lunes, 6 de julio de 2015

Viaje hacia el mar.


Apareciste tú de nuevo,
sobrevolando las rocas,
girando tus alas como una libélula,
despidiendo chorros de colores
enredados en transparentes muselinas
de alas plateadas,
y seguí deslumbrado el camino que,
atravesando las llagas de la plana,
conduce hacia tu centro
inevitable,
hacia tu remolino
de olas y de gaviotas.

¿Pudieron ser los azules, los blancos,
el rumor de las olas,
la templanza del aire,
la algarabía de los pájaros,
el silencio de los almendros,
el olor del azahar,
la inmanencia de tus naranjos?

Mis ojos siguieron la ruta
encendida e ilusionada
hacia tu imagen,
en una mañana de cálidos reflejos
esparcidos por los montes,
por un aire lleno de
semillas de oro,
de trémulos y errantes
molinillos blancos,
intentando descifrar tu esencia
a través de los sonidos,
de los colores,
de las distancias,
hasta llegar a ti
en una transición anhelada
y contemplar otra vez
la espuma de tus olas.

¿Podré ver el mar,
sin cegarme el centelleo
de las crestas plateadas
de las rompientes,
llegaré a traspasar
estas colinas eternas
que alargan el camino y encontrarme
cerca de la veladura azul
que te bordea
y que se extiende hacia el horizonte,
como una llanura ilimitada
que no desborda
ni rebasa los márgenes,
pero se alza como una pared
en la lejana perspectiva?

¿Me verá a mí el mar?
¿Me cederá algo
de su inmensa quietud
para amansarme
en este desconcierto
de la sorpresa,
del encuentro inevitable
tantas veces intuido?

La brisa deposita sus cristales
de lluvia
en mis ojos abiertos
y mis párpados
son brasas enrojecidas
por el esplendor del sol.
Las heridas de la espera
se cierran
con la sutura del encuentro,
y ya sólo queda el parpadeo
del horizonte,
la palpitación acelerada,
el desconcierto de los sentidos,
el olor especial a salitre
que empapa mi cuerpo cansado
y que me envuelve
y acaricia en suaves oleadas.

Plenitud, transitoria eternidad
de las formas
y de las sensaciones
que en un momento superan
la capacidad del alma.
El tiempo ya no existe, se disipan
las alas plateadas y los colores
que, a borbollones,
huyen de la plana.

Todo es quietud ahora,
expectante reposo,
anticipación
de nuestro inminente
y sustancial reencuentro.


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