domingo, 13 de marzo de 2011

El jugador de ajedrez.



Jugadores de ajedrez - Hans Lassen.


El jugador de ajedrez.


Uno de los mejores momentos del día para Gabriel era el que pasaba después de comer tomando un café y una copa de orujo en el bar del señor Emilio. Al sorber la pequeña taza recordaba el sabor de aquellos antiguos granos de café torrefactados que cruzaban la frontera de Portugal, casi en los límites de Alburquerque, en paquetes con el nombre de “El Camello”. Era un sabor fuerte, sabroso, con aroma, que siempre había recordado con cierta añoranza.

El orujo que le servía el señor Emilio era también algo muy especial. Lo fabricaba un amigo de su padre que vivía en una antigua casona de Potes, en Santander, en un viejo alambique, heredado a su vez de su padre. Era una fabricación naturalmente ilegal, pero la sabiduría del propietario del alambique era tal que recurrían a él todos sus amigos. Gabriel era de los pocos afortunados a los que el señor Emilio servía ese licor.

- Este es un licor de ambrosía – decía siempre con una sonrisa misteriosa – bébelo sin cuidado, porque su elaboración ha sido perfecta y no existe ningún miedo a ser envenenado, como ocurre con muchos de los orujos de fabricación propia en estos mundos de Dios.

Gabriel, sentado en su mesa habitual, sorbía lentamente el orujo y se abstraía deleitado por su fuerte sabor, En esa meticulosa operación estaba sumergido cuando oyó una voz juvenil que le despertó de su ensueño.

- Gabriel, amigo, ¡qué ganas tenía de verte!.

El que así hablaba era su amigo Andrés, al que cariñosamente le apodaban “Truman” en recuerdo de las lentes diminutas del que fue presidente norteamericano, que realmente le conferían un aire intelectual. Gabriel se levantó muy contento y le dio un fuerte abrazo.

- Siéntate conmigo y disfruta de este maravilloso orujo, amigo mío ¿Cómo está Ana? ¿Van bien vuestras cosas?

- Muy bien, Gabriel. En estos momentos está visitando a su madre en los Estados Unidos, porque ya sabes que toda mujer embarazada necesita el cariño de su familia.

- Pero bueno, Andrés, esto sí que es una buena noticia. Y tú, qué haces en este pueblo?

Andrés se sentó a su lado y en voz baja le contó el motivo de su venida al pueblo. Había decidido hablar con Gabriel para ver si le podía ayudar en un tema difícil. Su padre tenía un amigo muy mayor que, al haber enviudado y no tener hijos, se encontraba muy solo y desatendido, por lo que sus amigos habían decidido buscarle una residencia en la que pudiera estar bien cuidado. Habían recorrido muchas residencias de personas mayores, pero ninguna les había convencido y habían oído hablar de una muy buena en un pueblo del Guadarrama. Andrés fue el encargado de localizar esa residencia y estudiar la manera de convencer y alojar en ella a este amigo de su padre.

- Por eso recurro a ti, Gabriel, estoy seguro de que conoces esa posible residencia.

- ¿Has venido hasta aquí en ese maravilloso Citroen 2CV que tenéis a medias tú y el Arzobispo de París?- dijo Gabriel – Pues tomemos el orujo y salgamos a buscarla sin más tiempo que perder. Me parece que conozco la residencia de la que te han hablado.

Los dos amigos salieron del pueblo en el coche. El tiempo era bueno pero un poco frío. El otoño del Guadarrama es soleado y el campo se viste de colores distintos que en la primavera. Prevalecen el rojo vivo, los sienas, los ocres, los amarillos, el campo parece que se ha incendiado por alguna tormenta solar
y, aunque se disfruta de una temperatura agradable, se presiente el cercano invierno que se anuncia con alguna breve cuchillada fría en las gargantas. Contemplando el paisaje, permanecían muy callados. El otoño, como dijo Juan Ramón: “en la caída clara de sus hojas, se lleva al infinito el pensamiento”.

Los dos amigos disfrutaron del viaje. Las carreteras comarcales son agradables si se circula a baja velocidad. Puede admirarse el paisaje y charlar amigablemente sin tener que estar demasiado pendientes del tráfico que a esas horas precisamente apenas había. Poco a poco se fueron aproximando a los montes. Hasta el olor del campo había cambiado. El verde de las encinas fue dejando paso a los pinos, la jara a la retama y el aire era más frío, la carretera cada vez más empinada y, pasando unas revueltas, entraron en el pueblo que Gabriel había indicado durante el trayecto.

En un cierto momento, Gabriel le pidió que estacionara el coche.

- Mira, Andrés – dijo - en ese restaurante que se ve desde aquí, en la acera de enfrente, te sirven los mejores huevos fritos con picadillo de toda la región. Si no se nos hace muy tarde, una vez visitada la residencia, te invito a cenar en él.

- Lo haremos – contestó Andrés – pero sólo si nos da tiempo, porque tengo que volver a Madrid esta noche para contar a mi padre si nuestro hallazgo es válido. Ahora vayamos directamente a cumplir nuestro objetivo.

Dieron una vuelta a la manzana y Gabriel le indicó que entraran por una entrada de coches a un patio solado de cemento con varias señales de aparcamiento y varios coches aparcados. Sobre una puerta grande de madera había un letrero que decía “Residencia de Mayores “. Los dos amigos aparcaron el coche y se dirigieron con decisión hacia la puerta. Fueron recibidos por una señora encantadora que se presentó como la directora de la residencia. Les explicó detalladamente los servicios que prestaban y recorrieron todas las instalaciones, quedándose muy bien impresionados por su calidad. Visitaron la enfermería y charlaron con el médico interno que dirigía el servicio. Andrés era realmente muy metódico y hacía las preguntas necesarias para conocer el grado de calidad de la residencia. Tuvieron la oportunidad de charlar amigablemente con algunos de los residentes, encontrando en ellos un buen ambiente. Las habitaciones eran limpias y cuidadas, y la mayoría de los residentes les manifestaron en sus charlas que estaban contentos con la residencia que habían elegido.

Después de conocer las tarifas y condiciones económicas, se despidieron de la directora y salieron a recoger el automóvil.

- Perdona, Andrés – dijo Gabriel - ¿Te has fijado en el parquecillo que hay detrás de esas casas?

Andrés no lo había visto y miró hacia ese parque. La extensión no era muy grande, pero los árboles eran pinos, limpios y bien cuidados, los arriates estaban llenos de flores y, entre los demás árboles destacaba un gigantesco cedro. No hubieran esperado encontrar en un pueblo de montaña un parque medio oculto por las casas y tan bien cuidado. Salieron caminando hacia él y entraron despacio a través de una puerta enrejada semiabierta. Vieron que los setos estaban muy bien podados, los suelos limpios y habían, esparcidas, algunas mesas y sillas de hierro forjado.

Debajo del cedro vieron algo que les pareció asombroso. Había una mesa de hierro sobre la cual estaba construido con baldosines blancos y negros un precioso tablero de ajedrez. Sentado en una silla junto a la mesa había un anciano envuelto en un gabán oscuro, con gorra y guantes, que contemplaba el tablero, repleto de piezas blancas y negras. Aparentemente se trataba de una partida de ajedrez con un único jugador.

Se acercaron lentamente hacia la mesa, tratando de no molestar al anciano y le saludaron cortésmente en voz baja.

- Buenas tardes – les contestó – no se preocupen, pueden hablarme con voz más alta. De hecho me vendrá bien, porque estoy un poco sordo. Es la edad, ¿saben?

- Nos permite observar cómo juega? – preguntó Gabriel – yo soy un buen aficionado al ajedrez.

- Naturalmente. Mire, yo resido en la residencia de mayores, y vengo con frecuencia a jugar en esta mesa. Podría jugar con algún otro residente, pero con ellos me aburro, porque yo soy un gran jugador. Y además se enfadan conmigo por que les gano todas las partidas a ciegas – dijo riéndose – así que aquí, en este tranquilo tablero, juego contra mí mismo, o reproduzco partidas de maestros del ajedrez.

Gabriel le miró con atención. Era un hombre menudo y delgado. Tenía perilla blanca y unos ojos pequeños enmarcados por cejas también blancas. Esos ojos tenían un brillo especial, distinto al esperado en un hombre tan mayor. El gabán parecía sobrarle por todos sitios.

- Me llamo Gabriel, y mi amigo Andrés. Hemos venido a conocer la residencia pensando en un amigo de nuestros padres. Vivimos en un pueblo de la zona. No queremos perturbar su descanso.

- Yo me llamo Manuel ¿perturbar mi descanso? Es una bendición poder charlar con la juventud – contestó riéndose.

Los dos amigos se sentaron en las sillas que rodeaban la mesa y miraron con detalle la partida. Manuel tenía las piezas negras. Comentó que su oponente había iniciado la partida con una apertura inglesa y él había respondido con la clásica defensa francesa. Solía empezar así para recordar sus tiempos de iniciación en este deporte, pero les explicó que lo más interesante era reproducir las buenas partidas de los maestros internacionales, muchas de las cuales conocía de memoria.

- Sobre todo las que jugaron mi ídolo José Raúl Capablanca y su eterno rival Alexander Alekhine. Las recuerdo todas y no se me olvidan porque las reproduzco muy a menudo. El sinvergüenza de Alekhine pudo finalmente quitarle el título de campeón del mundo a Capablanca, pero fue con trampas. Ese fue el motivo de que mi amigo muriera a los cincuenta y tres años, en mil novecientos cuarenta y dos. Fijaos, cincuenta y tres años y yo tengo ochenta y siete. La vida a veces es perversa.

Durante un buen rato estuvo Manuel hablando de sus experiencias con el ajedrez. Su profesión real había sido la de periodista y había viajado por todo el mundo.

- Si juegas al ajedrez te haces amigos en cualquier ciudad que visites – contaba - Nunca tuve problemas de relaciones públicas gracias a eso. Y no creáis que yo me he dejado ganar alguna vez. Nunca. Siempre he creído en que hay que desarrollar nuestras potencias al máximo.

Andrés y Gabriel estaban asombrados. Ya habían olvidado su cena de huevos fritos con picadillo. Estaban en presencia de un hombre con personalidad muy interesante.

- ¿Por qué piensa usted entonces que la vida puede ser perversa, Manuel? – se arriesgó a preguntar Gabriel – la suya me parece muy interesante.

- Porque esta vida es un terrible tablero de ajedrez. Hay días blancos, pero hay días negros. Es muy difícil conquistar a las damas y a veces hay que enrocarse para escapar de los ataques de esos terribles alfiles y peones organizados por la sociedad, que atacan inexorablemente tus defensas y acabas siempre abatido por un jaque mate. Siempre. Nunca hay victorias. Como en el poema de Omar Khayám : “ esta vida no es más que un difuso tablero de complicado ajedrez y ante el tablero el Destino acciona allí con los hombres, como con piezas que mueve a su capricho y sin orden…y uno tras otro al estuche van, de la nada sin nombre”.

Los razonamientos, la memoria y la fuerza mental de Manuel impresionaban.

- Como decía Jorge Luis Borges, amigos - siguió diciendo - las piezas “no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino sujeta su albedrío y su jornada”. Nosotros somos piezas que no saben quién es el jugador que nos gobierna y nuestra partida en la vida está fijada por el destino.

- Pero, por encima de nosotros está un ser superior al que nosotros llamamos Dios - intervino Gabriel – en el que podemos confiar, a sabiendas de que, a pesar de cualquier jugada, él nos atenderá al final con su infinito amor.

- Amigo Gabriel, tu juventud y tu inocencia me atraen y me gusta la forma en que te expresas – le dijo con sus ojos un poco enrojecidos - pero a mi edad, y soy un consumado ajedrecista, recuerdo siempre el final del poema de mi estimado poeta Jorge Luis Borges:

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueños y agonías?

La tarde estaba oscureciendo y comenzaba a hacer frío.

- Manuel, tenemos que regresar a nuestro pueblo y con este relente sería aconsejable regresar a casa. ¿Le ayudamos a recoger las piezas?

Aceptando el ofrecimiento, recogieron cuidadosamente entre los tres todas las piezas, encajándolas en sus estuches y fueron a la residencia, donde se despidieron de la directora y abrazaron a su nuevo amigo Manuel. Se había hecho demasiado tarde para la cena prevista y prometieron volver otro día a probar esos excelentes huevos fritos sugeridos por Gabriel.

Durante el regreso, los dos amigos fueron en silencio. Cruzaron un campo grande de álamos temblones y Gabriel recordó aquellos versos de Pablo Neruda: “Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas”

- ¿No crees, Andrés, que el amigo de tu padre encontrará reposo y tranquilidad en esta residencia?

- Yo creo, Gabriel, que esta vez el Destino sí se ha portado bien con él – respondió mirando distraído la carretera.

36 comentarios:

Gustavo Pertierra dijo...

Excelente relato, bueno, como siempre. Este en particular me fascinado porque toca el tema del ajedrez y es un juego que aunque lo juego mal, me apasiona.
Me han encantado esa cita de de Neruda, pero en particular la de Broges, ¡que maravillosa frase has rescatado!, ¿recuerdas a que libro pertenece?, me gustaría leerlo. Un placer y una alegría, seguir estas lecturas.
Recibe un afectuosisimo abrazo.

Antorelo dijo...

Stefan Zweig escribió una breve pero magnífica novela titulada "La novela del ajedrez". Tu magnífico relato me la ha recordado. Puse una entrada nueva relacionada con la forma en que percibimos el paso del tiempo. Excelente texto.
Salud, amigo.

Jorge Torres Daudet dijo...

Suerte la de Leerte, Fernando. Eres un maestro.
Abrazos.

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo: Lo que más me alegra es encontrarte en plena forma.
Mi comentario no te puede servir de nada. Mi padre me enseñó a jugar al ajedrez pero no fui buen aprendiz. Y con los recuerdos recientes que me traen la Residencia de Mayores hoy pienso que nunca he sido aprendiz de nada.
Me alegra reencontrarte en tu labor literaria. Un abrazo.

Ángeles Hernández dijo...

Querido Fernando:

Este viaje de hoy me ha conducido a tantas reflexiones que podría escribir un pequeño tratado personal sobre todas ellas: el café del camello, el orujo de Potes, los olores del otoño y el hielo que clava el frío en la garganta...

Pero voy a pararme con lo que de verdad me preocupa:
-las madres embarazadas han de estar con sus familias, como esquema del origen de la vida.
-En contraposición la residencia de ancianos, como final de la misma, para quien no tiene lugar mejor que estar.

Esa idea me tortura durante estos tiempos por razones personales, y desearía que todos los hombres que han envejecido conservaran ese brillo en la mirada del jugador de ajedrez. Un brillo que no es más que el deseo de seguir viviendo porque todavía conserva una aficción que le apasiona, en este caso el ajedrez.Podría ser otra igualmente atractiva, suficiente para que la persona que siente cómo sus cualidades van mermando no pierda sus aficiones e intereses, con la consiguiente opacidad de los ojos que miran, o que ya están dejando de mirar.

Tengo cerca esos ojos, y me apenan tanto...

"Esta vida no es más que un difuso tablero de complicado ajedrez y ante el tablero el Destino acciona allí con los hombres, como con piezas que mueve a su capricho y sin orden…y uno tras otro al estuche van, de la nada sin nombre”.

Van al estuche, sí, todos iremos al estuche, mas desde aquí mi deseo porque persista hasta el fin la ilusión por jugar, los ojos luminosos, esos que ahora no encuentro en Santos, y que me temo que no volverán aunque (¿qué hacer?), encontremos un lugar tan espléndido como la Residencia de este relato.

Un abrazo y felicidades por seguir emocionándonos con tus relatos Á

Fernando dijo...

Gustavo, amigo y grandísimo poeta: me alegro de que hayas disfrutado con el relato. Yo jugué algún tiempo y tengo que reconocer que me angustiaba, porque ni dormir podía pensando en las jugadas. Te he enviado por internet los dos sonetos sobre el ajedrez de Jorge Luis Borges. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Antoreo, profesor y amigo:celebro que te haya gustado este relato. Tiene mucho de real, pues en su momento descubrí esa maravilla de sitio y he recordado diversas peripecias que me han ocurrido en mi vida con personas del estilo del anciano del realto. Un saludo cordial.

Fernando dijo...

Jorge, amigo, tus comentarios elevan la moral a cualquiera. Estoy bien, cada vez un poco más. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Rafael, poeta y amigo: pues claro que puedes decir muchas cosas sobre el relato. A ver si despiertas y produces más. ¿Te das cuenta de la cantidad de seguidores que vas teniendo?. Eso ocurre porque escribes poemas cada vez mejores. Un abrazo ab imo pectore.

Fernando dijo...

Angeles, queridísima amiga: si alguna vez me faltase tu comentario, no podría superar la tristeza. Sé que sabes escribir estupendos relatos, que leo siempre. Por ello, tu opinión tiene un enorme valor. Además, te explicas con tanto detalle que se vé fácilmente que lees y meditas lo que lees. ¡Formidable!. El problema es que, sabiendo que me vas a leer, me obligas a intentar escribir cada vez mejor. Así que espero tu misericordia y tu amistad para que mis futuros relatos sigan pareciéndote atractivos. Un saludo muy cordial.

Juanjo Almeda dijo...

Amigo poeta: Otro buen relato me acompaña esta noche,antes de ir a dormir. Es curioso como puedo degustar los manjares que alimentan a los personajes de tu obra mientras la leo, metido en sus escenarios.
Al ajedrez no sé jugar, aunque, posiblemente sea una ficha de ese tablero, como todos lo somos.
En este caso, querido Fernando, sí que el destino se había portado bien con el amigo del padre de Andrés.
Un abrazo

Fernando dijo...

Juanjo, amigo y poeta. Siendo todos nosotros unas fichas que el destino maneja a su capricho, siempre nos quedan fuerzas para luchar y progresar, a base de estudio y buena voluntad. No importa el límite del tiempo. El límite lo fija nuestro corazón. Espero que disfrutes en Granada. Un fuerte abrazo.

Adolfo Payés dijo...

Un placer siempre visitarte..


Un abrazo
Saludos fraternos..

Fernando dijo...

Gracias, Adolfo, amigo. Un saludo cordial.

Marcos Callau dijo...

El ajedrez es si no el mayor, uno de mis entretenimientos preferidos. De hecho, juego muchio menos de lo que quisiera. Toda una experiencia acompañar a Manuel en su partida solitaria. Un abrazo amigo.

JUAN dijo...

Del juego de Ajedrez no sé nada, sólo un poco de Damas, y lo siento.
El relato me ha encantado como todos los que vas escribiendo sobre Gabriel. Un placer verte en forma.
Unabrazo

Fernando dijo...

Gracias Juan, gracias Marcos: como podéis leer, sigo escribiendo. Un fuerte abrazo.

Marisa dijo...

Mi querido Fernando
y aún en la prosa
sigues siendo poeta,
es una delicia el
poder leerte.

Un abrazo muy fuerte

Fernando dijo...

Gracias, Marisa, amiga: tu comentario me anima a seguir con mis Relatos del Guadarrama hasta terminarlos. Un saludo cordial.

Isolda dijo...

Un relato estupendo, como todos los tuyos. Aprecio como siempre, las perlas que dejas caer en forma de versos y tu literatura. Me ha encantado la definición: "Es muy difícil conquistar a las damas y a veces hay que enrocarse para escapar de los ataques de esos terribles alfiles y peones organizados por la sociedad, que atacan inexorablemente tus defensas y acabas siempre abatido por un jaque mate. Siempre."
Enhorabuena Fernando y besos que huelan de una vez a primavera.

Fernando dijo...

Idolda,amiga,muchas gracias por leer mis relatos. Ahora estoy dedicado un poco a depurarlos y hacer unos cuantos más para publicar un pequeño libro de relatos. Un saludo muy cordial.

Terly dijo...

Me gusta la relación que haces mantener a jóvenes con ancianos y partidas de ajedrez con residencia.
Y veo que sí sabes de ajedrez porque no llamas fichas a las piezas, jajaja...
En mis buenos tiempos mozos jugaba al ajedrez (me enseñó mi madre) y llegué a hacerlo bastante bien, con decirte que jugué una simultanea de 15 contra el mismísimo Arturo Pomar (Arturito) como se le llamaba por haber sido niño prodigio. Pero claro, he de hacer constar que ninguno de los 15le ganamos.
No sabes lo mucho que me alegra verte ya repuesto y activo. Lástima que no podamos vernos en Granada como estaba previsto.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Terly, amigo: espero que haya salido bien tu obligado viaje a Italia. Gracias por seguir leyendo mis relatos. Es increíble, pero cada vez que toco un tema, me entero de que has sido campeón en la especialidad, ya sea música, ajedrez, literatura. Así da gusto tener amigos. Siento no poder ir a Granada. Lo curioso es que he averiguado que tuve el primer innfarto de los tres hallados por los cardiólogos en la reunión de Alcalá de Henares. No lo dije, pero en la madrugada del día siguiente pude morir en Alcalá, lo que hubiese sido glorioso. Cuando te vea otra vez te contaré. Un fuerte abrazo.

auroraines dijo...

Me atrapó tu relato, fué como estar viendo el paisaje y sus colores, las personas que nombrás, todo en armonía y naturalmente, un lugar acogedor.
Espero estés bien.
Un abrazo

Terly dijo...

Querido Fernando:
Con lo de Alcalá me dejas los pelos de punta.
En cuanto a tus elogios los acepto por tu amistad, pero bien sabes que "de nada un poco"

Fernando dijo...

Auroraines: me encanta que te haya gustado mi relato. Bastante de mis relatos se basan en experiencias ciertas que viví. Este es uno de ellos. Un saludo cordial.

Emilio dijo...

Estimado Fernando:
Me alegra leer de nuevo tus relatos tan llenos de sabiduría.
En este me ha gustado mucho esa comparación del tablero de ajedrez con la propia vida y también que nombres a la bellísima localidad de Potes con el antiguo nombre de la actual provincia de Cantabria (antiguamente Santander).

Un fuerte abrazo y mis deseos de que todo te vaya bien.

Fernando dijo...

Querido amigo Emilio, gran poeta: cada vez que pienso en Cantabria te recuerdo con todo cariño, deseando que vuelvas a hacerte presente todos los días y poder leer más poemas tuyos. Un abrazo.

Emilio dijo...

Estimado Fernando:
Para tu información, decirte que reabrí el blog "testamentario" en Enero y sigo publicando de vez en cuando algún que otro poema.

Un abrazo y que pases un buen domingo en compañía de tu familia.

Noray dijo...

Verdadero licor de ambrosía es sin duda toda tu poesía y tu narrativa.

Compruebo que poco a poco vas recuperando la plena forma y eso me hace feliz.


Un fuerte abrazo.


PS: Es una lástima no poder compartir la noche de Granada.

Fernando dijo...

Emilio: Vivo sin vivir en mí...Volveré a tenerte entre mis estrellas. Un abrazo ab imo pectore.

Fernando dijo...

Noray, amigo y admirado poeta. Como le he dicho a Emilio Gómez, vivo sin vivir en mí...Esto es lento, pero esta guerra no la perderé. Disfrutad en Granada. Estaré pensando en vosotros. Un abrazo.

Flor dijo...

No sabes cómo me encantó tu relato. Conseguiste que yo al leerlo estuviera visualizando las imágenes que describías.

Yo para juegos soy terrible, es que no tengo paciencia para estar mirando las piezas jajaja

Tuve un gusto muy grande leerte.

Un beso Fernando

Flor

Fernando dijo...

Flor, amiga, portuguesita: no sabes cómo me alegra que hayas leído mi relato. Recuerdo aquella merienda campestre contigo tan agradable. No sé si sabes que he estado muy mal y todavía me estoy recuperando. Tú eres la mejor medicina para mis males. Un cordialísimo saludo.

Flor dijo...

No Fernando no sabía que habías estado mal, supe que te operaste de los ojos y por eso hiciste un paro, pero hubo otro problema??

Te mandé ahora un correo, aún no había leído tu comentario. Si quieres cuentame como te fue.

Besos mil
Flor

Amando Carabias María dijo...

Supongo que poco a poco iré volviendo a la normalidad. De momento ya me he leído éste y el siguiente relato.
Dos aspectos importantes, quizá el mismo, abordas en este relato: la vejez. La vejez en absoluta soledad y la de quien es capaz de vivir en plenitud a pesar de los problemas físicos propios de la edad.
Aprendí de niño las reglas básicas del ajedrez. Siempre me ha apasionado, pero no sé jugarlo en condiciones, ni siquiera torpemente, más allá, ya digo, de las reglas básicas.