miércoles, 16 de febrero de 2011

La oración y el tabaco.



Montar en bicicleta es uno de los grandes inventos humanos que está al alcance de cualquiera, independientemente de su riqueza. Después de un día de intensa actividad mental solía Gabriel utilizar en otoño su vieja bicicleta, no tan nueva como aquella que le regaló su padre cuando tenía cinco años para enseñarle a montarla en una era del pueblo de Riofrío, al pie de la Mujer Muerta, pero lo suficientemente cómoda y segura para poder subir en ella y salir a disfrutar de esos maravillosos atardeceres de la sierra del Guadarrama en los que el sol comienza a ocultarse detrás de las montañas, sus rayos pintan de naranja y oro algunas laderas, y se levanta una pequeña brisa fresca, que permite ir en jersey sin pasar calor.


Así, con tranquilidad, casi al pasitrote, Gabriel solía recorrer los caminos, riéndose en silencio al recordar los batacazos que sufrió contra los montones de paja apilados al borde de la era y que tanto le sirvieron para prender a montar en bicicleta en sólo unos días. Era un placer controlar ahora el manillar con sus dos manos y pedalear con tranquilidad, viendo cómo avanzaba en el recorrido, ligero y seguro, respirando a pleno pulmón esa brisa fresca de los atardeceres otoñales del Guadarrama. Recordó aquel verso de Claudio Rodríguez:”ahora es el prodigio enfrente, en la ladera rojiza” y aquel otro, mientras escudriñaba el horizonte:”lo invisible es transparencia en llama, como el olor a hoguera de noviembre”.


Esa tarde tenía un objetivo concreto. Le ilusionaba visitar el pueblo de su infancia, donde se había divertido tanto con su pandilla de amigos y visitar la parroquia de Don Julián, párroco tan querido por sus feligreses, con dos ideas. La primera, volver a ver a esa hora del atardecer el retablo de la iglesia iluminado por todo el aparato eléctrico que se había instalado en su momento, y la segunda, no menos atractiva, mirar el techo de la pared de fondo de la iglesia, justo delante del viejo órgano, para investigar si había algún vestigio de aquel murciélago cuyo descubrimiento tanto les había divertido. No le había anunciado al párroco su intención de visitar la iglesia. La puerta a esa hora estaba abierta, pero él no deseaba tropezar con Eusebio, el sacristán, para evitar las larguísimas historias que contaba de su experiencia en la guerra civil, por lo que rodeó el edificio y depositó su bicicleta en la parte posterior de la iglesia, donde había una pequeña puerta cuya existencia tan bien conocía.


Entró con gran sigilo y constató que no había nadie en el interior de la iglesia. Se dirigió hacia el altar y metió unas monedas en el aparato que permitía se encendiesen las luces del retablo, que surgió de la penumbra con gran esplendor. Allí estaban las figuras esculpidas en madera de los evangelistas. Recordó un libro que había leído hacía poco, “Memorias de un reportero en los tiempos de Cristo”, del padre mejicano Carlos María de Heredia y pensó: “miradles, aquí están los reporteros, esos evangelistas sin micrófonos ni ordenadores, testigos de la vida de Cristo, con su palabra escrita a mano y ahora aquí, recogidos en el retablo, en la soledad de la tarde”.


A Gabriel le gustaba meditar en esa soledad. Por eso no se había decidido a avisar de su visita a su gran amigo Santos. Quizá le visitaría después para saludarle. Esperó mirando el retablo detenidamente durante un buen rato, hasta que el aparato de conexión de la luz decidió que el tiempo creado por las monedas había terminado. Sólo quedó encendida una pequeña luz en el altar, que le sirvió para guiarle en la creciente oscuridad hasta los últimos bancos de la iglesia.


Caminando por el pasillo central fue recorriendo el trayecto orientándose asimismo apoyando sus manos en cada fila de bancos que pasaba, hasta llegar al lugar que tanto deseaba recordar.


Entonces observó un hecho asombroso, alguien estaba fumando en el último banco de la iglesia. El olor a tabaco se extendía por encima de los bancos y una pequeña humareda blanca se esparcía por el aire. Gabriel se fue aproximando y pudo distinguir a un hombre sentado en posición ciertamente correcta, fumando tranquilamente un cigarrillo que, por su olor, debía ser de tabaco negro. Al acercarse, vio que se trataba de un hombre anciano que, dedujo mentalmente, debía tener una edad muy avanzada, probablemente bastante más de ochenta años. Su pelo era negro y muy abundante, con algunas canas, era delgado, vestía un pantalón de pana oscuro y un jersey de lana gruesa de color marrón. Su aspecto evidenciaba que era un hombre de pueblo, con las manos de un trabajador del campo, sus dedos desfigurados seguramente por la artrosis, el rostro a medio afeitar poblado de arrugas y unos ojos pequeños bajo unas cejas muy oscuras y pobladas, con algunas canas dispersas. A Gabriel le recordó inmediatamente el óleo de un viejo pintado por Mariano Fortuny.


Muy despacio y con educada precaución, fue acercándose hasta el banco de este hombre desconocido, hasta sentarse a su lado. Entonces le dijo:


- Buenas tardes, señor, ¿puedo preguntarle qué hace aquí?


- Rezar, naturalmente- contestó.


Gabriel se quedó desconcertado por esta respuesta. Sonrió y. acercándose más a él le susurró al oído:


- ¿Sabe don Julián que usted fuma aquí?


- Mire, señor. Yo soy un fumador empedernido y no puedo estar mucho tiempo sin un cigarrillo en mis labios. Yo vengo a la iglesia para hablar tranquilamente con Dios y lo primero que he hecho es pedirle permiso, que me ha concedido inmediatamente. Como esta es su casa, he pensado que no tenía por qué pedir permiso al párroco. ¿Cree usted que he hecho bien?


Gabriel, asombrado por esta respuesta, comenzó a hablar detenidamente con él. Su nombre era Gabino Sánchez, viudo, vivía en el pueblo y siempre había trabajado en el campo como labrador. Había tenido dos hijos, que actualmente vivían en la capital. Vivía solo y frecuentaba el hogar de los jubilados.


- Pero me gusta hablar en privado con Dios – explicó – por eso vengo al atardecer a esta iglesia y hablo despacio y sinceramente con él. Y créame, señor, es algo muy interesante y agradable. De vez en cuando, claro, doy una chupada larga al cigarro y le dejo hablar a él. Como le cuento toda mi vida, conoce todos mis problemas y trata de ayudarme. Hoy, por ejemplo, le estaba diciendo que me gustaría que alguno de mis dos hijos viniera a visitarme con mayor frecuencia, pero ya sabe usted, el trabajo manda y es difícil que vengan por aquí.


Gabriel recordó aquellos versos de Neruda en su “Tango del viudo”: “respiro en el aire la ceniza y lo destruido, el largo, solitario espacio que me rodea para siempre”


- Pues me está usted convenciendo. Si no fuera porque no he traído el tabaco, fumaría un cigarrillo con usted, don Gabino – le dijo – Por cierto, mi nombre es Gabriel y vivo en un pueblo cercano, pero durante mi infancia viví aquí y tengo muchos amigos. ¿Conoce usted a Santos?


- Claro que sí, menudo pillastre - contestó el hombre ofreciendo a Gabriel un cigarro - Menos mal que sentó la cabeza porque se casó con una chica muy buena que se llama Angeles. Recuerdo que siempre me habló de un beso que fue muy importante para su vida. A estos chicos jóvenes es muy difícil entenderles.


Gabriel encendió cigarro y después de expulsar una gran bocanada de humo le miró con simpatía.


- No le estaré entreteniendo a usted con mi charla, don Gabino.


- En absoluto, Gabriel, estoy encantado. ¿No es cierto que hablar dentro de la iglesia es rezar?


- Algo hay de verdad, don Gabino, y también fumar.


El humo del tabaco rodeó a los dos hombres en un momento. La lucecita del altar parecía dar guiños a distancia entre la humareda.


- ¿Y no se encontraría usted mejor viviendo con alguno de sus hijos, Don Gabino? Estaría muy bien cuidado y cerca de todos ellos. - se atrevió a apuntar Gabriel.


No hubo respuesta a esa pregunta. Don Gabino le miró con sus ojos profundos, inquisitivos, con expresión de asombro y reconocimiento y dio una larga chupada al cigarro. Gabriel recordó al ver esa mirada aquellos versos de Elvira Daudet: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.


Se iba haciendo tarde para el regreso, pero Gabriel intentó aun más profundizar en el tema:


- ¡No estaría más cuidado en Madrid que aquí en el pueblo, Don Gabino?


- Mire, Gabriel, yo agradezco enormemente su preocupación por mí, pero créame, me encuentro muy bien viviendo solo, a pesar de mi edad. Desde un punto de vista de nivel de comodidad y cuidado, es evidente que estaría muy bien atendido por cualquiera de mis dos hijos y su familia. Sin embargo, desde un punto de vista personal, no me encuentro en soledad. Eso se produciría si existiera olvido por parte de ellos, pero sé que me quieren y me recibirían de buen grado en cuanto yo se lo pidiera. Lo que no deseo en absoluto es abandonar mi tierra del Guadarrama, mi pueblo, mis valores auténticos, mis raíces y verme trasplantado a un planeta distinto, de alta técnica, de otra cultura, siendo transformada mi personalidad en nombre de la eficacia y del progreso, sometiéndome a la docilidad y a las exigencias de la modernidad.


Recostando su espalda sobre el banco y estirando un poco sus piernas, fumó despacio durante unos segundos y , mirándole a los ojos le dijo:


- Soy como el trigo, Gabriel, no quiero ser desarraigado, aventado y disuelto en un campo que no es el mío.


Se estaba haciendo demasiado tarde y la vuelta en bicicleta a su pueblo aconsejaba que la partida de Gabriel se acelerase. Los dos hombres, al acabarse definitivamente el cigarro, se dieron un abrazo y salieron por la puerta trasera. El cielo se había oscurecido y sólo existía una luz en el horizonte que apenas dejaba entrever los caminos pero Gabriel conocía de memoria su tierra y volvió a pedalear tranquilamente, disfrutando de la temperatura. Ya vendría otra vez a recordar la aventura del murciélago con Santos. Pensó en las razones de Gabino, miró hacia el horizonte y recordó unos versos que él había escrito un día sobre su tierra: “la tierra de la que vengo es dura, pero fértil, tiene brazos y muslos de agua cuando llueve, si la piso me duelen las entrañas y no duermo hasta hacerme perdonar”.





martes, 15 de febrero de 2011

Agradecimiento.

Chiste publicado por ABC el día 11-2-2011

A mí también, como en el chiste de Máximo, quise irme, me preguntaron mi profesión y cuando dije que era poeta me dijeron que ya me llamarían.

Gracias, enormes gracias a todos los que  os habéis preocupado por mi vida. Estoy bien y de vuelta a mi casa, sabiendo que estoy rodeado de grandes poetas y mejores personas.

El doctor Domínguez., mi cirujano, en plena operación me explicó que había encontrado un gravísimo problema en la coronaria y que necesitaba mi autorización para tratar de solucionarlo. Le pregunté: ¿voy a morir?. Me contestó, si no opero, probablemente sí. Pues adelante doctor, le pedí. Y cumplió a la perfección su trabajo. Desde aquí le doy mis gracias más profundas.

Mi mujer, mis hijos, mis hermanos y amigos me habéis hecho creer una vez más en el amor y en la generosidad y doy gracias al Ser Supremo por estar cerca de todos vosotros un poco más de tiempo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Esperanza de ser.

Miguel Angel en la Capilla Sixtina. Detalle.
 
 

Ha sido el ser supremamente uno
revelado en mi etapa adolescente
una implosión repentina de mi mente,
un misterio especial como ninguno.


Nudo de oscuridad que yo desuno,
luz de mi juventud incandescente,
hálito de eterna paz en mi inconsciente,
reflejo de mi yo, pan de mi ayuno.


¿Irá mi “ser viviente” hacia su esencia,
habitará mi carne desolada
transformando en amor mi vida entera?.


Vivir quiero sentirle en mi conciencia
abriendo con el temple de su espada
la corteza del alma que le espera.

sábado, 5 de febrero de 2011

Campo, café y poesía.





Es bueno pasear por el campo abierto, donde la poesía no es la ancila del pensamiento sino que viene hasta nosotros desde las entrañas de la tierra o nos sobreviene a través de un rayo cósmico y acaba más tarde refugiándose en la palabra, ese don de la naturaleza creado por el hombre en un esfuerzo pleno para conseguir la humanización total.

Pasear, pasear sin objetivos, respirar, contemplar el campo llano, las plantas, los árboles, las nubes, las montañas, las aves, los insectos, las piedras y contemplar el milagro absoluto de la naturaleza, recibiendo de vez en cuando esos mensajes misteriosos que debemos después traducir en palabras.

Gabriel gustaba de pasear despacio, respirar los aromas del campo, mirar, observar los caminos y, al mismo tiempo evocar poemas, recordar palabras, captar esos flujos naturales que le envolvían con absoluta plenitud. Siempre le había parecido un misterio la formación de los senderos, esos minúsculos senderos que, sin apenas uso, conservaban sus líneas limpias entre las hierbas y los matorrales. Y solía seguirlos, sin un rumbo definido, hasta su final. A veces la firme trayectoria del sendero acababa de repente, sin avisar, sin motivo. Gabriel pensó que estos senderos se parecían a los relatos que él escribía de vez en cuando. Relatos limpios, sin hierbas ni matojos, pero sin final, porque el conjunto de meditación, relato y poesía no necesita una conclusión, ninguna moraleja, y el aroma del relato debe trascender de su lectura como un perfume interior y personal.

Recordaba que una vez se adentró en un bosquecillo de fresnos y creyó oír cantar al ruiseñor de Teócrito. Otras veces se perdió entre las matas de jaras y creyó oír el “bordón de moscarda” de Gerardo Diego. En muchas ocasiones contempló la salida tímida del sol sobre las cumbres del Guadarrama. y en otras vio esconderse a la luna de perfil por entre las rocas de la Pedriza. Pasear, pasear, profundizar los caminos, soñar.

Una vez se cruzó con un vecino en medio del campo y éste, al verle pensativo, le dijo:

- Gabriel, ¿estás imaginando?

Sí, ¿por qué no? La creatividad no tiene lindes, ni campos acotados. Necesita soledad, interioridad, imaginación. Sólo la placidez natural del campo le proporcionaba esa mesura, esa tranquilidad que tanto necesitaba.

Caminar por los campos del Guadarrama le servía para, como alguna vez escribió:“mirar cómo el vuelo de los tordos rompe la soledad, trabajan las hormigas por el suelo, silba la culebra, vuela el moscardón negro y verde, se ocultan las rocas bajo las matas, medio enterradas bajo las jaras y el sol hace la tarde naranja y oro”.

Y es que este caminar convierte al tiempo en una suma de instantes si se tienen los ojos abiertos y el espíritu dispuesto a elevarse hasta las mismas cumbres del Guadarrama.

Gabriel tenía la costumbre de tomar un café y una copa de orujo después de comer en el bar del señor Emilio. Allí, en su mesa habitual, repasaba sus pensamientos, recordaba imágenes y disfrutaba evocando sus paseos por el campo abierto. El señor Emilio solía mirarle de hurtadillas con simpatía. Allí estaba el pensador, el cercano, el amigo, escribiendo despacio, a veces en una libreta y otras en una servilleta de papel. De vez en cuando miraba Gabriel a través del ventanal, recordando aquella poesía de Alfonsina Storni: “Perder la mirada, distraídamente, perderla, y que nunca la vuelva a encontrar”

Los vecinos habituales a esa hora del café se entrecruzaban comentarios en voz baja:

- Dicen que tiene un huerto en medio del campo y que muchos días se acerca a cultivarlo.

- ¿Y qué cultiva en ese huerto?

- El señor Emilio dice que poesías.

Una vez bebido el café y apurada la copa de orujo, Gabriel volvió a su casa para reiniciar el trabajo de todos los días. Tenía que hacer un estudio crítico literario sobre la obra de Jorge Luis Borges “Los conjurados”, que escribió en la ciudad de Ginebra en 1985, un año antes de su muerte. Tal vez, como decía José María Valverde, cuando un poeta presenta unos estudios de crítica poética lo ha de hacer con un ademán de pedir excusa; al poeta, según una idea órfico romántica, le está vedado el uso del pensamiento por ser él instrumento pasivo de la inspiración.

Gabriel dudó mucho en acometer este trabajo. Si escribir un poema, según decía Borges justamente en el prólogo de este libro, es “ensayar una magia menor”, ¿quién era él para articular la magia mayor de analizar y criticar su obra? Cerró el libro y se asomó a la ventana para mirar el paisaje mientras huía de esa duda intelectual, intentando dejar que el tiempo resolviera esa duda. ¿Cobardía, o tal vez honestidad? Miró directamente a las cercanas cumbres del Guadarrama. El sol comenzaba a menguar al comenzar la tarde. Le vino un impulso repentino de abandonar el trabajo y terminar el paseo iniciado esa mañana. Al fin y al cabo, no se lo habían pedido con demasiada urgencia y en el crepúsculo, como había definido Goethe en cuatro palabras: “lo cercano se aleja”. Abrió la puerta, cogió su tradicional bastón y comenzó a caminar sin vacilar hacia el campo.

viernes, 4 de febrero de 2011

Soneto a la Venus de Milo.


Afrodita o Venus de Milo.



Tu cuerpo, qué emoción, qué cercanía,
el canon florentino, tu relieve,
esas formas labradas en la nieve,
esa ternura inmóvil, toda mía.


Eres pura materia hecha poesía,
una visión proporcionada y breve,
una escultura humana que se mueve
aunque inmóvil esté, callada o fría.


¿Por qué te llaman Venus, es que fuiste
la elegida de los dioses? Tu figura,
¿es de mármol o es carne de tu ser?


En apenas un sueño conseguiste
una belleza universal y pura,
en un perfecto cuerpo de mujer.



miércoles, 2 de febrero de 2011

Historia de un piano.




Gabriel se levantó como de costumbre muy temprano. Esa mañana tenía concertada una visita a la casa de Pablo Andrey para hablar sobre la posibilidad de conocer un piano del que se quería desprender. Pensando en esa posibilidad se aseó rápidamente para dedicarse a ordenar todas las partituras que tenía. Le parecía emocionante la posibilidad de ver e incluso tocar un piano de cola Bösendorfer. Pablo se la había ofrecido porque él no tocaba el piano, ya que era su mujer la que lo utilizaba y, al quedarse viudo, sabía que Gabriel era una persona amante de la música y deseaba dejar ese recuerdo tan vivo de su mujer a alguna entidad o institución cultural. Con ese motivo quería contar con el consejo de Gabriel.


Mientras se afeitaba se miró al espejo y se preguntó: ¿será posible que alguien me pida consejo sobre un asunto tan importante? Sin darse cuenta recordó unos versos admirables de Vicente Aleixandre:


“si quisieras preguntar algo a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos”


Pensaba trabajar antes de la visita en la preparación de las partituras pero, ante esta reflexión, decidió ir a desayunar en el bar. Le encantaba la idea de sentarse en su mesa preferida y saludar a Emilio y a Elisa, su esposa, excelente cocinera y mujer simpatiquísima, que siempre y en todo momento sonreía de forma muy agradable.


- Qué suerte has tenido Emilio – le decía Gabriel de vez en cuando – No es fácil encontrar a una mujer como Elisa, y además que sea tan buena cocinera.


Emilio siempre aceptaba complacido estos elogios y Gabriel, después de saludar a los clientes que se encontraban en el bar, se acomodó en su mesa preferida, siempre cerca del ventanal que tanto le gustaba. Le daba la sensación de estar sentado en el palco de un teatro, desde donde podía observar el ambiente exterior y los personajes que, a veces, cruzaban por ese escenario. A esta sensación contribuía el tono moderado que Emilio había conseguido establecer en el bar. Le recordaba a Gabriel esos restaurantes franceses en los que era un privilegio hablar con los amigos sin molestar a los vecinos, a diferencia de la costumbre española de hablar a gritos cuando hay más de un comensal. Esto, según le confesó Emilio, lo había conseguido dando personalmente ejemplo, hablando en voz tenue, sin dar voces desde la barra del bar.


Gabriel aprovechaba esta circunstancia para, mientras bebía su café, meditar en silencio y escribir sobre su libreta las ideas que, de vez en cuando, provenientes del interior de la tierra o del espacio afloraban en su mente. Ahora, verdaderamente, se encontraba “entre los otros”


Recordaba muy bien cómo conoció a Pablo. Desde el ventanal del bar le había visto muchas veces andar despacio por la acera enfrascado en la lectura de un periódico. Siempre así y en todas las ocasiones de una forma solitaria. No parecía tener amigos, no frecuentaba ninguna tertulia. Alguna vez entró en el bar del señor Emilio a tomar un café en la barra, pero siempre solitario, aunque demostraba un talante encantador y una educación exquisita. Emilio le contó que era un hombre muy inteligente, doctor en filosofía, que había escrito libros muy importantes y que había venido a vivir al pueblo hacía unos años para atender a su esposa que, según rumores, padecía una enfermedad incurable.


Gabriel no conocía esta historia y siempre había pensado que era un hombre misántropo. Varias veces se cruzó con él en la acera saludándose muy cortésmente, pero sin intercambiar ningún comentario. Pablo seguía después su paseo totalmente enfrascado en la lectura de su diario. Parece ser que su esposa murió después de una penosa enfermedad y siempre le tuvo a su lado, pendiente de ella hasta en el más mínimo detalle.


Al pensar en la muerte de esa mujer, recordó Gabriel aquellos versos que escribió un día con gran desesperación:


“no sé si soy el todo o soy la parte,
si lo demás existe o es un sueño,
si soy sustancia o polvo amontonado”


Porque nada entendía sobre la naturaleza y la vida humana. Se hacía miles de preguntas y nunca recibía respuesta. Quizás Pablo, que era un eminente filósofo, le aclararía algún día esos interrogantes.


Pensando en cosas tan tristes, el camino se le hizo muy corto y, antes de darse cuenta, había llegado a la casa de Pablo. Era esta una casa de piedra de dos pisos, con un pequeño jardín. Si bien por fuera era como todas las demás casas del pueblo, por dentro se había realizado una decoración muy elegante. Muebles de madera de caoba, alfombras persas, óleos de pintores importantes, librerías atestadas de libros y fotografías dedicadas de personajes importantes de la cultura, A simple vista se apreciaba que el dueño era un intelectual de prestigio.


Pablo Andrey era una persona mayor. Gabriel le calculaba unos setenta años de edad. Era alto, delgado y tenía el pelo blanco. Usaba gafas doradas y tenía un rostro afilado, que denotaba cierto aire académico. Su voz era profunda, los ojos grises y sus manos delgadas. Iba siempre perfectamente vestido con un traje azul marengo, unos zapatos italianos de color negro, camisa blanca impecable y corbata de rayas azules.


Recibió a Gabriel muy amistosamente.


- Querido amigo - le dijo estrechándole su mano derecha con las dos suyas - Estaba deseando que vinieras a conocer mi casa. Nos hemos saludado tantas veces por el pueblo y he oído hablar tantas veces de ti…Sé que tocas el piano y que te gusta la música. Por eso deseaba confiarte la idea que tengo sobre este piano. Acompáñame, por favor.


Gabriel le siguió hasta un salón que daba al jardín de la casa, que se veía muy bonito a través del ventanal. Era un piano de cola negro. El sueño para un amante del piano. Sobre él descansaba doblado un precioso mantón de Manila, que debería haber sido usado por su esposa. Pablo quitó cuidadosamente el mantón, levantó la tapa del piano, abrió el teclado y, quitando el tapete verde que protegía las teclas, le dijo:


- Es todo tuyo, Gabriel.


- Esto es un sueño, amigo Pablo – dijo – no me atrevo a tocar esta joya.


Pablo, disponiendo el taburete, le invitó a sentarse.


- Claro que sí, Gabriel. Aunque no se toca desde que murió mi mujer, lo afino todos los años. Me gustaría que interpretases algo para volver a oírlo.


Gabriel se sentó en el taburete, se frotó los dedos y miró pensativo al teclado. Colocó lentamente sus manos en posición y comenzó a tocar música de piano de Frederic Mompou. Había elegido el coro y danza Nº 6, porque creía que era la composición de Mompou que producía más resonancia a las cuerdas del piano. En efecto, era como un sonido de campanas, vibrante, profundo. Pablo miraba entusiasmado y sus ojos grises comenzaron a brillar a través de los cristales de las gafas, quizás por el reflejo de la luz del jardín.


- Es un piano magnífico, Pablo. – comentó Gabriel emocionado – Es la mejor marca del mundo. No tiene precio.


Pablo no le contestó. Puso en el atril una partitura y le pidió que la interpretara. Gabriel leyó la partitura con toda atención dos veces y la depositó en el atril. Comenzó al principio con gran cuidado y esmero, pero a medida que completaba la ejecución dejó rienda suelta a su espíritu musical y se entregó totalmente, olvidando incluso la presencia de Pablo. Toda la casa se llenó de acordes, brillantes unas veces, acariciadores otras, plenamente musicales siempre. Gabriel sintió que algo desconocido le guiaba por la partitura y le embargaba una emoción desconocida hasta entonces. Algo que flotaba por todo el ámbito del salón y le transmitía una fuerza hasta ahora olvidada. Pablo, apoyado en la pared de la habitación, tenía completamente cerrados los ojos.


Gabriel dejó libre el sonido de los acordes finales, que fueron diluyéndose poco a poco, hasta completar un silencio hondo, total. Levantó lentamente sus manos y se giró en el taburete, mirando a su amigo.


- Es una obra escrita por mi mujer Marianne de Nanteuil - confesó Pablo con voz emocionada – era una compositora de alto nivel. Estudió música en el conservatorio de París, porque allí nació y nos conocimos en una reunión de intelectuales en el Centro de Estudios Superiores de Fontainebleau. Podría haber hecho una carrera musical excepcional, pero prefirió venir a vivir conmigo a Madrid y aunque siguió trabajando la composición y el piano, tuvo la desgracia de enfermar. Tuvimos que venir a este pueblo por prescripción médica. Nada pudimos hacer a pesar de nuestros esfuerzos durante diez años para combatir su terrible enfermedad. Tocaba el piano diariamente hasta que perdió el movimiento de sus manos.


Gabriel escuchaba silencioso. Había presentido la naturaleza de la obra y de hecho, algo le había impelido a ejecutarla con pasión. Pablo le invitó a acompañarle a una habitación que tenía dedicada casi totalmente a biblioteca y le ofreció una taza de café. Se sentaron cerca de una librería que ocupaba toda la pared cerca de la que había una mesita y dos sillas.


- Es un café suave, tipo americano – le dijo mientras servía las tazas - Este pétit café viene muy bien a media mañana. ¿Dónde estudiaste tú música, Gabriel?


- Estudié la carrera de piano en el Conservatorio de Madrid becado por el Estado. Hice solfeo, armonía, composición, coral y terminé la carrera de piano, pero no pude comenzar dirección de orquesta. Estudié Ciencias Económicas por la Universidad a Distancia. Pasé dos años en París al ganar una beca de studioss superiores de piano en el Centro Maurice Ravel, y luego tuve que venir a vivir con mis padres al pueblo para cuidar de ellos hasta su fallecimiento. Ahora mi trabajo consiste en la traducción de libros y mi aportación a varias publicaciones literarias.


- Entonces se puede decir que eres escritor ¿Haces novela, ensayo, poesía?


- Trabajo en todas las áreas que puedo, pero tengo que confesar que para mí la poesía es lo más importante. Claro que la poesía no te deja vivir desde un punto de vista económico, por lo que mi trabajo consiste principalmente en colaborar como asesor literario en una editorial. También, y de forma puntual, doy algunas clases particulares de piano y de matemáticas. Las matemáticas y el piano van estrechamente unidas.


Pablo comenzaba a sentirse muy a gusto con esta conversación. Durante bastante tiempo estuvo hablando de Marianne, de su capacidad intelectual y artística, de su belleza, de la armonía y delicadez de movimientos, de su afán por aprender, de su simpatía natural. No jerarquizaba sus elogios hacia ella. Fue una desbordante descripción de cualidades que transmitía a Gabriel con los ojos enrojecidos, pleno de añoranzas y tristezas.


- Comprenderás, Gabriel, mi deseo de salvaguardar su recuerdo con este maravilloso piano que tantas veces tocó para mí. Quisiera buscar una solución y no sé por qué he pensado que tú podrías ayudarme.


Gabriel recordó un poema que había escrito unos días antes:


” he de buscar la suerte de los hombres valientes,
de aquellos que vacilan pero jamás se esconden,
que se enfrentan audaces a los inconvenientes
y nunca hacen preguntas, pero siempre responden”


Animado por este recuerdo, le contestó:


- Pablo, amigo, creo firmemente en tu idea de constituir una fundación con el nombre de Marianne de Nanteuil. Esa fundación podría tener entre sus objetivos el apoyo a la cultura de este pueblo y desarrollar la vocación musical en sus jóvenes. Estoy a tu completa disposición para trabajar en este proyecto, si aceptas mi colaboración. Este piano puede llegar a ser la recuperación cultural de este pueblo, llegar a ser parte esencial de un proyecto en que colaboren escritores y artistas, un taller en que se trabajen y perfeccionen los valores de nuestra gente.


Pablo se levantó, se acercó a la biblioteca, eligió un libro, lo abrió y leyó unos versos del poema Ítaca de Constantinos Kavafis:


“Ten siempre en tu pensamiento a Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero nunca vayas deprisa en tu viaje”.


Luego, acercándose y mirándole a los ojos, le dijo:


- Gabriel, te agradezco mucho tu ofrecimiento, que acepto. He leído estos versos de Kavafis para decirte que mi Ítaca es la memoria de Marianne y este piano puede ser un medio más para conseguirlo, pero que nuestra labor será difícil y nos costará mucho tiempo y esfuerzo. Por ello, a partir de este momento cuento contigo para dedicarnos conjuntamente a muestro objetivo sin prisas y con talento.


Continuaron hablando hasta el mediodía, enfrascados en desarrollar sus ideas y todo quedó planeado. Se constituiría una Fundación, se buscarían apoyos institucionales, personas que pudieran ayudar a llevar a cabo el proyecto. Gabriel, después de despedirse, volvió andando pensativo hacia su casa.


Al pasar por delante del bar del señor Emilio, observó a las personas que estaban dentro en esos momentos y pensó: “aquí está los otros” como decía Vicente Aleixandre:


“Allí están todos, y tú los estás mirando pasar.
¡Ah, sí, allí, cómo quisieras mezclarte y reconocerte!


- ¡Habrá que comenzar el proyecto cuanto antes! - meditó inquieto - Este pueblo necesita un germen de productividad social y cultural, abierto y claro, que venga “de los otros”. No podemos estar siempre en manos de los políticos o de los gobernantes. La iniciativa privada debe transfundir su sangre y su valor a las instituciones, mejorando las relaciones entre las personas y el nivel cultural del pueblo. Tengo la esperanza de que la sencilla historia de este piano pueda abrir el cauce necesario para el desarrollo cultural y humano de sus habitantes.




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