viernes, 28 de enero de 2011

Teresa y el amor.


Gabriel se levantaba diariamente muy temprano desde su infancia. Su insomnio matinal era realmente incurable. No pudieron con él los consejos maternos ni los medicamentos, ni su decidida voluntad de levantarse más tarde. En cuanto abría los ojos, su cuerpo saltaba irremediablemente de la cama. Y como en la casa de sus padres la calefacción era de carbón, que se consumía con bastante rapidez, las habitaciones eran témpanos de hielo al llegar la madrugada, y no había otro recurso para evitar el frío que permanecer en la cama protegiéndose con el resto de calor de una botella de agua caliente que su madre introducía en ella con todo cariño a la hora de acostarse. Lo intentó alguna vez, pero su espíritu era demasiado inquieto, y como la casa estaba muy fría al amanecer, ideó una salida airosa para calentarse, distinta a los sistemas conocidos.


Descubrió que en una pequeña iglesia cercana a su casa, regentada por unos padres pasionistas, que años más tarde abandonarían el pueblo, celebraban una misa a las seis y media de la mañana en una capilla que tenía calefacción eléctrica y era muy confortable, y los padres pasionistas, que no usaban zapatos sino sandalias sin calcetines, se recogían en ella y decían la primera misa del día, librándose con ello al mismo tiempo del duro frío invernal. Durante la misa Gabriel disfrutaba de una buena temperatura y al terminar volvía a casa a tiempo para desayunar con sus padres. Esta decisión le valió a Gabriel crearse en el pueblo fama de santo, con gran regocijo y jolgorio entre sus amigos.


Pero el hecho es que su insomnio matinal pervivió después de la muerte de sus padres. Levantarse temprano le permitía respirar el aire puro de la sierra del Guadarrama y disfrutar de ese olor que sólo el campo abierto puede regalarnos al amanecer. Saliendo al balcón de su cuarto, se envolvía en aromas de tomillo, hierbabuena y lándano, respirando con intensidad el aire puro y abriendo los brazos como si quisiera abrazar con ellos el paisaje que se le ofrecía, sus montes, rocas y quebradas, sus cumbres y arboledas. Sí, allí estaba la sierra del Guadarrama, tan cercana que daban ganas de abrazarla.


Levantarse tan temprano tenía muchas ventajas. Una vez aseado bajaba a pasear por su pequeño jardín, en el que se erguía orgulloso un enorme pino piñonero, cuyo tronco ocupaba gran parte del jardín, con su copa “ verde y sonora, la inmensa copa desbordante, donde beben los soles” como dijo Octavio Paz. Las plantas, debido a la sombra que producía ese pino, sólo crecían con normalidad en los arriates que él mismo había preparado. Este corto paseo le permitía de vez en cuando recoger alguna de las piñas que caían, generalmente roídas por las ardillas, y que eran muy bienvenidas por el fuego de la chimenea, e incluso recogía algunos piñones, que guardaba en una caja metálica por si alguna vez le apeteciese probarlos.


Gabriel se preparaba después casi todos los días una taza de café con leche y unas tostadas de pan para desayunar pero, de vez en cuando, caía en la tentación de ir a tomar el desayuno en el bar de su amigo el señor Emilio.


Solía sentarse en una mesa de mármol frente al gran ventanal del bar, mesa que ya consideraba como suya, donde desayunaba. Desde allí, al olor del café, nacía en él una suerte de ensueño espiritual, que le hacía sublimar todo lo que veía través de su cristal. Los pájaros eran avecillas, las nubes fugaces estelas de barcos espaciales, y el cielo, un inmenso espacio azul que, como decía Juan Ramón,”con cristal y alas la alondra adorna”


El señor Emilio comentó alguna vez que, en su opinión, su amigo y cliente favorito era un soñador, quizás un poeta y trataba de no interrumpir en ningún momento sus meditaciones.


El bar del señor Emilio estaba situado en la calle más importante del pueblo, al final de la cual se encontraba la parroquia, construida con piedra de musgo y por cuyas paredes trepaba desordenadamente la hiedra.


No era la primera vez que Gabriel veía pasar por delante de la ventana del bar la figura recatada y elegante de la señorita Teresa, en camino hacia la misa de nueve. Siempre había admirado su paso leve y su porte educado. Teresa aparentaba tener cerca de los cincuenta años, era alta, delgada y solía llevar siempre vestidos muy simples y de colores muy bien conjuntados. Su melena, corta y siempre bien peinada, era de color castaño, con algunas mechas rubias, que le hacían parecer más joven. Sus ojos, de color verdoso, destacaban en su semblante muy agradable pero siempre un poco triste. Solía usar zapatos planos, quizás para compensar su altura y al caminar siempre miraba con atención el suelo para evitar cualquier tropezón.


En el pueblo todo el mundo la conocía como “señorita” Teresa. Corría el rumor de que había vivido un gran romance de amor durante unos años y que había sufrido un final doloroso e irreparable. Nadie conocía con certeza la naturaleza de ese romance, pero era evidente que Teresa no se había recuperado de su final y había quedado muy sola y triste en su casa del pueblo una vez murieron sus padres. Gabriel había tenido buena amistad con ellos, pero en esa casa nunca se habló de la situación amorosa de Teresa. Al verla pasar esta vez por delante del bar, Gabriel pensó que debía encontrarse efectivamente muy sola. Sabía que participaba en alguna de las reuniones parroquiales y que ayudaba al párroco en la catequesis de los niños, pero no se le conocían otro tipo de contactos más personales.


¿Qué tipo de amor había tenido Teresa - se preguntaba- qué final doloroso e irreparable había tenido ese amor?


Meditó un buen rato sobre aquel pensamiento de Novalis: “Sólo unos cuantos gozan del misterio del amor, y desconocen la insatisfacción y no sufren la eterna sed”


¿Había Teresa gozado realmente del misterio del amor? Porque Gabriel nunca vio a Teresa en compañía de ningún hombre, y nunca tuvo la oportunidad de charlar con ella sobre este tema. En las visitas a la casa de sus padres no percibió ningún detalle sobre un posible noviazgo, y la realidad es que Teresa no frecuentaba ningún círculo de amigos y llevaba una vida muy solitaria, dedicándose fundamentalmente al cuidado de sus padres.


Olvidando estas consideraciones, Gabriel pagó su desayuno y, despidiéndose del señor Emilio, salió a la calle con el fin de volver a su casa para terminar un trabajo que estaba escribiendo para una revista literaria. Una pareja de mirlos cruzó con rapidez la calle para refugiarse en unos madroños de un parquecillo próximo. Siempre le había gustado el canto de los mirlos, incluso más que su elegante imagen, porque como decía Paul Verlaine: “la música antes que todo sea”


Distraído por el vuelo de los mirlos, casi tropieza con Teresa, que en esos momentos bajaba por la acera en dirección a su casa.


- Hola, Gabriel, buenos días – le dijo Teresa sonriente, viendo su despiste.


- Teresa, perdona, no te había visto – dijo Gabriel – qué alegría verte. ¿vas hacia tu casa, puedo acompañarte?


Teresa, sonriente, aceptó con un gesto y comenzó a caminar lentamente, situándose Gabriel a su lado. Durante el paseo hablaron de sus encuentros en otras ocasiones, de sus visitas a la casa de los padres, y en términos generales charlaron sobre la vida del pueblo y sus vecinos. Casi sin darse cuenta llegaron a la casa de Teresa. Su casa era más pequeña que la de Gabriel, pero tenía un jardín mayor, con muchos árboles y un pequeño trozo de pradera. Gabriel acompañó a Teresa hasta la puerta y desde allí pudo divisar algo que le llamó mucho la atención. En medio de la pequeña pradera había una pilastra de piedra blanca que él nunca había visto en sus anteriores visitas a la casa.


- Perdona, Teresa, esa pilastra que tienes en la pradera, ¿tiene algún significado?


Teresa titubeó unos instantes y no contestó, un poco azorada.


- Lo digo porque tiene todo el aspecto de un cipo ¿puedo acercarme a verla? – dijo Gabriel, entrando en el jardín y acercándose a la pilastra.


Teresa no fue capaz de reaccionar y Gabriel comenzó a examinar de cerca la piedra blanca. Grabado sobre la piedra había un nombre “Giacomo” y en el extremo superior una imagen de la Virgen con un niño en brazos. Recordó haber visto una fotografía de esta imagen en el cementerio del Puerto del Escudo construido para enterrar a los soldados italianos enviados por Mussolini y muertos en combate durante la Guerra Civil. Se conocía con el nombre de “Madonnina di Bronzo” Supo algunos años más tarde que este cementerio, como todos aquellos conocidos como “cementerios de guerra”, había sido abandonado, y que los restos sepultados en él habían sido enviados al “Sacrario Militare” de Zaragoza.


Teresa se había acercado hasta él en silencio y miraba la pilastra con gesto triste. Gabriel creyó percibir unas lágrimas en sus ojos y no supo qué decir, recriminándose su osadía al acercarse sin permiso a ese monumento. Rodeó los hombros de Teresa con su brazo y musitó algo como:”perdona, Teresa, yo no pretendía saber…”


Durante unos minutos permanecieron ambos en un profundo silencio, viviendo estremecidos “las eternas pausas del tiempo inmóvil”, como escribió John Milton.


Una ligera brisa movió algunas hojas de los árboles.


- Giacomo fue mi gran amor – dijo finalmente Teresa con un débil susurro.


Gabriel la abrazó emocionado. Sobraban las palabras. Recordó aquel pensamiento de Oscar Wilde: “el amor es un sacramento que debería recibirse de rodillas” Juntos se dirigieron hacia un banco de piedra que había entre los árboles y se sentaron, siempre en silencio. Los rayos del sol, ahora más fuertes, reverberaban en la pilastra blanca, ingrávida sobre la pradera de hierba. Gabriel intentó decir algo, pero Teresa se lo impidió, cerrando su boca con el dedo índice.


- Gabriel, voy a contarte mi historia – dijo – eres mi único amigo y no puedo ocultártela. Después de tantos años, tengo ahora el ánimo suficiente para contarla, con la condición de que la mantengas en secreto. Sé que me quieres y serás capaz de ello.


Teresa comenzó recordando aquel día en que recibió una carta de su amiga Celia, ahora residente en Burgos, que había sido su íntima amiga durante algún tiempo en la escuela del pueblo. Sus padres habían encontrado un buen trabajo en una empresa burgalesa y habían ido a vivir temporalmente allí, pero conservando su casa en el pueblo. Celia le ofreció la posibilidad de convertirse en la “madrina” de uno de los soldados italianos que iba a incorporarse como voluntarios en nuestra guerra.


- Me envió su fotografía y su dirección en Italia. Nuestra correspondencia se haría a través de su casa en la ciudad de Bolonia, que él luego recibiría a través de su unidad militar. Se llamaba Giacomo Presci. La iniciativa me pareció emocionante y escribí mi primera carta a Giacomo ofreciéndole mi apoyo y mi cariño como madrina de guerra. En otra ocasión te enseñaré su fotografía.


A sus dieciséis años Teresa comenzó a escribirse con regularidad con Giacomo, enviándole su fotografía dedicada. Poco a poco esa correspondencia se convirtió en un idilio por correspondencia. Cada vez que Teresa recibía una carta desde Italia, se sentaba en el banco del jardín para leerla lentamente, casi oculta entre los árboles y lloraba enternecida por el amor que le transmitía Giacomo. Durante dos años esa correspondencia fue para ambos el gran milagro del primer amor y se prometieron un amor eterno. Teresa sentía una gran felicidad interior y esperaba con enorme ansiedad que la guerra acabara cuanto antes, para conocerle personalmente. Un día se angustió al leer los versos de Pedro Salinas: ¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba? Sus padres, a los que contó con detalle la situación, estaban admirados ante ese amor juvenil.


Pero un día recibió una carta desde Bolonia. En ella los padres de Giacomo le notificaban que su hijo había caído en una acción de guerra cerca del frente de Madrid.


Teresa rompió a llorar en ese momento.


– No tuve ocasión de conocerle en persona, Gabriel - dijo emocionada - todos estos años le he amado intensamente, deseando abrazarle y murió cerca de mí sin saberlo. Ya nunca podré amar a otro hombre.


Gabriel la miró con admiración, y recordó aquello que escribió Giusseppe Ubgaretti: “tra un Fiore colto e l´altro Donato, l´inesprimibile nulla”

Grabando en su memoria la imagen inocente y abandonada de Teresa, tradujo mentalmente: “entre una flor tomada y otra ofrecida, la inexpresable nada”


Tomó y besó, estremecido, su mano.


Gabriel y Teresa volvieron a verse numerosas veces paseando por el pueblo, saludándose con cariño, pero nunca más hablaron de Giacomo. Teresa y su amor fueron un maravilloso secreto que Gabriel guardó para siempre en su corazón.


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34 comentarios:

Juliana Gómez Cordero dijo...

Querido Fernando ¡ por fín estás de vuelta con un hermoso relato que extañaba enomemente!.
Te visitaba diariamente con la esperanza de que tu ausencia no fuese definitiva y mi instinto no se equivocó. Volviste y eres el mismo Fernando que nos regala su talento y su magia.
GRACIAS AMIGO: un fuerte abrazo.
Juliana

Mercedes Pinto dijo...

Querido Fernando, no sé si esta historia de amores esconde algo de verdad, pero, de cualquier manera, ante mí se ha presentado viva. Gabriel y Teresa han hablado por sí mismos por todo el texto como si hubiese sido escrito por sus manos.
Una historia deliciosa y, como siempre, escrita con gran elegancia.
Un placer la lectura en esta casa.
Feliz fin de semana.

Fernando dijo...

Juliana, amiga, muchas gracias por tu comentario. He pasado dos semanas leyendo poesía. Te aseguro que es algo maravillosos leer directamente en libros, como siempre. Tienes tiempo para meditar, comprender hondamente los poemas y aprender. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Mercedes, amiga. gracias por tu comentario. No, no es una historia de verdad, es un relato. Pero seguro que ocurrió con muchas jóvenes en nuestra guerra. Pensé hacerla al descubrir que existe un cementerio de esos pobres soldados italianos en Zaragoza. Partí de una excursión a pie por Quijorna, donde pude llegar andando por el monte hasta un cementerio de guerra abandonado. La gente llamaba a ese lugar "cementerio de los italianos". Hoy sus cuerpos están enterrados en Zaragoza. Triste relato, ¿verdad?. Un abrazo.

Marisa dijo...

Una bella historia de amor
encuadrado en la amistad
que se desliza sobre
un bucólico cuadro de la
Sierra del guadarrama.
Me alegran estos textos que
nos traes, son como una brisa de aire puro.

Un gran abrazo

Fernando dijo...

Gracias, querida Marisa. Siempre he tenido lástima de aquellos pobres soldados italianos que murieron en nuestro país, siendo ridiculizados por el pueblo, cuando su entrega era una generosidad personal y murieron fuera de su patria. Un fuerte abrazo.

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo y poeta Fernando: no me llega de sorpresa este magnífico y entrañable relato en el que el amor triunfa. Gabriel es todo un personaje al que ya nos hemos acostumbrados y ahora nos presentas a Teresa esa mujer que amó en la distancia y por correspondencia. Esa es la magia del amor. Bien traídos, como siempre, las referencias a otros autores que enriquecen al lector.
Un abrazo.
Me alegro de tu regreso.

Fernando dijo...

Querido Radael, amigo y poeta: gracias por leer mi relato. ¿No es demasiado romántico? he leído tu prodigiosa poesía que hace referencia a tu madre. Esperaré a que acaben de alabarte tus innumerables seguidoras para hacerte un comentario. Hasta entonces, un fuerte abraz.,

Isolda dijo...

¿Demasiado romántico? -preguntas, Fernando. Es una historia preciosa. Hay amores que duran toda una vida y más allá de la muerte. Romántico hubiera sido, que a pesar del incondicional amor de Teresa por su italiano, hubiera nacido una nueva relación entre ella y Gabriel, no sólo basada en el secreto que les unía. Aunque tal vez sí, fuera demasiado romántico.
Esa frase que desconocía, me parece fantástica: “las eternas pausas del tiempo inmóvil” Ya no la olvidaré ni al autor.
Una historia deliciosamente escrita y detallada. ¡Qué placer supone guardar secretos en el corazón!
Besos alegres con tu vuelta.

César Sempere dijo...

¿Qué decir?. Lo has dicho todo.

Un abrazo,

Fernando dijo...

Isolda, amiga, muchas gracias por tu comentario. El romanticismo me gusta de todos modos. La pregunta se la hice a Rafael, que suele ser bastamte guasón. La historia que relato seguro que ha pasado muchas veces a otras personas y en otras circunstancias. Yo dreo en este amor total, indestructible, maravilloso. Un saludo cordual.

Fernando dijo...

Gracias, César Sempere, amigo, por leer este relato. El relato de un amor profundo y eterno. Un abrazo.

JUAN dijo...

Maravilloso y romántico relato, Fernando, ha merecido la pena esperar tu regreso.
Tan bien descrito, que me ha parecido veros sentados a Teresa y a ti en ese banco después de abrazarla delante del monumento a su amor eterno. Una delicia leerte, amigo. Un abrazo

Fernando dijo...

Hola, Juan, amigo. He seguido leyéndote durante mi pequeña ausencia. Gracias por leer mis relatos. Un abrazo muy fuerte.

Emilio dijo...

Esta continuación del relato que nos traes, amigo Fernando, es magnífica, dura y tierna al mismo tiempo, plena de amores.

Un fuerte abrazo y que tengas un buen fin de semana.

Fernando dijo...

Emilio, amigo y poeta: gracias por leer mi relato y saber que sigues en buena forma. Un fuerte abrazo.

tinta negra dijo...

Cuando el amor ,nace de la amistad...es mas fuerte!°


Saludos!°

Fernando dijo...

Hioloa, amiga Tinta Negra: es un placer recibirte en mi blog. Espero que tus estudios vayan nuy bien. Gracias por tu comentario y un cordial saludo.

Marcos Callau dijo...

Saludos amigo Fernando. Es muy grato para mi encontrarme de nuevo con tus relatos del "Guadarrama" y las incomparables vivencias de Gabriel. Siempre reservo un tiempo para este rincón de la red en el que hay que detenerse a leer en clama y sin prisas. Hoy he disfrutado mucho y ya te extrañaba. En primer lugar debo darte las gracias por nombrar Zaragoza. Si no me equivoco el "Sacrario militare" al que te refieres es el que todavía hoy en día se encuentra en los sótanos de la iglesia de San Antonio de Padova, justo al pie de un gran torreón desde la que se divisa una hermosa panorámica de la ciudad de Zaragoza. Esta hermosa historia de desamor es realmente emocionante. Imagino a Teresa incapaz de superar esa pérdida vital, con sus ojso verdes siempre esperando el llanto que en su interior sigue y segurá acompañándola mientras viva. Muy acertado ha sido el incluir ese maravilloso verso de Pedro Salinas que me ha llegado al corazón porque es uno de mis preferidos en su obra. Un fuerte abrazo mi amigo Fernando y bienvenido.

PD: Estos días de tu ausencia he hecho caso de un consejo tuyo y he comenzado a leer a Juan Ramón.

Fernando dijo...

Marcos, amigo y poeta: Gracias por leer mi relato sobre Teresa y el amor. Ese es, en mi opinión, un amor fantástico. Teresa fué una enamorada, como hay muchas, de alguien a quien no pudo acceder finalmente. Se me ocurrió la idea visitando un "cementerio de guerra" durante una de mis excursiones por el campo con un amigo mío en Quijorna. Estaba abandonado. Medité sobre la muerte de esos pobres italianos e investigué, hallando ese Sacrario Militare en Zaragoza, que tú tan bien identificas. Encontré, por cierto, unas fotos maravillosas de esas criptas, que pienso visitar si voy a tu maravillosa ciudad, y allí rezaré por ellos. Muchas gracias por tu comentario y un fuerte abrazo.

Elvira Daudet dijo...

Querido Fernando:

Qué alegría encontarte en tu lugar, y al joven e idealista Gabriel en el suyo con Teresa, escuchando su bella y triste -¿las hay alegres?- historia de amor. (Ya sé que me vas a decir que la tuya lo fue hasta el último día. Eres el más afortunado de los mortales sólo por eso).

Precisamente hoy he estado en tu amado Guadarrama, comiendo en casa de un amigo poeta con otros amigos, y a pesar de la deliciosa compañía e interesante conversación, me he acordado varias veces de ti. Nada más llegar a casa he venido al ordenador a buscarte y ¡te he hallado! Esto también es suerte, porque te echaba mucho de menos.

Un cálido abrazo
Elvira

Fernando dijo...

Elvira, amiga y admirada poeta: me emociona que pensases en mí después de una interesante comida en algún lugar de Guadarrama. ¡Soy tremendamente vanidoso! El problema es que, cada día más, estoy perdiendo mi vanidad, como tantas otras muchas cosas. Lo que me produce una gran alegría es que leas lo que escribo y encima lo comentes. Un abrazo muy cordial,

Antorelo dijo...

Me alegro de que hayas regresado. Idílico relato de amor, que bien pudo pasar en la vida. Las guerras rompen muchas vidas: a los que mueren y a los que se quedan.
Saludos

Fernando dijo...

Antorelo, amigo: gracas por tu comenrario. Efectivamente, las guerras rompen muchas vidas tanto las de los que se van como las de los que se quedan. Pero al mismo tiempo, se producen heroicas aceptaciones de la realidad y hay personas maravillosas que son leales a un sentimiento de amor auténtico que sobrevive por encima de la muerte. Un fuerte abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

En Yuste, al lado del monasterio donde se retiró Carlos V, hay un Cementerio alemán en el que figura una lápida que dice:

"En este cementerio de soldados descansan 28 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. El Volksbund en los años 1980–1983 los reunió en esta última morada inaugurada en presencia del embajador de la República Federal de Alemania en un acto conmemorativo hispano-alemán el 1 de junio de 1983".

Un bello gesto de colaboración ubicado en el lugar donde falleció el emperador de "España y Alemania"

Tu relato del Guadarrma, Fernando, me lo ha recordado.

Un saludo Á.

Ángeles Hernández dijo...

La sensibilidad de Gabriel nos acerca de nuevo a la naturaleza, a los poetas, a sus recuerdos de infancia y ¿cómo no ? al bar de Sr. Emilio.
Hoy también a la pena de Teresa, atractiva e interesante, que parece haber muerto a la vez que su amado epistolar, y que se limita a sobrevivir evocando lo que puedo ser. Me da mucha pena esa mujer anclada en una esperanza rota de la que no ha querido o no ha podido salir.

Recuerdos de juventud que nunca se olvidan, que dejan una huella indeleble en las emociones, sobre todo si , como en este caso, el sueño se evaporó sin llegar a hacerse realidad. Lo que pudo ser y no fue ha impedido a Teresa vivir una vida normal, con sus dichas y desgracias.

Ojala despierte. Aún no es demasiado tarde para que comprenda que recuperar la alegría no es traicionar el dulce recuerdo del italiano; que volverse a enamorar, aunque sea de otra manera, es todavía su derecho.

Gracias Fernando por no cumplir tu promesa y regresar tan pronto. Te hemos echado de menos.

Un abrazo Á.

Fernando dijo...

Angeles, amiga: son teribles las guerras. Los hombres, que somos capaces de realizar las acciones más generosas, somos igualmente capaces de cometer barbaridades. Eso sí, nuestra memoria se borra con facilidad y volvemos a repetir los horrores de la guerra. Supongo que Teresa volverá a enamorarse y al final reordará a Giacomo con respeto y cariño, pero se enamorará de otro hombre. La vida tiene que recomenzar y ya no sirven aquellas historias de las señoritas enfermas de tuberculosis muriendo solas en habitaciones interiores. Hoy día, tenemos capacidad de ilusionarnos ora vez y amar de nuevo. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Amando, amigo y admirado escritor: ¿que cómo es esto?, pues no lo sé. En mi caso la ida y la vuelta se reciclan continuamente. Ese es el resultado de la duda. No hay largos períodos de ida y largos períodos de vuelta. Todo es meditar y meditar sin solución. ¿tiene que actuar así el cerebro, o es una enfermedad?. Lo mejor es la fe del carbonero y la vida de la casa de la pradera, probablemente. Yo pido al ser supremo que me resuelva esta pesadilla, pero no oigo, por el momento, ni un ruido. Un fuerte abrazo.

Juanjo Almeda dijo...

Hola, querido Fernando, he estado algo ausente por el espacio de internet estos días, y vengo ahora a relajarme leyendo uno de tus relatos, que, sabía que llegarían y esperaba. Muy buena y triste esta historia de amor que has creado; Teresa y Gabriel, parece que también hacen muy buena pareja. A ver qué ocurre... Por cierto, hábil forma de combatir el frío la de Gabriel. Yo he leído esta historia al lado de un radiador de esos eléctricos que van con aceite, y tengo justo debajo del escritorio. Un abrazo, hasta pronto...

Fernando dijo...

Hola, Juanjo: hay muchos aspectos en el amor entre hombre y mujer, siempre desconocidos. Nunca se sabe qué puede pasar. Respecto al calor de un radiador de aceite, hay que reconocer que es fantástico, consume poco y proporciona buenas calorías. Un fuerte abrazo.

Jorge Encinas Martínez dijo...

Regreso complacido a tus relatos con sabor, en los que cada detalle se paladea y disfruta.

Un abrazzo

Fernando dijo...

Jorge, amigo: gracias por leer mis relatos. Celebro que pases un buen rato con su lectura. Un fuerte abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Creo, Fernando, amigo, que me contestas aquí a un comentario que dejé el poema del piso de arriba, porque, horror, me salté este relato, esta nueva vivencia de nuestro querido Gabriel, al que ya echábamos de menos. Empiezo por aquí, sólo para dejar constancia de que lo he leído y sigo hacia arriba, agradecido porque la ausencia haya sido tan corta y que hayas regresado con tanta fuerza.
La historia de amor es preciosa, pero tan dura...
Y la frase de Óscar Wilde es para acunarla en el corazón cada día.

Fernando dijo...

Amando, amigo: no vuelvas a olvidarte de leer y comentar lo que escribo, ya sabes que para mí es importantísimo tu criterio. No desearía morir en el frente de Torrelodones sin antes conocerte personalmente. Así podrás, en el futuro, que espero sea muy lejano, levantar un cipo en con mi nombre en alguno de los rincones de nuestro amado Guadarrama. Un abrazo ab imo pectora.