 de julio de 1987)


El infierno del señor Raimundo.


La casa del señor Raimundo.




El campo de jarales.


La cascada del Purgatorio. (1517 metros)



El infierno del señor Raimundo.


Gabriel había terminado bien su instituto y ese mismo otoño comenzaría la universidad. Durante esos años de estudio había desarrollado dos cualidades muy interesantes, tenía una gran curiosidad, quería saber hasta el más mínimo detalle de las cosas y no le importaba preguntar y preguntar, hasta el extremo de aburrir a los demás. Por otro lado, desde su infancia, amaba cada vez más la naturaleza, en la cual incluía a la tierra, al cielo y a todos los seres vivientes.

El otoño había comenzado con una temperatura agradable, pero al atardecer hacía bastante frío. Se sentía lleno de paz y decidió dar ese día un largo paseo por el campo antes de que anocheciera. Amaba la sierra del Guadarrama, sobre todo en esta época del año, tomó su viejo bastón de campo y comenzó a caminar, saliendo del pueblo sin rumbo alguno previamente planeado, dispuesto a disfrutar de la luminosidad y los colores del campo. Alberti una vez escribió “en la paleta de Velázquez tengo otro nombre, me llamo Guadarrama”

La ventaja de pasear por un campo conocido es que no se necesita ningún plano. El despliegue de un plano de ciudad siempre le había parecido en cierto modo emocionante, porque a medida que se abren los dobleces surge un pequeño mundo de datos, dibujos e indicaciones que sugieren posibles lugares de interés; cada nuevo doblez aporta más datos hasta que, al final, y una vez extendido el plano total, es difícil decidirse por alguna de las diversas opciones que pueden tomarse. Sin embargo, caminar por este campo tan hermoso, descubrir nuevos senderos, respirar los aromas del tomillo y de la jara, contemplar la robustez de las encinas, observar el vuelo de los tordos, descansar la vista en los montes y collados y mirar al cielo, están al alcance de cualquier paseante con un poco de sensibilidad y sin necesidad de ningún plano.

Inició su camino por un sendero rodeado por jaras y tomillos, sin prisas, con una cadencia de auténtico paseante. El sol brillaba todavía, un poco por encima del Guadarrama. Al cabo de un rato, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema : “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas…”

Después de caminar durante media hora entre los jarales, vadeando quebradas y siguiendo el vuelo de los tordos, mirando al cielo, tanteando de vez en cuando con su bastón los bordes del sendero, distraído recordando ese y otros poemas, Gabriel descubrió que seguir un sendero es siempre una aventura, una posibilidad de encuentros inesperados. Lo supo cuando al subir un montecillo de roca, cubierto por espesos matorrales, avistó de repente, a media distancia, la casa del señor Raimundo.

A la casa se accedía por un camino de tierra ocre y dura, extrañamente ancho, porque acababa justo allí, en su puerta de rejas forjadas. Era una casa grande, muy cuidada, de dos pisos, con paredes de piedra y el tejado de tejas arcillosas. Los jarales llegaban justamente hasta la valla de piedra que la rodeaba y la casa, rodeada de rocas, parecía un espolón de barco intentando atravesar un mar inmenso de encinas y chaparros, porque detrás de ella se extendía el bosque verde y negro de los encinares de la cota baja del Guadarrama.

Gabriel había oído hablar mucho del señor Raimundo y de la casa que se había hecho construir frente a los montes, en los aledaños del pueblo, lejos de su vida cotidiana y a la que sólo se podía acceder por ese sendero de tierra.

- Es un hombre muy solitario – decían algunos – dicen que fue marino y se retiró de la armada cuando murió su esposa.

- Se le ve por el pueblo muy de tarde en tarde, sólo para comprar – decían otros – pero los domingos viene a la misa parroquial.

- Es un escritor, un filósofo – decían los más eruditos del pueblo, mientras el resto apostaba por una enfermedad depresiva, que le impediría hacer una vida normal.


Estos comentarios hicieron que la curiosidad de Gabriel por el señor Raimundo fuera en aumento. Había pensado en abordarle directamente si se encontraba con él alguna vez en el pueblo, pero el tiempo fue transcurriendo sin presentarse esa oportunidad. Y ahora se encontraba frente a frente con la ocasión de desentrañar ese misterio.

Caminó directamente hasta la entrada de la casa, cuya reja estaba entreabierta. Allí pudo ver al señor Raimundo. Era un hombre moreno, de mediana estatura, delgado, con barba entrecana muy cuidada y un aspecto de campesino elegante, de esos señores de la tierra que, a pesar de su trabajo rústico, conservan una innegable distinción de persona cultivada. Vestía un pantalón de pana beis y un jersey oscuro, de color indefinible, y botas marrones de media caña. Tenía entre sus brazos unos leños de encina, listos seguramente para ser utilizados en la chimenea, ya que comenzaba a refrescar.

- Buenas tardes, don Raimundo – dijo Gabriel con gran osadía.

- Buenas tardes, amigo, ¿quién eres tú, me conoces? - respondió.

- He oído hablar mucho de usted y me alegro ahora de conocerle, me llamo Gabriel y vivo con mis padres en el pueblo, cerca de Correos. – precisó.

- Pues ven y échame una mano, Gabriel, que siempre viene bien una ayuda para estos menesteres – respondió sonriendo.

Eso hizo Gabriel, y así, desenfadadamente, comenzó su amistad con el señor Raimundo. Entraron en la casa y depositaron los leños en un cesto situado no lejos de la chimenea de un salón espacioso y bien amueblado. Unos cuantos rescoldos alumbraban el hogar encendido, creándose un ambiente acogedor.

- Puedo ofrecerte un buen vaso de vino, joven, seguro que te viene bien después de la caminata que has hecho, porque tú has venido atravesando las barrancas ¿verdad?

Gabriel asintió agradecido y ambos se sentaron en unos bancos que estaban situados alrededor del hogar. Acostumbrado a mirar y fijarse en todos los detalles, Gabriel se dio cuenta de que sobre los muebles y estanterías del salón no había fotografías. En todas las casas siempre hay recuerdos familiares, fotografías de encuentros para recordar, momentos de episodios imborrables, pero aquí no había retratos.

El señor Raimundo adivinó inmediatamente el pensamiento de Gabriel.

- No me gustan las fotografías, Gabriel, dijo tras un corto silencio - por eso no conservo casi ninguna y no las sitúo sobre los muebles. Su conservación me parece una manifestación de necrofilia. Las fotografías son imágenes muertas que con el tiempo amarillean y acaban su vida de papel amontonadas en sarcófagos de buhardillas. Prefiero guardar en mi memoria las imágenes y las sensaciones que esas imágenes me han transmitido. Eso he hecho desde la muerte de mi esposa.

Gabriel sintió inmediatamente haber despertado en el señor Raimundo esos hondos sentimientos. Hubiera deseado que su silencio no diera lugar a ellos, que hubiese sido su hacer como el que Gerardo Diego descubrió en Vicente Aleixandre “magistrando silencios, anuencias y matices”

- ¿Estuvo usted casado mucho tiempo, señor Raimundo?- se atrevió a preguntar.

- Sí Gabriel, largos años, pero no tuvimos hijos y mi esposa murió quizás hundida por el silencio del hogar. No es buena la soledad cuando no hay llanto de niños, ni se puede participar en sus juegos ni responder a sus preguntas, ni ofrecer nuestro amor ilimitadamente. A veces te cuestionas el por qué de las cosas, pero no hay más remedio que aceptarlas – y tú ¿ya tienes novia?.

- No. Señor Raimundo, hasta ahora he estado tan ocupado con mis estudios que no he tenido tiempo para conocer a muchas chicas. Espero que alguna vez me llegue la oportunidad y encuentre el amor definitivo.

Derivando de un tema a otro. Gabriel apreció la enorme apertura del señor Raimundo y su interesante conversación. El tiempo pasaba tan rápido que se hizo muy tarde, la habitación se estaba oscureciendo casi imperceptiblemente y apenas podían distinguirse sus labios en medio de su barba descuidada y entrecana.

Hablaron de literatura, de arte, de historia, de política, de religión. Gabriel estaba entusiasmado por su decisión de encontrarse son una persona tan inteligente y preparada.

El señor Raimundo, de repente y mirándole a los ojos le dijo:

- ¿Tú vas por la parroquia, Gabriel?

- Pues sí, soy creyente, y voy a misa los domingos, pero no a la misa de doce sino a las nueve de la mañana, porque a mí me gusta madrugar. Creo que usted va también a la misa parroquial, ¿no es así?

- Lo es, Gabriel. Pues voy a decirte una cosa que no debes olvidar nunca, y me lo vas a prometer – dijo con una voz muy seria y firme – el infierno no existe, ni por supuesto el purgatorio. No dejes que esos conceptos te persigan en la vida. La vida es amor y no temor.

Gabriel recordó los versos de Pablo Neruda “¿para qué sirven los versos si no es para esa noche en que un puñal amargo nos averigua?

Bebió un sorbo del vaso de vino que había traído el señor Raimundo. Era oscuro y con mucho cuerpo, probablemente un vino de Toro. Saboreó el trago como si fuera un conocedor y sintió un pequeño rubor en su cara, causado probablemente por ese vino profundo y demoledor. Bebió otro sorbo y, después de un largo silencio, preguntó de improviso:

- Usted reza, señor Raimundo?

- Claro que sí, Gabriel – contestó medio sorprendido – Rezo todos los días un avemaría.


La respuesta no fue la que esperaba, así que guardó silencio prudentemente, mirando los pequeños rescoldos rojos que crepitaban en el hogar.


- Verás, Gabriel, por la mañana, cuando la luz del amanecer entra por esa rendija de la ventana, y mis ojos se abren tratando de situar las cosas, rezo lo siguiente: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús” Es mi manera de saludar, de agradecer que estoy vivo. Si no lo hago, me sentiría muy mal el resto del día.

Gabriel miró a hurtadillas la rendija de la ventana. Como estaba anocheciendo, entraba una luz muy débil, desvaída, que dejaba ver la barba del tío Raimundo, ahora más definida por la luz de los rescoldos rojizos del hogar.

- Pero eso no es el avemaría completo, le falta la mitad.- dijo Gabriel, con timidez, como tratando de evitar que lo considerase un reproche.

- Bueno, sí, Gabriel, la segunda mitad la reservo para antes de dormir. Entonces rezo: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte” Es mi manera de saludar antes de dormir. Si no lo hago no podría descansar y tendría seguramente muchas pesadillas.

Cogió un leño con sus manos y lo depositó sobre los rescoldos, soplando con un fuelle hasta lograr la tímida aparición de unas llamas que poco a poco fueron ganando terreno y esparciendo su luminosidad por la habitación.

- La oración es como la luz, Gabriel, te salva de la oscuridad, te da fuerza y calor, te hace ver las cosas de otra manera, pero hay que alimentarla, como alimentamos al fuego. Naturalmente, tiene que haber un rescoldo, por muy escondido que esté – dijo casi musitando esta última frase - por eso no puede existir el infierno. La salvación está a nuestro alcance con sólo un avemaría.

Gabriel recordó en esos momentos a Luis Rosales “el día de hoy será tu herencia y nada más, porque todo se logra y se pierde en un día”

Gabriel se medio incorporó y le planteó al señor Raimundo que estaba anocheciendo y temía ir de noche por el campo.

- No tienes pérdida, Gabriel – le dijo – Tomas el camino de tierra y te lleva directamente hasta la entrada del pueblo. Tardarás sólo unos quince minutos, sin encontrar ningún obstáculo. Apréndete bien el camino porque espero verte con frecuencia. Tu conversación me ha parecido muy interesante y tenemos que profundizar en muchos temas.

Gabriel se despidió estrechándole fuertemente la mano. Ya en la calle miró con detenimiento la casa. Grabó en su memoria los detalles de la conversación que habían tenido durante más de una hora y se fue caminando, tanteando la calle de arena con su bastón de campo en dirección al pueblo. Lo había conseguido. Había conocido al señor Raimundo. Vivir en la tierra de Guadarrama ofrece perspectivas muy interesantes.


Pensó que,seguramente, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Al poeta colombiano Aurelio Arturo.

Poeta Aurelio Arturo Muñiz.



Al poeta colombiano Aurelio Arturo.

Yo no puedo aceptar que el tiempo trunque
tu espléndido recuerdo meridiano,
amante fiel del pueblo colombiano,
forjador de poesías en tu yunque.
En tus sueños de pólenes y estrellas,
polvaredas de versos y canciones,
duendecillos de luz y de emociones,
creaste las metáforas más bellas,
la tierra, el aire, pájaros volando,
banderas guacamayas, resonancias
de mujeres de trenzas y de infancias,
aros de horizontes, lluvias danzando,
sueños y nubes, versos en memoria
de tu Colombia siempre, haciendo historia.


Aurelio Arturo Martínez. (La Unión, 22 de febrero de 1906 - Bogotá, 24 de noviembre de 1974).


Recuerdo de Angel González.

Angel González Muñiz.



Recuerdo de Ángel González


Un remanso de paz en la enseñanza,
un temblor silencioso de las hojas
de aquel rosal perdido, rosas rojas,
en hálitos de amor y de esperanza,
un caminar sencillo, la ironía,
tiempo a tiempo por ti necesitada,
lecciones magistrales, la callada
y silenciosa voz de la poesía.
Para llegar a ti, fue necesario
resucitar la lengua castellana,
la más tímida y pura lengua llana
sin comparsas, sin luz, sin escenario,
y así lograr la imagen soñadora
de tu humilde palabra, que enamora.




Ángel González Muñiz (Oviedo, 6 de septiembre de 1925 – Madrid, 12 de enero de 2008)

martes, 9 de noviembre de 2010

En la muerte de Alejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik.




En la muerte de Alejandra Pizarnik.



Si confundes la voz en tus plañidos,
del mismo verso de tu propia historia,
y encuentras otra vez en tu memoria,
ese amor que se rompe en tus gemidos,
recuperen tus venas la corriente,
no descienda tu pulso de gigante,
resuenen tus latidos al instante,
en tu verso de amor adolescente,
y si el silencio puede disiparse
con el fúlgido son de tu palabra,
fecunda desazón que siembra y labra,
podrá tu voz final recuperarse.
No tendrás la cosecha si te mueres,
ya no te queda tiempo, nada esperes.



Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 29 de abril de 1936 – Ibídem 25 de septiembre de 1972)



lunes, 8 de noviembre de 2010

Soneto a María Blanchard.

Mujer con abanico.

La bretona.

La convaleciente.


María Blanchard.



Soneto a María Blanchard.


María Blanchard, ¡ay! pintora mía,
estrella vanguardista montañesa,
pude por fin hallarte en la francesa
corte gris de Victoriano un día.

Reconocida fuiste en tu tardía
juventud malherida, la princesa
de tus cuentos de niña, la sorpresa
de los pintores íntegros un día.

Con tu diseño roto y modernista,
imagen de tu estampa deformada,
quisiste recobrar en tu pintura

con una nueva etapa de cubista
aquella infancia triste malhadada,
y cambiar para siempre tu figura.





María Gutiérrez Blanchard, pintora española, nacida en Santander (Cantabria) el 6 de marzo de 1881 y fallecida en París, 5 de abril de 1932.



domingo, 7 de noviembre de 2010

La verdad eterna.


La verdad eterna.

En la verdad reposa mi esperanza,
el máximo objetivo de mi vida,
la expectativa siempre renacida
de tener sinceridad y confianza .

La verdad no se tira ni se lanza,
se expone simplemente de partida,
y si por los demás no es compartida
hay que aceptarlo sin perder templanza.

Ya que la realidad suele mostrar
que la sinceridad no es patrimonio
de la escala social que nos gobierna,

quiero en esta poesía reafirmar
con clara voluntad mi testimonio
de amar a la verdad pura y eterna.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Mi abuelo. (Canción infantil)



Mi abuelo es dulce como un flan de chocolate,
mi abuelo es bueno como el jugo de melón,
mi abuelo es sabio como veinte diccionarios,
es que mi abuelo es un abuelo superior.

Mi abuelo tiene un jardín lleno de flores,
mi abuelo tiene, siempre tiene la razón,
tiene gracia, tiene coco, mi abuelito es especial,
unos piensan que está loco, y es genial.

Mi abuelo tiene una raqueta con pedales,
mi abuelo tiene un patinete nadador,
mi abuelo tiene unos zapatos que andan solos,
es que mi abuelo es un magnífico inventor.

Mi abuelo tiene una avioneta submarina,
mi abuelo tiene un submarino volador,
tiene gracia, tiene coco, mi abuelito es especial,
unos piensan que está loco, y es geniaaaaaaaal...

No sé quién escribió esta canción, pero me parece encantadora. La oí cantar a unos niños en una escuela infantil de Huelva.
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BUCOLICA.


Bucólica

El remanso de un río permite que se reflejen
las hojas de los chopos lindantes,
¿No es hermosa la quietud de las aguas,
sólidas, estancas, profundas?

Apenas un ligero temblor en su superficie
al rozar la brisa la limpidez de su espejo,
un rumor de hojas trémulas,
quizás el canto de un mirlo,
o algún convulso movimiento
en la profundidad del remanso
orquestan la sinfonía de las aguas claras,
de la vida quieta e inalterable.



¿Verdad, amor, que aquí nos sentimos una vez
unidos en nuestras esencias,
aliados ante la densidad de los chopos,
inmersos en el sosiego del momento?



No me avergüenza escribir
un poema romántico, idealizar bucólicamente
nuestro instantes de entrega,
recordar aquellos momentos felices
de nuestra soledad de enamorados.
A veces me desconcierta ser siempre
lo que se tiene que ser,
olvidando acaso que la felicidad
consiste en elegir, en escoger,
al margen de los compromisos
de la sociedad que nos domina.


Este silencio verde de los chopos,
reflejado en las limpias aguas del remanso,
ese acorde musical de los mirlos,
el olor húmedo de la brisa,
y la caricia del agua en la ribera,
todo tan cercano y evidente,
es un regalo de aquellos dioses
que tan lejanos suelen estar
de nuestros pensamientos.



Recuerdo intensamente tu cabello al aire,
los efluvios de tu cuerpo
la suavidad de tus manos,
la delicia de tu voz
y tu evanescente mirada alejándose
hacia las altas ramas de los árboles
mientras mis ojos perdidos
recorrían tus márgenes,
inmersos en la belleza del encuentro.


Puedo sentirme anonadado
al recordar aquellos bucólicos momentos,
y desearía cantar como un juglar occitano
las esencias de mi dama,
el perfil bucólico de nuestro momento,
pleno de romanticismo y de libertad.
Regresaré a ese instante de nuestro amor
siempre que mi ánimo desfallezca
y, si los dioses lo permiten,
allí acamparé entre la yerba
y los chopos frondosos,
recordando tu imagen
cerca de las riberas del remanso.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Sentados en un banco.



Sentados en un banco.

Sentados en un banco del paseo
dejamos que cayese la lluvia de otoño,
sintiendo sus gotas
deslizarse lentamente sobre nosotros,
arrastrando fluidos y aromas
en un ambiente de vahos y humedades.
Deseé que no volviera a salir el sol,
que sólo brillara la luz de tus ojos
y que tu aroma no se perdiera en la brisa,
convirtiéndose en gotas de perfume
que impregnasen mi piel.
Tú, la deseada,
la reflejada en el iris de mis ojos,
bella bajo la lluvia,
transmitiendo amor,
despertando ensoñaciones sobre un banco
que quizás otros,
quizás también nosotros.
habíamos imaginado.
Las hojas de los árboles descendían
a intervalos, brillantes, doradas,
y el paseo se escondía bajo el lento,
arrítmico vaivén de las hojas caídas.
Un sentimiento de ternura,
de cálido entendimiento.
se apoderó de nosotros
al contemplarnos en el silencio
del atardecer de nuestras vidas,
en el otoño de nuestro trayecto vital.
Vi de nuevo tu imagen
reflejada en el iris de mis ojos,
esta vez borrosa,
quizás por las gotas de la llovizna,
y te apreté firmemente en un abrazo.



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