domingo, 19 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD.

La Virgen y el Niño. Carlo Maratta.



Querid@s poetas: Nuestro padrino de boda, el poeta Gerardo Diego, nos envió a Peque y a mí la felicitación de la Navidad 1977 con el poema que transcribo a continuación. A tod@s os deseamos que estas navidades os acompañe el Niño Dios.


¿De dónde le viene la luz
a la luz de la nieve?
Está el Niño rompiendo su capullo
y ya se le ve la sonrisa.

Ay, que no puedo,
que nos arde y deslumbra
esa luz que nos ciega y enamora.
Déjame cerrar los ojos ahora.

Ay, que a mis párpados llama
esa luz que nos besa y nos quiere,
esta luz que sonríe y no llora.
Déjame abrir los ojos ahora.



jueves, 16 de diciembre de 2010

Un amanecer especial.

Vértice geodésico Cabeza Mediana.





Un amanecer especial.


 

Esa noche tuvo Gabriel un único pensamiento, ver el amanecer del día siguiente. Quería ver cómo se asomaba el sol sobre las cumbres del Guadarrama, espiar los movimientos de la vida emergente en  ese campo que tanto amaba, contemplar el despertar de las  flores, los primeros vuelos de las aves, respirar los primeros aromas de la madrugada, abrir los ojos a las luces del alba y sumergirse en la vida que se iniciaba en derredor. Se  levantó, por tanto, cuando la noche declinaba, la luna intentaba escabullirse ante los primeros rayos del sol y los grillos entonaban sus últimos cantos. Era tal el silencio que oía crujir las vigas de madera de su techo, que trataban de dilatarse un poco para huir del frío de la noche.


Encendió la luz de la mesa camilla de su dormitorio, enrolló una bufanda alrededor de su cuello,  abrió su carpeta de hojas blancas y, de frente a su balcón, mirando unas veces hacia el cielo aún estrellado y otras hacia la carpeta, comenzó a meditar en medio de ese absoluto silencio. De vez en cuando, escribía a lápiz unas cuantas líneas. Su intención era recordar por escrito algunos momentos de su vida en esa maravillosa tierra del Guadarrama y anotar aquellas de sus ideas y poesías que se ajustaran a sus recuerdos. Porque realmente, pensó, vine a este pueblo “a compartir mi pluma, mis ideas y toda la poesía que pude recoger en la palma de mi mano” y ahora debo terminar mi estancia en él  porque ”mirando  al mar abierto de mi vida, descubro que mi barco ya ha pasado”.
En la noche seguía reinando la oscuridad. Sólo destacaba la luz del lucero, ese blanco lucero que avistaba todas las madrugadas cuando intentaba descubrir  desde su balcón las luces lejanas de los pueblos del Guadarrama.  En una de sus poesías Gabriel le había preguntado al lucero: ¿Es ésta la noche de los poetas, la siempre cantada, noche clara y misteriosa, cómplice de amores eternos a la luz de la luna? ¿Es esta la noche de las rondas, de las juergas tabernarias, de los desafíos, de los amantes nocturnos? e intuyó que el lucero contestaba: “No, Gabriel, ésta es la noche de la despedida, del desasimiento, de la profunda tristeza”.
Entonces recordó otro de sus poemas: “amo a la noche de las caricias y de los susurros, de las meditaciones, de la lectura a media luz y las confidencias en voz baja, amo contar historias a los niños cerca de la lumbre del hogar, mirar la luna a través de las ventanas, contar sílabas rememorando sensaciones y soñar con la llegada de un nuevo día de luz y de esperanza”.
Esta noche estaba realmente triste y deseaba que amaneciera.
En el campo, entretanto, la vida comenzaba entonces a despertar. Los pájaros empezaron a moverse para ocupar posiciones en las ramas de los árboles, dando pequeños aleteos  para  vigorizarse antes de volar. Disminuyó el canto de los grillos y algunos insectos iniciaron su efímera vida. El sol, asomando con fuerza sobre las cumbres de La Pedriza, sembraba gradualmente de colores el campo. Gabriel había escrito hacía algún tiempo un poema, pidiendo ”que empapen mis pulmones los olores del bosque, que musgos  y tomillares aniden en las piedras y solares y presten su humedad a los alcores”.
Pero la tristeza que sentía ahora no tenía comparación como la que tuvo al conocer en su infancia la enfermedad de Quico, el niño azul, el hermano de su amigo Santos y las lágrimas de su madre, desconsolada, mirando al cielo.
Ahora, con el lápiz en la mano sólo pudo escribir este poema:“Cuando escribo me olvido de la categoría y busco casi siempre lo sencillo y humano, no siempre lo consigo, e intento la armonía entre lo que persigo y lo que viene a trasmano, huyendo a ser posible de la sensiblería”, pero “añoro de mi infancia, con gran melancolía, el canto de los grillos, las noches del verano, el olor de los campos al despuntar el día y el rumor de las fuentes que abre el hortelano para regar la tierra que abrasa la sequía”.
Y es que recordaba su infancia como una edad maravillosa, la edad del descubrimiento de los nidos, de la captura de conejos, de la persecución de lagartos y lagartijas, de los saltos sobre los montones de paja en la época de las eras, del baño en los charcos y regatos, de la búsqueda de los huevos de las gallinas y el refugio con sus amigos en los escondites infantiles ideados entre  matorrales, robles y  encinas.
¿Cómo podría olvidar aquella historia del murciélago en la casa de Dios? Pensó en  lo que le dijo una vez Alberti a Vicente  Aleixandre: ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…? Siempre recordaría la enorme nariz de Eugenio, el sacristán, la pandilla de chiquillos vestidos de monagos llevando el copón al párroco Don Julián, el reposo silencioso del murciélago debajo del coro y el momento de encender los focos para ver el retablo, teniendo presentes   los versos humanos de César Vallejo: ¿de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares?

La luz del día dominaba con su claridad todo el espacio y Gabriel, abandonando esos buenos recuerdos, se asomó al balcón para volver a mirar el paisaje que tanto amaba.  Respiró hondo y llenó sus pulmones de aire fresco. Los arbustos de jara, florecidos y olorosos, se extendían a su alrededor. A lo lejos, entre los jarales, emergían grupos de pinos altos y de copa redonda. La vegetación cubría todo el espacio hasta la línea de horizonte que dibujaban los montes del Guadarrama. Unos tordos volaron en la altura en dirección noroeste. Después de unos instantes regresó a su mesa camilla.

¿Y cómo olvidar la historia de la cruz de Miguelito, el hijo pequeñito de Dios? El señor Ramírez había regalado una cruz de plata sobre una base de mármol blanco y alguien la robó de la iglesia del pueblo. Nadie sabe que, pasados unos meses, Miguelito bajó al río, muy cerca de La Rinconera, para escudriñar los sitios donde se criaban los sapos. No estuvo muy seguro y por eso no se lo contó a nadie, pero muy en el fondo del río, y tapado por unas hierbas espesas, creyó ver un, casi imperceptible, reflejo blanco y plateado. Gabriel recordó aquel río truchero al que fueron a pescar juntos Miguelito y él. Su agua descendía por el río sin turbulencia pero con mucha rapidez, sin verse el fondo de esa masa incolora, quizás un poco oscura, que le hizo recordar la poesía de Juan Ramón Jiménez:”No se ve el agua, pero en su presencia oscura, se baña la desnudez eterna para la que el hombre es ciego”.

El tiempo fue pasando demasiado deprisa al evocar estos recuerdos y Gabriel  los escribía con ansia, como si fuera absolutamente imprescindible dejar ese testimonio personal  en las cuartillas blancas de su carpeta. Pensaba ir a desayunar al bar del señor Emilio una vez terminado ese trabajo que se había impuesto. Se quitó la bufanda, que ya no le era necesaria por haber subido la temperatura y estiró sus brazos, descansando por unos momentos de escribir.

Recordó aquellos versos que escribió un día después de una introspección personal: “amo la soledad mas acepto lo cercano, el silencio me llena más que la algarabía, me avergüenza  mucho hablar cuando yo soy profano, ansío la libertad, valoro la teoría y a todo el que me habla le considero hermano”. La palabra hermano le llevó a recordar a los amigos perdidos en el tiempo o en el espacio.

 ¿Cómo olvidar a Luis, un hombre de gran formación y espíritu abierto, vecino del pueblo, fallecido en Saint Gallen al poco tiempo de empezar una nueva vida en Suiza? ¿Por qué fue su destino tan cruel? ¿Por qué no pudo estar con él en esos momentos terribles y estrechar su mano con fuerza para reincorporarle a la vida?

La guerra perdida con Claudio fue también una experiencia dolorosa y triste. Al menos, sin embargo, pudo estar con él, entregarle su amistad y distraerle en aquellos momentos tan difíciles y dolorosos. Recordó a Claudio narrando su peregrinación  a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y la confesión de que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

“Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade. No es miedo,  acepto  lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro”. Recordó cómo tendió su mano y le apretó fuertemente su antebrazo. Al perder Claudio su guerra aquel atardecer del otoño, desapareció de repente, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Muy gratificante fue sin embargo su amistad con el señor Raimundo. Antes de llegar a su casa, Gabriel había ya perdido cualquier referencia con el pueblo, sumergido entre jaras y matorrales, empapándose en esos aromas de lándano y de tomillo que tanto le embriagaban, siempre mirando al Guadarrama, recordando aquello que dijo José Hierro en su poema :  “Qué sosiego volver, hablarte, abrazarte con mis miradas”.  A partir de su conversación con el señor Raimundo alrededor de su chimenea, Gabriel quedó muy tranquilo al pensar en lo futuro, en lo inaccesible. Nunca lo olvidaría, el señor Raimundo no iría nunca al infierno. Esto le resolvió muchos problemas, recordando en esos momentos a Gabriela Mistral  “sin saber tú que vas yéndote, sin saber yo que te sigo, y seguimos, y seguimos, ni dormidos ni despiertos”.

La conversación con Santos en la “cena de los hombres” fue asimismo muy gratificante. Gabriel pensó que había sido oportuna y había finalmente contribuido a transformar el primer beso de Ana y Santos en una feliz unión matrimonial. Durante la cena, allí  arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil  y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y  participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.

Cuando la amistad entre las personas es auténtica, puede haber un intercambio de pensamientos entre dos amigos que ayuden a esclarecer los planes futuros individuales, como ocurrió entre Gabriel y Andrés en sus charlas de la fisura, contemplando la lluvia a cubierto mientras comían sus bocadillos de jamón y sorbían su café caliente. Y miraban los campos y quebradas recordando el poema  Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Quizás el encuentro con Ernesto en “Los robledos” al pie del monumento al guarda forestal fue el más reflexivo y hondo de los habidos en sus excursiones por el Guadarrama. Las referencias a las teorías de Teilhard de Chardin, sobre  la “unificación” o “la unión” le habían hecho recordar a Luis Cernuda en su poema “las ruinas”: “todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”.

El encuentro con Tomás Enciso y su guiñol de títeres le había emocionado, al tratarse de conectar con personas que trabajaban en la vida con seriedad y vocación. Por eso, al pensar en ello siempre recordaría que yendo hacia el ayuntamiento para preparar la organización del guiñol, el cielo estaba muy azul  y Gabriel, al mirarlo, pensó en esos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces - cosas de viejo -pienso que mis lágrimas son también azules”.

Muy emocionante y espiritual fue su encuentro con Gabino Sánchez en la iglesia del párroco Don Julián, donde descubrió que se puede hablar con Dios fumando, por muy escondido que se esté en los últimos bancos y la soledad en que vive de un hombre viudo, aferrado a su tierra y con entrega al Dios en que cree. Inolvidables aquellos versos de Elvira Daudet que le hizo recordar la sorpresa de Gabino cuando se interesó por él: “inesperadamente existo, alguien me piensa más allá de las pálidas fronteras de los años quemados”.

¿Y como olvidar a Don Ricardo, ese entregado médico de familia, auténtico médico de pueblo, capaz de sobrellevar fracturas y dolores y entregarse personalmente para cuidar de sus enfermos?

Los recuerdos afluían a su mente  en torbellinos y la punta de su lápiz se desgastaba en las hojas blancas que había situado encima de su mesa. Gabriel dejó de escribir, se asomó de nuevo al balcón y llenó sus pulmones de aire fresco. Recogió los papeles, se aseó lentamente, meditando en las ideas y emociones que había recordado durante esas horas y se dirigió al bar del señor Emilio para desayunar.

Después de saludarle,  tomó como desayuno un café y dos grandes  rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Después, durante bastante tiempo, estuvo ordenando sus hojas blancas y escribiendo algunas líneas en una de ellas. Finalmente, después de pagar su desayuno se dirigió a la cocina y abrazó a Elisa con un cariñoso abrazo. Al salir, se despidió del señor Emilio y salió lentamente a la calle.

El señor Emilio se dirigió a la mesa donde había estado desayunando y observó que había olvidado encima de la mesa, doblada, una hoja. La recogió y, desdoblándola, leyó en ella: “Amigos del Guadarrama, esta es mi tierra, tan pegada a mí por el viento y el agua, que se ha convertido en mi propio barro, del color de mi propia carne. Si tengo ocasión, enterraré en ella mi corazón y lo repartiré  para que se disuelva en  pedazos, unos en esta mi tierra, otros en mi historia,  el resto diseminados  en la vida de los demás”.

Afuera, en la calle, el sol incitaba a vivir, el cielo azul a soñar y la algarabía de los pájaros sonaba como una música lejana. Gabriel  decidió descansar de una noche tan especial y encaminó sus pasos hacia el campo, su campo del Guadarrama, entregándose a una meditación profunda que le explicase las razones del esplendor de su tierra.





martes, 14 de diciembre de 2010

Fantoches y marionetas.




Grabado del Gran Guiñol. Francois Maréchal.



Fantoches y marionetas.

El campo, siempre vivo y agitado por el viento en la montaña, a veces oscuro por las nubes pasajeras, a veces brillante y definido por le fulgor del sol, se vuelve apacible y silencioso más abajo, casi al borde de sus laderas, entre rebollos y encinas, serenando el espíritu del caminante que busca el silencio de la naturaleza para meditar. Gabriel solía pasear en ese entorno del Guadarrama las mañanas de los sábados. Caminaba lentamente por las sendas entre árboles y matorrales y, empapado de naturaleza, rememoraba los poemas leídos durante los últimos días, absorto en el estudio de los versos, emocionado ante la creatividad de los poetas.

“Es asombroso” – pensaba –“los poetas son los notarios y registradores que dan fe y apuntan las creaciones del espíritu. Si no fuera por ellos no se conocería ese magma de ideas y ensoñaciones que se consolidan con su palabra”.

Cerca del mediodía, tenía la costumbre de visitar el bar de su amigo, el señor Emilio. Se sentaba en su mesa habitual, cerca del ventanal, tomaba un vaso de vino tinto del país, a pequeños sorbitos, disfrutando de su olor y su sabor, siempre mirando a su querida sierra del Guadarrama. Se acordó de la conversación que tuvo un día con el señor Emilio sobre la forma de beber el vino.

- Ese señor que se acaba de ir acaba de llegar de la ciudad – comentó mientras recogía el vaso y guardaba la botella.

- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Gabriel.

- Porque los que vienen de la ciudad beben el vaso de un trago, como si tuvieran algo urgente que hacer. Nosotros, los de pueblo, bebemos sin prisa y saboreamos lo que hacemos. Esa es la diferencia.

Divertido ante este comentario, Gabriel volvió a recordar esa poesía de Baltasar del Alcázar:

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé
pero delicada fue
la invención de la taberna,

porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
pídenlo, dánmelo, bebo,
págalo y voyme contento.

Gabriel prefería, por supuesto, beber despacio y permanecer sentado a su mesa preferida, disfrutando de la tranquilidad de ese sábado.

Al cabo de unos minutos, entraron en el bar dos personas. Ricardo González había conseguido ganar recientemente la plaza de secretario del ayuntamiento y llevaba dos meses viviendo en él. Era un joven despierto, de mediana estatura, aspecto deportivo, simpático y conversador, que se había hecho amigo de Gabriel desde los primeros momentos. De pelo castaño y ojos muy negros, vestía traje completo de color gris y corbata azul. Su voz era profunda y agradable y sonreía por cualquier circunstancia. Era soltero y vivía en un apartamento proporcionado por la alcaldía.

Venía acompañado de un personaje singular, que llamó la atención de Gabriel desde el primer momento.

- Gabriel – dijo Ricardo acercándose a su mesa – Quiero presentarte a mi amigo Tomás Enciso. Desearíamos charlar contigo un momento.

- Claro que sí, amigos – contestó Gabriel, estrechando su mano - sentaos a mi mesa y tomad un tinto conmigo.

El recién llegado le pareció a Gabriel un personaje de cuento. Era un hombre mayor, de estatura pequeña, muy delgado, y vestía una ropa que, aparentemente, era dos tallas superior a la suya. Su pelo blanco, muy largo, se deslizaba como una cascada sobre sus hombros. Llevaba unos pantalones muy anchos, de cuadros grises y de color azul marino y un jersey de lana, evidentemente casero, por los grandes nudos de que estaba confeccionado. Una bufanda de vivos colores rodeaba su cuello, cayendo su extremidad por encima de un hombro sobre su espalda. Su nariz era aguileña, sus ojos diminutos y su mirada escrutaba todo cuanto veía. Al estrechar su mano, Gabriel advirtió una gran fortaleza en sus dedos.

- Perdona, Gabriel – dijo Ricardo – sólo quería que charlases un momento con mi amigo Enciso, que es de mi total confianza. El problema es que el acalde está hoy en Madrid resolviendo unos asuntos y no puedo dejar sólo el ayuntamiento. Por favor ayúdale en lo que puedas. Tienes todo mi apoyo a lo que decidáis, por supuesto.

El señor Emilio les trajo una frasca de vino, otro vaso, y unas almendras de aperitivo, Ricardo partió hacia el ayuntamiento y allí quedaron los dos hombres manteniendo una conversación que se produjo de forma muy natural y fue convirtiéndose poco a poco en un encuentro ciertamente interesante.

- Perdone esta rápida intromisión – dijo el recién llegado – el señor González me dijo que usted podía ayudarme mejor que él para llevar a cabo el asunto que me trae a este pueblo.

- Estoy a tu disposición, amigo, siempre que nos tuteemos, si te parece bien – contestó sonriente Gabriel.

- Por supuesto, olvidemos el usted. El asunto que me trae a este pueblo viene dado por mi profesión. Estoy interesado en montar el domingo una sesión pública de marionetas con mi guiñol. Voy a recorrer los pueblos del Guadarrama para representar unas obras escritas por mí y me han comentado que si triunfo aquí tendré seguramente las puertas abiertas para trabajar en los demás ayuntamientos. Yo he venido con mi esposa en la furgoneta de que disponemos y podríamos montar el guiñol delante del edificio de vuestro ayuntamiento. Las obras que he escrito son farsas divertidas y muy interesantes dentro de esta materia teatral. Las marionetas pueden ser muy bien acogidas por el público. La extensión es de aproximadamente una hora y el precio es muy asequible.

- Y tu esposa. ¿dónde está?

- Se ha quedado haciendo la compra aprovechando la mañana mientras yo trataba este asunto con el ayuntamiento. Se llama Marie, es francesa y llevamos treinta años casados. Somos una pareja indestructible – dijo riendo.

- ¿Me estabas diciendo que trabajabais con marionetas? ¡qué interesante! ¿Te refieres a esos muñecos que aparecen en el escenario del guiñol y chillan con voces agudas si son buenos y graves si son malvados?

- Bueno, las marionetas o títeres son figurillas o muñecos de trapo, madera o cualquier otro material, que usamos para representar mis obras de teatro. Las voces femeninas corresponde utilizarlas a mi esposa para dar voz a las mujeres, niños y brujas si llega el caso y yo pongo mi voz a los títeres varones o malvados.

- ¿Y vosotros manejáis esas marionetas con cables o con hilos?

- Nosotros somos muy modestos, trabajamos los títeres de guante, tanto mi esposa como yo. Los títeres los movemos con las manos, de un modo clásico, es decir, utilizamos el dedo índice para la cabeza, corazón y pulgar para los brazos. Es bastante difícil este trabajo, pero lo llevamos haciendo hace muchos años, y lo hacemos bastante bien. Yo me encargo de crear las historias y los personajes, fabricamos entre los dos los muñecos, los vestimos, memorizamos la farsa y representamos las obras. El escenario lo dividimos horizontalmente en tres partes iguales y luego verticalmente en otras tres partes, logrando con el cruce nueve cubículos. Así sabemos dónde colocar a los títeres en nuestra actuación siguiendo lo escrito en la obra.

- Lo que me estás contando es muy interesante. No creo que haya problemas para que montéis el guiñol. Si necesitáis electricidad, os podéis conectar directamente al ayuntamiento, donde hay muchas sillas almacenadas que os pueden prestar para que el público pueda ver cómodamente vuestra función. Después hablaré con el párroco del pueblo para que hable de vosotros en la iglesia y nos ayuden los jóvenes en la instalación del teatro guiñol y de las sillas. ¡Ojala tengáis éxito!

- Entonces, Gabriel, nos ponemos a trabajar en la preparación del sitio y distribuiremos unos avisos sobre la hora de la función. Iré ahora mismo a contarle al secretario nuestra conversación. Muchas gracias por tu ayuda.

- Hay tiempo suficiente, Tomás. Mientras Marie hace tranquilamente su compra, podemos charlar con tranquilidad y tomarnos otro vino. Quiero hacerte una pregunta delicada. Vuestro trabajo es duro. ¿Lo hacéis sólo por necesidad o también por vocación?

- Esa es una pregunta difícil de contestar, Gabriel. Intervienen los dos factores, pero para ser muy sincero, lo que más me empuja es mi vocación y mi amor por el teatro. Yo soy un hombre que desde pequeño he estado enamorado del teatro.

- ¿Y cómo nació esa vocación? Me tienes intrigado. Tomás, y yo soy un hombre tremendamente curioso.

Tomás bebió un pequeño sorbo de vino y, mirando hacia el ventanal comenzó a contarle en voz queda y pausadamente su historia.

Fue el hijo único de una joven viuda que trabajaba como cocinera en un pequeño bar cercano al principal teatro de la ciudad de Santander. Desde muy pequeño, además de estudiar en la escuela municipal, ayudaba a su madre por las tardes en el bar haciendo recados. Como era un chiquillo muy vivaz y simpático, todo el mundo le quería, sobre todo los actores que representaban obras en el teatro, a los que llevaba bocadillos y cafés desde el bar. Allí empezó a ver todas las obras de teatro, aprendiéndose de memoria muchos de los papeles. Trataba de imitar las voces y los gestos de los actores, y fue adquiriendo sin apenas darse cuenta un amor muy grande por el teatro.

A partir de ese momento, leyó mucho de los papeles que caían en sus manos y representaba algunos a hurtadillas, declamando en alta voz y simulando gestos y posturas. Como era tan servicial y simpático, los actores fueron divirtiéndose con sus comentarios y le ayudaban a perfeccionar su tono de voz y sus posturas. Cuando podía visitaba los camerinos de los actores, que le dejaban enredar en el vestuario y ver cómo se caracterizaban, Tomás fue creciendo entre bambalinas, en un ambiente divertido y encantador.

Al llegar Tomás a cierta edad, sus profesores se habían enterado de sus conocimientos y le ayudaron a participar en muchas funciones teatrales realizadas en el instituto, llegando a crearse una sólida fama de intérprete. Tomás fue leyendo libros sobre teatro y se pasaba horas en la biblioteca pública leyendo obras de los más famosos autores teatrales. Aprendió la conocer las diferentes clases de obras teatrales, gustándole mucho el sainete, el entremés, el paso y la farsa, pero sobre todas el melodrama.

A partir de estos conocimientos, comenzó a escribir pequeñas obras, que presentó en alguna editorial, sin que llegasen a apreciar su talento, acabando por escribir su gran obra, un drama de características tristes que no tuvo tampoco éxito.

Por ser hijo de viuda logró salvarse de realizar el servicio militar. Aprovechando los pequeños ahorros logrados trabajando de camarero, Tomás decidió, con gran pena de su madre, ir a Francia durante algún tiempo para probar fortuna. Allí conoció a su actual esposa, Marie.

- Siento mucho hacerte perder el tiempo con la historia de mi vida, Gabriel, pero quiero terminar contándote que Marie y yo, para vivir, logramos instalar un teatro guiñol y trabajar en él durante todos estos años. El acento francés de mi esposa es muy atrayente para el público y el diseño que hace de los títeres es muy bueno. Hemos vivido hasta ahora bastante bien, dentro de nuestro nivel, pero ahora se presenta una excepcional oportunidad para nosotros, porque se está organizando en la ciudad de Segovia un espectáculo de marionetas y fantoches a nivel internacional que creo se va a llamar Titirimundi. Si logramos salir adelante a lo largo de nuestro recorrido por los pueblos del Guadarrama, podremos presentar un programa de fantoches de tamaño medio en la ciudad. Eso nos puede situar en un buen nivel profesional y garantizar nuestro futuro. No hemos podido tener hijos, pero mi madre vive todavía y nos gustaría ser capaces de atenderla y que viva con nosotros con un nivel de vida aceptable, si eso es posible.

Durante toda esta conversación, Gabriel había estado pensando en las palabras mágicas que recordaba de niño y que de nuevo venían a través de su imaginación infantil: polichinelas, personajes burlescos, hadas, trasgos, princesas, marionetas, fantoches, dragones, títeres y una lista numerosa de personajes de ficción, como brujos, hechiceros, y magos. Escuchando el relato de Tomás, sintió una enorme ternura y le dijo:

- Tomás, vamos a buscar a Marie y vamos a armar el mejor guiñol que nunca se ha visto en la sierra del Guadarrama.

Salieron del brazo en dirección al ayuntamiento. El cielo estaba muy azul, Recordó Gabriel al mirarlo estos versos de Rafael Alberti; “El cielo es todavía muy azul, tan azuladamente azul que, a veces, me hace llorar y entonces – cosas de viejo –pienso que mis lágrimas son también azules.

Adentrarse en el bosque.






Adentrarse en el bosque.

Caminar y caminar
sin un proyecto,
no ver nunca la luz,
esquivar las sombras,
mientras los árboles te miran,
inánimes;
quizás un débil temblor,
un estremecimiento,
algún sonido,
pero siempre la soledad
y el silencio.






lunes, 6 de diciembre de 2010

La fisura.

Sendero a La Pedriza.


El Yelmo.

Las cuatro damas.


La fisura.




La fisura.

Gabriel siempre se había preguntado por qué llamaban “señor Emilio” al dueño del bar del pueblo, cuando se hablaba de él, y no simplemente Emilio, sin que hubiese ninguna razón objetiva para ello. Quizás fuese un tratamiento atávico, un respeto histórico a los antiguos señores principales de la comarca o una simple costumbre que alguien comenzó y luego todos siguieron por inercia. La verdad es que él se merecía este digno tratamiento, porque era un hombre muy amable, simpático y buena persona, desprendiéndose de él una imagen de auténtico señorío. Completaba su imagen la dignidad de su mujer Elisa, compañera de su vida durante muchos años, que trataba a los clientes con gran cortesía y amigabilidad.

Gabriel frecuentaba su bar, generalmente para beber un café y una copa de orujo después de las comidas. Pero ese día había decidido sentarse en una de sus mesas de mármol para comer el plato que Elisa cocinaba los jueves, su fabuloso cocido madrileño.

El clima de la primavera, en las tierras del sur del Guadarrama, es de modo general muy agradable. Sin embargo, confirmando el refrán de “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, amanecían ciertos días bastante fríos e incluso las auroras llegaban a parecer septentrionales. Esta situación climatológica empujó decididamente a Gabriel ese día hacia el hogar de Elisa y su cocido. Pensaba en la sabrosa sopa humeante que iniciaba el festín, y no sólo le gustaban los condimentos añadidos a los garbanzos para sazonar ese magnífico plato, como el chorizo ahumado al fuego, la morcilla de cebolla, la panceta, ese delicioso tocino blanco de cerdo de matanza, y el bien conocido morcillo de ternera. Lo más importante era el grado de cocción que daba Elisa a los garbanzos grandes y tiernos de la tierra castellana, que se deshacían en la boca, dejando un aroma de esencias inolvidables.

Gabriel se acomodó en una mesa cercana al ventanal del salón y comenzó a saborear una copa de vino tinto, denso y cálido, que le sirvió el señor Emilio. A través del cristal pudo ver los brotes de las hojas en desarrollo en los árboles de las aceras, el vuelo de algunos pájaros en el cielo, las altas nubes y más allá la lejana silueta del Guadarrama. Recordó esos admirables versos de Juan Ramón Jiménez: “mirar bien al horizonte, extasiarse en lo indeciso…”

Absorto en estas ensoñaciones, fue despertado por alguien que le saludaba cordialmente.

- Hola, Gabriel, ¿puedo sentarme contigo?

El que así hablaba era un hombre joven, alto y delgado, de aspecto universitario. Su pelo era rubio y usaba gafas que otrora se llamaban “Truman”, en recuerdo de las lentes diminutas del que fue presidente norteamericano, que le conferían realmente un aire inteligente. Vestía de manera informal un jersey de punto de color beis, camisa blanca, pantalones oscuros de un color indefinido y unos zapatos marrones con una suela de goma muy ancha. Estas suelas le permitieron acercarse a Gabriel de un modo silencioso, sorprendiéndole en sus ya notorias ensoñaciones, bien conocidas por sus amigos del pueblo.

- Andrés, qué sorpresa – contestó – hacía mucho tiempo que no te veía por el pueblo. Pues claro que sí, dile al señor Emilio que estás incluido en mi mesa para ayudarme a disfrutar de esta espléndida comida. Estás invitado. Siéntate y cuéntame qué es de tu vida.

Andrés se sirvió un vaso de vino y brindaron amistosamente.

- ¿Has venido con Ana, tu mujer?

- No, se quedó en Madrid, arreglando unas cosas – respondió Andrés con tono impreciso.

- No la veo desde la boda de Angeles y Santos, ¿Te acuerdas de ellos? Están muy enamorados. Todo empezó en aquella famosa “cena de los hombres” de hace unos años – recordó con añoranza - Cómo pasa el tiempo, y qué felices son.

En ese momento llegó el señor Emilio y comenzó a servir la sopa preparada por Elisa. Su olorcillo, sabrosísimo, invadió por un momento el espacio de ambos amigos. Comenzaron a tomar la sopa, lentamente, aspirando su aroma, degustando su exquisito sabor.

- Esta sopa parece un bebedizo de amor – comentó jocosamente Gabriel.

Andrés tomaba cucharada tras cucharada en silencio. Mantenía la mano izquierda bajada, debido quizá a la costumbre adquirida en la Universidad de Boston, ejerciendo de profesor de español durante tres años, puesto que le fue concedido gracias a sus excelentes calificaciones obtenidas en sus estudios de filología hispánica.

Gabriel decidió mantenerse en silencio durante un buen rato, pero deshizo ese silencio al llegar el plato de cocido.

- Algo te pasa, Andrés. Cuéntamelo mientras paladeamos este cocido. Despacio, porque tenemos mucho tiempo y no son muchas las ocasiones que tenemos de estar juntos. Vivir en Madrid tiene muchas ventajas para ti, pero me hace estar distante de las personas que, como tú, necesito y quiero.

- Perdona, Gabriel, pero hoy no es mi día para contarte nada. Estoy pasando malos momentos y preferiría estar a solas contigo, tranquilos y sin ruidos. ¿Qué te parece si nos vamos juntos a pasar un día en La Pedriza?

- Eso está hecho. Si quieres podemos ir mañana mismo Yo me hago responsable de llevar provisiones en mi mochila de campaña. ¿Estás de acuerdo?

- Sí, Gabriel, mañana pasaré a recogerte a las nueve y desayunaremos aquí.

Los dos amigos estuvieron charlando tranquilamente sobre los amigos comunes, sus trabajos y las noticias de actualidad. Terminaron tomando el tradicional café con orujo y visitaron la cocina para felicitar a la cocinera por su obra maestra.

Gabriel se despidió de su amigo. Regresando a casa, volvió a mirar al cielo y a los pájaros y a las nubes, que se movían impulsadas por el viento, adoptando múltiples figuras. Unas veces eran tirabuzones, otras aves veloces, otras diversos animales que se creaban y deshacían a gran velocidad. Jorge Luis Borges se preguntó un día: ¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura del azar?

Al día siguiente, una vez desayunados, los dos amigos fueron hasta el pueblo de Manzanares el Real en un viejo coche Citroen 2CV que Andrés había comprado a su vuelta de su residencia en la universidad de Boston. Estaba muy orgulloso de su compra porque, según se había rumoreado, el mismo arzobispo de París manejaba uno similar. Estacionaron el coche cerca de la plaza del Ayuntamiento y comenzaron una caminata, que duraría aproximadamente dos horas, hasta El Yelmo. Gabriel conocía muy bien el camino y al poco rato, saliendo del pueblo, caminaron por senderos de tierra y piedras entre jarales de poca altura, vaguadas con grandes almohadillones de matorral y pisos de piedras sueltas.

- ¿Te cansas, Andrés?

- La verdad es que había olvidado lo que es caminar por la montaña – dijo Andrés – pero tenemos que llegar a las praderas al pie del Yelmo. No puedo creer que vaya a visitar otra vez esta cumbre.

- Iremos hacia esas praderas y allí podremos descansar y comer.

El camino discurría por la imponente estructura de rocas, disfrutando los dos amigos de unas excelentes vistas panorámicas. Hablaban poco, sólo unas palabras de vez en cuando, porque el camino ascendiente era bastante fatigoso. Gabriel, en silencio, contemplaba laderas abajo el mar de jarales. El día había amanecido un poco gris, y una neblina blanca serpenteaba entre ellos. Años más tarde recordaría esos parajes al leer el poema “Octubre” de Luis García Montero:”a veces mar abierta, pero a veces niebla y distancia”.

Caminar despacio, pero sin pausa, en silencio, oyendo las pisadas sobre las piedras sueltas, sabiendo sin embargo que no estaba solo, le resultaba muy agradable, impulsándole a cantar en su interior aquella canción francesa que les enseñó Alicia, la nueva maestra de la escuela, una pelirroja menuda que presumía de haber pasado las vacaciones con sus tíos, emigrantes en Francia: “un kilomètre a pie, ´ca use, ca use, un kilomètre a pie, ca use les souliers”.

Comenzó a tararear suavemente esa música y Andrés se unió de inmediato. Caminando juntos bajo el mismo compás fueron ascendiendo lentamente hacia el objetivo señalado en un simpático clima de compañerismo.

En el tiempo previsto, llegaron a la hermosa pradera al pie de la enorme mole granítica de color rosado que simulaba el protector de la cabeza de un gigante armado y preparado para la guerra. Allí, sin embargo, no había ningún atisbo de guerra. Una paz inmensa reinaba en toda la zona. Gabriel abrió su mochila de campaña para sacar las provisiones que había preparado para esta excursión.

La mochila de Gabriel era una caja mágica. De su reducido interior sacó un pequeño mantel, servilletas y vasos de papel, dos latas de cerveza, una botella de agua y un termo de café, dos grandes bocadillos de jamón y, lo más importante, un bote de pepinillos alemanes, grandes y sabrosos que eran su debilidad gastronómica.

- Me gusta comerlos en la montaña, Andrés, ya sabes que soy un gourmet barato – dijo riéndose.

Pero, sin darse cuenta, y a gran velocidad, el cielo se había cubierto de densas nubes grises que presagiaban lluvia. De hecho, empezaron a caer unas gotas. Tuvieron que recoger rápidamente las cosas dentro de la mochila y miraron a las rocas buscando un refugio donde guarecerse. Gabriel recordaba, de sus antiguas excursiones, la existencia de una brecha en la pared rocosa, muy accesible sin necesidad de escalar. Rápidamente se dirigieron a la fisura y se internaron en ella, a tiempo para evitar una lluvia que, en primavera, puede convertirse de repente en un diluvio.

La hendidura de la roca era suficientemente amplia para sentarse los dos amigos y desde allí contemplaron el maravilloso espectáculo de la lluvia cayendo sobre las rocas y jarales, impregnado el aire de un aroma de tierra mojada, sumándose las nuevas gotas a las antiguas humedades. Gabriel ya había vivido otra vez esta experiencia y había sentido esa sensación primitiva de verse protegido de la naturaleza por la naturaleza, del miedo a lo exterior por el amparo de lo interior, y pensó en aquello que escribió Claudio Rodríguez: ¿se oye cómo el agua se está hablando a sí misma para siempre?

- ¿Qué te parece, Andrés, si empezamos con la cerveza y los pepinillos?

Abrieron las botellas y el frasco de los pepinillos alemanes y, sintiéndose seguros dentro de esa enorme fisura en la roca, brindaron por la oportunidad que habían buscado de encontrarse allí y renovar su vieja amistad, bebiendo la fría cerveza y saboreando los deliciosos pepinillos.

- Bien Gabriel – dijo Andrés – creo que tengo la suficiente confianza en ti para comentarte que estoy pasando momentos de difícil convivencia con Ana. Estaba deseando comentar esta situación contigo porque sé que eres prudente y puedes mantener en secreto mis confidencias. Realmente no sé lo que nos ocurre, pero nuestra relación se está deteriorando por momentos, hasta el punto de que ni siquiera el nacimiento de nuestra hija ha consolidado nuestro amor. Yo creo que Ana, al ser norteamericana y venir a vivir a España, añora su país, su familia, sus amigos, y yo no soy capaz de reemplazarlos, debido a que por mi trabajo como profesor, no dispongo del tiempo suficiente para atenderla. ¿Crees que ella será infeliz con nuestra vida actual y querrá volver a su país?

Gabriel escuchaba atentamente las explicaciones de su amigo, pensando cómo enfocar este grave problema y poder aconsejar alguna idea positiva que le pudiera ayudar en sus decisiones.

- ¿Por qué no se lo preguntas? – dijo – ella podrá explicarte lo que piensa y tú ayudar en todo lo que sea necesario.

- Es difícil que ella me explique lo que siente – replicó Andrés – conocer un hombre lo que piensa una mujer es algo casi imposible.

Gabriel le miró profunda y directamente a los ojos y le contestó.

- Pero hombre, Andrés, qué cosas dices. Estoy seguro de que si se lo preguntas, ella sabrá explicarte lo que piensa. Lo importante es que ella quiera hablar contigo de ese tema y eso lo tienes que conseguir tú. ¿Recuerdas la paradoja del gato de Schrödinger?

- He oído hablar de ella, pero no la recuerdo.

- Hablando con toda sencillez, se trata de un gato que metieron en una caja de cartón, con un mecanismo que, si lo ponía en marcha el propio gato, resultaba envenenado. Desde fuera no se sabía si el gato había accionado el mecanismo y había muerto o no lo había accionado todavía y estaba vivo. Por lo tanto, el gato, desde fuera, en ese momento podía estar vivo y muerto al mismo tiempo.

- ¿Y eso qué tiene que ver con mi problema? – dijo Gabriel.

- Pues mira, para saber si el gato estaba vivo o muerto, era necesario sencillamente abrir la caja. Pues lo mismo pasa, en mi opinión, con lo que piensa Ana. Para saber lo que piensa tienes que lograr que te lo explique. Tienes que abrir esa caja de cartón en la que está encerrada, para saber si vuestro amor está vivo o muerto.

- ¿Y cómo crees tú que eso puede conseguirse?

- Creo que lo importante en una pareja es el plan de vida que quieren seguir. Yo recuerdo que mis padres se sentaban de vez en cuando en la mesa de la cocina y charlaban entre ellos sobre sus problemas, Lo hacían con toda seriedad, y se transmitían sus pensamientos, tomando conjuntamente las decisiones que ellos consideraban necesarias para suavizarlos o resolverlos, Lo hacían, claro, con toda sinceridad y con amor. Yo creo que deberías hablar con Ana de forma algo similar a lo que expresaba Angel González en su poema "Símbolo":”pronunciar las palabras elementales, llorar de vez en cuando, vivir como si nada hubiese sucedido”. De esa forma, si queréis seguir el plan de vida que en su momento elegisteis, lo importante es lograr que estéis unidos, aquí o donde sea, pero unidos por vuestro amor.

Durante mucho tiempo estuvieron hablando los dos amigos. Lo importante en esos momentos, pensó Gabriel, era tranquilizar a Andrés, empujándole cariñosamente a un acercamiento más personal con Ana y descubrir abiertamente sus problemas para, de acuerdo con su formación personal, tomar decisiones basadas en un plan de vida decidida y compartida por la. pareja. Realmente no podía aconsejarle de otra manera, porque no creía que era su papel entrar en suposiciones subjetivas, con el riesgo de que sus consejos pudiesen dañar esa tan personal y difícil situación.

En el exterior la lluvia estaba siendo cada vez más leve. Los dos amigos, mientras charlaban, dieron cuenta de sus bocadillos y bebieron el café del termo, sintiéndose muy unidos. Al terminar definitivamente la lluvia y empezar a brillar el sol, decidieron regresar. Esta vez cantaban con más alegría la canción francesa de marcha que les había enseñado la nueva profesora del pueblo, la pequeña pelirroja.

Desde la altura en que estaban se podían ver las cumbres de la Pedriza, iluminadas por el sol, realzando sus figuras, aquellas que quiso Gabriel reflejar en unos versos que escribió recordándolas:

Las formas se iluminan con la clara
luz del sol que alumbra y fortalece,
lejos, azul y blanca, resplandece
sobre unas nubes grises, Peñalara.

¿Emergen en el mar de los jarales
pájaros de granito, catedrales?
Cuando se oculte el sol y acabe el día,

mi espalda sobre ti, mirando al cielo,
yo quiero verme allí, montaña mía,
fundido entre las rocas de tu suelo.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Los Robledos.

Monumento al guarda forestal.

Monasterio del Paular.




Los Robledos.


Gabriel sentía ocasionalmente la necesidad de encontrarse solo en medio de la naturaleza, andar por el campo de su tierra del Guadarrama, descubrir senderos inéditos, perderse en sus pinares, trepar por los caminos y vericuetos de sus montañas, escalar sus laderas y pisar sus rincones más escondidos.

Disfrutaba aspirando el embriagador aroma del tomillo, el romero y el espliego a pleno sol, el olor característico de la jara y la sabina en los sotobosques y el frescor de la menta y la yerba en los húmedos pastizales nacidos a los pies de los arroyos y ríos que descendían de las montañas.

Esa mañana se despertó a las ocho. Se encontraba en plenas vacaciones de verano y decidió ir a la montaña para pasar un día inmerso en esa fascinante y envolvente naturaleza. A esa hora tan temprana sólo en el bar del señor Emilio tenía la oportunidad de tomar el desayuno e incluso, si así lo deseaba, hacerse con unos espléndidos bocadillos de jamón y una botella de agua para llevar en su pequeña mochila de montañero. Tomó como desayuno un café y dos grandes rebanadas de pan tostado con aceite de oliva virgen y miel. Le encantaba ese pan de pueblo, con un sabor especial a masa de trigo tostada y el señor Emilio conocía el punto exacto de tueste que convertía el desayuno en un festín de aromas y sabores.

Tan feliz se sintió después de tan apetitoso desayuno que, recordando aquellos versos que escribió el poeta francés Charles Baudelaire en su ”musa enferma”, se dirigió a su amigo, el señor Emilio, diciéndole: aquí, amigo, en tu bar


“ reina el padre de los cantos, Febo y el grande Pan, señor de los trigales”.

Se despidió así de él, que le vio partir divertido y asombrado por ese arranque de extravagancia poética, fruto de lo contento que se sentía.

Satisfecha su hambre y decidido a pasar un día muy agradable, se puso la mochila, cogió el bastón y se dirigió hacia la carretera principal, en dirección a la montaña.

Después de caminar una hora por la carretera asfaltada, se adentró por unas dehesas de fresnos y encinas, sintiendo el frescor del aire que movía sus ramas, hasta llegar a una zona de sombras y humedades. Allí paró durante un rato, se sentó sobre un viejo tronco caído y bebió un largo trago de agua. El gorjeo de un pájaro entre las ramas de los fresnos, le recordó esos versos tan conocidos de Jorge Luis Borges, dirigidos a un poeta menor:


“en el éxtasis de un atardecer que no será una noche, oyes la voz del ruiseñor de Teócrito”.

Una vez descansado, reinició la marcha hasta llegar al poco rato al inicio de una pista forestal bien conocida, con ánimo de dirigirse hacia el vértice geodésico y disfrutar desde su monolito de las maravillosas vistas de esa parte interior del Guadarrama, los matorrales de alta montaña, los robles, pinares y fresnos, los sotos y las riberas de sus ríos. Qué distinto era este paisaje del granítico circo de La Pedriza, que solía también recorrer con frecuencia y refugiarse entre sus rocas para disfrutar del increíble silencio que allí encontraba.

Siguiendo la pista, se adentró en los pinares que cubrían densamente la ladera de la montaña. Vio el paso fugaz de una ardilla, que se escondía entre los pinos, asomándose a ratos para no perderle de vista, rodeando los troncos y trepando por sus ramas a una velocidad de vértigo. El suelo estaba lleno de pinochas que crujían bajo sus pisadas y le acompañaban con el sonido de sus chasquidos, dando noticias de su existencia. El olor de la resina y de los matorrales envolvía la atmósfera de un cálido y amigable ambiente. Gabriel utilizaba de cuando en cuando su bastón para evitar unos posibles traspiés en el caso de no detectar algún hoyo oculto por la pinocha, como le había sucedido alguna vez.

Unos cientos de metros más arriba, la pista desembocó en una gran pradera, en medio de la cual estaba el conocido monumento al guarda forestal, una roca erguida sobre la pradera y rodeada por un robledal. Este era el Mirador los Robledos, el más importante de la parte este de la sierra. Desde él podía verse el valle del Lozoya, sobrevolando el Monasterio del Paular y el pueblo de Rascafría.

Ligeramente cansado por la subida del último kilómetro, Gabriel decidió descansar un rato cerca del monumento al guarda forestal, antes de reiniciar la subida hasta el vértice geodésico. Se sentó en un banco de madera para disfrutar del paisaje con tranquilidad, depositó la mochila al lado de sus pies, estiró las piernas y respiró tranquilo, disponiéndose a disfrutar de ese momento de descanso.

Llevaba unos minutos descansando, casi adormecido por el bienestar que sentía, cuando de repente sintió un movimiento a su alrededor. Un perro pequeño, de pelo negro y raza parecida al setter, se acercó corriendo hacia él, con claras muestras de alegría, dando pequeños saltos. El pelo lo tenía muy rizado y limpio, y en su mirada había una clara evidencia de amistad. Gabriel le recibió alargando sus manos inmediatamente para acariciarlo y el perro se estrechó junto a él, dejándose acariciar.

- Se llama Thor, como el dios nórdico – dijo una voz de hombre a su espalda.

El hombre que así hablaba era mayor, casi un anciano. Iba muy abrigado para el tiempo que hacía. Llevaba una cazadora de piel, guantes, pantalones de pana gris, unas botas marrones de piel con suelo de clavos, una gorra da piel con orejeras, que apenas dejaba salir algún mechón de pelo blanco y una barba canosa y mal cuidada. Sus ojos eran muy oscuros y en sus cejas, hirsutas y todavía oscuras, se dibujaban algunas zonas de pelos canos y rizados que le daban quizás un aspecto de descuido y abandono.

- Me llamo Ernesto – dijo el recién llegado con voz grave y pausada.

- Yo me llamo Gabriel y vivo en un pueblo de esta comarca - se aventuró a decir con la voz más amistosa posible.

Se saludaron estrechándose la mano y se sentaron ambos sobre el mismo banco. Thor siguió remoloneando cerca de ellos, investigando huellas o rastros de otros perros o animalillos.

- Viene a disfrutar de esta magnífica vista, ¿verdad, Gabriel?

- Sí señor, y no es la primera vez – contestó Gabriel-. Vengo todos los años aquí. Es como una especie de imán que me atrae con fuerza y no puedo resistir su atractivo.

- Lo comprendo perfectamente, porque a mí me sucede lo mismo. Y yo vivo muy cerca de aquí – contestó Ernesto – en el Monasterio del Paular.

- ¿Es usted uno de los monjes benedictinos? - preguntó asombrado Gabriel.

- No hijo, yo trabajo como jardinero en el convento. Y no sólo me ocupo de la jardinería, sino que trabajo bastante en la limpieza de los exteriores. Por eso voy siempre vestido un poco abrigado, aún con buena temperatura ambiente. Yo ya tengo setenta y seis años, pero soy fuerte físicamente.

- Perdóneme, amigo Ernesto, pero del modo con que usted se expresa, deduzco que usted es algo más que un jardinero.

- No, amigo, sólo soy un jardinero. Los buenos benedictinos me alojan y cuidan y yo les correspondo con mi trabajo. No se asombre. La historia de mi vida es larga. En mis mejores épocas fui un buen estudiante de filosofía y hasta llegué a doctorarme en lenguas orientales. Me presenté hace unos años al abad del monasterio para solicitarle trabajar como jardinero, pero me rechazaron por muchos motivos, entre otros por mi edad. Sin embargo, tanto insistí, que me admitieron a trabajar, extraoficialmente, claro, y allí sigo, agradecido por su generosidad.

Gabriel se quedó mirándole fijamente a los ojos, sin entender nada. No podía creer que existiese esta situación. En un mundo tan oficialista y legal como el actual. Este momento le pareció asombroso. Lo había expresado mucho mejor Luis Cernuda en su poema “las ruinas”:


“todo lo que es hermoso tiene su instante, y pasa. Importa como eterno gozar de nuestro instante”

- Pero usted vive en el convento, por lo que usted participa en la vida conventual. ¿Asiste usted a los actos religiosos de la comunidad benedictina?

- En absoluto, Gabriel. Bueno, alguna vez he asistido a maitines. Tenga en cuenta que esta es una zona muy fría en invierno y los monjes me permiten unirme a ellos. Aprovecho la ocasión para comentarle que es asombrosa la vocación religiosa de estos hombres. Sólo así se puede comprender los esfuerzos a los que se someten y la fortaleza con que los soportan.

- ¿Entonces, no es usted religioso, Ernesto? – preguntó directamente Gabriel.

- Gabriel, ser religioso es aceptar unas creencias o dogmas, que generalmente se refieren a un ser divino. Este es un problema sobre el que he estado reflexionando toda mi vida. Ser religioso nos lleva a la aceptación de la existencia de Dios. Yo, por el momento, creo firmemente en los hombres. Y usted, Gabriel ¿cree en Dios?

- Hablando claramente, Ernesto, si creer es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está demostrado o comprobado, me resisto a creer. Si creer es tener algo por verosímil o probable, puede que me esté aproximando. Si creer es sospechar algo, puede que esté aún más cerca de ese concepto divino. Por lo que respecta a creer firmemente en los hombres, como usted, pienso que los hombres debemos seguir trabajando por la perfección del universo, para lograrlo desde la evolución natural y que ese trabajo debe ser conjunto y recíproco. De todos modos, he reflexionado siempre sobre estos temas y tengo enormes dudas y una gran intranquilidad interior.

- Ha tocado el tema fundamental, Gabriel. Dicho en palabras de Teilhard de Chardin, tenemos que decidir entre la “unificación” o el hecho de que el universo se unifique por la simple agrupación de los elementos entre sí, naturalmente en una atmósfera estrictamente impersonal, o la “unión”, es decir que el universo se unifique bajo la influencia de algún “supremamente uno” ya existente, al que podríamos llamar Dios.

Guardaron silencio durante un buen rato. Gabriel recordó unas líneas de uno de los versos de San Juan de La Cruz:


“no diré lo que sentí, que me quedé no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”

Dos hombres juntos, sentados al pie del monumento al guarda forestal pensando sobre la posible existencia de un ser superior, mientras miraban el maravilloso paisaje que se abría ante ellos. Gabriel ofreció uno de sus dos bocadillos de jamón a Ernesto.

- Ernesto, yo venía con la idea de subir hasta el vértice geodésico, pero con esta conversación que hemos iniciado no quiero reemprender una ascensión tan fatigosa y dejar de hablar con usted de un problema tan interesante. ¿Le parece bien seguir reflexionando juntos sobre este tema?

- Naturalmente, Gabriel, me gusta la idea, sigamos. Yo tengo que reincorporarme al monasterio dentro de una hora. Teniendo en cuenta el tiempo de regreso, puedo dedicarme a esta reflexión durante media hora más.

El tiempo fue consumiéndose en una animada charla. Gabriel nunca hubiera sospechado que iba a tener un encuentro tan interesante. Acabaron despidiéndose con un abrazo y prometiendo Gabriel visitar a Ernesto en el monasterio para seguir esa honda reflexión compartida, que también, pensaba Gabriel, podría confundirse con una oración conjunta.

Al descender por la pista forestal, Gabriel percibió en los pinos una ligera neblina que se enroscaba alrededor de los troncos y las ramas. No sintió esta vez el ruido de sus pisadas sobre la pinocha ni apareció la ardilla que le espiaba durante la subida. Invadido por el silencio que le rodeaba le vino a la memoria aquel poema que escribió unos días antes:

"no hay razones, sólo fantasmas disueltos
en la neblina de tu historia,
que te han contado pero que no has vivido"

domingo, 28 de noviembre de 2010

Angeles y Santos.












Angeles y Santos.

Santos y Gabriel habían sido invitados por primera vez a la cena popular de hombres que se celebraba el día de la Virgen, como estaba establecido por la costumbre, en la plaza principal del pueblo. Durante varias horas, pasado el mediodía, las mujeres y niñas del pueblo prepararon mesas de madera a todo lo largo de la plaza, formando finalmente un enorme círculo. Sobre las mesas se dispusieron platos y cubiertos. En la rotonda de un parque lindante con la plaza, unos cocineros venidos expresamente para ello estaban preparando grandes paellas, adicionándose al arroz toda clase de condimentos, verduras, longanizas y embutidos típicos de la región del Guadarrama. A su lado, y dispuestos para asar carne, se había encendido carbón bajo unos soportes de rejas de hierro que servirían de parrillas para preparar el cordero asado del menú.

Estaba anocheciendo. La plaza fue totalmente iluminada por los faroles y en todas las mesas se encendieron velas situadas sobre platillos de cerámica. Sobre cada mesa se habían colocado botellas de vino tinto. Los hombres del pueblo fueron llegando y se fueron acomodando en las mesas.

- Vamos a sentarnos juntos – sugirió Gabriel.

La plaza, que estaba silenciosa mientras las mujeres hacían los preparativos, empezó a llenarse de ruido. Conversaciones en voz alta, risotadas, saludos. Los hombres decidieron sentarse con sus amigos y todos reían felices ante la perspectiva del banquete.

- Así debiera ser siempre – comentaba uno – los hombres juntos y servidos por las mujeres.

- Hoy vamos a tener una cena aún mejor que la del año pasado – decían varios.

Viendo la algarabía que se había organizado esperando que les sirviesen la cena, Gabriel recordó esos versos del poeta Baltasar de Alcázar:

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas de vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Y la fiesta comenzó. Las chicas del pueblo iban sirviendo unos platos de riquísima paella, y los hombres comían y bebían vino con una gran euforia. Hubo brindis anticipados por doquier y parecía que todos los convecinos estaban orgullosos de participar en la cena. Santos estaba feliz, admirado de que a sus quince años de edad le hubieran invitado a esta fiesta de hombres solos. La temperatura era templada para lo avanzado del año y el cielo se estaba cuajando de brillantes estrellas. La luna, muy blanca, posaba de perfil cerca de los montes, como queriendo participar de la fiesta sin que nadie se diera cuenta.

En la mesa que habían elegido para cenar Santos y Gabriel tenían como compañeros, entre varios otros, a dos militares jubilados, uno de ellos con el grado de coronel, ambos del arma de infantería, que les recibieron muy amigablemente e iniciaron con ellos una conversación sobre la Segunda Guerra Mundial. Gabriel sabía muchísimas cosas sobre esa guerra, pues durante años había jugado con los soldados de plomo elaborados por un amigo de su padre, que era un arquitecto muy germanófilo y había leído todas las revistas que tenía y que trataban sobre la misma. Como tenía muy buena memoria, recordaba los complejos apellidos de los generales alemanes, las batallas en las que habían participado y el desarrollo de esas batallas. Los militares quedaron asombrados de su erudición sobre este tema y le felicitaron efusivamente, brindando varias veces por él y recomendándole que siguiera la carrera militar.

Santos estaba silencioso, disfrutando de la conversación, pero no podía intervenir por su escaso conocimiento del tema. Gabriel, dándose cuenta, decidió empezar a charlar con él. En ese momento se acercó a ellos una chica de su misma edad, que se encargaba de servir el vino cuando veía que se acababa en las mesas. Era una joven muy atractiva, de melena larga de color castaño, ojos azules y un cutis muy blanco, Llevaba una blusa beis y unos pantalones del mismo color, pero más oscuros. Se había puesto un delantal blanco, ajustado a su cintura, lo que hacía resaltar su bella figura. Les sirvió vino, con una deliciosa sonrisa y charló unos breves momentos con Santos. Luego siguió su recorrido para atender a las demás mesas y se fue, como le dijo Juan Ramón a la flor:”con un vivo caer que es un morir, de dulzor, de ternura, de frescor”

- Es Ángeles, una amiga muy querida – comentó Santos – luego te contaré.

La cena siguió en pleno apogeo. A Gabriel le recordaba las escenas que pintaron los Brueghel, tipos clásicos del pueblo, guapas mujeres vestidas de fiesta, luces, colores, risas, vida bulliciosa, multitud. Le encantó ver reír a personas que siempre recordaba muy serias y fugaces. Allí estaban, quietos, permaneciendo en su sitio, rodeados por amigos y convecinos, disfrutando de una noche singular, el párroco don Julián, el alcalde, el secretario del ayuntamiento, el farmacéutico y, el más importante de todos, el señor Emilio, grande y bonachón, menos cuando le pedían una copa de Martini rojo en su bar: “en esta casa no hay nada rojo, gritaba enfurecido, aquí todo el vino que se sirve es tinto”

Una vez acabada la paella, y mientras llegaba los platos de cordero, Gabriel se decidió a preguntarle:

- Angeles es una joven muy bonita, Santos ¿la conoces mucho? – peguntó para iniciar la conversación.

Santos enrojeció un poco y le contó que la había conocido ese verano en la ribera del río, donde un grupo de jovencitas recogían flores. Había luego coincidido con ella varias veces en un bar del pueblo, donde solía acudir con las amigas. Y finalmente le confesó que un día pasearon juntos por el pinar y se besaron.

- Nada importante – susurró al oído de Gabriel – aunque es la primera vez que he besado a una chica.

Nada importante…pensó Gabriel, y recordó unos versos que él mismo había escrito unos días antes sobre el beso:

nuestro amor se produjo sólo en un instante,
cuando tu y yo cruzamos la línea de partida.

-Yo creo que nuestro primer beso es un momento muy importante de nuestra vida - dijo Gabriel - Quizás un beso sea el inicio de un amor eterno.

Santos se quedó pensativo durante un rato, Recordó efectivamente ese momento como algo importante, distinto, sobrecogedor. La emoción que sintió al besar a Angeles no la olvidaría nunca. La besó y quedó anonadado, invadido por un torrente de sensaciones nuevas, impensables, inusitadas. Recordó el frescor de su contacto, su deseo irrefrenable de entrega y sintió el temor de no intuir, de no saber.

- Pero Gabriel – dijo – no hay nada eterno. Tampoco el amor puede ser eterno.

- Santos, amigo mío, me estoy refiriendo al amor de los hombres, al amor que tú y yo podemos tener hacia los demás. Mira, yo creo que lo importante en la vida es crearse un plan, unos ideales, y seguir ese plan de vida. Si hay que convivir con una mujer, es importante que ese plan de vida sea conjunto y hacer lo posible para completar nuestra vida de acuerdo con él. Creo que deberías situar ese beso con Angeles en el centro de un plan de vida, si tú consideras que ella debe estar contigo para completar ese plan.

- De acuerdo, Gabriel, pero ¿qué tipo de plan de vida hay que establecer, en qué puede consistir ese plan?

- No soy yo quien puede definir ese plan, Santos. Pienso que lo correcto es que tú mismo realices tu plan, en función de la formación que has recibido y, sobre todo, de acuerdo con tu conciencia personal. Si Angeles y tú estáis enamorados, por muy jóvenes que os crean los demás, podéis prometeros un amor eterno, como yo escribí en un momento de reflexión personal “que sea la suma de vuestras esencias, no la absorción de uno por el otro, sino la mutua dilución, ella en ti, tú en ella, uniendo vuestras esencias en un todo irreversible y eterno” porque, como dijo el poeta Pedro Salinas, amor “es el hecho mágico, de que uno y uno sean dos”

Santos quedó en silencio reflexionando lo dicho por Gabriel. En ese momento llegaban los platos del asado de cordero, y creció el ruido de las conversaciones. Las mujeres iban y venían de una mesa a otra sirviendo los platos y recibían ovaciones, repitiéndose los brindis y las manifestaciones de alegría. Realmente era una gran fiesta. Gabriel buscó a Angeles con la mirada y después miró con ternura a Santos.

Allí arriba estaban, permanentes, las estrellas. La luna había dejado de estar de perfil y miraba más de frente, más blanca, más cercana, como queriendo integrarse en la fiesta y participar con su luz en la cena de los hombres del pueblo.












jueves, 25 de noviembre de 2010

La guerra de Claudio.


La guerra de Claudio.


Tenía un ligero temblor en las manos, pero cada vez que se aferraba al volante de su furgoneta se sentía más seguro y pensaba que nada le impediría realizar ese día su trabajo de reparto. Hoy no fue uno de esos días. Claudio llevaba repartiendo paquetes desde las seis de la mañana y ya no tenía fuerzas para realizar un trabajo tan duro. Debería haber dejado de trabajar por su avanzada edad y la mala salud que tenía, pero su voluntad era de hierro, ya demostrada cuando dirigió un batallón de voluntarios en la guerra civil. ¿Cómo comparar su trabajo con los esfuerzos realizados en la batalla en la que participó a una distancia de apenas cien kilómetros de su pueblo?

Claudio era muy conocido en el pueblo y era un gran trabajador, pero tenía muy pocos amigos íntimos. Debido a su trabajo, tenía pocas ocasiones de frecuentar algún bar y comunicarse con sus vecinos, porque tenía que recorrer toda la región para entregar los paquetes de una empresa madrileña de alimentación, para la que trabajaba por contrato exterior. Quizás su mejor amigo, casi el único, fuese Gabriel, que se había granjeado su amistad escuchándole en muchos momentos las historias que contaba de su intervención en la contienda. Los episodios que relataba solían ser muy emotivos, en los que recreaba situaciones de una dureza increíble con indudable veracidad. A Gabriel le gustaba mucho escuchar cómo relataba Claudio sus historias, con su voz profunda y serena, mientras saboreaba su copa de orujo en el bar al que llamaban “La taberna”, propiedad del señor Emilio.

Claudio era un hombre menudo, fibroso, tenía el pelo blanco, pero conservando mechones negros que todavía hablaban de su reciente madurez, Con la ilusión de acabar con sus crecientes zonas blancas, utilizaba una colonia que le habían vendido en una peluquería de Madrid que en realidad sólo había servido para dar a sus canas un desvaído color amarillento. Sus manos eran fibrosas y fuertes, aunque aparentemente delicadas. Sus ojos, profundos y negros delataban a un hombre de gran personalidad.

El señor Emilio, por el contrario, era un hombre grande, de anchas espaldas, muy calvo, de aspecto franco y apacible, manos y pies enormes y una sonrisa muy agradable, que trataba a todos sus clientes con enorme intimidad, por lo que era muy apreciado en el pueblo. Su bar era refugio de tertulias y de hombres solitarios, donde había una comida hogareña, preparada por su mujer Elisa, mujer encantadora que aplicaba muchísimo arte y sabor tradicionales a las comidas que, personalmente y por pedido concreto, servía.

Pero Claudio no estaba ese día para contar historias. Tenía un gran dolor de cabeza y sentía en su interior una sensación inexplicable de angustia. Había tomado una aspirina, pero no cejaba ese maldito dolor.

- No me encuentro bien, Gabriel - dijo a su amigo, mientras se sentaba a una mesa con él – perdona que te haya invitado a un café, pero es que necesito hablar.

- No hace falta que me invites a un café, Claudio – le respondió sonriente – ya sabes que me encanta hablar contigo.

Gabriel miró hacia el cielo. El día era espléndido, un día típico del otoño en la sierra del Guadarrama. El sol brillaba con intensidad, el aire era limpio y frío, y no era cuestión de despreciar una buena taza de café caliente. Las tazas fueron dispuestas sobre una mesa de mármol de las que tenía el bar. Los árboles de la acera ya se habían desprendido de sus hojas y el ambiente helador aconsejaba alojarse dentro del establecimiento. Observando sus troncos, Gabriel recordó aquellos versos de Juan Ramón: “como los mismos dioses, sin morir, os cambiáis, en pie, de árboles en mármoles”.

- A ver, amigo Claudio ¿qué te pasa? Preguntó Gabriel mirándole a los ojos.

- Quiero que esto quede para siempre entre nosotros, Gabriel – dijo con una voz suave y contenida encendiendo un “celta largo”.

Sorbiendo despacio su café, reflejando sus ojos un indudable fondo de tristeza, le dijo:

- Gabriel, tengo una enfermedad incurable. Me han diagnosticado un cáncer de pulmón muy avanzado. Calculan que tengo sólo días, quizás
un mes.

- Bueno, ya veremos – dijo Gabriel - hoy día se están descubriendo remedios y pronto esa enfermedad será curable. Lo importante es que luches, sigas los consejos de los médicos a rajatabla y no te rindas jamás. ¿Recuerdas, Claudio? como en la guerra. Hay que derrotar al enemigo. ¿Se lo has contado a tu familia?

- Mis dos hermanos no viven aquí y nos vemos muy de tarde en tarde. De hecho, la última vez que nos vimos fue en mi último viaje a Madrid, para renovar mi contrato con la empresa de alimentación para la que trabajo. Están casados, con un montón de hijos, y no creo que deba molestarlos mucho con la situación en que me encuentro. ¿Para qué amargarles este solterón la vida con algo que no tiene solución? Por eso te voy a dar su dirección y teléfonos por si sobreviene lo inevitable.

Gabriel le siguió mirando enternecido a los ojos. Recordando sus historias de la guerra pensó: “este es un jefe, valiente y el primero en dar la cara”. Estuvieron charlando hasta media tarde, orujo tras orujo, café tras café. Claudio narró su peregrinación a los médicos de Madrid, sus esperanzas, sus recaídas, la toma de medicamentos, su soledad en este pasaje de su vida y confesó que se sentía derrotado por un enemigo invencible.

- Esta guerra la voy a perder, Gabriel. Mi espíritu puede poco contra el designio de los dioses. Te pido que me ayudes a luchar contra esta angustia que me invade y que nunca había sentido. No es miedo, acepto lo inevitable, pero necesito alguien que me eche una mano en esta soledad en que me encuentro.

Gabriel tendió su mano y apretó fuertemente el antebrazo de Claudio. Recordó en ese difícil momento algo que había olvidado hacía mucho tiempo:

- Esta guerra la vamos a ganar, compañero.

Aquella conversación fue el inicio de una estrecha relación entre los dos hombres. Claudio dejó de trabajar y se recluyó en su hogar. Gabriel nunca había visitado su casa, porque sus encuentros habían tenido lugar casi siempre en el bar de Emilio, pero debido a la situación aprovechó cualquier momento libre para frecuentarla.

El otoño en el Guadarrama suele ser muy bello. El clima es mejor incluso que el de primavera, pero más frío. Es muy agradable pasear bien arropado viendo los colores amarillentos y cobres de las hojas caducas, que van cayendo intermitentemente sobre el suelo. Las casas se calientan con leña, pudiendo verse humear las chimeneas y sentir ese olor a madera quemada que envuelve a todo el pueblo, haciéndonos sentir la llegada del invierno. Comienzan a brotar las flores de los crisantemos en los pocos jardines existentes, y los mirlos siguen visitando los madroños, colaborando a que no se apague la vida bulliciosa de los pájaros que, poco a poco, van refugiándose entre los árboles para huir del frío.

Gabriel había decidido hacerse “ayudante de campo” de Claudio, cuya salud iba deteriorándose lentamente. No hubo forma de convencerle para su hospitalización en un sanatorio y se refugiaba en el salón de su casa, cerca de la chimenea, sentándose durante casi todo el tiempo en una mecedora, cubriendo sus piernas con una manta ligera y haciéndola mover continuamente apoyándose en los pies. Tenía casi siempre encendida una pequeña radio.

- ”Es para oír los partes de guerra” – decía con una sonrisa maliciosa.

- Bueno, de acuerdo, me sentaré a tu lado para oír juntos esas noticias – dijo Gabriel, poniendo una silla al lado de la mecedora.

Durante muchas horas y bastantes días, mantuvieron una estrecha comunicación los dos amigos. Gabriel tanteaba con precaución los temas, porque su objetivo principal era ayudar a su amigo en el dificilísimo trance que estaba pasando y no quería de ningún modo aumentar su angustia o su dolor. Como decía Jorge Guillén en su “Pietá”, “A sostener al hombre, A impedir su derrumbe”.

Poco a poco fueron debilitándose las fuerzas de Claudio. Vino a verle varias veces Don Julián, el párroco, para charlar con él, aunque sabía con certeza que era agnóstico, pero lo importante era, como le comentó a Gabriel, ayudarle a superar la soledad en momentos tan difíciles.

Como Gabriel no podía disponer totalmente de su tiempo, el párroco hizo un llamamiento a sus fieles, para encontrar a alguien que se hiciera cargo del enfermo durante varias horas, incluyendo las noches. Se hizo una colecta entre los feligreses y, con ayuda de todo el pueblo, se consiguió una importante cantidad de dinero para pagar un enfermero profesional, quien resultó ser una ayuda importantísima , ya que se hizo cargo de su aseo y cuidado personal. Esta solidaridad de la gente del pueblo confortó a Claudio, que se sintió querido y protegido por sus convecinos.

Gabriel fue dándose cuenta, a medida que pasaban los días, de que era Claudio quien estaba ocupándose de él, transmitiéndole la certeza de que la muerte es un hecho natural que conviene aceptar con serenidad. Este descubrimiento le impactó mucho, hasta el extremo de admirar su gallardía y, al mismo tiempo, su humildad.

La habitación en que estaban se había calentado mucho con la chimenea, por lo que Gabriel aprovechó un momento de descanso de Claudio, que cayó en un sopor tranquilo, para asomarse al balcón. Miró al cielo y, descendiendo lentamente su mirada, divisó las líneas montañosas del Guadarrama. Estaba anocheciendo y el sol, yéndose al pasitrote, iba despidiéndose de las cumbres una a una, derramando su luz con suavidad hasta que las laderas se oscurecieron. Era como una despedida íntima y silenciosa, un caminar lento hacia el otro lado del mundo. Había desaparecido, como dijo el poeta José Angel Valente, “la súbita concentración de luz visible de las tardes de otoño”.

Al cabo de unos días, comenzó a suceder lo inevitable. Claudio empezó a desmejorar notablemente, por lo que tuvo que quedarse en la cama, sin fuerzas para reincorporarse a su mecedora. Gabriel se turnaba con el enfermero en el cuidado del enfermo. No tenía fuerzas para comer ni incorporarse para beber. Tuvieron que habilitar unas pajitas con doblez para que pudiera beber sin levantar la cabeza de la almohada. Un día Claudio le susurró al oído: “Gabriel, mis hermanos”.

Al día siguiente vinieron los dos matrimonios desde Madrid. La casa se llenó , al principio de callados lamentos, pero después fue creciendo el tono de las conversaciones.

- ¿Cómo no habéis avisado antes? – decían.

- ¡Le hubiéramos trasladado a un hospital a la fuerza!.

- ¡En estos casos hay que explorar todas las posibilidades!.

Gabriel callaba, sumido en una terrible tristeza, sentado al lado de la cama, acariciando la débil mano del enfermo. Así pasaron las horas y llegó la hora de comer. Preguntaron por un restaurante y Gabriel les dirigió al bar del señor Emilio.
Esperó hasta que decidieran quién iba a quedarse con Claudio pero por unanimidad decidieron irse a comer juntos y salieron hablando entre ellos.

Gabriel quedó solo con su amigo, que intentó incorporarse y decirle algo al oído. Acercándose lo más posible a él, oyó débilmente:

- Hemos perdido la guerra, compañero – y murió dulcemente.

Gabriel cerró sus ojos y besó su frente. Acarició su cabeza y dejó descansar sus manos sobre la cama. Luego fue al salón y se sentó en la mecedora. A través del balcón pudo divisar una bandada de pájaros en dirección noroeste. Las brasas del hogar ardieron con llama durante un momento y se reflejaron en sus lágrimas.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Densidades.






Densidades.

Hoy pulvericé un terrón de tierra lentamente,
y la blanda arena se deshizo entre mis dedos,
transmitiéndome efluvios de siglos y milenios,
percibiendo vestigios de creación de mi vida
en el montón de tierra disuelto entre mis manos.
En ese polvo cósmico estaba mi retrato,
mi figura, mi frente, mis ojos, mi cabeza,
diseñado claramente y ahora reencontrado
en esos polvorientos terrones de mi tierra,
emblemáticos de un mundo que ha sido compactado
por las fuerzas ignotas de la naturaleza.
Estaba plenamente impregnada mi sustancia,
disuelta entre mis dedos, y no supe qué hacer,
me emocionó distinguir mi cara en el retrato,
besé la arena, lloré con ansia y desconsuelo,
apretándola estremecidamente entre mis manos,
me tumbé de espaldas con los brazos extendidos,
con los ojos abiertos y ofrecí mi persona
al misterio de la conjunción universal,
De modo que era verdad, que estoy hecho de tierra,
y he sido concebido por el fuego y el agua,
dibujado por espasmos telúricos y sismos,
moldeado en la arena, formada mi sustancia
con tierra de otros cuerpos amados y vividos
en la plenitud de su existencia temporal,
¿soy un montón de tierra convertido en arena,
un reflejo fugaz de la luz universal?
no sé entonces por qué estoy subiendo al suburbano
para ver a toda prisa la Quinta Avenida
y admirar el Art Decó ¿puede que tal distancia
aleje tanto a la realidad de mi sustancia?
el ruido de los trenes, los frenos chirriantes,
esa chica que me mira pero no me ve,
¿seré tan viejo ahora como cuando nací?
¿ está mi retrato en la arena desdibujado?
Ya no recuerdo mis rasgos, puede que no existan,
borrados por el aire, por el agua y el fuego,
elementos puros que a todos nos han creado
y que la modernidad, de pronto, ha destruido,
recuperar la arena blanda para esculpirla,
y rehacer mi frente, mi cabeza, mi figura,
es un imperativo, es algo imprescindible
para ser yo el mismo y no traicionar al mundo
de esos antepasados que han creado mi esencia,
y que hoy día se encuentran perdidos y olvidados
en este mundo del Art Decó tan modernista,
en esta revolución de principios e ideas,
en este maremágnum de modernas tendencias,
oscuro amasijo de espurios amores nuevos,
alejados de la densidad de mi sustancia.
Mi vida parece que ha cambiado en este entorno,
mi retrato se ha perdido y no quiere aparecer,
será cuestión de buscarlo y tenerlo presente,
no me importa recibir lo nuevo, lo moderno,
si se suma a mi esencia nacida y conformada
por los genes seculares de antiguos ancestros,
partir de lo viejo para hallar en lo moderno
las nuevas fórmulas, las palabras generosas
que actualicen mi manera de pensar y amar,
para que esa chica del suburbano me vea
cuando me mire, y nos sintamos tan unidos
que la distancia y la realidad se confundan.
¿sonrió levemente? no sé, quizás pensara
que yo existía y nos habíamos amado
en algún momento evolutivo de nuestro ser,
la memoria y el amor a veces se confunden
cuando tenemos necesidad de ser amados
y un suburbano puede servirnos como causa
de una conexión inocente y desesperada,.
Bella entre las bellas nació esa mujer amada,
tan lejos pero siempre recordando su esencia,
una ligera mirada sin ninguna causa,
un seísmo nuevo removiendo mis entrañas
sumándose a mis viejos y siderales sueños.
Y tú, ¿quién eres, ese retrato, blanda arena,
por qué sumidero ha desaparecido entonces?
los viejos tics ya han sido ahora reemplazados
por la falta de sustancia de esta algarabía
y te encuentras desvalido frente al nuevo mundo
que, en torno a ti, te envuelve y después de fascinarte
te sumerge en el ruido, absorbe tu palabra,
y ni pensar te deja en la historia de tus sueños,
pronuncias amor, esperanza, vida, e intentas
diseñar de nuevo la figura que perdiste,
al percibir la huella de una extraña mirada,
pero quedas en silencio al abrirse las puertas
y encontrarte vacío, sin ella en la parada.



domingo, 21 de noviembre de 2010

Los encinares.


Los encinares.

Mis raíces son profundas
como las de una encina,
con cimientos de lentos latidos
,
mi esencia es como la suya,
densa por dentro, fibrosa por fuera,
y no se puede abrir con hacha o destral
sino con la palabra.
Las lágrimas de la encina son verdes y eternas,
y nacen de una madera fuerte y leñosa,
las mías son prontas y fáciles,
resultantes de una débil sustancia
y permanecen en el silencio,
sin que nadie las comprenda
ni persona alguna las recoja,
por lo que no servirán para nada mis raíces,
mi fibra se perderá en el suelo
y mi palabra desaparecerá
en la inmensidad del espacio y del tiempo.
Por eso, cuando me adentro en los encinares,
escondo tras ellos mis latidos
y me disuelvo entre sus lágrimas verdes,
en el silencio, a distancia,
creyendo que seré eterno, como ellos,
sin que arda con la llama del fuego ni el destral
me derribe, reservando mis palabras
para que se sumen a sus lágrimas sin maduración alguna,
verdes y eternas, en un estadio total de plenitud.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un murciélago en la casa de Dios.




Un murciélago en la casa de Dios.

A Gabriel siempre le habían gustado las casas de piedra, los puentes de piedra, las catedrales de piedra. Sentía un atractivo especial por esos perfectos bloques pétreos del acueducto de Segovia, de las iglesias románicas, y admiraba las casonas fabricadas con piedras de musgo, las calzadas romanas, los castillos medievales, los altos muros de piedra de las fortalezas.

¿Cómo se pueden comparar los recios templos románicos de Salamanca o Navarra con las ostentosas catedrales de mármol blanco de La Toscana? solía esgrimir como argumento definitivo de sus reivindicaciones pétreas.

Por ello, siempre que tenía ocasión viajaba a los pueblos más próximos del Guadarrama y caminaba durante horas por sus calles, admirando las casas de piedra que encontraba y dibujando sus perfiles a lápiz en un pequeño cuaderno de cuartillas blancas que llevaba expresamente con ese fin.

La iglesia de su pueblo era también de piedra. Se accedía a ella por una calzada empinada, estrecha y formada por grandes trozos de piedra que llegaba hasta un tosco portal, con grandes puertas de madera. Su planta era de cruz latina y el suelo de tarima. Le atraía mucho su construcción, su diseño clásico y admiraba el musgo que cubría los intersticios de sus bloques de granito que le hacían recordar aquel versículo “la piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo” Aquí, en esta iglesia de pueblo, todas las piedras eran, en su opinión, escogidas.

En la parte posterior de la iglesia y subiendo unas escaleras de piedra se hallaba el coro y un majestuoso órgano, ahora estropeado. En la parte frontal, presidiendo y decorando el altar mayor había un majestuoso retablo dorado con imágenes de los evangelistas. Junto al altar mayor se hallaba una pequeña sacristía. Desde su campanario se veía un bellísimo paisaje montañoso. Se accedía a él por el exterior a través de una escalera de peldaños desiguales de granito, y en el interior a través de una modesta escalera de madera.

Lo que más le atraía de la iglesia era el silencio de su interior. A veces entraba sin otro objetivo que examinar detenidamente todos sus rincones. Procuraba entrar en silencio con el único objetivo de evitar el encuentro con Eusebio, el sacristán. Era éste un hombre rechoncho y bajo, que sujetaba sus anchos pantalones con unos tirantes enormes de color amarillento, de los cuales según se contaba en el pueblo, estaba muy orgulloso, por ser regalo de una vieja marquesa, ya fallecida, Tenía una enorme nariz que apenas permitía ver su minúscula boca y unas orejas grandes adosadas a su cráneo, que se escondían entre los flecos de una pelambrera hirsuta y grisácea, lo que le daba un general aspecto de puercoespín. Sus mofletes estaban, quizás, enrojecidos por el abuso del vino de las misas que trasegaba en la sacristía, mientra el párroco Don Julián exhortaba a sus feligreses con el anuncio de los evangelios.

Eusebio era una buena persona, pero un grandísimo pelmazo. Si Gabriel caía en sus garras, no se libraba de él por lo menos durante media hora. Sabía de todo, había estado en todas partes, ningún habitante del pueblo escapaba de su mira telescópica, por lo que conocía todos los detalles de su vida. Reía sibilinamente cuando contaba a media voz sus aventuras durante la guerra. Lo había pasado estupendamente, porque todo el tiempo estuvo sirviendo en intendencia, donde comenzó a engordar peligrosamente su barriga.

Evitando el contacto con el sacristán, Gabriel entró furtivamente en la iglesia y, sentándose en un banco cercano al altar, comenzó a analizar y pintar con todo detalle en su cuaderno las figuras de los evangelistas del retablo principal que, según el párroco, era una joya medieval aunque, según su personal opinión, no tendría apenas un siglo de existencia.

Como la iglesia solía estar en semioscuridad, encendió la luz del retablo pulsando un interruptor de la luz, previa inserción de una moneda en el cajetín de mando siguiendo las instrucciones escritas encima del mismo y así poder repasar la imagen global del retablo y los muros de piedra sobre los que se sostenía. Al encenderse repentinamente los focos recordó los versos humanos de César Vallejo: ¡de qué deslumbramiento áfono, tinto, se ejecuta el cantar de los cantares…! La piedra del altar era grisácea, granítica, pero en la mayor parte de la iglesia era más ocre, sobre todo en su parte posterior.

Cada vez que esto hacía, recordaba invariablemente las aventuras vividas con Santos, su amigo de la infancia. Pensó en ese momento lo que le dijo una vez Alberti a Vicente Aleixandre ¿de dónde vienes tú, desde qué fondo de los años me llegas…?

Los amigos de Santos, un grupo de inocentes chicos del pueblo, se habían conocido ejerciendo de monaguillos en la parroquia. Se sintieron muy importantes, revestidos con sus vestiduras blancas y rojas, transportando misales, haciendo sonar las campanillas, llevando el copón a Don Julián que, con beneplácito, recibía la asistencia de estos pilluelos.

Pero la emoción del poder terminó pronto. Se dieron cuenta de que se habían hecho mayores. Ya no querían ser los chicos del cura. Asistirían a misa los domingos, pero desde atrás, donde los hombres, donde los mayores. Estar detrás suponía arrimarse a la pared de piedra del fondo, justo debajo del coro y del órgano de la iglesia, que había dejado de funcionar unos años antes debido al moho que había prácticamente deshecho sus piezas operativas.

Apretujados junto a la pared de piedra del fondo, felices por haber tomado esa decisión, no tardaron en descubrir una puerta pequeña que había en un rincón y que tenía la propiedad de comunicarse con el exterior. La virtud de esta puerta consistía en permitir el acceso a la iglesia por medio de un simple llavín, sin necesidad de abrir las grandes puertas de madera de la entrada principal, pesadas de mover, por lo que Eusebio el sacristán convenció al párroco fácilmente de la conveniencia de su utilización. Se decía que esta puerta pudiera haberse construido durante las obras de edificación del edificio principal, como acceso para los obreros y facilidad para el transporte de los materiales de obra.

Aunque la iglesia estaba suficientemente iluminada, este espacio posterior, que apenas era un pasillo, estaba bastante oscuro, ya que no tenía ventanas ni existía en ese fondo de la iglesia ninguna vidriera o rosetón, sino un piso posterior habilitado para el coro y la instalación del órgano. Por ello, era el lugar idóneo para el cuchicheo de los chicos, el dormitar de los mayores y un paraíso de meditación para los creyentes. Desde allí se oían perfectamente las homilías del párroco que, según las mujeres piadosas, eran un ejemplo de perfección.

- Don Julián es un verdadero santo – comentaban algunas.

- Nos infunde serenidad. No hay nadie como él – decían otras.

Sin embargo, a pesar de esta pretendida perfección, Don Julián, sin entrar en lo excelso de su oratoria, tenía un grave problema de dicción. Hablaba en un tono de voz muy bajo y no daba la sensación de estar hablando, sino de susurrar. Esa forma de hablar, ese susurro íntimo y cercano era claramente beneficioso para las mujeres más piadosas que ocupaban los primeros bancos, pero apenas era inteligible su habla, lenta y pastosa para los hombres del fondo, de tal manera que los menos piadosos, entre ellos Santos y sus amigos, se entretenían en numerosas cosas para distraerse. Varios hombres, los más osados, salían por la puerta trasera a fumar un cigarro detrás del coro, diciéndose entre risas “las homilías son para las mujeres, los hombres no las necesitamos”. Otros, cerraban los ojos piadosamente para intentar captar los susurros de don Julián y seguir sus aclaraciones evangélicas y los antiguos monaguillos se entretenían en hacer gestos caricaturescos, empujarse y divertirse imitando las arengas del párroco.

A Gabriel le entusiasmaba formar parte de esa pandilla de gamberros. Se sentía muy integrado en el grupo y, aunque en el fondo se sentía muy distinto y muchísimo más formal, le entusiasmaba verse aceptado en el grupo y así sentirse un elemento importante de su comunidad. Todos los domingos acudía sin tardanza a encontrar a sus amigos y todos entraban en la iglesia, silenciosos y formales hasta que se situaban debajo del coro, su sitio preferido.

Pero un día, sucedió un acontecimiento que siempre recordaría el grupo situado debajo del coro. Santos descubrió algo en la parte superior de ese pequeño recinto desde donde asistían a la misa. Al principio pensó que había una humedad, una infiltración de agua, quizás algún desprendimiento, pero después de afinar su mirada y ponerse de puntillas para intentar ver más de cerca lo que era, lanzó un grito de júbilo que casi lo oyen los parroquianos: ¡hay un murciélago suspendido encima de nosotros!.

Los hombres se agruparon de inmediato y musitaron comentarios de asombro. Otros avisaron a los que fumaban en el exterior y, en fin, los piadosos feligreses se sumaron a la expectante situación. Santos señalaba con el dedo al silencioso murciélago, satisfecho de su hallazgo.

- Es un vampiro - decía - y viene a dormir aquí porque el lugar está muy fresco y los vampiros necesitan comer mucha sangre.

- No es un vampiro, Santos – opinaban los otros, restándole importancia al descubrimiento – es un simple murciélago.

Gabriel recordó con añoranza esos maravillosos acontecimientos. Desde entonces la misa parroquial se convirtió en la mejor aventura de la pandilla. Incluso se atrevieron a entrar en la iglesia un atardecer para comprobar si el murciélago había salido de su escondite. Para ello juntaron entre todos el dinero necesario para encender los focos del altar mayor, que podría quizás alumbrar la parte trasera de la iglesia.

Las misas tuvieron desde entonces un atractivo misterioso. El párroco, desde su púlpito, observaba la inquietud de sus feligreses. Pensaba que su oratoria estaba haciendo un efecto beneficioso en ellos, y se esforzaba en modular su expresiones, para hacer llegar con más fuerza los principios básicos del evangelio.

Gabriel, emocionado ante el recuerdo de esa juvenil etapa de su vida , recordó unos versos que había escrito esa noche anterior:


Si tengo ocasión, enterraré mi corazón en esta tierra
y lo repartiré para que se disuelva en pedazos,
unos aquí, en mi pueblo, otros en mi historia,
el resto diseminados en la vida de los demás.

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