miércoles, 2 de febrero de 2011

Historia de un piano.




Gabriel se levantó como de costumbre muy temprano. Esa mañana tenía concertada una visita a la casa de Pablo Andrey para hablar sobre la posibilidad de conocer un piano del que se quería desprender. Pensando en esa posibilidad se aseó rápidamente para dedicarse a ordenar todas las partituras que tenía. Le parecía emocionante la posibilidad de ver e incluso tocar un piano de cola Bösendorfer. Pablo se la había ofrecido porque él no tocaba el piano, ya que era su mujer la que lo utilizaba y, al quedarse viudo, sabía que Gabriel era una persona amante de la música y deseaba dejar ese recuerdo tan vivo de su mujer a alguna entidad o institución cultural. Con ese motivo quería contar con el consejo de Gabriel.


Mientras se afeitaba se miró al espejo y se preguntó: ¿será posible que alguien me pida consejo sobre un asunto tan importante? Sin darse cuenta recordó unos versos admirables de Vicente Aleixandre:


“si quisieras preguntar algo a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos”


Pensaba trabajar antes de la visita en la preparación de las partituras pero, ante esta reflexión, decidió ir a desayunar en el bar. Le encantaba la idea de sentarse en su mesa preferida y saludar a Emilio y a Elisa, su esposa, excelente cocinera y mujer simpatiquísima, que siempre y en todo momento sonreía de forma muy agradable.


- Qué suerte has tenido Emilio – le decía Gabriel de vez en cuando – No es fácil encontrar a una mujer como Elisa, y además que sea tan buena cocinera.


Emilio siempre aceptaba complacido estos elogios y Gabriel, después de saludar a los clientes que se encontraban en el bar, se acomodó en su mesa preferida, siempre cerca del ventanal que tanto le gustaba. Le daba la sensación de estar sentado en el palco de un teatro, desde donde podía observar el ambiente exterior y los personajes que, a veces, cruzaban por ese escenario. A esta sensación contribuía el tono moderado que Emilio había conseguido establecer en el bar. Le recordaba a Gabriel esos restaurantes franceses en los que era un privilegio hablar con los amigos sin molestar a los vecinos, a diferencia de la costumbre española de hablar a gritos cuando hay más de un comensal. Esto, según le confesó Emilio, lo había conseguido dando personalmente ejemplo, hablando en voz tenue, sin dar voces desde la barra del bar.


Gabriel aprovechaba esta circunstancia para, mientras bebía su café, meditar en silencio y escribir sobre su libreta las ideas que, de vez en cuando, provenientes del interior de la tierra o del espacio afloraban en su mente. Ahora, verdaderamente, se encontraba “entre los otros”


Recordaba muy bien cómo conoció a Pablo. Desde el ventanal del bar le había visto muchas veces andar despacio por la acera enfrascado en la lectura de un periódico. Siempre así y en todas las ocasiones de una forma solitaria. No parecía tener amigos, no frecuentaba ninguna tertulia. Alguna vez entró en el bar del señor Emilio a tomar un café en la barra, pero siempre solitario, aunque demostraba un talante encantador y una educación exquisita. Emilio le contó que era un hombre muy inteligente, doctor en filosofía, que había escrito libros muy importantes y que había venido a vivir al pueblo hacía unos años para atender a su esposa que, según rumores, padecía una enfermedad incurable.


Gabriel no conocía esta historia y siempre había pensado que era un hombre misántropo. Varias veces se cruzó con él en la acera saludándose muy cortésmente, pero sin intercambiar ningún comentario. Pablo seguía después su paseo totalmente enfrascado en la lectura de su diario. Parece ser que su esposa murió después de una penosa enfermedad y siempre le tuvo a su lado, pendiente de ella hasta en el más mínimo detalle.


Al pensar en la muerte de esa mujer, recordó Gabriel aquellos versos que escribió un día con gran desesperación:


“no sé si soy el todo o soy la parte,
si lo demás existe o es un sueño,
si soy sustancia o polvo amontonado”


Porque nada entendía sobre la naturaleza y la vida humana. Se hacía miles de preguntas y nunca recibía respuesta. Quizás Pablo, que era un eminente filósofo, le aclararía algún día esos interrogantes.


Pensando en cosas tan tristes, el camino se le hizo muy corto y, antes de darse cuenta, había llegado a la casa de Pablo. Era esta una casa de piedra de dos pisos, con un pequeño jardín. Si bien por fuera era como todas las demás casas del pueblo, por dentro se había realizado una decoración muy elegante. Muebles de madera de caoba, alfombras persas, óleos de pintores importantes, librerías atestadas de libros y fotografías dedicadas de personajes importantes de la cultura, A simple vista se apreciaba que el dueño era un intelectual de prestigio.


Pablo Andrey era una persona mayor. Gabriel le calculaba unos setenta años de edad. Era alto, delgado y tenía el pelo blanco. Usaba gafas doradas y tenía un rostro afilado, que denotaba cierto aire académico. Su voz era profunda, los ojos grises y sus manos delgadas. Iba siempre perfectamente vestido con un traje azul marengo, unos zapatos italianos de color negro, camisa blanca impecable y corbata de rayas azules.


Recibió a Gabriel muy amistosamente.


- Querido amigo - le dijo estrechándole su mano derecha con las dos suyas - Estaba deseando que vinieras a conocer mi casa. Nos hemos saludado tantas veces por el pueblo y he oído hablar tantas veces de ti…Sé que tocas el piano y que te gusta la música. Por eso deseaba confiarte la idea que tengo sobre este piano. Acompáñame, por favor.


Gabriel le siguió hasta un salón que daba al jardín de la casa, que se veía muy bonito a través del ventanal. Era un piano de cola negro. El sueño para un amante del piano. Sobre él descansaba doblado un precioso mantón de Manila, que debería haber sido usado por su esposa. Pablo quitó cuidadosamente el mantón, levantó la tapa del piano, abrió el teclado y, quitando el tapete verde que protegía las teclas, le dijo:


- Es todo tuyo, Gabriel.


- Esto es un sueño, amigo Pablo – dijo – no me atrevo a tocar esta joya.


Pablo, disponiendo el taburete, le invitó a sentarse.


- Claro que sí, Gabriel. Aunque no se toca desde que murió mi mujer, lo afino todos los años. Me gustaría que interpretases algo para volver a oírlo.


Gabriel se sentó en el taburete, se frotó los dedos y miró pensativo al teclado. Colocó lentamente sus manos en posición y comenzó a tocar música de piano de Frederic Mompou. Había elegido el coro y danza Nº 6, porque creía que era la composición de Mompou que producía más resonancia a las cuerdas del piano. En efecto, era como un sonido de campanas, vibrante, profundo. Pablo miraba entusiasmado y sus ojos grises comenzaron a brillar a través de los cristales de las gafas, quizás por el reflejo de la luz del jardín.


- Es un piano magnífico, Pablo. – comentó Gabriel emocionado – Es la mejor marca del mundo. No tiene precio.


Pablo no le contestó. Puso en el atril una partitura y le pidió que la interpretara. Gabriel leyó la partitura con toda atención dos veces y la depositó en el atril. Comenzó al principio con gran cuidado y esmero, pero a medida que completaba la ejecución dejó rienda suelta a su espíritu musical y se entregó totalmente, olvidando incluso la presencia de Pablo. Toda la casa se llenó de acordes, brillantes unas veces, acariciadores otras, plenamente musicales siempre. Gabriel sintió que algo desconocido le guiaba por la partitura y le embargaba una emoción desconocida hasta entonces. Algo que flotaba por todo el ámbito del salón y le transmitía una fuerza hasta ahora olvidada. Pablo, apoyado en la pared de la habitación, tenía completamente cerrados los ojos.


Gabriel dejó libre el sonido de los acordes finales, que fueron diluyéndose poco a poco, hasta completar un silencio hondo, total. Levantó lentamente sus manos y se giró en el taburete, mirando a su amigo.


- Es una obra escrita por mi mujer Marianne de Nanteuil - confesó Pablo con voz emocionada – era una compositora de alto nivel. Estudió música en el conservatorio de París, porque allí nació y nos conocimos en una reunión de intelectuales en el Centro de Estudios Superiores de Fontainebleau. Podría haber hecho una carrera musical excepcional, pero prefirió venir a vivir conmigo a Madrid y aunque siguió trabajando la composición y el piano, tuvo la desgracia de enfermar. Tuvimos que venir a este pueblo por prescripción médica. Nada pudimos hacer a pesar de nuestros esfuerzos durante diez años para combatir su terrible enfermedad. Tocaba el piano diariamente hasta que perdió el movimiento de sus manos.


Gabriel escuchaba silencioso. Había presentido la naturaleza de la obra y de hecho, algo le había impelido a ejecutarla con pasión. Pablo le invitó a acompañarle a una habitación que tenía dedicada casi totalmente a biblioteca y le ofreció una taza de café. Se sentaron cerca de una librería que ocupaba toda la pared cerca de la que había una mesita y dos sillas.


- Es un café suave, tipo americano – le dijo mientras servía las tazas - Este pétit café viene muy bien a media mañana. ¿Dónde estudiaste tú música, Gabriel?


- Estudié la carrera de piano en el Conservatorio de Madrid becado por el Estado. Hice solfeo, armonía, composición, coral y terminé la carrera de piano, pero no pude comenzar dirección de orquesta. Estudié Ciencias Económicas por la Universidad a Distancia. Pasé dos años en París al ganar una beca de studioss superiores de piano en el Centro Maurice Ravel, y luego tuve que venir a vivir con mis padres al pueblo para cuidar de ellos hasta su fallecimiento. Ahora mi trabajo consiste en la traducción de libros y mi aportación a varias publicaciones literarias.


- Entonces se puede decir que eres escritor ¿Haces novela, ensayo, poesía?


- Trabajo en todas las áreas que puedo, pero tengo que confesar que para mí la poesía es lo más importante. Claro que la poesía no te deja vivir desde un punto de vista económico, por lo que mi trabajo consiste principalmente en colaborar como asesor literario en una editorial. También, y de forma puntual, doy algunas clases particulares de piano y de matemáticas. Las matemáticas y el piano van estrechamente unidas.


Pablo comenzaba a sentirse muy a gusto con esta conversación. Durante bastante tiempo estuvo hablando de Marianne, de su capacidad intelectual y artística, de su belleza, de la armonía y delicadez de movimientos, de su afán por aprender, de su simpatía natural. No jerarquizaba sus elogios hacia ella. Fue una desbordante descripción de cualidades que transmitía a Gabriel con los ojos enrojecidos, pleno de añoranzas y tristezas.


- Comprenderás, Gabriel, mi deseo de salvaguardar su recuerdo con este maravilloso piano que tantas veces tocó para mí. Quisiera buscar una solución y no sé por qué he pensado que tú podrías ayudarme.


Gabriel recordó un poema que había escrito unos días antes:


” he de buscar la suerte de los hombres valientes,
de aquellos que vacilan pero jamás se esconden,
que se enfrentan audaces a los inconvenientes
y nunca hacen preguntas, pero siempre responden”


Animado por este recuerdo, le contestó:


- Pablo, amigo, creo firmemente en tu idea de constituir una fundación con el nombre de Marianne de Nanteuil. Esa fundación podría tener entre sus objetivos el apoyo a la cultura de este pueblo y desarrollar la vocación musical en sus jóvenes. Estoy a tu completa disposición para trabajar en este proyecto, si aceptas mi colaboración. Este piano puede llegar a ser la recuperación cultural de este pueblo, llegar a ser parte esencial de un proyecto en que colaboren escritores y artistas, un taller en que se trabajen y perfeccionen los valores de nuestra gente.


Pablo se levantó, se acercó a la biblioteca, eligió un libro, lo abrió y leyó unos versos del poema Ítaca de Constantinos Kavafis:


“Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje”.


Luego, acercándose y mirándole a los ojos, le dijo:


- Gabriel, te agradezco mucho tu ofrecimiento, que acepto. He leído estos versos de Kavafis para decirte que mi Ítaca es la memoria de Marianne y este piano puede ser un medio más para conseguirlo, pero que nuestra labor será difícil y nos costará mucho tiempo y esfuerzo. Por ello, a partir de este momento cuento contigo para dedicarnos conjuntamente a muestro objetivo sin prisas y con talento.


Continuaron hablando hasta el mediodía, enfrascados en desarrollar sus ideas y todo quedó planeado. Se constituiría una Fundación, se buscarían apoyos institucionales, personas que pudieran ayudar a llevar a cabo el proyecto. Gabriel, después de despedirse, volvió andando pensativo hacia su casa.


Al pasar por delante del bar del señor Emilio, observó a las personas que estaban dentro en esos momentos y pensó: “aquí está los otros” como decía Vicente Aleixandre:


“Allí están todos, y tú los estás mirando pasar.
¡Ah, sí, allí, cómo quisieras mezclarte y reconocerte!


- ¡Habrá que comenzar el proyecto cuanto antes! - meditó inquieto - Este pueblo necesita un germen de productividad social y cultural, abierto y claro, que venga “de los otros”. No podemos estar siempre en manos de los políticos o de los gobernantes. La iniciativa privada debe transfundir su sangre y su valor a las instituciones, mejorando las relaciones entre las personas y el nivel cultural del pueblo. Tengo la esperanza de que la sencilla historia de este piano pueda abrir el cauce necesario para el desarrollo cultural y humano de sus habitantes.




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26 comentarios:

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Fernando:

De cabo a rabo, la he leído embelesado, es una historia muy interesante que bien puede servir de ejemplo para incentivar el amor por la música y el arte en general.

Tu agradable forma de escribir, hace imposible dejar de leer hasta el final.

Abrazos.

Fernando dijo...

Muchas gracias por tu comentario, amigo Rafael Pienso, como Gabriel, que es necesario que actuemos privadamente para mejorar nuestra cultura, además de lo que hagan los gobernantes y las autoridades. Un fuerte abrazo.

Marcos Callau dijo...

Hola Fernando. Tengo una amiga, profesora de piano y otro amnigo que también terminó la carrera de piano. Los dos coinciden en que la mejore experiencia musical de su vida ha sido poder interpretar una partitura en un piano de cola. Como melómano, reconozco que su sonido no tiene igual. Me ha encantado este relato y la manera en que lo relacionas constantemente con esos versos, con esa enseñanza que nos dejó Vicente Aleixandre. También me ha gustado mucho el amor y la profunda admiración que Pablo aún siente por Maranne. Ese pétit café que ofrece Pablo a Gabriel me recuerda a los cafés aguados que se pueden todavía degustar en Paris y me ha gustado mucho también (y siento repetirme pero es que me ha encantado este relato) la manera en que Gabriel convierte un típico bar español en un lugar de ambiente tertuliano y francés donde se habla en voz baja. Estupendo relato amigo Fernando. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

AQuerido amigo Marcos: muchas gracias por tu buen comentario. La verdad es que es difícil traducir a un pueblo de nuestro entorno esa calidad y fineza que a veces se encuentra en Francia. Lo importante de este relato de Gabriel es la existencia de "los otros", es decir la necesidad que existe en nuestro país de que los ciudadanos creemos medios para avanzar en la cultura sin depender siempre de los dictados de los gobernantes y de los "mandatarios" que existe en nuestros pueblos. Un fuerte abrazo.

Terly dijo...

He gozado todo tu ameno relato de la primera a la última letra, amigo Fernando, y he vivido "in situ" la escena de Gabriel al entrar y observar con todo género de detalles la casa de Pablo, he visto el momento en que acariciaba con la yema de sus dedos ese magnífico piano de cola y he sentido como se desplazaban sobre el teclado al tiempo que me he enfrascado en la música de Monpou que tienes para escuchar de fondo.
Gracias por estos momentos.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Terly, amigo y poeta: siempre gracias por tus generosos comentarios. Tú, que sabes y vives la música. Gracias también por seguir disfrutando con Frederic Mompou, mi favorito. Un fuerte abrazo.

Carmendy dijo...

Mi querido amigo Fernando.
De verdad, hacía tiempo que no leía algo tan hermoso y afin a mis propios sentimientos.
Me he quedado sin palabras ante tu explendido relato...
Qué bonito mensaje el que transmites con tu docta manera de escribir estas historias que, si no son reales, yo las vivo con pasión...y como me pasaba en aquellas primeras películas de mi niñez, esta bonita historia, tiene y debe acabar bien. Así lo deseo, por esta pasión y locura mía por la música, querido amigo.
Te mando mi abrazo grande, con mi admiración y mi cariño.
Carmendy

Charo Bustos Cruz dijo...

Fernando, amigo, he leído completamente embelesada tu relato, una narrativa de un valor superior que me ha atrapado de principio a fin.

Felicito tus letras y tu maravillosa narrativa.

Te dejo un beso y un afectuoso abrazo, gracias por tu visita, amigo.

~Charo Bustos~☺

Fernando dijo...

Carmendy, amiga: gracias por tu comentario. Sé que te gusta mucho la música. como me ocurre a mí, Tocar un piano de cola es una de las ocasiones bonitas en la vida. Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Gracias, Charo, amiga, por leer mi relato Historia de un piano. Me gusta el mensaje de Gabriel, pidiendo "a los otros" intervenir en el desarrollo de la cultura en su pueblo. Un saludo cordial.

Marisol dijo...

Me imagino que así como escribes, puedes tocar este instrumento :-)
No hay como incentivar el amor por la música; es un excelente alimento para el alma y si hay más, mejor.
Saludos cordiales desde Berlín, no de Marisa, sino de Marisol ;-)

Fernando dijo...

Viviendo en Berlín, Marisol, seguro que eres una formifables musicóloga. Sí, he tocado mucho el piano. Tenemos tradición faliliur. Mi madre era una buena pianista y tengo dos hijos profesores de piano. ¡Viva la música!. Un cordial saludo.

Ángeles Hernández dijo...

Querido Fernando:

No sé que me ha gustado más hoy, si el amor después de la muerte de Pablo, ese amor que expresa hablando de su esposa con pasión y queriendo hacerla inmortal para todos, como lo es en su memoria;tal vez la generosidad de Gabriel que regala su tiempo y el maravilloso instrumento para el uso, educación y disfrute de su pueblo, o esa emoción que esta entrada transmite por la música y por el deleite de interpretarla...

Aunque no, creo que mejor me quedo con los versos de Aleixandre "Búscate entre los otros, allí están todos, allí estás tú" y la manera en la que los mismos se reflejan en gran parte del texto.

Un placer, como siempre. Menos mal que has vuelto.

Abrazo de Á.

Fernando dijo...

Angeles, amiga: es un honor que la nueva encargada de vuestro blog me dedique un comentario, como siempre muy bueno, después de una letura detallada del relato. Todo lo que dices sobre él demuestra tu calidad de observadora literaria. Yo estoy muy de acuerdo con Gabriel en que lo importante es que seamos nosotros, es decir "los otros", los que trabajemos para potenciar la cultura y actuemos como seres humanos y no como serviles empleados de gobernantes y administradores. Es un tema de debate, claro, pero es que yo creo que una parte importante del pueblo no interviene y se deja llevar por intereses que, a veces, no son los que favorecen una verdadera cultura. Un saludo cordial.

Juanjo Almeda dijo...

Fernando, querido amigo y poeta:
como siempre he disfrutado con tu agradable escritura y con el contenido de ella. Con este relato, no sé por qué exactamente, me he emocionado sin quererlo; no suelo leer escuchando música, apenas lo hago, casi siempre bajo el sonido a cero en el ordenador, cuando se trata de leer en blogs que tienen fondo musical, ya que prefiero leer sin distracciones para mantener mejor mi atención, sin embargo, hoy, he subido el volumen. Excelente carrera, la de Gabriel. Un abrazo...

Fernando dijo...

Gracias, Juanjo, amigoy poeta. Me alegro que hayas disfrutad de la maeavillosa música de Frederic Mompou. Espero tu próimo poema con ansiedad. Un fuerte abrazo-

Antorelo dijo...

Fernando, tu relato me ha atrapado desde el principio hasta el final. Es más has conseguido que sea un testigo directo de lo que en él se narra.
Un abrazo

Fernando dijo...

Gracias por tu comentario, amigo Antorelo: es de agradecer que hayas leído un relato extenso, en el que domina la poesía de Vicente Aleixander. Por los comentarios anteriores te habrás dado cuenta de que mi ilusión sería que "los otros" trabajáramos más por el desarrollo de la cutura de nuestro pueblo. Un saludo cordial.

Isolda dijo...

¡Qué historia tan preciosa! Me ha tenido absorbida de principio a fin. Siempre intentaba leerla y no aparecía, por fin está aquí. Y tu forma de narrar es tan envolvente y tranquila; para colmo vas dejando huella de poetas: ¡qué grande Aleixandre! una maravilla.
No sé por qué tengo la sensación de saber quién es Gabriel.
Besos con sonido de piano.

Fernando dijo...

Isolda, amiga, eres una gran lectora y comentarista y te agradezco que leas mi trabajo. Siempre hago intervenir en todos mis "relatos del Guadarrama" a los poetas que leo. Lo difícil, claro, es encajar los poemas en el relato, Aleixandre fué un maestro, profundo. Quizás por el tema de "los otros" percibí que casaría perfectamente con la intención que yo tenía de descubrir en mi historia. Un cordial saludo.

tinta negra dijo...

que bella historia...tu siempre escribes de una manera,,,unica!°

Saludos!°

Fernando dijo...

Gracias, Tinta Negra: ¿tú estudias también música? Estoy seguro que lo harías muy bien, porque en lo que escribes hay mucha musicalidad. Un saludo cordial.

Jorge Encinas Martínez dijo...

Preciosa historia; una especie de renacimiento después de la muerte, gracias al amor y al saber y el arte. Me encanta siempre el sabor de las historias de Gabriel.

Un abrazo

Fernando dijo...

Jorge, amigo: de nuevo gracias por leer mis relatos del Guadarrama. También te doy las gracias en nombre de Gabriel. Un abrazo ab imo pectore.

Amando Carabias María dijo...

Querido Fernando, te decía más abajo que me alegraba de la vuelta de Gabriel a este blog. Desde luego es un magnífico 'invento' que tu creatividad te ha procurado para sacar a colación tantos versos, tantos buenos poetas, como los versos que hoy destacas de Aleixandre... ¿Es el mismo poema en que viene a decir que él escribe, justo para quienes no le van a leer? Sé que es un error, pero no suoelo practicar mucho la memoria como tú sí haces.
Estoy casi convencido de que el poema de más abajo, -aparte que lo cites textualmente en este relato- te inspiró una parte sustancial del mismo, y está muy bien que intercales tus propios versos. Así vamos conociendo mejor a tu heterónimo Gabriel. De eso estoy seguro, como intuye Isolda.
Y para concluir, tampoco me extrañaría nada que en la vida real también estés detrás de un proyecto similar al de Pablo/Gabriel para una fundación cultural en ese pueblo de la Sierra del Guadarrama.

Fernando dijo...

Holaotra vez. amigo amando: y otra vez gracias por tu comentario. me alegra que te gusten estos relatos y la incorporación de poesía de otros. Esto lo hago, primero porque mejora enormemente la calidad del relato y luego porque vivo en todo momento la poesía. Mi memoria no es buena, pero hay ciertas cosas que no se pueden olvidar. El proyecto de Gabriel en el pueblo en que vivo es irrealizable. Todo está dirigido por los de siempre desde siempre. Yo soy ya mayor para meterme en esos berengenales, pero gabriel, en su relato, anima a los jóvenes que son parte "de los otros" a que se decidan a colaborar. Un abrazo ab imo pectore.