martes, 8 de marzo de 2011

Gabriel y la nieve.




Gabriel se despertó ese día con una extraña sensación. Le pareció que había un gran silencio, como si el tiempo se hubiera parado de repente. Sintió una paz enorme, inusitada, que le embargaba totalmente. No se oía al viento rozar los barrotes de su balcón, ni se escuchaba el canto de los pájaros. Ni siquiera se oían los crujidos del alero de su tejado de pizarra, como habitualmente ocurría. Todo era un silencio total.


- Claro- gritó de pronto, alborozado y saltando de la cama. ¡Es la nieve!

 Corrió hacia el balcón y levantó la persiana. Sí, allí estaba efectivamente la nieve, cayendo silenciosamente sobre la tierra, ahogando los ruidos con una capa blanca, implacable. Ese silencio sólo podía deberse a ella. Miró entusiasmado los copos que parecían hojas de un libro de poesías escrito por un poeta olvidado, que caían meciéndose hacia el suelo, silenciosas, ilegibles, blancas.


“Nieva la nieve fuera sobre la nieve” recordó que había escrito Gerardo Diego. Abrió la puerta del balcón y se asomó, feliz. Apenas se distinguía la línea del Guadarrama, lejana, muy lejana, casi oculta por un telón blanco, espeso, opaco. Divisó el paso fugaz de un mirlo entre las ramas de un madroño del jardín, muy rápido, escurridizo, como queriendo huir de los copos que, lentos pero persistentes, cubrían las ramas de los árboles. Seguramente buscaba refugio entre las apretadas hojas del madroño. Seguía cayendo la nieve sobre los árboles y, como escribió una vez Vicente Huidobro; “cae la nieve, cae la nieve sobre las mariposas”.


Gabriel se aseó rápidamente, se vistió, se puso una cazadora, unas botas de suela de caucho, una gorra, guantes y salió de casa con la intención de desayunar en el bar del señor Emilio. Entró en el bar saludando muy contento a los que estaban tomando un café en la barra, diciendo en voz alta:


- ¡Por fin llegó la nieve, amigos!


Soñaba con disfrutar del desayuno que el señor Emilio le solía preparar. Se acomodó en su mesa preferida y puso sobre ella unas hojas de papel blanco, dispuesto a soñar y escribir sus sueños en ellas. Ellas podrían convertirse, quizás en un futuro, en copos blancos anónimos de otro invierno nevado.


Mientras le traían el café y unas maravillosas tostadas de pan con aceite y miel, Gabriel se dedicó a escudriñar a través de la ventana con objeto de precisar algo más el alcance de esa nevada. Tenía el presentimiento de que iba a ser una nevada muy ligera. La temperatura en el campo del Guadarrama había estado calentándose poco a poco en los últimos años y ya no se veían las nevadas de otrora. Sin darse cuenta, su imaginación le llevó a su adolescencia, a una calle del pueblo donde sus padres habían alquilado un apartamento para estar durante el verano aún más cerca de la montaña.


- Gabriel, ¿te vienes con nosotros a la quebrada? – le preguntó a voces su amigo Santos desde la calle.


- No puedo ahora, Santos,- contestó desde su ventana - estoy terminando de leer un libro que me han prestado. Quizás vaya en cuanto lo acabe. ¡Pasarlo bien!


A Santos no le apetecía ir a bañarse al riachuelo de La Barranca, que a esta altura de la temporada, bajaba bordeando la montaña, con bastante nivel de agua. El tiempo era bueno, pero el agua bajaba muy fría y no le gustaba bañarse con esa temperatura. Sobre todo porque no le apetecía hacer el gamberro y bañarse desnudo a sabiendas de que las chicas del pueblo les miraban desde lejos, jugando entre los pinos. Iría un poco más tarde para comer el bocadillo tradicional y celebrar con los chicos del pueblo la llegada del buen tiempo. Cumpliendo con su palabra, una vez terminado el libro, se acercó al grupo de sus amigos, ya secos y felices, para compartir un buen rato de chistes y risas.


A través de los copos de nieve que veía a través del ventanal recordó a ese grupo de maravillosos gamberros, comiendo a dentelladas unos grandes bocadillos de jamón que de vez en cuando traía Mingo, preparados por su hermano mayor Juan, el dueño del bar principal del pueblo, al que llamaban “El pesca”.


 – Hoy invita el tabernero a la juventud, Mingo – decía riendo – ya pagaremos estos bocadillos los mayores, que somos ricos.


Juan era el mayor de los ocho hijos de Mariano, un peón caminero jubilado, que había criado a sus ocho hijos con un minúsculo salario, trabajando en la carretera de sol a sol y dispuesto a ayudar a todo el mundo a pesar de su pobreza.


Juan hablaba siempre muy bien de su padre, contando sus aventuras durante la guerra civil y sus esfuerzos para mantener a su familia y educar a sus hijos. De aspecto bonachón, de cuerpo grande y voz grave, Juan logró salir airoso económicamente gracias al bar que montó en un viejo local del pueblo, con la ayuda de su mujer, que demostró ser una excelente cocinera. Sus platos de judiones de La Granja y los asados tradicionales, atraían a muchos turistas, sobre todo los fines de semana, y el bar siempre estaba lleno de clientes, aunque el local era pequeño y había que sentarse muy juntos, lo que en el fondo creaba un buen ambiente. Además de unos platos bien cocinados, Juan servía un exquisito vino tinto. ¨


- “Vino tinto, señores, y no vino rojo – decía riendo en voz alta – que en esta casa no hay nada rojo”.


Pero si algún cliente ponía mala cara, recitaba enseguida unos versos de Baltasar del Alcázar:


“Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por tradición
de santiguar lo que bebo”


Juan actuaba realmente como si fuera el segundo padre de sus hermanos. Siempre asumió esa responsabilidad y gracias a él fueron creciendo en convivencia sana y responsable. Gabriel, debido a la diferencia de edad, le tenía un gran respeto y no se atrevía a tutearle como hacían los demás amigos. Le escuchaba atentamente y se mantenía a prudente distancia, no porque le desagradase, sino por considerarle una persona muy seria, lo que le impedía vencer su habitual timidez.


Pero un día como el de hoy, en aquel día nevado y frío del Guadarrama, en que los copos de nieve caían intermitentemente, Gabriel acompañó a su amigo Mingo al cementerio del pueblo para enterrar a su padre. Allí, frente a la sepultura, estaban los ocho hijos. Juan “El pesca”, muy serio, presidía el acto. Una vez los obreros del cementerio taparon la sepultura, los asistentes pasaron en fila a abrazar a los hijos. Juan estrechaba manos, daba fuertes abrazos, besaba a las mujeres, y le llegó el turno a Gabriel.


Gabriel no imaginó nunca lo que iba a pasar. Juan, al verle, le estrechó en sus grandes brazos y lloró desconsoladamente. Se miraron los dos con los ojos enrojecidos, sin decirse nada y a Gabriel le costó mucho dejarle seguir atendiendo los pésames, definitivamente solo en medio de esa trágica escena.


En silencio, mirando los densos copos de nieve que seguían cayendo más allá de la ventana, Gabriel recordó aquellos versos de Francisco Alvarez: “nos preguntaremos quiénes somos, dónde nos conocimos, qué buscamos, y tal vez nos respondan nuestros ojos, ignorantes del miedo a la palabra”


La nieve azotaba ahora fuertemente el ventanal en que Gabriel bebía una taza de café caliente y disfrutaba comiendo el pan tostado con aceite y miel, en un festín de aromas y sabores. Algunos copos descendieron suavemente sobre el cristal, dibujando formas caprichosas que resbalaban hasta el alféizar. Mirando los árboles desnudos de la calle, Gabriel anotó en una hoja: “Las ramas de los árboles lloran lágrimas de nieve porque no tienen pájaros, tienen quizás heridas sin curar que gotean sin causa”.


Desde aquel lejano día del enterramiento y su inolvidable abrazo con Juan, pasaron los rápidos años de la juventud. En uno de sus viajes al pueblo, Gabriel se encontró de nuevo a Mingo. Se había convertido en un hombre alto, fuerte, simpático. Se dieron un abrazo y se contaron algo de su vida. Mingo había logrado convertirse en policía municipal de su ayuntamiento. Se dieron un fuerte abrazo y Mingo, muy emocionado, le besó como si fuera su hermano. ¡Qué sensación tan curiosa, un policía de uniforme besándole con enorme confianza y cariño!


- Estoy de servicio, pero vamos a tomarnos un tinto en “El Pesca” – dijo – Allí está, como siempre mi hermano Juan y le encantará saludarte.


Juan les recibió muy contento y después de abrazarse con fuertes palmadas, se sentaron a tomar unos vinos. Mingo le contó que precisamente estaba deseando verle para invitarle a su boda.


- Me caso con Julia – dijo - ¿te acuerdas?, era una de las chicas que iban a espiarnos mientras nos bañábamos en La Barranca. Me he enamorado de ella y el mes que viene pasaremos por la parroquia. Te esperamos, amigo.


La imagen de los tres amigos sentados en “El Pesca”, se fue difuminando lentamente.


Gabriel pidió por señas al señor Emilio que le trajera otra taza de café. El aroma del café le envolvía. Sentía verdadera necesidad de olerlo y saborearlo. Emilio trajo el café y se sentó a su lado.


- Gabriel, le dijo casi al oído – ¿Qué ves tú a través de esa ventana? Te veo absorto mirando cómo nieva y, de vez en cuando, escribes algunas palabras en una de las hojas.


- Emilio, amigo, esta ventana es como un caleidoscopio mágico, es como una sucesión de historias diversas y cambiantes, que se me aparecen por arte de birlibirloque. Hay ocasiones en que, al ver pasar a una persona caminar por la acera, nace una historia real y otras en que, a través de un misterioso flujo de recuerdos, vienen a mi memoria acontecimientos ya pasados, reviviendo emociones, a veces medio difuminadas por el tiempo, otras con todo el calor y el color que sólo un caleidoscopio puede producir. y procuro escribir algunas ideas fundamentales en mi hoja.


- ¿Y escribes poesías sobre esas historias? – preguntó Emilio.


- Mira, Emilio, no soy todavía capaz de distinguir entre poesía y relato, entre duda y certeza, entre historia y realidad. Para mí la poesía es innata y tan poderosa que todo lo demás queda traspasado por su esencia. Sí puedo decirte que estoy subyugado por ella y recurro a la palabra para transcribir esas emociones que me llegan, esos efluvios misteriosos que intento dejar en estas hojas. Cada momento de cualquier historia ha sido seguramente descubierto por algún poeta, aunque no sea partícipe directo de esa historia, porque los poetas, querido amigo, intuyen y explicitan las emociones, quizás con el deber de iluminar la sensibilidad de los hombres.


La nieve había dejado de caer. Gabriel, reconfortado por el espléndido desayuno, se despidió del señor Emilio y salió a la calle, dispuesto a disfrutar de la nieve.

18 comentarios:

terron dijo...

Mi apreciado Fernando, es un inmenso placer leerte de nuevo. Sabía que GAbriel no podía esperar mas y debia de hacerse notar, reconoce que ha sido el quién te ha empujado a teclear de otra vez.
No solo te hay que felicitar a ti, sino también a nosotros, esos Relatos tienen que continuar, es una obligación que tienes con todos nosotros.
Co todo mi afecto

Terrón de tierra

Antorelo dijo...

Fernando, en primer lugar alegarme de tu restablecimiento. Me gustan los relatos de Gabriel, cómo nos lleva a otros tiempos y lo cotidiano lo convierte en arte.
Un abrazo, amigo. Estoy encantado de que hayas vuelto.

Pluma Roja dijo...

Primero y antes que nada, quiero decirte que me siento muy contenta que ya estés de nuevo en tu blog escribiendo y que me da mucho gusto saber que ya estás bien.

El relato precioso y sobre todo el final esa explicación del escritor sobre lo que es poesía o en síntesis escribir me parece maravilloso.

Placer pasar tu espacio.

Hasta pronto.

Fernando dijo...

Gracias Terró, amigo y poeta, ya sabes lo mucho que me animan tus comentarios, aquí en la red y en el Café de las Sorpresas. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Antorelo; gracias por leerme. Viniendo de un profesor todo lo que me dices me parece un regalo. Un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Pluma Roja: gracias, amiga y poeta. Es maravilloso saber que a tan larga distancia tengo personas como tú que piensan en mí física y espiritualmente. Un saludo muy cariñoso.

Amando Carabias María dijo...

Se echaba de menos a Gabriel. Pero ya lo tenemos entre nosotros, como siempre tan hondo, tan sincero, tan singular y certero en su modo de actuar.

Fernando dijo...

Muchas gracias, Amando, poeta. Poco a poco estoy volviendo. Os he echado mucho de menos estos días y ahora empezaré a leer y escribir. Un fuerte abrazo.

Marcos Callau dijo...

La nieve, tan silenciosa como acertadamente la defines al comienzo del texto, sin embargo no deja de susurrarnos recuerdos como los que tiene Gabriel este día, a través de la ventisca. Como siempre, amigo Fernando es un placer llegar a tus lineas a esta hora en que ya se clausura un nuevo día. Gracias por regalarnos tus palabras.

PD: Qué bellos los dos versos y qué acertados, tanto el de Gerardo Diego como el de Vicente Huidobro. Abrazos.

Fernando dijo...

Hola, Marcos, amigo y poeta:Como ves, aquí estoy de nuevo, deseando disfrutar con vuestro trabajo, cada vez mejor, ¡Què sctividad la vuestra, cómo os admiro! Un fuerte abrazo en este reencuentro.

Gustavo Pertierra dijo...

Aunque debe ser la tercera vez que leo un relato encarnado por este alter ego tuyo que parece ser el inefable Gabriel, me ha bastado para sentirme atrapado por el personaje y sus vivencias, tan humanas , tan sensibles y tan próximas a nuestros propios sentimientos, pero lo que más me satisface de volver a encontrarme con estos relatos, es que me dan la pauta de vas encontrando tu recuperación y digo "vas encontrando" para que no descuides la misma.
Recibe un sincero y afectuoso abrazo, junto con mis mejores deseos.

Fernando dijo...

Gustavo, amigo y poeta: muchísimas gracias por tu amistoso comentario. Personas como tú nos hacen soñar con un universo de amor y falta de egoísmo. Mi salud sigue recuperándose, aunque te confieso que la vida me cansa y sólo el contacto con espíritus como el tuyo me ayudan a sobrevicir. Te considero, vaya por delante, como uno de los mejores poetas del red, si no el mejor. La lectura de tus poemas son un descanso de tanta mediocridad y me ayuda a seguir. Un abrazo muy fuerte ab imo pectore.

Carmela Rey dijo...

Un placer volver a encontrarte por aquí en plena forma. Gabriel te necesita y nosotros te necesitamos a ti. Hermoso relato y sincero y creible Gabriel.
Un abrazo

Juanjo Almeda dijo...

Querido Fernando, hola: no sabes cómo me alegra que estés aquí de nuevo con tu pluma en la mano transcribiendo en esos copos.
En una noche como ésta de lluvia aquí en Málaga y sentado con el pijama puesto delante del ordenador, un relato como éste es el que me hacía falta ahora mismo. Qué maravilla: la forma de describir la historia, la forma de describir la nieve, la manera de enlazar recuerdos con el presente y la manera de enlazar versos... magnífico.
Hasta pronto. Un abrazo fuerte, poeta amigo.

Fernando dijo...

Hola, Juanjo, amigo, poeta; aquí me tienes, dispueso a leer y escribir.Te dseo disfrutes en la maravillosa Granada compartiendo con los poetas unos días de alta cultura y todavía más alta diversión. Un furte abrazo.

Fernando dijo...

Querida Carmela: Muchas gracias por leer mi nuevo relato. La nieve, el aire, el sol, todo lo que sea respirar y vivir, estoy disfrutándolo y todo me parece maravilloso en estos momentos al recuyperar el alieno. Un beso muy grande y mi agradecimiento por compartir mi obra.

Rafael Mulero Valenzuela dijo...

Querido amigo y poeta Fernando. ¿Y cómo vas a distinguir entre relato y poesía cuando la belleza es la característica fundamental de lo que estás escribiendo? Ah, los copos blancos anónimos, Huidobro y su Altazor, y Francisco Alvárez con su "ignorantes del miedo de la palabra".
Es una belleza de relato.
Pero atiende a una cosa amigo. ¿No ves las ventajas de bañarse desnudo en un río helado aunque te miren las mozas? Eso tiene su recompensa en el amor de Julia.
También yo me bañaba desnudo en el rió de Sepúlveda pero no tuve éxito. Ahora ya a mi edad, me ducho y me tapo el cuerpo enseguida para que no lo vean tan gozado.
Un abrazo siempre con el ánimo en los copos de la nieve blanca.

Ángeles Hernández dijo...

Cualquier pretexto es bueno para retornar a la infancia feliz, o más bien, en estos momentos en que ya peinamos canas, todo lo que vivimos, lo hemos ya vivido por primera vez en otros tiempos a los que nos retrotraemos porque aunque no volverán, están ahí y porque en ellos está la inociencia y la emoción de las primeras veces, cuando todo era nuevo.

Nieve, silencio, papel en blanco, copos como hojas de un libro de poesías, luz de invierno...con Gabriel, sus amigos y los poetas.

Los poetas, Fernando el primero, que nos acompañan con sus letras rn este camino que estamos andando desde hace algún tiempo, juntos.

Un abrazo Fernando y disculpa el retraso, no quiero faltar nunca a tu cita, no voya faltar aunque sea la última en llegar. Á