lunes, 31 de enero de 2011

No sé si soy.

Los burgueses de Calais. Detalle. Auguste Rodin.



 No sé si soy, o sólo que estoy siendo,
si tengo haber, o sólo tengo nada,
si mi sustancia ha sido programada,
o sólo existe lo que estoy sintiendo.


No sé si lo que pienso va siguiendo
una ecuación resuelta y bien trazada,
si es improvisación desenfocada,
o un misterio que acabaré entendiendo.


No sé si soy la parte o soy el todo,
si lo demás existe o es un sueño,
si soy sustancia o polvo amontonado,


no creo que en mi vida exista un modo
de poder ser mi esclavo o ser mi dueño
si estoy por mis sentidos dominado.

viernes, 28 de enero de 2011

Teresa y el amor.


Gabriel se levantaba diariamente muy temprano desde su infancia. Su insomnio matinal era realmente incurable. No pudieron con él los consejos maternos ni los medicamentos, ni su decidida voluntad de levantarse más tarde. En cuanto abría los ojos, su cuerpo saltaba irremediablemente de la cama. Y como en la casa de sus padres la calefacción era de carbón, que se consumía con bastante rapidez, las habitaciones eran témpanos de hielo al llegar la madrugada, y no había otro recurso para evitar el frío que permanecer en la cama protegiéndose con el resto de calor de una botella de agua caliente que su madre introducía en ella con todo cariño a la hora de acostarse. Lo intentó alguna vez, pero su espíritu era demasiado inquieto, y como la casa estaba muy fría al amanecer, ideó una salida airosa para calentarse, distinta a los sistemas conocidos.


Descubrió que en una pequeña iglesia cercana a su casa, regentada por unos padres pasionistas, que años más tarde abandonarían el pueblo, celebraban una misa a las seis y media de la mañana en una capilla que tenía calefacción eléctrica y era muy confortable, y los padres pasionistas, que no usaban zapatos sino sandalias sin calcetines, se recogían en ella y decían la primera misa del día, librándose con ello al mismo tiempo del duro frío invernal. Durante la misa Gabriel disfrutaba de una buena temperatura y al terminar volvía a casa a tiempo para desayunar con sus padres. Esta decisión le valió a Gabriel crearse en el pueblo fama de santo, con gran regocijo y jolgorio entre sus amigos.


Pero el hecho es que su insomnio matinal pervivió después de la muerte de sus padres. Levantarse temprano le permitía respirar el aire puro de la sierra del Guadarrama y disfrutar de ese olor que sólo el campo abierto puede regalarnos al amanecer. Saliendo al balcón de su cuarto, se envolvía en aromas de tomillo, hierbabuena y lándano, respirando con intensidad el aire puro y abriendo los brazos como si quisiera abrazar con ellos el paisaje que se le ofrecía, sus montes, rocas y quebradas, sus cumbres y arboledas. Sí, allí estaba la sierra del Guadarrama, tan cercana que daban ganas de abrazarla.


Levantarse tan temprano tenía muchas ventajas. Una vez aseado bajaba a pasear por su pequeño jardín, en el que se erguía orgulloso un enorme pino piñonero, cuyo tronco ocupaba gran parte del jardín, con su copa “ verde y sonora, la inmensa copa desbordante, donde beben los soles” como dijo Octavio Paz. Las plantas, debido a la sombra que producía ese pino, sólo crecían con normalidad en los arriates que él mismo había preparado. Este corto paseo le permitía de vez en cuando recoger alguna de las piñas que caían, generalmente roídas por las ardillas, y que eran muy bienvenidas por el fuego de la chimenea, e incluso recogía algunos piñones, que guardaba en una caja metálica por si alguna vez le apeteciese probarlos.


Gabriel se preparaba después casi todos los días una taza de café con leche y unas tostadas de pan para desayunar pero, de vez en cuando, caía en la tentación de ir a tomar el desayuno en el bar de su amigo el señor Emilio.


Solía sentarse en una mesa de mármol frente al gran ventanal del bar, mesa que ya consideraba como suya, donde desayunaba. Desde allí, al olor del café, nacía en él una suerte de ensueño espiritual, que le hacía sublimar todo lo que veía través de su cristal. Los pájaros eran avecillas, las nubes fugaces estelas de barcos espaciales, y el cielo, un inmenso espacio azul que, como decía Juan Ramón,”con cristal y alas la alondra adorna”


El señor Emilio comentó alguna vez que, en su opinión, su amigo y cliente favorito era un soñador, quizás un poeta y trataba de no interrumpir en ningún momento sus meditaciones.


El bar del señor Emilio estaba situado en la calle más importante del pueblo, al final de la cual se encontraba la parroquia, construida con piedra de musgo y por cuyas paredes trepaba desordenadamente la hiedra.


No era la primera vez que Gabriel veía pasar por delante de la ventana del bar la figura recatada y elegante de la señorita Teresa, en camino hacia la misa de nueve. Siempre había admirado su paso leve y su porte educado. Teresa aparentaba tener cerca de los cincuenta años, era alta, delgada y solía llevar siempre vestidos muy simples y de colores muy bien conjuntados. Su melena, corta y siempre bien peinada, era de color castaño, con algunas mechas rubias, que le hacían parecer más joven. Sus ojos, de color verdoso, destacaban en su semblante muy agradable pero siempre un poco triste. Solía usar zapatos planos, quizás para compensar su altura y al caminar siempre miraba con atención el suelo para evitar cualquier tropezón.


En el pueblo todo el mundo la conocía como “señorita” Teresa. Corría el rumor de que había vivido un gran romance de amor durante unos años y que había sufrido un final doloroso e irreparable. Nadie conocía con certeza la naturaleza de ese romance, pero era evidente que Teresa no se había recuperado de su final y había quedado muy sola y triste en su casa del pueblo una vez murieron sus padres. Gabriel había tenido buena amistad con ellos, pero en esa casa nunca se habló de la situación amorosa de Teresa. Al verla pasar esta vez por delante del bar, Gabriel pensó que debía encontrarse efectivamente muy sola. Sabía que participaba en alguna de las reuniones parroquiales y que ayudaba al párroco en la catequesis de los niños, pero no se le conocían otro tipo de contactos más personales.


¿Qué tipo de amor había tenido Teresa - se preguntaba- qué final doloroso e irreparable había tenido ese amor?


Meditó un buen rato sobre aquel pensamiento de Novalis: “Sólo unos cuantos gozan del misterio del amor, y desconocen la insatisfacción y no sufren la eterna sed”


¿Había Teresa gozado realmente del misterio del amor? Porque Gabriel nunca vio a Teresa en compañía de ningún hombre, y nunca tuvo la oportunidad de charlar con ella sobre este tema. En las visitas a la casa de sus padres no percibió ningún detalle sobre un posible noviazgo, y la realidad es que Teresa no frecuentaba ningún círculo de amigos y llevaba una vida muy solitaria, dedicándose fundamentalmente al cuidado de sus padres.


Olvidando estas consideraciones, Gabriel pagó su desayuno y, despidiéndose del señor Emilio, salió a la calle con el fin de volver a su casa para terminar un trabajo que estaba escribiendo para una revista literaria. Una pareja de mirlos cruzó con rapidez la calle para refugiarse en unos madroños de un parquecillo próximo. Siempre le había gustado el canto de los mirlos, incluso más que su elegante imagen, porque como decía Paul Verlaine: “la música antes que todo sea”


Distraído por el vuelo de los mirlos, casi tropieza con Teresa, que en esos momentos bajaba por la acera en dirección a su casa.


- Hola, Gabriel, buenos días – le dijo Teresa sonriente, viendo su despiste.


- Teresa, perdona, no te había visto – dijo Gabriel – qué alegría verte. ¿vas hacia tu casa, puedo acompañarte?


Teresa, sonriente, aceptó con un gesto y comenzó a caminar lentamente, situándose Gabriel a su lado. Durante el paseo hablaron de sus encuentros en otras ocasiones, de sus visitas a la casa de los padres, y en términos generales charlaron sobre la vida del pueblo y sus vecinos. Casi sin darse cuenta llegaron a la casa de Teresa. Su casa era más pequeña que la de Gabriel, pero tenía un jardín mayor, con muchos árboles y un pequeño trozo de pradera. Gabriel acompañó a Teresa hasta la puerta y desde allí pudo divisar algo que le llamó mucho la atención. En medio de la pequeña pradera había una pilastra de piedra blanca que él nunca había visto en sus anteriores visitas a la casa.


- Perdona, Teresa, esa pilastra que tienes en la pradera, ¿tiene algún significado?


Teresa titubeó unos instantes y no contestó, un poco azorada.


- Lo digo porque tiene todo el aspecto de un cipo ¿puedo acercarme a verla? – dijo Gabriel, entrando en el jardín y acercándose a la pilastra.


Teresa no fue capaz de reaccionar y Gabriel comenzó a examinar de cerca la piedra blanca. Grabado sobre la piedra había un nombre “Giacomo” y en el extremo superior una imagen de la Virgen con un niño en brazos. Recordó haber visto una fotografía de esta imagen en el cementerio del Puerto del Escudo construido para enterrar a los soldados italianos enviados por Mussolini y muertos en combate durante la Guerra Civil. Se conocía con el nombre de “Madonnina di Bronzo” Supo algunos años más tarde que este cementerio, como todos aquellos conocidos como “cementerios de guerra”, había sido abandonado, y que los restos sepultados en él habían sido enviados al “Sacrario Militare” de Zaragoza.


Teresa se había acercado hasta él en silencio y miraba la pilastra con gesto triste. Gabriel creyó percibir unas lágrimas en sus ojos y no supo qué decir, recriminándose su osadía al acercarse sin permiso a ese monumento. Rodeó los hombros de Teresa con su brazo y musitó algo como:”perdona, Teresa, yo no pretendía saber…”


Durante unos minutos permanecieron ambos en un profundo silencio, viviendo estremecidos “las eternas pausas del tiempo inmóvil”, como escribió John Milton.


Una ligera brisa movió algunas hojas de los árboles.


- Giacomo fue mi gran amor – dijo finalmente Teresa con un débil susurro.


Gabriel la abrazó emocionado. Sobraban las palabras. Recordó aquel pensamiento de Oscar Wilde: “el amor es un sacramento que debería recibirse de rodillas” Juntos se dirigieron hacia un banco de piedra que había entre los árboles y se sentaron, siempre en silencio. Los rayos del sol, ahora más fuertes, reverberaban en la pilastra blanca, ingrávida sobre la pradera de hierba. Gabriel intentó decir algo, pero Teresa se lo impidió, cerrando su boca con el dedo índice.


- Gabriel, voy a contarte mi historia – dijo – eres mi único amigo y no puedo ocultártela. Después de tantos años, tengo ahora el ánimo suficiente para contarla, con la condición de que la mantengas en secreto. Sé que me quieres y serás capaz de ello.


Teresa comenzó recordando aquel día en que recibió una carta de su amiga Celia, ahora residente en Burgos, que había sido su íntima amiga durante algún tiempo en la escuela del pueblo. Sus padres habían encontrado un buen trabajo en una empresa burgalesa y habían ido a vivir temporalmente allí, pero conservando su casa en el pueblo. Celia le ofreció la posibilidad de convertirse en la “madrina” de uno de los soldados italianos que iba a incorporarse como voluntarios en nuestra guerra.


- Me envió su fotografía y su dirección en Italia. Nuestra correspondencia se haría a través de su casa en la ciudad de Bolonia, que él luego recibiría a través de su unidad militar. Se llamaba Giacomo Presci. La iniciativa me pareció emocionante y escribí mi primera carta a Giacomo ofreciéndole mi apoyo y mi cariño como madrina de guerra. En otra ocasión te enseñaré su fotografía.


A sus dieciséis años Teresa comenzó a escribirse con regularidad con Giacomo, enviándole su fotografía dedicada. Poco a poco esa correspondencia se convirtió en un idilio por correspondencia. Cada vez que Teresa recibía una carta desde Italia, se sentaba en el banco del jardín para leerla lentamente, casi oculta entre los árboles y lloraba enternecida por el amor que le transmitía Giacomo. Durante dos años esa correspondencia fue para ambos el gran milagro del primer amor y se prometieron un amor eterno. Teresa sentía una gran felicidad interior y esperaba con enorme ansiedad que la guerra acabara cuanto antes, para conocerle personalmente. Un día se angustió al leer los versos de Pedro Salinas: ¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba? Sus padres, a los que contó con detalle la situación, estaban admirados ante ese amor juvenil.


Pero un día recibió una carta desde Bolonia. En ella los padres de Giacomo le notificaban que su hijo había caído en una acción de guerra cerca del frente de Madrid.


Teresa rompió a llorar en ese momento.


– No tuve ocasión de conocerle en persona, Gabriel - dijo emocionada - todos estos años le he amado intensamente, deseando abrazarle y murió cerca de mí sin saberlo. Ya nunca podré amar a otro hombre.


Gabriel la miró con admiración, y recordó aquello que escribió Giusseppe Ubgaretti: “tra un Fiore colto e l´altro Donato, l´inesprimibile nulla”

Grabando en su memoria la imagen inocente y abandonada de Teresa, tradujo mentalmente: “entre una flor tomada y otra ofrecida, la inexpresable nada”


Tomó y besó, estremecido, su mano.


Gabriel y Teresa volvieron a verse numerosas veces paseando por el pueblo, saludándose con cariño, pero nunca más hablaron de Giacomo. Teresa y su amor fueron un maravilloso secreto que Gabriel guardó para siempre en su corazón.


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lunes, 10 de enero de 2011

Sabor a miel.








Sabor a miel.


Recipientes de cristal,

un vidrio limpio sin rótulos,


una dulzura especial,


ánforas,


miel de romero, miel pura,


azúcar elaborada de nectarios


y un aroma antiguo


y amado.


sábado, 8 de enero de 2011

Regalo de un Rey Mago.

                                            Emilio Porta




Desde mi blog quiero agradecer al Rey Mago Emilio Porta el regalo que me ha dejado en la chimenea. Un expresivo esbozo de su opinión sobre mi serie "Relatos del Guadarrama". Vale tanto su escrito como el detalle de haberme dado esta agradabilísima sorpresa.



CRITICA LITERARIA DE
RELATOS DEL GUADARRAMA.


Cada día que pasa encuentro más razones para amar la unión de todo lo que existe bajo y sobre el sol. En Literatura, esta unión, la hace el lenguaje escrito a través de sus significados. Y parece que la delimita la forma. Siempre ha sido así, a través de los siglos: división de los géneros. Y, sin embargo, esa división no ha estado siempre clara y ahora menos que nunca. Poesía, relato, crónica…de todo hay en obras que enmarcan la Historia literaria. Todo ello se ve, por ejemplo, en el Cantar de Mio Cid. Y también se ve en muchas otras obras. Desde Cervantes a Raimon Llull, de Tolstoi a Carpentier, de Camoens a Lampedusa…


No es la extensión de Relatos del Guadarrama, de Fernando Jiménez-Ontiveros lo que me hace pensar en esta idea de fusión entre géneros, sino el planteamiento, desarrollo y forma de esta obra.
Porque siendo una narración, es, al mismo tiempo, reflexión y ensayo, meditación y poesía. Relatos del Guadarrama tiene, además, un elemento autobiográfico ( aunque el autor se disfrace de Gabriel y quiero pensar que de algún amigo más) y también es un homenaje a un paisaje vivido interiormente, asumido, que forma parte de la identidad de Fernando.


Hay en Relatos del Guadarrama un reguero de sensibilidad que abre cauce, a su vez, en la sensibilidad del lector. Anda el autor, y caminamos, con él, nosotros, por senderos y lugares reales, por caminos de piedra y arboleda, de roquedal y flora única en su género. El Parque Natural de la Sierra del Guadarrama es lo que dice Gabriel en un poema relativo a sus paseos: “Mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré para que se disuelva en pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia, el resto diseminados en la vida de los demás”


Estas palabras son el mejor reflejo de lo que el autor siente por su casa exterior, su casa infinita de aire, cielo, tierra y agua, que es el Guadarrama y sus parajes. Después de ellas es muy difícil dibujar de un mejor modo las sensaciones que el lector tiene al adentrarse, a través de las letras, en los relatos de Fernando Jiménez-Ontiveros.


Él, el escritor, el hombre, se incrusta en el panorama que se ofrece a sus ojos y le añade el toque de humanidad de sus gentes. Un toque costumbrista que dota de alma a sus paseos. El mismo dice:
“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano. No siempre lo consigo pero intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería” Sí, no hay sensiblería en nada de lo escrito. Sólo percepción sensible y retrato, por un lado, de lo concreto y tangible, lo que se ofrece a su vista y a su tacto. Y por otro, lo que se sumerge en el espíritu, porque es la propia energía de una tierra alimentada por el amor que la profesa la que nos envuelve en la lectura.


Hay algo de religiosidad terrenal en todo lo que el autor nos cuenta. Porque el escritor, aunque habitante de la incertidumbre como todo ser humano inteligente, desea aferrarse a la esperanza en la espera. Desea que la vida no se acabe en la visión y en la memoria transcurrida mientras somos capaces de caminar.


Sin embargo, es consciente de la eternidad y la belleza del instante y por eso lo recoge en su escritura. Porque ahí permanecerá mas allá de todas sus dudas, más allá de la falta de claridad en las respuestas.


Y en ese caminar mientras escribe todavía, el autor quiere detenerse – y lo hace – yendo despacio, a respirar el aire de la vida, la vida natural, que conoce y comparte con nosotros a través de su Literatura.
“ Porque los que vienen de la ciudad beben el vaso de un trago, como si tuvieran algo urgente que hacer. Nosotros, los de pueblo, bebemos sin prisa y saboreamos lo que hacemos. Esa es la diferencia”


Sí, esa es la diferencia. El saber que el tiempo no es nuestro dueño. Conocer cual es el valor de las horas pasadas en silencio. Hay una preciosa historia con un jardinero, el jardinero secreto del Paular, un monasterio que podría ser paradigma de otro monasterio creado por mi en mis escritos – perdón por esta referencia autoliteraria – el monasterio de Orzeán. Ese espacio de piedra entre la piedra que es El Paular, lugar de recogimiento y encuentro, lugar de mirada al pasado y al futuro desde el presente continuo de la existencia. Ese lugar donde las palabras son sólo música del pensamiento y lo cotidiano adquiere el valor de lo infinito.


Todo esto es Relatos del Guadarrama para mí. Y lo reflejo en esta reseña de una obra escrita con amor y con oficio, una obra que va más allá de la técnica literaria, con ser mucha, de Fernando Jiménez-Ontiveros. Porque yo lo sé, y él lo sabe, los Relatos del Guadarrama son el corazón de su memoria.


Emilio Porta



miércoles, 5 de enero de 2011

Plegaria de Vísperas.




Plegaria de Vísperas.


Es ya muy tarde, casi anocheciendo,
tengo prisa, necesito tu ayuda,
en este atardecer de angustia y duda,
está mi hora final oscureciendo.


Se está apagando mi luz, no queriendo,
el alma me abandona y se desnuda,
tiene temor, y vive en plena duda,
y entrega lo que tiene, no teniendo.


A ti te cedo todo lo vivido,
tú que conoces mi  gran aventura,
y, si tu amor sin límite me alcanza,


júzgame sólo por lo que yo he sido,
olvida mis accesos de locura
y fusiona tu amor con mi esperanza.





sábado, 1 de enero de 2011

Cante de mina.


Cante de mina.


El cante de mi tierra es hondo,
viene desde la mina y atraviesa
rocas, quebradas y chumberas
hasta llegar a mi piel tierna,
cada vez más sensible
sobrevolando huertas, regatos,
alcores y barrancos,
dejándome la huella de su quejido,
ahondando en las heridas
que el tiempo y la distancia
han ido abriendo,
sangrando zumo de limones antiguos,
que brota de mis venas,
que viene del silencio de siempre.
Ese cante hondo
que sale de la profundidad
de mis ancestros, del vaho de mi tierra
que me empapa de sonidos y recuerdos,
que evoca momentos vitales, silencios,
tiempos perdidos, ahora recobrados,
ahora evocados por esos quejidos
que llegan desde la mina.
El cante de mi tierra es profundo,
implacable, letal,
porque habla del tiempo que no pude vivir
en mi tierra, con los míos,
de los amores que pude tener y nunca tuve.
En mi nombre se queja,
y en mi alma se refugia,
con el tono de la taranta,
fa sostenido menor,
rompedor de lejanías que canta y vuelve a cantar,
que no llora porque es hondo,
que sufre porque conoce
la razón de la distancia, la levedad de mi espíritu,
que llega hasta mí por encima de las casas blancas,
y las tapias de adobe, porque sabe que mi alma
no es de alcorza sino de barro.
El cante de mi tierra es cada vez más profundo,
ahonda cada vez más mi tristeza,
ya no hay acordes, sólo quejidos,
cantos desesperados
que vienen desde la abisal distancia
de una vida nacida entonces
y otra que se extingue ahora.