Tienes en tu
historia antigua,
en la base
de tu tierra fecunda,
una firme y
suave fortaleza.
Se puede
ver muy lejos en el fondo,
un leve
temblor de praderas de hierba
mecidas por
el viento y la lluvia.
Entre los
robles y los hayedos
y las
piedras de tu caserío,
yo te
reconozco, madre vasca.
Palomas,
palomas blancas y grises,
en
ingrávido vuelo, tus cabellos.
A veces el
mar se encrespa y rompe
en tu
frente, como en Guetaria,
o muere
vencido,
entregado,
en tus sienes,
blancas
como las arenas del norte.
Aurtxo,
escóndete en la hierba,
refugio de
senos maternales,
olor a
tierra húmeda,
y cuando a
brazadas caiga la hierba
en el pecho
de tu madre.
mama su néctar
para el encuentro vital
con tus ancestros.
Valles, ríos, colinas,
praderas,
arrebatada inocencia
del entorno,
lienzo de paraísos
escondidos
en la quietud divina,
sólo aquí, en tu
sustancia vasca
en tu raíz de roble
se produce el encuentro
de tu fértil vigor y tu
cálida esencia.
Mi alma baja de noche
por el cauce del Bidasoa
a diluirse en el mar,
trazando rutas viajeras,
señalando caminos,
y regresa, rompiendo el
alba,
en un forcejeo de
rupturas,
para recuperar el sabor
de tus playas,
el sonido de tu música
viva,
el olor de tus
praderas.
Quiero vivir contigo y
en ti,
si tengo que segar,
siego,
si he de cantar, canto,
si necesitas mi trabajo
en tu tierra
calzo unas albarcas y
unzo las yuntas,
si debo escuchar, oigo el
crujido de tus robles,
y si acabar, siempre en
tus montes,
amando hasta el último
caserío,
empapado de tu
naturaleza.