miércoles, 16 de febrero de 2011

La oración y el tabaco.



Montar en bicicleta es uno de los grandes inventos humanos que está al alcance de cualquiera, independientemente de su riqueza. Después de un día de intensa actividad mental solía Gabriel utilizar en otoño su vieja bicicleta, no tan nueva como aquella que le regaló su padre cuando tenía cinco años para enseñarle a montarla en una era del pueblo de Riofrío, al pie de la Mujer Muerta, pero lo suficientemente cómoda y segura para poder subir en ella y salir a disfrutar de esos maravillosos atardeceres de la sierra del Guadarrama en los que el sol comienza a ocultarse detrás de las montañas, sus rayos pintan de naranja y oro algunas laderas, y se levanta una pequeña brisa fresca, que permite ir en jersey sin pasar calor.


Así, con tranquilidad, casi al pasitrote, Gabriel solía recorrer los caminos, riéndose en silencio al recordar los batacazos que sufrió contra los montones de paja apilados al borde de la era y que tanto le sirvieron para prender a montar en bicicleta en sólo unos días. Era un placer controlar ahora el manillar con sus dos manos y pedalear con tranquilidad, viendo cómo avanzaba en el recorrido, ligero y seguro, respirando a pleno pulmón esa brisa fresca de los atardeceres otoñales del Guadarrama. Recordó aquel verso de Claudio Rodríguez:”ahora es el prodigio enfrente, en la ladera rojiza” y aquel otro, mientras escudriñaba el horizonte:”lo invisible es transparencia en llama, como el olor a hoguera de noviembre”.


Esa tarde tenía un objetivo concreto. Le ilusionaba visitar el pueblo de su infancia, donde se había divertido tanto con su pandilla de amigos y visitar la parroquia de Don Julián, párroco tan querido por sus feligreses, con dos ideas. La primera, volver a ver a esa hora del atardecer el retablo de la iglesia iluminado por todo el aparato eléctrico que se había instalado en su momento, y la segunda, no menos atractiva, mirar el techo de la pared de fondo de la iglesia, justo delante del viejo órgano, para investigar si había algún vestigio de aquel murciélago cuyo descubrimiento tanto les había divertido. No le había anunciado al párroco su intención de visitar la iglesia. La puerta a esa hora estaba abierta, pero él no deseaba tropezar con Eusebio, el sacristán, para evitar las larguísimas historias que contaba de su experiencia en la guerra civil, por lo que rodeó el edificio y depositó su bicicleta en la parte posterior de la iglesia, donde había una pequeña puerta cuya existencia tan bien conocía.


Entró con gran sigilo y constató que no había nadie en el interior de la iglesia. Se dirigió hacia el altar y metió unas monedas en el aparato que permitía se encendiesen las luces del retablo, que surgió de la penumbra con gran esplendor. Allí estaban las figuras esculpidas en madera de los evangelistas. Recordó un libro que había leído hacía poco, “Memorias de un reportero en los tiempos de Cristo”, del padre mejicano Carlos María de Heredia y pensó: “miradles, aquí están los reporteros, esos evangelistas sin micrófonos ni ordenadores, testigos de la vida de Cristo, con su palabra escrita a mano y ahora aquí, recogidos en el retablo, en la soledad de la tarde”.


A Gabriel le gustaba meditar en esa soledad. Por eso no se había decidido a avisar de su visita a su gran amigo Santos. Quizá le visitaría después para saludarle. Esperó mirando el retablo detenidamente durante un buen rato, hasta que el aparato de conexión de la luz decidió que el tiempo creado por las monedas había terminado. Sólo quedó encendida una pequeña luz en el altar, que le sirvió para guiarle en la creciente oscuridad hasta los últimos bancos de la iglesia.


Caminando por el pasillo central fue recorriendo el trayecto orientándose asimismo apoyando sus manos en cada fila de bancos que pasaba, hasta llegar al lugar que tanto deseaba recordar.


Entonces observó un hecho asombroso, alguien estaba fumando en el último banco de la iglesia. El olor a tabaco se extendía por encima de los bancos y una pequeña humareda blanca se esparcía por el aire. Gabriel se fue aproximando y pudo distinguir a un hombre sentado en posición ciertamente correcta, fumando tranquilamente un cigarrillo que, por su olor, debía ser de tabaco negro. Al acercarse, vio que se trataba de un hombre anciano que, dedujo mentalmente, debía tener una edad muy avanzada, probablemente bastante más de ochenta años. Su pelo era negro y muy abundante, con algunas canas, era delgado, vestía un pantalón de pana oscuro y un jersey de lana gruesa de color marrón. Su aspecto evidenciaba que era un hombre de pueblo, con las manos de un trabajador del campo, sus dedos desfigurados seguramente por la artrosis, el rostro a medio afeitar poblado de arrugas y unos ojos pequeños bajo unas cejas muy oscuras y pobladas, con algunas canas dispersas. A Gabriel le recordó inmediatamente el óleo de un viejo pintado por Mariano Fortuny.


Muy despacio y con educada precaución, fue acercándose hasta el banco de este hombre desconocido, hasta sentarse a su lado. Entonces le dijo:


- Buenas tardes, señor, ¿puedo preguntarle qué hace aquí?


- Rezar, naturalmente- contestó.


Gabriel se quedó desconcertado por esta respuesta. Sonrió y. acercándose más a él le susurró al oído:


- ¿Sabe don Julián que usted fuma aquí?


- Mire, señor. Yo soy un fumador empedernido y no puedo estar mucho tiempo sin un cigarrillo en mis labios. Yo vengo a la iglesia para hablar tranquilamente con Dios y lo primero que he hecho es pedirle permiso, que me ha concedido inmediatamente. Como esta es su casa, he pensado que no tenía por qué pedir permiso al párroco. ¿Cree usted que he hecho bien?


Gabriel, asombrado por esta respuesta, comenzó a hablar detenidamente con él. Su nombre era Gabino Sánchez, viudo, vivía en el pueblo y siempre había trabajado en el campo como labrador. Había tenido dos hijos, que actualmente vivían en la capital. Vivía solo y frecuentaba el hogar de los jubilados.


- Pero me gusta hablar en privado con Dios – explicó – por eso vengo al atardecer a esta iglesia y hablo despacio y sinceramente con él. Y créame, señor, es algo muy interesante y agradable. De vez en cuando, claro, doy una chupada larga al cigarro y le dejo hablar a él. Como le cuento toda mi vida, conoce todos mis problemas y trata de ayudarme. Hoy, por ejemplo, le estaba diciendo que me gustaría que alguno de mis dos hijos viniera a visitarme con mayor frecuencia, pero ya sabe usted, el trabajo manda y es difícil que vengan por aquí.


Gabriel recordó aquellos versos de Neruda en su “Tango del viudo”: “respiro en el aire la ceniza y lo destruido, el largo, solitario espacio que me rodea para siempre”


- Pues me está usted convenciendo. Si no fuera porque no he traído el tabaco, fumaría un cigarrillo con usted, don Gabino – le dijo – Por cierto, mi nombre es Gabriel y vivo en un pueblo cercano, pero durante mi infancia viví aquí y tengo muchos amigos. ¿Conoce usted a Santos?


- Claro que sí, menudo pillastre - contestó el hombre ofreciendo a Gabriel un cigarro - Menos mal que sentó la cabeza porque se casó con una chica muy buena que se llama Angeles. Recuerdo que siempre me habló de un beso que fue muy importante para su vida. A estos chicos jóvenes es muy difícil entenderles.


Gabriel encendió cigarro y después de expulsar una gran bocanada de humo le miró con simpatía.


- No le estaré entreteniendo a usted con mi charla, don Gabino.


- En absoluto, Gabriel, estoy encantado. ¿No es cierto que hablar dentro de la iglesia es rezar?


- Algo hay de verdad, don Gabino, y también fumar.


El humo del tabaco rodeó a los dos hombres en un momento. La lucecita del altar parecía dar guiños a distancia entre la humareda.


- ¿Y no se encontraría usted mejor viviendo con alguno de sus hijos, Don Gabino? Estaría muy bien cuidado y cerca de todos ellos. - se atrevió a apuntar Gabriel.


No hubo respuesta a esa pregunta. Don Gabino le miró con sus ojos profundos, inquisitivos, con expresión de asombro y reconocimiento y dio una larga chupada al cigarro. Gabriel recordó al ver esa mirada aquellos versos de Elvira Daudet: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.


Se iba haciendo tarde para el regreso, pero Gabriel intentó aun más profundizar en el tema:


- ¡No estaría más cuidado en Madrid que aquí en el pueblo, Don Gabino?


- Mire, Gabriel, yo agradezco enormemente su preocupación por mí, pero créame, me encuentro muy bien viviendo solo, a pesar de mi edad. Desde un punto de vista de nivel de comodidad y cuidado, es evidente que estaría muy bien atendido por cualquiera de mis dos hijos y su familia. Sin embargo, desde un punto de vista personal, no me encuentro en soledad. Eso se produciría si existiera olvido por parte de ellos, pero sé que me quieren y me recibirían de buen grado en cuanto yo se lo pidiera. Lo que no deseo en absoluto es abandonar mi tierra del Guadarrama, mi pueblo, mis valores auténticos, mis raíces y verme trasplantado a un planeta distinto, de alta técnica, de otra cultura, siendo transformada mi personalidad en nombre de la eficacia y del progreso, sometiéndome a la docilidad y a las exigencias de la modernidad.


Recostando su espalda sobre el banco y estirando un poco sus piernas, fumó despacio durante unos segundos y , mirándole a los ojos le dijo:


- Soy como el trigo, Gabriel, no quiero ser desarraigado, aventado y disuelto en un campo que no es el mío.


Se estaba haciendo demasiado tarde y la vuelta en bicicleta a su pueblo aconsejaba que la partida de Gabriel se acelerase. Los dos hombres, al acabarse definitivamente el cigarro, se dieron un abrazo y salieron por la puerta trasera. El cielo se había oscurecido y sólo existía una luz en el horizonte que apenas dejaba entrever los caminos pero Gabriel conocía de memoria su tierra y volvió a pedalear tranquilamente, disfrutando de la temperatura. Ya vendría otra vez a recordar la aventura del murciélago con Santos. Pensó en las razones de Gabino, miró hacia el horizonte y recordó unos versos que él había escrito un día sobre su tierra: “la tierra de la que vengo es dura, pero fértil, tiene brazos y muslos de agua cuando llueve, si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar”.





32 comentarios:

Ananda Nilayán dijo...

Querido Fernando, no sabes cómo disfruto de estas historias de Gabriel y los recuerdos que me traes de mis meditaciones por Guadarrama.
Gabino tiene mucha razón, qué entrañable. Me gusta.
La mejor forma de hablar con Dios es esa, este hombre tiene mucho que enseñarnos.
Tus descripciones son estupendas, no puedes por menos que ver todo, hasta casi tocarlo. Bien. Y encima, entretienes.
Seguiré cerca, ya lo sabes.

Te dejo un abrazo y mi alegría por tenerte de nuevo ante las letras.
Hasta pronto *

carmen jiménez dijo...

No te voy a mentir: El título del cuento me enganchó. Pero sobre todo me enganchó ese cigarrilo en la iglesia que olía a incieso desde el principio. Ese olor celestial que sólo se huele ante Dios. Y no fue el humo del cigarro lo que hizo que siguiera leyendo sino la imagen de ese hombre todavía fiel a sí mismo.
Creo que todo debemos tener ese derecho a elegir mientras nuestras fuerzas nos lo permitan. Ese derecho que nace de la conciencia íntima de no saberse solo como tan poéticamente dictan los versos de doña Elvira Daudet. O esos otros versos que nos ligan a nuestras raíces, que tan bien recitan esos otros versos del gran poeta que lleva dentro don Fernando Jiménez Ontiveros.
Hacía mucho, pero que mucho tiempo que no leía un cuento.
Un abrazo y mis felicitaciones por tan novedosa y acutalizada historia.

Emilio dijo...

Ya veo que has vuelto con ganas, Fernando, y eso me alegra mucho.

Un fuerte abrazo, con mis mejores deseos para ti.

Carmendy dijo...

Querido amigo:
Qué alegría saberte de nuevo en la brecha, haciéndonos disfrutar de tu amigo Gabriel y sus magníficas historias.
Este pasaje de hoy es precioso y original, como siempre.
Me quedo especialmente con esos evangelistas reporteros, ese atrevimiento encantador del amigo fumando en la iglesia y los maravillosos últimos versos:
...si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar. precioso¡¡¡
Un gran abrazo y cuídate mucho.
Carmendy

Marcos Callau dijo...

Ah fernando qué maravilla de momento el que has escenificaso y retratado minuciosamente con tus palabras, en el interior de esa iglesia. Me pregunto que haría ahora don Gabino, con la Ley antitabaco. Es cierto que en los bares ahora huele a café y que es mucho más saludable esa ausencia de humo. Pero la humareda tenía su encanto como tan bien describes aquí, rodeando a dos personas que mantienen una profunda converdación. Los paseos en bicicleta por el campo son estupendos y muy relajantes. Hace muchos años que no lo hago pero confieso que al leerte me han entrado muchas ganas de volver a montar la vieja bicicleta. Un fuerte abrazo, amigo. Un placer leerte.

Terly dijo...

No sabes como me alegra verte ya metido en plena faena literaria. Venía a ver como estabas y a dejarte un abrazo.
Pasaré con más calma a leer y disfrutar este relato de Gabriel.
Un fuerte abrazo.

Nieves R dijo...

Me ha gustado y he disfrutado mucho con tu relato pausado (y muy actual, con la tan traida y llevada Ley Anti-tabaco) de tu amigo Gabriel, pero también he pasado para saludarte y desearte una gran semana, querido amigo Fernando,

Juliana Gómez Cordero dijo...

Fernando querido y bienvenido a nuestro encuentro gozoso con tus historias de Gabriel, tan amenas, entretenidas y encantadoras, relatadas con la maestría que siempre te caracterizó.Me complace tenerte de vuelta.
¡Cuídate y gracias por tu excelente relato!
Un fuerteabrazo.
Juliana

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo: ya veo que estás en condiciones. Pero habrá que ir pedaleando con prudencia.
Muy bueno.
Un abrazo

Ángeles Hernández dijo...

Gabriel en bicicleta, ya puede hacer ejercicio con ese artilugio tan sencillo ,que le permite formar parte del paisaje del Guadarrama y le recuerda sus primeros pasos como ciclista, en su pueblo, donde Santos el que se caso con Ángeles -los del beso-, seguirá por allí como cuando eran jóvenes. Busca también el murciélago de la iglesia que ya nos ha presentado y se encamina s la iglesia.

No encuentra lo que busca sino a un anciano que reza mientras fuma, conversa con Dios y se encuentra bien en el campo , es su sitio y en otro se sentiría extraño. No esta solo porque tiene y quiere a sus hijos en le ciudad.
Gabriel fuma con el , intercambiando los dos con Dios sus palabras: rezando.

La vieja bici le devuelve a casa con la satisfacción del deporte, del camino recorrido, y de haber conocido al anciano que fuma rezando_hablando en casa de Dios , y que no quiere dejar de vivir en su tierra.

Buen reencuentro con Gabriel y con su tierra a la que ama y teme dañar . Un abrazo Fernando. A.

Lunska Nicori:BegoñaGTreviño dijo...

Menuda vuelta..., aún ando en bicicleta, y hasta fumo....y sobre todo, quedo profundamente diluida como el humo en medio de toda la luz que desprendes...
Querido Fernando, eres el sol que no puede tapar nadie, hacia ti me giro y crezco.

¡¡Qué guapo en esa foto con Gerardo Diego!!

Que te quiero, amigo, que te admiro..., que eres el aire y el sonido, el perfume y el paisaje, la música más bella que hace bailar todas las letras alrededor de ti con creaciones absolutamente perfectas...

Un abrazo inmenso

tinta negra dijo...

que bueno que ya estes mejor!°..
que buen post el tuyo!°



Saludos!°

JUAN dijo...

Fernando, has cargado bien las pilas, llegas en plena forma y nos deslumbras con un relato tan bello.
He recordado también cuando aprendía a montar en bici, haciendo el recorrido de Fuencarral hasta el bosque de El Pardo. A unos tres kms había una granja de gallinas que pertenecía a Antonio Molina. Una vez me caí y en esa granja me curaron las heridas.
Magnífica la frase del anciano: "Estoy en la casa de Dios, Él me ha dado permiso y no tengo por qué pedirselo al cura".
Un abrazo, amigo y gracias infinitas por compartir tus experiencias.

Amando Carabias María dijo...

¡¡¡Bravo Fernando!!! El Rifrío donde Gabino y Gabriel enfrentan las leyes, los uos y las costumbres, por una buena charla/oración/meditación, es el Riofrío de Segovia, donde el palacio, a los pies de la Mujer Muerta...
Me comenta un compañero que más o mneos en esa zona, ayer hacia las ocho de la tarde vivió un momento increíble debido a una ventisca de granizo y nieve brutal.
Hablar con Dios es encontrar el lugar donde mejor puedas hablarle, es hallar eses espacio donde el silencio sea su don. A veces sucede que hasta este milagro se produce en una iglesia. En realidad muchas veces.
Hasta aquí llega el aroma de ese ducaditos o de ese celta emboquillado, que envuelve el ritmo de los versos de Elvira, Neruda, Claudio Rodríguez, Fernando J. Ontiveros...
Imagino que la entrada estaba escrita, o esbozada antes de, pero si no es así, tómatelo con calma, poeta.

Isolda dijo...

Querido Fernando.
Las historias son muy buenas, tremendamente intimistas, pero ya te comenté un día, lo feliz que me hacen los versos que vas dejando de unos y otros.
Imagino, como apunta Amando, que será una entrada ya escrita; lo primero ahora es tu salud!
Y a cuidarse, amigo.
Muchos besos llenos de ánimo.

terron dijo...

No soy quien para desvelar intimimades que solo conciernen al autor, que a buen seguro responderá oportunamente.
Hay algún consejo del que discrepo abiertamente; no es un problema mental lo que ha tenido Fernando, solo ha sido físico y montar estos Relatos no requieren esfuerzo de esa índole, así que no pidais que se modere, pues nadie le exhorta a montar en bicicleta. Estamos seguros que perfilar estos magníficos Relatos le reconfortan mas que le perjudican y de paso nos hace disfrutar a nostros. ¿Os paree poco?

Terrón de tierra

Rayuela dijo...

pronto volveré
a mi tierra
para poder ser
otra vez
casa y camino



besos*

Charo Bustos Cruz dijo...

Querido Fernando, ¡qué alegría verte de vuelta y que te sientas mejor! Me siento feliz con tu regreso y que vuelvas con las pilas puestas, pero ten cuidado, amigo, cuidate y toma las cosas con calma.

Como siempre, tu relato sigue engachando como siempre. Gracias por compartirlo, amigo querido.

Te dejo un fuerte abrazo y un beso enorme:

~Charo~☺

Jorge Torres Daudet dijo...

Jajaja, éso de fumnar en la iglesia me ha encantado! Tranquilo, Don Gabino, no tema ahí el gobierno no entra, no se entera!
Ya te veo en forma, de lo cual me alegro.
Un abrazo.

Marisa dijo...

Me gustan mucho estas historias,
es como un viajar por la vida
a través de las almas.
Esa referencia a los versos de
Elvira me ha encantado porque se unen el sentir del amigo con el
de la poeta...alguien me piensa
más allá de las fronteras de los
años quemados.

Deseándote toda la salud del mundo
recibe un fuerte abrazo.

Elvira Daudet dijo...

Queridísimo Fernando:

Eres grande, amigo, hayas escrito el relato, de suma actualidad, antes o ahora. ¡Por el amor de Dios, Fernando, vas a llenar las iglesias de fumadores!
Qué honor para mí que el noble y generoso Gabriel- de casta le viene al galgo-, con el que todos nos hemos encariñado, cite uno de mis versos al lado de los grandes.

Cuídate que necesitamos tu bondad y tu sabiduría.
Muchos besos y mimos
Elvira

Fernando dijo...

Queridos amigos: siento mucho no corresponder a vuestros comentarios. Me gustaría, pero me han recomendado un poco de reposo. En cuanto me recupere me tendréis aquí, dispuesto a charlar con vosotros, queridos comentaristas y amigos. Un abrazo muy fuerte,

Antorelo dijo...

Amigo Fernando, en primer lugar decirte que me alegra mucho tu pronta recuperación. He leído el texto con sumo agrado, siempre es agradable leerte. Lo del fumador: muy original.
Un abrazo y salud.

Gustavo Pertierra dijo...

Estimado Fernando, mucho me alegra haber llegado hasta tu sitio para leer este magnífico relato que publicas, pero mucho más me alegra el saber que te estás recuperando de ese mal momento que ya es historia. Aunque poco nos conocemos, lo que digo , lo digo con absoluta sinceridad, pués no hace falta recorrer mucho camino para saber cuando se está ante una gran persona, asií que a no bajar la guardia y hacerle caso a los "matasanos", que a veces hasta tienen razón y todo.
Un abrazote, amigazo.

raleigh dijo...

Querido Fernando:

No sé si me ha alegrado más el maravilloso relato de Gabriel o el cariño sincero que expresan los comentarios de ese grupo selecto de amigos de la belleza que seguimos tus fieles entradas.

Desvelaré para todos el secreto de que escribiste el relato ya de vuelta en la casa, después de ganarle esta vez la partida de ajedrez a la muerte...

Te confieso que cada relato me llega más dentro. El primero que leí me desconcertó, porque, como ávido lector de cuentos y novelas, buscaba un¨argumento¨.

Pronto entendí que eran en realidad retratoos, más que relatos, instantáneas demomentos irrepetibles. Siento tus relatos como cuadros densos y profundos como La Meninas, en que uno siente que puede pasear entrte los personajes como en la fría iglesia de pesado silencio en que se espaece el cálido humo del cigarro negro de Gabino.

Me parece asombrosa la combinación de tu capacidad para describir los paisajes exteriores e interiores de tus relatos y la pasmosa facilidad con que intercalas versos propios o ajenos, que son como llaves que nos abren nuevas estancias de tu alma.

Gracias por darnos tantas cosas en tu blog.

FRANK RUFFINO dijo...

Estimadísimo Fernando:

Estuve desconectado varios días de internet y hasta ahora leo correo del poeta Jorge Torres Daudet donde nos anunciaba de tu estado de salud, y es una fortuna y alegría que estés bien mostrándonos esta excelente y enganchadora historia de Gabi, si me permites el diminutivo. Estás en toda forma!

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

MarianGardi dijo...

Gracias Fernando, tus relatos merece la pena leerlos.
Un abrazo

Juanjo Almeda dijo...

Hola querido Fernando: me alegra mucho verte aquí de nuevo trayendo tu palabra, eso sí, procura descansar bien. Sabes que siempre aprendo palabras nuevas en tus escritos. Y tus relatos, me dan ese sosiego que necesito.
Un abrazo

Belkis dijo...

Hermosísimo y tierno relato Fernando. Interesante la postura de D. Gabino que no quiere abandonar sus raíces en aras de la modernidad. Vive feliz en su soledad porque se sabe recordado y amado en la distancia. Y su postura ante Dios me parece genial, habla con El, le cuenta su vida y escucha sus consejos...
Muy pero que muy bueno.
Te dejo un abrazo muy grande.

Flor dijo...

Bellisimo relato Fernando, lo vivi como si estuviera en esa iglésia. Yo dejé de fumar hace unos años y no fumaría pero seguro que me gustaría estar hablando con Don Gabino.

Fernando tengo una invitación en mi blogue de Noite de Tormentas.
Te espero.
Beso
Flor

Gustavo Figueroa V. dijo...

Estimado amigo y poeta Fernando:

Esplendido relato nos regalas; tanta es belleza de la descripción de los detalles que casi toca el terreno de la fotografía. Qué gusto más exquisito a la hora del manejo del idioma y qué silencio y paz se perciben al interior de la iglesia de aquél pueblito. Los personajes creados por usted en su relato son fantásticos...por un momento me remití a aquéllos personajes de Gabriel García Márquez en Macondo y el humo del cigarrillo del anciano me remite a ese instante en el que Remedios La Bella, en Cien Años de Soledad, se eleva hacia el cielo. Ya te lo he dicho antes, mi apreciado Fernando, que tienes un estilo genial de describir parajes, personajes, colores y hasta olores que uno, leyendote, los percibe y logras el efecto que uno se sienta parte de tu relato. ¡Genial tu historia!
Fernando, quiero agradecer tu generosidad al darme un espacio importante de tu bitácora para colocar unos de mis poemas; me honras y me haces ser un hombre feliz. Mi eterna gratitud para ti.

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Fernando:

Es un relato muy de la vida y de lo cotidiano, vivir de manera sencilla disfrutado de nuestra tierra y de nuestras tradiciones es agradecer lo que Dios nos ha dado.

Espero que te encuentres bien.

Abrazos.