domingo, 27 de marzo de 2011

Don Ricardo y la Mobylette.



Don Ricardo y la Mobylette.


 Ricardo Domínguez quiso ser médico desde muy niño. Su duda principal al alcanzar la edad universitaria fue la elección de carrera entre veterinaria y medicina. Siempre le había atraído el cuidado de los animales. El hecho de vivir en un pueblo pequeño del Guadarrama le había proporcionado un contacto directo con ellos y había aprendido mucho cuidando el ganado de sus padres que, aunque de economía muy reducida, supieron siempre mantener el cuidado y conservación de su pequeño rebaño de ovejas y de los pocos animales que les ayudaban a sobrevivir, una vaca, gallinas, patos y un cerdo blanco belga de raza Landrace, enorme, cuya matanza les surtía normalmente de proteínas durante todo un año. El padre era un modesto empleado en el servicio de limpieza del ayuntamiento y era principalmente su madre quien se encargaba de cuidar a los animales. El hecho de ser un niño muy estudioso, quizás el más inteligente de sus tres hermanos, indujo a los padres la idea de comentar con el maestro de la escuela del pueblo la conveniencia de que Ricardo estudiase una carrera universitaria.

Las buenas notas sacadas obtenidas y la recomendación escrita del maestro, lograron que Ricardo obtuviese una beca del gobierno para acabar el bachillerato y estudiar la carrera elegida por él, que finalmente fue la de medicina.

Ricardo logró unas calificaciones excelentes en su carrera y hubiera podido ingresar en un hospital del estado o en alguna clínica importante de la ciudad, pero él se consideraba un hombre de pueblo, adoraba su tierra del Guadarrama, y decidió volver a sus raíces, para trabajar como médico en su pueblo, aprovechando que esa plaza había quedado vacante. Allí cuidaría de sus padres y hermanos. Decidió que su misión consistiría en cuidar de sus vecinos como médico de pueblo, siguiendo el principio hipocrático de “curar y aliviar cuando es posible, consolar siempre”

Con ese espíritu regresó al pueblo, con el título de doctor recién obtenido y se reunió con familiares y amigos para hacerles partícipes de su decisión, que fue recibida con gran alegría por todos ellos.

Pero claro, había que pensar en cómo ganarse la vida y hacer frente a los gastos de un primer establecimiento. Es verdad que el anterior médico, Don José Salvanés, al dejar vacante su puesto, le cedió sus igualas que podrían permitirle comenzar a trabajar, pero que eran ciertamente mínimas.

Ricardo inició su actividad en todo caso desde la casa de sus padres, siendo muy bien recibido en general. Poco a poco fue formalizando su situación. Todo el mundo comenzó a llamarle Don Ricardo, y al cabo de unos pocos años iba a convertirse en un excelente médico de familia, siendo muy querido por sus convecinos. Logró establecer una modesta consulta en un local muy cercano a la casa de sus padres y de la farmacia, donde tenía los elementos necesarios para trabajar en diagnósticos y curas de poca importancia.

Durante sus largos años de estudio en la facultad de medicina, Ricardo había tenido la oportunidad de leer mucho, no sólo libros de su profesión, sino de historia y literatura. Profundizó en el conocimiento del inglés, ya que muchos textos estaban impresos en ese idioma y leía con soltura muchas novelas y textos literarios, sobre todo de poesía, a la que era adicto.

Fue formando una pequeña biblioteca no sólo de libros técnicos de su carrera, necesarios para estar actualizado, sino libros de arte, de historia, de literatura.

Una noche, leyendo en su dormitorio el libro de poemas “Leaves of grass” del norteamericano Walt Whitman descubrió algo que representaba lo que él deseaba: trabajar solo, sin instituciones. No estaba ni a favor ni en contra de ellas, pero pensaba como este poeta: “Only I will establish, without edifices or rules or trastees or any argument, the institution of the dear love of cofrades” “Solo quiero establecer, sin edificios ni reglas ni directivos ni discusión alguna, la institución del caro amor de camaradas”

Quizás fuese una idea demasiado empírica, pero Ricardo deseaba que su viaje vital fuera así de día y de noche.

Gabriel coincidió un día con él en el bar del señor Emilio. Había ido a saludar a Elisa y de paso comer ese magnífico cocido que elaboraba en su pequeña cocina, famoso en toda la comarca.

- Don Ricardo – dijo Gabriel – tenía muchas ganas de saludarle. Es cierto que nunca recurro a usted, pero es mi buena salud la culpable. Espero siempre contar con su ayuda en caso necesario.

- No te preocupes, Gabriel, tú eres muy joven. Si alguna vez me necesitas siempre estaré aquí para ayudarte.

- ¿Me permite invitarle a comer, Don Ricardo?

- Con mucho gusto, Gabriel. Sé que eres un gran experto en literatura y será interesante que charlemos durante la comida. A veces echo de menos el ambiente universitario.

El señor Emilio les sirvió una excelente sopa y, a continuación, el nunca mejor ponderado cocido de Elisa. Durante la comida, conversaron sobre muchos e interesantes temas, pero sobre todo naturalmente de la profesión médica. Don Ricardo ponía mucho énfasis en la relación personal médico –enfermo. Era consciente de la importancia de los equipos médicos que se estaban formando en esos momentos y de los métodos que utilizaban, pero su opinión personal era que el médico no puede limitarse a la aplicación rigurosa de un método.

- El médico debe ser capaz de decidir la actitud que debe seguir sin dejarse apabullar por la multitud de datos recogidos, que son muchas veces incongruentes y otras incluso contradictorios. Hay ocasiones en las que probablemente lo mejor es no hacer nada.

- Pero si no hace nada, no cura – objetó Gabriel.

- Mira Gabriel, no puede definirse al médico como aquel que cura. Es indudable que existen muchas enfermedades que un médico es incapaz de curar. La misión del médico es el cuidado de los que sufren, hacer un buen diagnóstico y decidir las formas posibles del tratamiento.

- ¿Por qué decidió usted dedicarse a la medicina de familia? ¿Cree usted que el conocimiento personal ayuda al diagnóstico?

- Ciertamente. Hay que saber aproximarse al enfermo siendo consciente de que es un ser humano, temeroso y a la vez esperanzado. Es muy importante que el enfermo perciba en el médico un profundo interés por él, hasta el punto de anteponer muchas veces los intereses del enfermo a los suyos propios. Así se conoce a un verdadero médico.

- ¿La relación personal con el enfermo de un médico de familia, o dicho de otro modo, de un médico de pueblo como usted, puede ser entonces muy beneficiosa, Don Ricardo?

- Sí Gabriel, es importante que el paciente vea garantizada la continuidad y la unidad de la asistencia. Además, los antecedentes personales y familiares pueden ser de importancia decisiva para la interpretación de los datos que se recojan.

Gabriel esta sintiéndose muy a gusto con esta conversación. Fue preguntando y repreguntando a Don Ricardo, que se mostró muy complacido por su interés. Le habló de la importancia de la exploración física del enfermo, del acceso a las altas tecnologías en caso necesario, sin por ello romper la relación biunívoca entre médico y enfermo.

- La exploración física es muy importante. El enfermo cuenta siempre sus sensaciones personales. Esto es siempre una versión subjetiva de sus problemas, muy a tener en cuenta, pero a veces la exploración física logra hallazgos muy importantes. Por poner un fácil ejemplo, en el caso de un abdomen agudo puede detectarse su importancia por la presencia de un vientre en tabla.

Terminaron la comida siendo excelentes amigos y decidieron tomarse de vez en cuando un café en el bar del señor Emilio.

Gabriel le vio partir con cierta pena. Le pareció un hombre con una fuerte personalidad y unos principios muy sólidos. En cierto modo, admiró su decisión de haber elegido ser médico de pueblo y venir solo a luchar con los elementos. Recordó la “Balada del viejo marinero” en la que Samuel Taylor decía:” Solo, solo, completa y absolutamente solo; solo sobre un mar más que infinito” Esa era, para Gabriel, la inmensa y querida tierra del Guadarrama.

Don Ricardo se alejó caminando por la acera de la calle principal. Seguramente iría después a visitar algún enfermo o saludar a algún antiguo paciente.” El viejo marinero, pensó Gabriel, navega por su mar”


La calle principal del pueblo tiene el encanto de la vida participativa, la fusión de comentarios, la diversidad de personalidades que forman un ambiente creativo. Todo el mundo se siente partícipe en la vida de la comunidad, huele al pan recién horneado, se respira el aroma de las flores de los balcones, se oye el revuelo de los pájaros en los árboles y el de las conversaciones quedas de la ancianas que sentadas en sus sillas de anea, van configurando la historia del pueblo. ¡Qué importante es el comercio en los pueblos! Es un hervidero de conocimientos y amistad entre sus habitantes, produce la unión entre mentalidades a veces tan distintas.

Mirando a las personas que transitaban por la calle y el rebullir de las mujeres comprando en las tiendas, recordó aquello que dijo Juan Ramón Jiménez de las nubes y las montañas en su poema “Nada igual”: ¡Qué loco estar en su sitio, qué hondo sentir lo que son, qué alto no necesitar nada igual, nada distinto!

Porque Don Ricardo era muy feliz trabajando como médico en este ambiente. Sin embargo, el problema permanente era el de sus escasos recursos económicos. Estaba obligado a visitar a cada vez más numerosas personas, y aunque el pueblo no era demasiado grande, se veía obligado a utilizar una bicicleta para visitar a determinados enfermos en casas alejadas y en ocasiones a varios kilómetros de distancia y muchas veces regresaba a su casa por la noche y bastante cansado. Nunca dejaba de visitar a sus enfermos, en ocasiones con mayor frecuencia de la necesaria, porque su objetivo era la cercanía con el enfermo y, a pesar del cansancio, no dejaba nunca de cumplir con su ideario.

Caminando por la acera en dirección a su consulta, paró en una pequeña tienda donde se vendían periódicos de la capital y alguna revista. Hojeó las revistas de automóviles y motocicletas. No tenía dinero, evidentemente, para comprarse un coche, pero llevaba tiempo rondando en su cabeza la idea de adquirir una motocicleta. Había días que regresaba muy cansado y le vendría bien alguna máquina útil para su transporte diario.

En una de las revistas leyó un artículo muy interesante sobre un nuevo tipo de bicicleta motorizada que acababa de ser anunciada en Francia. Se trataba de una Mobylette. Compró la revista y esa misma noche leería los detalles de esa máquina.

No tuvo paciencia, sin embargo, para esperar hasta la noche. Al llegar a la consulta, se dedicó a estudiar las características de la máquina. Quedó gratamente impresionado. Era justamente su ideal. Le gustaba el diseño, tenía el aspecto de una bicicleta normal, un poco más pesada, pero tenía suficiente motor para la utilización que él necesitaba. Disponía de horquilla telescópica y embrague automático, un trasportín trasero y un cestillo adosado al manillar. Por las noticias sobre esta máquina, el precio parecía ser asequible y podía comprarse en España sin ningún impedimento. Esa misma noche comentó el tema con la familia y todos le animaron a realizar su proyecto.

El estreno de la Mobylette fue todo un acontecimiento familiar. Era la primera vez que iban a disponer de un medio mecánico de transporte. Como el manejo era muy simple, todos estrenaron con jolgorio la Mobylette y dieron sus paseos. A los pocos días Don Ricardo visitaba a sus enfermos y su figura, montado en la Mobylette, formó parte de la vida habitual del pueblo.


Un día recibió un aviso para visitar a la señora María, que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. El modelo de Mobylette que había comprado tenía un trasportín, donde colocó su maletín médico, en el que llevaba ciertos medicamentos y útiles para curas. Se puso la gorra y los guantes y partió hacia la casa de María.

Le encantaba circular por el campo ya motorizado. El ruido del motor era suave y le parecía una música de fondo que le acompañaba, produciéndole una sensación de poder y seguridad. Las cuestas ya no eran cuestas, el paisaje variaba con mayor velocidad que antes y los árboles parecían huir de él alejándose en la distancia. Miró hacia la sierra del Guadarrama, su sierra, su hogar, su vida.

De repente, la Mobylette tropezó con una gran piedra y cayó arrastrándose sobre el suelo hasta chocar contra un chaparro. Don Ricardo sintió un dolor en su brazo izquierdo y quedó como atontado al pie del árbol.

Durante un momento quedó aturdido por el golpe, pero al recuperarse después de unos instantes, valoró la situación. Haciendo una breve exploración descubrió que se le había producido una fractura traumática en el húmero izquierdo. No había sangre, sino dolor. Era por tanto una fractura cerrada. Comenzó a sentir cada vez más dolor. Pudo incorporarse de rodillas ante el trasportín y abrir su maletín. Bendijo mentalmente a los genios que había mejorado el sistema de inyectables. Ya no era necesario utilizar aquellos métodos rústicos de hervir las jeringuillas. Eligió un analgésico inyectable y se lo aplicó después de limpiar con alcohol el brazo.

Haciendo un esfuerzo mental, palpó su brazo izquierdo e intuyendo el tipo de rotura,  alineó los bordes de la fractura, soportando el dolor. Como era conveniente entablillar el brazo, necesitaba algún soporte para hacerlo. Descubrió con alegría que en el cestillo llevaba la revista técnica de la Mobylette, que había enseñado esa mañana a unos amigos. Enrolló la revista alrededor de su brazo y la circundó con unas gomas que extrajo del maletín, gomas que solía utilizar para rodear los brazos si fuera necesario extraer sangre para un posible análisis clínico de urgencia.

Realizadas estas operaciones, quedó exhausto apoyado en el tronco del chaparro. Le dolía todo el cuerpo, pero el dolor era soportable. Un breve descanso y la eficacia del analgésico le hicieron recuperarse antes de lo pensado. Ahora quedaba comprobar si la Mobylette funcionaba, porque si el motor hubiese sufrido daños, no podía pedalear en estos momentos y no tenía fuerzas ahora para mover una bicicleta tan pesada. Afortunadamente el modelo que había comprado era robusto y arrancó inmediatamente. Colocó como pudo el maletín, montó en su máquina y, sosteniendo el manillar con su mano derecha, partió otra vez en dirección a la casa de María. No podía renunciar a pesar de sus dolores a realizar esta visita, porque sabía que María estaba sola en esos momentos y necesitaba su atención médica. Conduciendo con su brazo derecho, despacio y poniendo mucha atención al camino llegó como pudo a la casa de María. Le dolía mucho el brazo izquierdo y en la cabeza comenzó a sentir punzadas de dolor. Después de saludar a María y hacerle una exploración, la recetó unos medicamentes y la tranquilizó, pues no había observado más que un pequeño enfriamiento. María le preguntó la causa de que llevara enrollada en su brazo izquierda la revista, pero la explicó que era un sistema preventivo de un dolor que tenía, sin contarle el accidente sufrido.

Volvió a montar en la Mobylette y regresó lentamente al pueblo, pensando; “Ser médico de pueblo no es una profesión, es un desafío”

Los árboles le recibían ahora lentamente, las nubes contemplaban el paso del jinete valeroso, los rayos del sol le acariciaban la espalda desde el Guadarrama. Recordó sin querer “Fiesta”, aquel poema de Juan Ramón Jiménez: “las cosas están echadas mas, de pronto, se levantan, y, en procesión alumbrada, se entran, cantando, en mi alma”

26 comentarios:

Antorelo dijo...

Fernando, algo ha pasado al subir el texto y no se puede leer bien.
Salud, amigo

Flor dijo...

Fantastico relato Fernando y hasta me dió pena de Don Ricardo.

Un beso
Flor

Fernando dijo...

Antorelo, amigo y profesor: lo he revisado y no encuentro ningún problema. Inténtalo de nuevo, por favor. Un abrazo.

Fernando dijo...

Flor, amiga: me estoy reponiendo de tres graves infartos. Ya estoy mejor y pienso hacer todavía mucho ruido. Gracias por tu interés y un beso.

Flor dijo...

Fernando cuidate mucho mucho, haz todo lo que los medicos te dicen. Vive tranquilamente tu vida. Nada de estrés!!

Leiste mi correo?

Muchos besos y cariños
Flor

Flor dijo...

Ah! Yo veo el texto muy bien, no le veo problema.

Marisa dijo...

Relatas con tanta abundancia de detalle que es fácil sumergirse
en el paisaje del Guadarrama y de sus gentes. No sabes como añoro aquel médico de familia cuando
vivía con mis padres, era tal como dices de D. Ricardo, se preocupaba por todos nosotros no solo en la
enfermedad sio también en lo personal.
Ahora el enfermo es un Nº
que hay que solicitar por teléfono o por internet para
que te atiendan,nada comparable.

Un abrazo muy grande Fernando
y gracias por todo lo que disfruto
con tus relatos.

Fernando dijo...

Amando, amigo, grandísimo poeta: he disfrutado mucho con tu relato sobre el día de los poetas en Segovia. También me hubiera gustado mucho ir a la presentación de tu último libro. Yo soy mayor, pero gracias a vuestros comentarios no me encuentro solo. Un fuerte abrazo, amigo.

Amando Carabias María dijo...

¡Qué importancia tienen los médicos de familia, sobre todo en el medio rural, aunque sea ya tan urbano como es Guadarrama!
Reflexionas con hondura sobre su labor tan importante. Es una pena que hoy falten médicos de esta especialidad mientras que para entrar en otras hay verdaderas bofetadas entre los estudiantes.
Encantadora la parte de la Mobilette, cuánto debieron facilitar estos artilugios los movimientos de ciertos profesionales y de muchas personas.
No hace falta irse a Hollywood para encontrar médicos que son héroes.
(Por cierto, Fernando, cuídate y haz caso a lo que digan quienes tienen que decirlo. El viernes hablé por teléfono con Rafael)

Carmendy dijo...

Hola Fernando.
Espero te encuentres bien de salud.
Yo ando muy liada con un proyecto para el día 8 y tengo un poco abandonado el blog.
Te mando un fuerte abrazo con toda mi admiración.
Carmendy

Marcos Callau dijo...

Toda una proeza la de este buen hombre Don Ricardo... "lo que sabe un médico de pueblo", es cierto. Fernando, yo no he podido conocer lo que fue la Mobillette pero, lo que son las cosas, hoy en día se han vuelto a poner de moda las bicicletas eléctricas y con motor. Han abierto una tienda cercana a mi casa especializada en estos medios de locomoción. Me ha gustado mucho la historia. Como siempre, es un placer leerte. Un fuerte abrazo.

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo, poeta y prosista: cada día te encuentro más en forma y nos sorprendes con relatos que por traernos a la memoria tiempos pasados son ciertamente queridos. Al leerte he recordado a aquellos antiguos médicos que te visitaban en casa, que se sentaban en la cama donde tú estabas malito,te tomaban el pulso, le enseñabas la lengua y te palpaba el vientre en tabla no sin antes frotarse las manos para que no estuvieran frías. Entrañable la figura de aquellos médicos, generalmente bien vestidos y educados, a los que se les respetaba si no tanto por su saber sí por la bondad y dedicación que tenían.
Has conseguido plasmar de forma magistral aquella época de la Mobilette y has rendido un bonito tributo a aquellos médicos de pueblo.
Muchas felicidades. Hay cosas que no debemos olvidar y lo que tal vez sea más interesante es que los que llegan ahora no olviden nunca que existieron hombres como el personaje que tu dibujas.
Un abrazo.
¿Nos atrevemos a dar un paseo por el pueblo en Mobilete?

Juliana Gómez Cordero dijo...

Muy bueno tu relato Fernando. Es un gusto leerte y recorrer contigo ese pueblo. Lo describes tan bién en tu serie, que poco a poco nos vas introduciendo en sus paisajes e idiosincrasia de sus habitantes. Yo me siento como siendo uno mas entre ellos.
No me enteré de tu recaída.¡POR FAVOR, CUíDATE!
Un beso Juliana

Fernando dijo...

Marisa, amiga, ¡cuanto recuerdo yo también a esos maravillosos médicos de familia" Te sentías cuidado permanentemente. Hoy existen muy buenas clínicas y la seguridad social es asombrosa, pero me sentía muy querido por mi médico de familia, a quien he querido rendir un pequeño homenaje, Un fuerte abrazo y gracias por tu comentario.

Fernando dijo...

Hola, Carmendy: gracias por leerme. Espero buenas noticias de tu proyecto del día 8. ¡Mucha suerte!. Un saludo afectuoso.

Fernando dijo...

Marcos, amigo y poeta; gracias otra vez por leerme. Te sigo leyendo, me apabullas con tu creatividad. Ya me iré sumando a comentar tus obras con regularidad, Agora me estoy dando un tiempo de reposo, pero nunca te olvido, Un fuerte abrazo,

Fernando dijo...

Rafael, amigo, poeta. gracias por acercarte a mi blog. Me ha costado, pero por fin he dado a luz un nuevo pequeño relato. Estoy trajinando aquello d que hablamos en el rincón de los rechazados. Ya lo comentaremos. Si encontramos una Mobylette nos damos una vuelta, Lo malo es que no podemos pasar de los 110 KPH.Un fuerte abrazo

Fernando dijo...

Juliana, guapa,bienvenida a mi pueblo. Gracias a los médicos de ahora estoy bien, Los médicos no son personas, son ángeles y conviene que recemos por ellos. Gracias por acordarte de mi y un fuerte abrazo.

Isolda dijo...

Querido Fernando: ha sido un placer pasear de la mano de Gabriel por aquellos tiempos y lugares; cierto que los médicos eran los de toda la vida, los de la familia, ni siquiera se les llamaba de cabecera. Eran uno más de la casa, que en ocasiones venían y como apunta Rafael, se sentaban en tu cama y les llevaban una cuchara grande con un paño de hilo para que te miraran la garganta y luego.. se quedaban a tomar un café o una copita de algo, porque eran nuestros ángeles de la guarda.
Me gustan tus relatos siempre tan cercanos y a la vez con su punto poético.
Sigue cuidándote; te mando muchos besos para muchas historias más.

Fernando dijo...

Isolda, amiga, muchas gracias por tu comentario. Todos mis relatos tienen algo de verdad, historias que sucedieron en mi tierra del Guadarrama, en diferentes épocas. Las viví todas ellas con intensidad y siento no escribir mejor para sacar a la luz tantas cosas maravillosas que pude vivir personalmente. Pero sólo voy a escribir el último relato, para completar la edición de los veinte que me propuse hacer. Me está costando mucho esfuerzo escribir en estos momentos y voy a dedicarme a lo que en el fondo me apasiona, la poesía. Un saludo cordial.

Ananda Nilayán dijo...

Querido poeta, no sabes qué alegría me da leerte. Es un placer, y porque significa que vas mejorando. Te diré que me ha costado dejar comentarios, aveces me pasas, esto de blogspot a veces es una lucha.

Me gusta mucho este relato. Así era la vida de los médicos rurales, siempre de un lado para otro y haciendo de todo. Aquellos médicos sí que eran vocacionales y sabían mucho, fíjate, detectar por los pulsos, algo de la medicina tradicional china que se aplicaba con normalidad y hoy parece cosa de superstición. Tenían paciencia y sobre todo, humanidad.
En este relato, magnífico como prosa, queda destacado cómo eran antes, con sus penurias, haciendo grandes esfuerzos y "sabiendo hacer de todo", hasta "llevar una mobilette", no te digo más!!!, humanos y con tiempo para empatizar con otro ser humano.
Una cosa: ese cocido... qué suerte tiene Gabriel, no se pierde una!!!

Por hoy, suficiente. Te dejo un abrazo con todo mi cariño.

Fernando dijo...

Querida Ananda Nilayán: otra vez gracias por tu comentario. Estoy escribiendo ahora mismo el relato número veinte de "Relatos del Guadarrama" Con él, y después de los retoques oportunos, trataré de publicar un buen libro. Un abrazo muy fuerte.

Juanjo Almeda dijo...

Hola querido Fernando: te echamos de menos en Granada.
En este relato le has dado más protagonismo a D. Ricardo; un gran detalle por tu parte, y por la de Gabriel. El médico que nos trata -y ha tratado durante tantos años- a mi familia y a mí es como dices en esta historia; y es tan grande el respeto que le tienen los pacientes, que, a pesar de los muchos años de visitas, siguen tratándolo con el "Don" correspondiente antes de su nombre, incluido yo.
Mi primer vehículo a motor fue un ciclomotor marca "Vespino", que compré al cumplir los dieciocho años, pues antes de esa edad, mis padres no me permitían conducirlo.
Si miras en facebook hay algunos vídeos del recital del sábado, si no los encuentras, en mi perfil de facebook hay uno mío, etiquetado por mi amiga Mayde. Quizás te guste escucharlo.
Espero tu nuevo libro. Cuídate.
Un abrazo...

Fernando dijo...

Querido amigo Juanjo: gracias por tu comentario. He pensado mucho sobre cómo lo estarías pasando en Granada, Hiciste muy bien en ir y he sentido no poder ir, Ahora estoy bastante bien y cada día iré mejor. No tengo facebook. Decidí darme de baja porque no estoy todavía en condiciones de de estar demasiado tiempo en el ordenador. Los médicos que me han tratado son como Don Ricardo, pero con todas las novísimas tecnologías.Ni relato es un homenaje precisamente a un médico que trató a mis hijos y que sufrió el mismo accidente que narro. El iba en una sencilla bicicleta y sufrió la rotura que él mismo curó. ¡Asombroso!. Un abrazo muy fuerte ab imo corpore.

Jorge Torres Daudet dijo...

Te veo pletórico de fuerzas e ilusión. Estupendo.
Tu relato me trae muchos recuerdos de la niñez, muy familiares; mi madre era matrona en Sigüenza y pueblos de alrededor. Motocicleta, también, pues en alguna ocasión yo llevaba a mi madre en mi Vespa a hacer alguna visita, y mulas y taxis transportaban a cumplir con su cometido, a cualquier hora del día y de la noche, pues las cigüeñas no conocen los horarios.
Como siempre, de fondo, tu Guadarrama y sus matices, las alusiones de poetas maestros.
Todo un bello entresijo de sensaciones.
Felicidades, maestro.

Fernando dijo...

Querido amigo Jorge: gracias por leer mi relato. Acabo de haberme entrevistado con el cirujano que me salvó la vida y me ha confirmado que estoy perfectamente y que me recuperaré rápidamente y volveré a ser por lo menos como era antes (yo espero mejorar. Estoy finalizando estos relatos poéticos y líricos y volveré a mi poesía. Un abrazo muy fuerte ab imo pectore.